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Los cuervos son capaces de entender principios físicos elementales (como el de Arquímedes) siempre que estos les provean un beneficio para su supervivencia.

La inteligencia de los cuervos, legendaria desde tiempos remotos, nunca dejará de sorprendernos —y no sin razón.

En esta ocasión el motivo de asombro proviene de un estudio llevado a cabo por el psicólogo neozelandés Alex Taylor, quien experimentó con el comportamiento de 5 cuervos de New Caledonian (Corvus moneduloides), especie que se caracteriza por utilizar herramientas en su accionar cotidiano.

Taylor situó a los cuervos frente a tubos altos parcialmente llenos de agua, dentro un trozo de carne pegada a un pedazo de madera, todo flotando más allá de su alcance. Al lado, pequeñas piedras.

A diferencia de lo que sucede en la fábula de Esopo, en la que el cuervo idea por sí mismo apilar las piedras hasta conseguir su objetivo, en esta prueba el investigador tuvo que darle una pista de cómo resolver el problema, acercándole una pequeña plataforma con unos cuantos guijarros ahí también. Los cuervos se acercaron y accidentalmente echaron unas de estas piedras al tubo, con lo cual descubrieron que su peso elevaba el nivel del agua y con esto la gracia del asunto. Las aves comenzaron entonces a arrojar piedras dentro del recipiente hasta que el trozo de madera se elevó junto con el agua desplazada, consiguiendo eventualmente su trozo de carne.

En una variación de este experimento se les proporcionó a los cuervos piedras de diferentes tamaños: por supuesto, los cuervos ignoraron las pequeñas y se decidieron por las grandes, con lo cual el nivel del agua se elevaba mucho más rápido. En otra les dieron pedazos de goma y de poliestireno, que si bien tienen aspecto similar, varían notablemente en su peso: la goma es más pesada que el poliestireno. Previsiblemente, los cuervos advirtieron esta diferencia y echaban pedazos de goma al agua.

¿Qué nos dice esto? Por lo menos una cosa: que los cuervos tienen inteligencia suficiente para entender principios físicos elementales (o no tanto, dado que Arquímedes necesitó sumergirse en una tina para comprenderlo) en relación con un uso práctico y necesario para su supervivencia. Y esto no es poca cosa.

Philippe Cousteau, uno de los hijos de Jacques-Yves, nos descubre la desconocida psicodelia cromática de los corales en las aguas del Mar Rojo.

Es costumbre que los documentales sobre la vida marina muestren a los arrecifes de coral en un aspecto que, de no ser por el atractivo propio de estos animales, quizá nos atreveríamos a considerar soso y un tanto inane.

Quizá por esto Philippe Cousteau, uno de los hijos del célebre icono ochentero y noventero de la exploración marítima vista desde la televisión, el francés Jacques-Yves Cousteau, se zambulló en las aguas del Mar Rojo para mostrar una cara prácticamente desconocida de los corales.

Echando sobre los arrecifes luz y azul y viéndolos luego a través de un filtro amarillo, Cousteau nos revela la psicodelia cromática del coral, pigmentación fluorescente sin duda desconocida para algunos o muchos de nosotros.

Y si bien no se conocen todavía las causas de esta florescencia, hay quienes piensan que podría ser una respuesta defensiva a la intensa luz solar que reciben, una especie de pantalla protectora.

 

[Deep Sea News]