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No importa qué tan seguro hayas configurado tu cuenta de Facebook, ellos tienen todas las herramientas para que tus datos puedan ser compartidos aun sin tu consentimiento.

¿Sabías que las aplicaciones de Facebook son el principal enemigo que atenta contra la privacidad de los usuarios?

Con esta ola de nuevos diseños, quizá “mejore” la experiencia de navegación, pero la privacidad queda en entredicho, ya que los nuevos permisos no los brindas tú sino que automáticamente, con un solo click, puedes acceder a la aplicación y ésta, al mismo tiempo, a tus datos personales, así que no debe ser ninguna sorpresa que el nuevo Faceboook App Center sea un enorme banco donde el capital es la identidad de mis millones de usuarios.

 

#1 -  El sencillo truco del botón

En el antiguo diseño se utilizaban dos botones —“Permitir y “No Permitir— los que, en automático, te llevaban a tomar una decisión. En el nuevo App Center Facebook no hay elección, un click y toda tu información será entregada a los desarrolladores de la aplicación.

 

#2 -  El truco de las letras “sin importancia”

Los diseñadores de Facebook saben que para los usuarios de la red, el texto en color gris generalmente pasa desapercibido. Esta es la respuesta al cambio de negritas a letras grises.

#3 -  El truco del símbolo

Anteriormente, el diseño presentaba información detallada sobre las situaciones a las que el usuario se exponía al momento de agregar una aplicación. En la actualidad, esta información ha sido cambiada por un par de signos de interrogación: “¿?”.  

 

#4 - El truco de la línea de acción

Por simple estrategia, los diseñadores han colocado los permisos debajo del botón principal para que  pasen desapercibidos.

#5 El amigable truco que te lleva rápidamente a la acción

En el nuevo App Center Facebook, los permisos de solicitud han sido escondidos y, a cambio, se ha colocado un botón que rápidamente te lleva a accionar la aplicación.  Antiguamente, aparecía el permiso de solicitud que advertía al usuario. 

[Tech Crunch]

La televisora inglesa Channel 4 transmitirá un programa en el busca investigar el uso terapéutico del MDMA (o éxtasis) en la depresión, abriendo un interesante debate sobre las relaciones entre las drogas (un tema tabú en las sociedades occidentales) y el poderoso medio de formación de conciencias que es la televisión.

Keith Allen en Drugs Live: The Ecstasy Trial

Entre las reglas éticas de las transmisiones por televisión una de las más respetadas es aquella que prohíbe toda muestra de consumo de drogas en la pantalla (en algunos casos incluso algunas socialmente toleradas como el alcohol o el cigarro). Una manifestación de una realidad mucho más profunda: el hecho de que las drogas son todavía un tabú respetado y temido en las sociedades occidentales.

Sin embargo, algunas cadenas inglesas han comenzado a contravenir esta regla. El Channel 4, por ejemplo, está por lanzar al aire una emisión en que se investigan los posibles efectos positivos del MDMA en el tratamiento de la depresión. Igualmente el mes pasado, la misma televisora pública transmitió en vivo un “rave” para “celebrar la historia de la cultura de la danza”.

En el programa se mostrarán resonancias magnéticas de personas a quienes, en vivo, se les administrará MDMA, intentando probar que esta droga puede aliviar la depresión sin necesariamente generar un estado alterado de conciencia. MDMA es la abreviatura para metilendioximetanfetamina y su denominación más conocida y popular es “éxtasis”.

 

Las pruebas estuvieron supervisadas por David Nutt, académico y antiguo asesor del gobierno británico en el tema de drogas, quien fue despedido del servicio público por declarar que las políticas gubernamentales en este asunto pocas veces se apegan a la evidencia que aportan estudios científicos.

Además de posibles consecuencias legales, las críticas se han enfocado sobre todo en la supuesta “glamourización” que la televisora está efectuando sobre la droga, rodeándola de un aura aceptable e incluso elogiable que usualmente no tiene y que, por el contrario, en el discurso hegemónico está lleno de significados negativos.

Esta, sin embargo, no sería la primera vez en que televisión y consumo de drogas se hermanan en una exhibición compartida. Ya en la década de los 50, en un capítulo de Panorama (programa de la BBC que se ha transmitido desde entonces), el Dr. Humphry Osmond se administró una dosis de 400mg de mezcalina, esto acorde con sus investigaciones psicológicas sobre el potencial terapéutico de los alucinógenos. Y aunque el capítulo nunca fue puesto al aire, al menos el antecedente existe (Osmond, por cierto, fue el mismo que administró la dosis de mezcalina a Aldous Huxley que suscitaría el libro The Doors of Perception).

 

Asimismo, pocos años después de este suceso, una supuesta “ama de casa” fue grabada mientras describía su experiencia con una dosis de LSD y, más recientemente, el actor Zach Galifianakis fumó marihuana durante un programa de debate sobre la despenalización de las drogas en Estados Unidos.

 

 

 

Ahora bien, siguiendo la argumentación de Ian Steadman, del sitio Wired, estos ejemplos pueden tomarse como otras tantas manifestaciones de las perspectivas enfrentadas con que una sociedad entiende las drogas, las prácticas irreconciliables con que algunos las intentan hacer parte de la cotidianidad y otros intentan, por el contrario, ignorarlas o negarlas.

En los 50 —escribe Steadman—, las drogas alucinógenas eran una cosa nueva para la mayoría de los médicos e investigadores, y las investigaciones miraban justamente hacia qué tan lejos podían llegar para expandir la mente humana. Galifianakis, por el otro lado, está haciendo un planteamiento político en una emisora de televisión que probablemente no le dio el permiso para hacerlo.

Así, la televisión adquiere inesperadamente el carácter de un exhibidor donde, por una parte, el observador atento descubre los valores que se intentan imponer o subvertir en un tema en particular y, por el otro, el gran público que recibe y consume pasivamente, sin reflexión, estos mismos contenidos, se forma en dichas prácticas.

[Wired]