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Por qué las personas melancólicas pueden ser tan sensuales

Sociedad

Por: pijamasurf - 11/12/2014

Entre la vulnerabilidad y el misterio, la melancolía imprime sobre las personas que la practican un halo que puede resultar extremadamente atractivo

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David Hamilton, Retrato de Melanie Thierry, 1982

La belleza es algo relativo. A pesar de que para muchos de nosotros nuestro gusto personal pueda parecer como una medida universal, en realidad los preceptos varían de acuerdo a las circunstancias socioculturales. Y si bien cada época y cada contexto suele tener sus propios cánones de belleza –un fenómeno que parece estar extinguiéndose desde que las fábricas de estereotipos tipo Hollywood comenzaron a "universalizarse"–, existen ciertas cualidades físicas o incluso anímicas que, a lo largo de la historia, mantienen una sensualidad perenne.  

Desde hace siglos, la melancolía ha sido un vehículo de sensualidad. Las razones para explicar esto seguramente tocan múltiples planos de la naturaleza humana, desde resquicios psicológicos y destellos culturales hasta ciertas emociones arquetípicas que este estado, proyectado en otra persona, nos detona. Pero en todo caso resulta apasionante constatar cómo, a lo largo del tiempo, el rostro y la actitud que emanan un sabor melancólico son propios de figuras consideradas particularmente atractivas.

En línea con esta reflexión, podríamos tratar de detectar aquellos ingredientes propios de un estado melancólico que pudiesen derivar en ese seductor coctel que muchos apreciamos:

Misterio: Por un lado parece innegable que una persona melancólica emite un halo asociado con el misterio, algo ocurre en esas personas que es difícil de descifrar.

Ternura: También podríamos hablar de la capacidad de dicho estado para despertar una cierta ternura, lo cual en caso de que el receptor sea una mujer y el emisor un hombre, podría aludir a un sentido maternal.

Empatía: La melancolía sugiere, como bien señala un artículo del sitio Philosophers Mail, que aquella persona que la experimenta "está en contacto con las dificultades de la existencia", algo que estimula una particular dosis de empatía que, mezclada con otros psicoalicientes, puede tornarse en algo sumamente atractivo.  

Extravío: La mirada perdida, estática, penetrante, propia de un estado melancólico, incita a la exploración del otro, tiene que ver con el misterio pero también con una sensación de que la persona tal vez no está aquí, y quizá en el fondo nos gustaría poder regresarla. 

Vulnerabilidad: Asociado a la ternura, existe en los melancólicos un dejo de vulnerabilidad que puede fácilmente considerarse como algo excitante. 

A continuación una serie de retratos de distintas épocas que enmarcan la sensualidad propia de la melancolía:

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Fotografía de Karla Read, 2008

 

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Thomas Eakins, Retrato de Miss Amelia C. Van Buren, ca. 1890

 

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Retrato de Ian Curtis (fundador de Joy Division)

 

eleven-am Edward Hopper, Eleven AM, 1926

 

Jean_Auguste_Dominique_Ingres_005Dominique Ingres, La gran odalisca, 1814

 

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Sociedad

Por: pijamasurf - 11/12/2014

6 de cada 10 adornos navideños los fabrican en China obreros que laboran en condiciones que poco tienen que ver con el "espíritu" de esta temporada

La Navidad es, probablemente, una de las épocas más hiperreales del año. Hiperreal en ese sentido que Jean Baudrillard dio al término: una suerte de exageración de la realidad que, como una membrana, se impone sobre la realidad para distorsionarla, curiosamente, con sus propios elementos, para de esa manera construir una realidad ficticia que no parece tal. La Navidad es, en este sentido, como un impasse, un periodo falsamente utópico en donde parece no suceder nada más que los buenos sentimientos, los buenos deseos, los regalos, la reanudación de relaciones, y más.

Esto, por supuesto, sabemos que no es cierto. En Navidad el mundo continúa siendo más o menos el mismo que era hace unas semanas. El mismo lugar feliz y afortunado para algunos, y miserable y triste para muchos otros.

Tal es el caso de los obreros que laboran en las fábricas de adornos navideños de Yiwu, China, el punto de origen de toda esa parafernalia casi fantástica que ilumina los sueños de bondad de esta época.

En total, esta ciudad concentra casi 600 centros de trabajo en los que se producen poco más de 6 de cada 10 adornos navideños que se comercian en todo el mundo. En buena medida este es el “taller de Santa”, donde sus legendarios enanos ayudantes son más bien trabajadores chinos laborando en condiciones paupérrimas e incluso peligrosas, pues las largas jornadas de trabajo (en promedio 12 horas por un salario de entre 10 y 15 dólares) se cumplen en medio de químicos tóxicos, pegamentos y copos de nieve sintéticos de los que hay que protegerse con hasta 10 máscaras al día.

El testimonio es suficientemente elocuente por sí mismo. Quizá, después de conocerlo, sólo reste decir: “¡Feliz Navidad!”.