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Carl Sagan sobre la reencarnación y la necesidad científica de estudiar este fenómeno

Sociedad

Por: pijamasurf - 06/27/2015

El popular astrónomo creía que los casos que se habían investigado merecían que la reencarnación fuera científicamente explorada

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En 1960 el doctor Ian Stevenson, director del Departamento de Psicología de Virginia, documentó más de 2 mil 500 casos de personas que decían haber reencarnado. Aunque su trabajo no logró ser completamente reconocido por la ciencia establecida --ya que es anatema dentro de la academia considerar seriamente estos temas--, sí consiguió generar el interés de algunas personas reconocidas con una mentalidad más abierta. Tal es el caso de Carl Sagan, quien en su libro The Demon Hunted World escribe: "Hay tres afirmaciones de la parapsicología que, en mi opinión, merecen ser estudiadas seriamente", siendo una de ellas el caso de "niños pequeños que en ocasiones reportan detalles de sus vidas previas, que al ser revisados prueban ser precisos y los cuales no podrían haberse conocido por otro medio que la reencarnación". Sagan aclara que no cree en la reencarnación, pero explica que es necesario estudiar estos fenómenos, luego de conocer el trabajo de Ian Stevenson, como bien apunta Jim Tucker, el heredero de Stevenson en la Universidad de Virginia y continuador de su investigación. 

Tanto Tucker como Stevenson consideraron otras alternativas a la reencarnación, que necesariamente supone la existencia de un alma inmaterial, algo que destruye el paradigma científico dominante basado en el materialismo. En un artículo publicado por la Universidad de Virginia, Tucker señala que los más de 2 mil 500 casos sugieren que:

existe evidencia de que memorias, emociones, e incluso traumas físicos pueden, bajo ciertas circunstancias, pasar de una vida a otra. Los procesos involucrados en dicha transferencia de conciencia son desconocidos, y esperan futura dilucidación. Puede existir algo que sobreviva la muerte del cerebro y la muerte del cuerpo que de alguna forma está conectado al nuevo niño. A lo largo del tiempo me he convencido de que existe más en el mundo que el solo universo físico. Existe la mente, que es su propia entidad.

En Occidente se han planteado diferentes explicaciones a estos casos, además de la memoria selectiva. Una ellas está vinculada a la resonancia mórfica de Rupert Sheldrake, una teoría que señala que la información existe en la naturaleza como un campo, independientemente de las células animales, que en realidad sintonizan estos campos de memoria inherente en el espacio. Tal vez una persona podría resonar con cierta información e identificarse con la información. Otra interpretación similar tiene que ver con la idea de Carl Jung del inconsciente colectivo.

La teoría de la reencarnación, tan arraigada en Oriente, no es para nada ajena al pensamiento occidental. Debemos recordar que muchos filósofos griegos, incluyendo a Platón, Sócrates y Pitágoras, creían en la metempsicosis, o la transmigración de las almas. Platón cuenta esto con el mito de Er, explicando que la gran mayoría de las personas beben de Lete, el río del Olvido, y reencarnan olvidando completamente la historia de su alma, pero algunos casos excepcionales (como el de Er) beben del río Mnemósine y recuerdan sus vidas pasadas, estando más cerca de su propia alma.

 

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En un gesto de fisiología empática, las pupilas de dos personas tienden a igualar su tamaño cuando se encuentran

Los ojos son micromundos. Basta mirarlos detenidamente para darte cuenta que en este órgano están contenidas propiedades físicas y metafísicas suficientes para comprobar que están diseñados para embelesar. Pero si el simple acto de contemplar un par de ojos no es suficiente para que te sumerjas en el delirio, entonces repasemos algunas de sus más coquetas particularidades.

Por ejemplo, un estudio de la Universidad de Dartmouth encontró en la mirada el principal distintivo entre una persona muerta y una viva (o en este caso una ficticia, simulada en computadora, y una real). Es decir, eso que en diversas tradiciones se conoce como la energía vital (llámese chi, prana, etc.), parece hallar en los ojos un depositario idóneo para proyectar su presencia.  

En otro plano, existen razones para sugerir que uno de los actos más catárticos, o al menos terapéuticos, que tenemos a nuestra disposición es, simplemente, mirarnos a los ojos en un espejo. Algo así como una destilación autorreferencial voluntaria pero incontenible. 

Ahora a este pequeño acervo de delicias oculares, podemos añadir otra particularmente linda. Investigadores de la Universidad de Leiden recién descubrieron que cuando dos personas interactúan sus respectivas pupilas concertan un encuentro mimético. La dinámica, que por cierto nos sugiere un risueño rasgo de fisiología empática, consiste en una tendencia a igualarse en tamaño. Y cuando esto sucede, entonces la confianza entre ambas personas crece.

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A fin de cuentas, y aunque el Diablo habita en la periferia, las pupilas, como primer centro del ojo (el segundo es el iris, y así, hasta el infinito), la pupila genera una particular atracción. Ahí, en este eje, se condensan las mayores virtudes estéticas del órgano ocular y se guarda una cantidad de información notable no sólo conductal, también bioquímica. 

Al respecto, Mariska Kret, quien encabezó el estudio, afirma:

Las personas generalmente subestiman la importancia de las pupilas, a pesar de que miramos en ellas cotidianamente. La pupila provee una rica fuente de información –podemos forzar una sonrisa pero no podemos forzar a nuestra pupila a que se contraiga o se dilate. Nuestros hallazgos muestran que los humanos sincronizan el tamaño de sus pupilas con otros, y que este comportamiento –sobre el cual no tenemos control voluntario– influye las decisiones sociales.

La investigación, que se describe en PsyPost, nos recuerda que durante un intercambio entre personas realmente se desencadena un cúmulo de interacciones, a distintos niveles, y cuya suma termina por definir la experiencia mucho más allá de nuestra interpretación racional de la misma. Tal vez por esto es que las relaciones humanas siguen siendo, en buena medida, un franco misterio. En cada trato, en cada encuentro, se están activando numerosos emisores y receptores de ambas partes, lo cual da vida a una coreografía interactiva que resulta en una sensación de confianza, un enamoramiento o una indeleble aversión.

En todo caso, la próxima vez que trates con una persona recuerda que buena parte de la danza se está gestando en sus pupilas, en las tuyas y en las suyas. 

Twitter del autor: @ParadoxeParadis