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Estos son los 10 países más ignorantes, según estudio

Sociedad

Por: pijamasurf - 12/21/2015

Un sondeo sobre el nivel de información en asuntos clave de un país sugiere que México es el país más ignorante

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Una infame lista fue recientemente publicada por la empresa Ipsos MORI, la llamada "Perils of Perception", que mide la desinformación que existe en un país. El estudio de los peligros de percepción es un sondeo que marca los errores de percepción en 33 países sobre "los asuntos y problemas principales de una población". 

Por ejemplo, los mexicanos consideran que casi 50% de la población vive en áreas rurales, cuando la cifra es sólo de 22%, lo que refleja una deconexión entre la realidad y el conocimiento, quizás por ciertos prejuicios o simplemente por falta de información. Se preguntaron cosas como el índice de participación de las mujeres en la política, la edad promedio de los habitantes o la cantidad de inmigrantes.

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 Los resultados de una lista de 28 países sugieren que estos son los países más ignorantes:

1. México

2. India

3. Brasil

4. Perú

5. Nueva Zelanda

6. Colombia

7. Bélgica

8. Sudáfrica

9. Argentina

10. Italia

Antes de condenar la enorme ignorancia de una nación como México y declarar que los mexicanos son los más ignorantes del mundo, hay que recordar que la investigación sólo fue hecha en una treintena de países, muchos de los cuales son de los más desarrollados; además es necesario tener cierta cautela con estos estudios, que en muchos sentidos no son concluyentes. Dicho eso, la situación educativa y cultural de México (independientemente de este análisis) es ciertamente preocupante, como refleja también el bajo índice de lectura.

¿Qué hace a los millennials la generación más conformista de la historia?

Sociedad

Por: pijamasurf - 12/21/2015

A partir de lo que sucede en el pop y el rock contemporáneo es posible trazar un perfil generacional del conformismo al que el estilo de vida contemporánea ha orillado a esta generación
[caption id="attachment_105803" align="aligncenter" width="430"]mill3 Imagen: Rafiq Sarlie (Flickr)[/caption]

Ahora para muchos la denominación “millennial” es conocida o al menos identificada. Se trata de un segmento generacional específico que, según algunos analistas de lo social, comparte algunas características, entre otras:

-Su fecha de nacimiento: algún momento entre mediados de la década de 1980 y principios de los años 2000 (años más, años menos).

-Psicológica y conductualmente presentan cierta tendencia al egoísmo, el narcisismo y otras formas vivir el mundo casi exclusivamente desde el yo (de ahí también que, en cierto momento, se les conociera como “Generation Me”. En ese sentido, los propios millennials se han reconocido como absortos en sí mismos, derrochadores e incluso codiciosos. A diferencia de otras generaciones, en esta muchas cosas se toman como transitorias, fugaces, volátiles, como si todo participara del ciclo de compra-desecho-reemplazo necesario para el consumismo en que vivimos desde hace poco más de 20 años.

-También como rasgo de comportamiento presentan el llamado “síndrome de Peter Pan”: como el personaje de J. M. Barrie popularizado por Walt Disney, en cierta forma los millennials también son, en ciertos aspectos, niños que se niegan a crecer, jóvenes que rehúyen a las responsabilidades y el estatus de la edad adulta (independizarse de los padres, comprometerse con algo, etcétera).

-Políticamente son más proclives al liberalismo y sus batallas: las uniones civiles entre personas del mismo sexo, la legalización del uso recreativo y medicinal de ciertas sustancias, etcétera.

-Económicamente es algo similar: difícilmente se plantean una alternativa real al capitalismo, sino más bien los espacios liberales que se ofrecen dentro de éste: el voluntariado, la cooperación (en formas como el crowdsourcing), el “emprendedurismo”, etcétera.

Este perfil es sucinto y quizá no del todo exacto, pues mucha de su definición pasa por las formas de vida según se caracterizan en la ideología dominante. Dicho de otro modo, es claro que un joven neoyorquino de clase media no vive en las mismas circunstancias que un joven en Caracas, en Río de Janeiro o en Cali, aun cuando estas podrían ser equivalentes. Con todo, es posible hablar de ciertas similitudes. El adjetivo dominante no es gratutito: este sistema tiene medios suficientes para crear un entorno en donde la mayoría nos formamos de manera similar, con valores parecidos, a veces con los mismos propósitos y objetivos de vida. Por eso es posible encontrar millennials en Los Ángeles, Ciudad de México y Cali. Jóvenes que escuchan a Justin Bieber o Tame Impala, que tienen cuenta de Facebook, que apoyan las luchas por los derechos de los animales, que viven en la casa familiar tanto como puedan.

¿Pero cuál es la síntesis de todo esto? Si es posible hablar de un solo rasgo que caracteriza a los millennials, tal vez este sea que no sufren. En comparación con generaciones anteriores, cierto sector de los jóvenes de ahora tiene acceso a una mejor educación, empleos mejor pagados, mejores servicios públicos, más información y de mejor calidad, etc. Y esto no es un discurso político de país subdesarrollado. Es una realidad más o menos fácil de comprobar con sólo voltear a mirar las circunstancias propias: en varios casos los millennials son la primera generación con estudios universitarios de su familia, o con un posgrado; muchos de ellos trabajan en el sector de servicios, lo cual muchas veces supone un trabajo físico menos desgastante a cambio de un salario suficiente o francamente bueno; una computadora, un smartphone, una tablet: gadgets que los millennials tuvieron pronto en su vida, a diferencia de sus padres, por ejemplo, o aun generaciones más cercanas, para quienes el acceso a la tecnología no fue así de sencillo ni inmediato.

[caption id="attachment_105804" align="alignright" width="298"]16784790753_b85e333c01_b Imagen: wackystuff (Flickr)[/caption]

Todo esto, en general, nos habla de un estado de bienestar en el que los millennials crecieron y se formaron para, eventualmente, sustraerlos a la noción y la experiencia del sufrimiento, ese sufrimiento que, como bien sabían Nietzsche y los estoicos (entre varios más), templa la vida como la espada en la forja, nos enseña a apreciarla y entenderla mejor, en todos sus matices, nos da conocimiento y sabiduría. El sufrimiento que, por otro lado, tanto se empeña esta época en evitar, evadir, ignorar, esconder detrás de paliativos gozosos y recompensas efímeras: el entretenimiento, la distracción, la procrastinación y más.

Quizá, parafraseando el famoso título de Raymond Carver, podríamos preguntarnos por qué sufren los millennials cuando dicen sufrir. Porque, en efecto, por ciertas manifestaciones culturales sabemos que los millennials también sufren, aunque no por las causas que antes provocaban pesar.

A partir de la situación contemporánea de la música pop y rock que domina los top charts en Estados Unidos y otros países del mundo, el Tumblr POWERevolution publicó hace poco una interesante entrada a propósito del conformismo de los músicos millennials. Además de la tesis de la evasión del sufrimiento que hemos reformulado aquí, el redactor introduce otro elemento señalado anteriormente pero en este caso relacionado con la vida de goce perpetuo. Éste, de alguna forma, se convierte en una vida absorta en sí misma, sin ninguna otra preocupación más que la trivialidad de una existencia vacua en donde la carencia de sentido se llena con el consumo y el reemplazo incesante de mercancías (o de experiencias tratadas como mercancías). Al respecto de los músicos (y sus consumidores millennials) se lee en el artículo:

El mejor arte nace usualmente de la lucha, sea personal o empática. Y el estilo de vida de muchos de nuestros músicos más populares es cualquier cosa menos difícil. Su música no está basada en experiencias de vida, golpes duros o asuntos políticos o sociales. Tonterías ensimismadas, imbéciles, que harían sonrojarse a John Lennon con la vergüenza de toda la especie humana. Los “artistas” populares de hoy son una racha de llenos totales que no pueden estar contentos con la mansión que su música les permite. Necesitan una línea de fragancias, de ropa, un trabajo como conductores de un show, ganancias comerciales, para así poder adquirir todavía más cosas que no necesitan. Y muchos de los millennials de hoy se lo compran. Creen que si no se meten en lo que no les importa, si se mantienen lejos de los problemas, si nunca desafían al sistema y trabajan para mantener el mismo estilo de vida que sus ejemplos, hacen lo correcto. Obviamente la realidad es que eso los ha convertido en completos tontos.

El artículo abunda en circunstancias que, al menos en el ámbito musical, hacen de esta época millennial una más conformista y adecuada del todo a las necesidades del sistema (antes que a las propias). Una de éstas, entre las más inquietantes, es el control que tomaron los grandes consorcios de las estaciones de radio en Estados Unidos, con lo cual la programación y las prioridades radiofónicas viraron paulatinamente hacia lo comercial, en detrimento de lo artístico. La radio se convirtió en un negocio y poco a poco dejó de ser un medio de difusión de propuestas creativas y artísticas. “Los millennials se encuentran entre los más vulnerables porque no tienen una conexión personal con la época en que la música importaba”, se dice en la nota.

[caption id="attachment_105805" align="alignright" width="300"]lev Imagen: powerevolution.tumblr.com[/caption]

¿Es posible extrapolar esta situación en la música a una suerte de malestar generalizado de la cultura en tiempos de los millennials? Al menos para fines del discurso y la discusión, podríamos intentarlo. Para nadie es un secreto que, por un lado, desde hace unos años las corporaciones se han erigido como el verdadero poder detrás del poder, sus intereses se imponen a los de los gobiernos y las poblaciones nacionales, su influencia trasciende fronteras y es capaz de burlar casi cualquier obstáculo. Por otro, el mercado millennial es uno de los más suculentos y anhelados por parte de las marcas comerciales, de todos los tamaños y todos los productos, porque saben que los jóvenes contemporáneos difícilmente conocen otra forma de vida distinta al consumo constante (de información, de productos, de experiencias, etcétera).

La situación del millennial, es cierto, no es sencilla. Aunque se trate de una elección desafortunada de palabras, en vista de los muchos malentendidos que suscitó, la definición marxista de ideología como “falsa conciencia” lleva algo de razón, al menos en este caso. ¿Cómo resistirse a ese paraíso que ofrecen las marcas y las corporaciones? ¿Cómo renunciar a eso tan inmediato, tan fácil de alcanzar, a cambio de algo que aunque quizá se quiera, se percibe incierto, distante, a medio camino entre su consecución o el fracaso?

¿Cómo renunciar a eso que aunque quizá sea falsa conciencia, se presenta con toda la apariencia de lo auténtico y lo real?

 

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