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Estas son las obras literarias más fractales

Libros

Por: pijamasurf - 01/29/2016

Obras de James Joyce, Cortázar, Virgina Woolf y otros autores demuestran complejas estructuras matemáticas en su construcción

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La fractalidad del lenguaje, lenguaje que se refleja a sí mismo, que juega con su propia naturaleza en una cópula de espejos y se itera en una simulación del infinito. Algunas de las más grandes obras literarias tienen esta cualidad que también se encuentra en la naturaleza y por supuesto en las matemáticas.

Físicos-matemáticos del Instituto Nuclear de Física de Polonia realizaron un detallado análisis estadístico de más 100 famosas obras literarias en diferentes idiomas para probar correlaciones de una construcción fractal en los enunciados de estos libros. Los investigadores notaron casos en los que la prosa demostró tener una compleja estructura matemática considerada como multifractal.

El análisis tomó en cuenta la autosemejanza y la longitud de los enunciados para formular un coeficiente de fractalidad. No es sorpresa que los científicos hallaran que el libro multifractal por antonomasia es Finnegans Wake de James Joyce. "El análisis de este texto muestra resultados virtualmente indistinguibles de multifractales ideales, puramente matemáticos", dijo uno de los autores del estudio. Joyce en Finnegans Wake quiso crear un libro que de alguna manera fuera un fractal del universo, la historia del hombre y del mundo contenida en un lenguaje semiinventado, siempre aliterado, una holofrástica --y al parecer  lo logró. 

La lista de otros libros multifractales incluye A Heartbreaking Work of Staggering Genius, de Dave Eggers, Rayuela de Julio Cortázar, The US Trilogy de John Dos Passos, Las olas de  Virginia Woolf, 2666 de Roberto Bolaño y Ulises de James Joyce. Sorprendentemente, los investigadores no notaron mucha fractalidad en En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust.

Evidentemente el estudio, al tener una muestra bastante limitada, no es concluyente en términos de fractalidad literaria absoluta.

Según estudios estadísticos, los adolescentes cada vez leen menos. ¿De qué se están perdiendo?

Hace unos días el crítico literario David Denby escribió un artículo en la revista New Yorker en el que se preguntaba si los adolescentes todavía leen. Denby sugiere que existe una marcada tendencia a practicar cada vez menos la lectura por el placer de leer, por el amor a la literatura, leer por otra cosa que no sea una obligación, una actividad que parece estar siendo reemplazada por el constante involucramiento (y ensimismamiento) con pantallas y plataformas digitales. Quizás los adolescentes de hoy están leyendo más palabras que nunca, pero son fragmentos de textos, conversaciones de SMS o WhatsApp, títulos de noticias, bleeps de texto en juegos de video, texto entrecortado que se anuncia a sí mismo o a lo mucho best sellers de fantasía que a los amantes de la lectura de gran aliento, de los grandes autores, les parece que no le hacen justicia a la literatura y les preocupa puesto que piensan que los jóvenes se están perdiendo de algo muy enriquecedor. De alguna manera, sugiere Denby, los gadgets han sepultado a los libros, los cuales no atraen tanto a los adolescentes como los aparatos y softwares diseñados específicamente para cautivar su atención. Al irse por la fácil seducción de las pantallas brillantes con sus gratificantes descargas de información y dopamina se están perdiendo de algo cuyo valor no puede constatarse en la superficie ni en la inmediatez.

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Denby cita una serie de estudios en Estados Unidos que muestran que entre 1984 y 2012 los adolescentes de 17 años leyeron 13% menos, con sólo 19% de este grupo de edad leyendo diario por placer. Se ha determinado que en promedio, en EEUU, los adolescentes pasan más de 8 horas al día conectados a sus pantallas consumiendo medios. La lectura se ha divorciado del placer, hay cosas mucho más placenteras, como ver fotos de amigos y videosnacks, pero, ¿debemos someter nuestra cultura a la dictadura del placer? ¿Es necesario crear formatos y diseños más atractivos para los libros a manera de carnada para pescar la atención de los jóvenes? ¿Pero cómo puede competir el libro con la mulifuncionalidad de una pantalla y cómo puede la literatura seria competir con el entretenimiento? Como sugiere Denby, el problema es que los escritores no son o no deben ser vendedores y no tienen por qué pillar la atención de los jóvenes utilizando complicadas estrategias de marketing, haciendo focus goups o desarrollando tecnología tan adictiva como una droga o un dulce. 

Por supuesto los niños están muy ocupados. La escuela, tarea, deportes, trabajos, ropa, papás, hermanos y hermanas, amistades, noviazgos, música, y sobre todo pantallas (TV, Internet, juegos, textear, instagramear) --comparado a esto, leer un libro hace una débil y petulante demanda sobre su tiempo. Leer frustra el sentido de estar en todas partes en todo momento de su smartphone. De repente están atascados en una página, anclados, naufragados y a muchos no les divierte. Estar desconectados los hace ansiosos y hasta los enfada. "Los libros huelen como los ancianos", escuché decir a un estudiante en New Haven.  

Lo que se pierde al no tener la capacidad de inmersión en los grandes textos es una dimensión moral y estética de la realidad, una profundidad de existir en contigüidad con las grandes mentes y las grandes emociones de la humanidad, que resuenan en nuestras experiencias cuando corren por nuestra memoria conciencias paralelas, grandes ríos de ideas, poemas que iluminan la percepción, dimensiones añadidas a nuestra forma de experimentar el mundo, secretas alianzas.

Quizás existan numerosas otras razones por las cuales los jóvenes están leyendo menos y no sólo la ubicuidad de las pantallas, pero lo que es innegable es que el declive en la lectura es un signo de decadencia cultural si es que entendemos la cultura como algo más que la cantidad de datos a los que estamos expuestos: una profundidad de reflexión, una sensibilidad a la belleza, una inclinación a los ideales y a los valores que han superado el paso del tiempo.

El poeta Charles Simic llamó a nuestra era la era de la ignorancia:

Hemos necesitado muchos años de indiferencia y estupidez para hacernos tan ignorantes como somos hoy. Cualquiera que haya enseñado en una universidad los últimos 40 años, como yo lo he hecho, puede decirte que los estudiantes que salen de la preparatoria cada año saben menos. Primero fue desconcertante, pero ya no sorprende a ningún instructor universitario que los amables y entusiastas jóvenes que se enrolan en las clases no tienen la habilidad de retener la mayoría del material que se enseña. Enseñar literatura inglesa, como yo he hecho, se ha vuelto más difícil cada año, ya que los estudiantes leen menos literatura antes de entrar a la universidad y carecen de la más básica información histórica del período en el que una novela o un poema fue escrito, incluyendo las ideas y los asuntos que ocupaban a las personas de ese momento.

 

También en Pijama Surf: ¿Vivimos en la era de la ignorancia?

Twitter del autor: @alepholo