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Consideraciones místicas para una espiritualidad basada en la experiencia y no en el dogma

¿A qué nos referimos cuándo hablamos del misticismo? Creo que aunque todos tenemos una idea general que seguramente no estará demasiado lejos del significado de esta palabra e incluso de la forma en la que se ha vivido el misticismo, nos podemos beneficiar al mirar más de cerca lo que es el misticismo y lo que hace que alguien sea un místico. 

La palabra "místico" tiene la misma raíz que "misterio" y está relacionada con la iniciación, como ocurría con los misterios en Grecia. La etimología parece originarse en una palabra griega para significar algo cerrado o incluso los labios o la boca cerrada. Es decir, lo místico es lo secreto, lo que no se dice o, quizás, podemos decir que es justamente lo que no puede decirse, porque al comunicarse verbalmente pierde su esencia. "Lo inexpresable, ciertamente, existe. Se muestra, es lo místico", dijo famosamente Wittgenstein. 

En un sentido más cercano a la forma en la que se vive o se ha vivido históricamente el misticismo, el filósofo Manly P. Hall define el misticismo así: "una creencia o convicción de que la experiencia de la esencia divina es posible sin la intervención de la teología organizada", la cual "lleva a la religión de la autoridad hacia la sustancia de la experiencia" (Practical Mysticism in Modern Living). En su libro Mystical Christ, Hall agrega: "El misticismo enseña la disponibilidad inmanente del poder divino". De aquí podemos empezar a consolidar una definición más redonda, encontrando algunas constantes: el misticismo está ligado a una experiencia de lo divino y no a un conocimiento teológico, dogmático o meramente "teórico". También, es característica del místico eliminar toda pompa religiosa, toda aparatosidad y psicotécnica que no sea esencial en su camino para acercarse a lo divino sin intermediación o que se desvíe del principio de su fe (puesto que sólo la vida en concordancia con los principios puede producir experiencias místicas reales). Hall señala que lo propio de los místicos no es buscar una esfera de influencia o convertirse en militantes y que de hecho los místicos históricamente han florecido a la sombra de las instituciones, especialmente en épocas de crisis religiosa o de persecución. "El místico busca en sí mismo lo que no ha logrado encontrar en su credo... En el momento en el que la búsqueda de la realidad se torna hacia el interior, alejándose de las formas hacia la vida misma, los hechos más profundos y bellos de la religión se vuelven tangibles". 

Lawrence Kushner, académico judío experto en cábala, ensaya la siguiente definición: "Un místico es toda persona que tiene la incipiente sospecha de que detrás de la aparente discordia, discontinuidad, fragmentación y contradicción  que nos asalta todos los días subyace una unidad oculta". Aquí podemos añadir a nuestro "bordado místico" la noción de la aspiración, deseo o ardor místico, que mueve al místico a hurgar más allá de lo aparente y hacer una búsqueda espiritual, una peregrinación o un viaje --generalmente interno, el cual podrá emprender solamente a través de la devoción y el ascetismo. Esta idea es expresada bellamente con la "noche oscura" de San Juan de la Cruz, en la que el alma emprende su viaje hacia la divinidad, una vez que se ha sosegado la casa, la condición para que el vuelo espiritual pueda ocurrir. 

Podemos subrayar otra característica del misticismo, también con Kushner: "El principio fue ver por un escaso momento que había algo más en la realidad de lo que puede observarse con el ojo desnudo. El final es ver acaso por un solo momento que la multiplicidad aparente es en realidad una unidad". Una de las experiencias comunes al misticismo es la de observar la unidad dentro de la diversidad, la unidad como realidad más allá de las apariencias. Esta es la visión relatada por innumerables místicos, cuando el todo de alguna manera se vuelve visible en la parte y de aquí, en este asombro de la divina ingeniería que ha podido difundirse íntegramente en cada parte del cosmos, se renueva la fe y se intensifican los bríos de conocer esa unidad, y de hacerse uno con ella. El místico, en todas las tradiciones, es aquel que conoce, que experimenta la gnosis, un conocer que es necesariamente una transformación: una transustanciación. "La Realidad es unión de la Conciencia con el objeto: hay identidad", escribe René Schwaller de Lubicz. En su epigrama Quien es Dios ve a Dios, el místico alemán Angelus Silesius dice:

Porque en su verdadera naturaleza, la luz yo deberé de ver,

En Él me he de convertir, o de otra forma esto no podrá ser.

Y en otro de sus epigramas:

En Dios nada es conocido: Él es indiviso, Uno,

eso que uno conoce en Él, uno mismo debe hacerse.

Esto nos lleva a la importante noción de que el místico, para tener una experiencia mística verdadera, debe vivir en conformidad con los principios universales sobre los cuales está basada la religión. Esto es no sólo en un sentido dogmático, sino en experiencia viva: la vida como presencia divina. No hay atajo a Dios. El templo debe construirse. La doctrina debe caminarse en su totalidad. Manly P. Hall hace mucho énfasis en esto. "El misticismo debe ser un efecto cuya causa debe ser igual al efecto producido", esto es, lo místico nunca es el resultado del milagro, sino que es consecuencia de una labor espiritual que responde a la ley de la causa y el efecto o el karma. Lo místico tampoco debe ser buscado como una súbita fuerza redentora, una visión santa a toda costa: el fin no puede ser separado de sus medios, ya que se caería en un acto de incongruencia y deshonestidad y según Hall, "la honestidad es el principio del misticismo". "El individuo moderno piensa que puede obtener ciertos poderes, no obstante su condición actual, utilizando trucos, drogas o fórmulas científicas... lograr una extensión de sus facultades aparte de un sistema de mérito". Hall recalca que el místico se conoce por sus obras, por cómo vive y se relaciona con los demás, no por la complejidad o supuesta elevación de una visión mística única o de un supuesto poder sobrenatural. Existe una tenue línea entre el misticismo y la alucinación, pero una experiencia mística podrá juzgarse por sus frutos, por como el individuo consigue integrar lo que ha conocido a su vida diaria, la cual deberá ser también mística.

Otro aspecto a considerar aquí que es parte esencial del místico es su renuncia a su importancia personal para disolver las fronteras que lo separan de su deseo. El místico no quiere convertirse en un dios y reinar, quiere olvidarse a sí mismo para hacerse uno con la divinidad que es Todo; no quiere poseer, quiere ser poseído. "El misticismo afirma que la verdad no puede ser poseída siquiera por la mente. Por una virtud en sí misma peculiar, sin embargo, el corazón puede ser poseído por la verdad. Crecemos no pidiendo más, sino aceptando. Esta gradual transformación es revelada de forma hermosa por el Cantar de los Cantares, donde Salomón primero canta 'mi amada es mía', luego 'mi amada es mía y yo soy de mi amada' y finalmente el rey dice 'Yo soy de mi amada'... esto marca una moción de la conciencia mística 'hacia la perfección de la renuncia', hacia la entrega total". Este proceso de erradicación de la individualidad en función de nulificarse para dejarse poseer por aquello que es de manera incondicionada e ilimitada y que por lo tanto obstaculizamos al limitar lo que somos a un yo individual, es testimonio de "una victoria de lo impersonal sobre lo personal... de la realidad sobre el apetito" y marca una "reducción del ego para la elevación de los principios por sobre la personalidad".

Estamos aquí ante una doctrina del corazón y de la intuición por sobre la mente racional, puesto que la naturaleza de la mente es el análisis, la separación, la comparación y la autoafirmación. El corazón, sin embargo, puede ser una forma distinta de conocer que nos lleve a la identidad con lo que conocemos: el corazón como un ojo más sensible, que se abre a lo invisible por una simpatía. "Hay en el hombre una inteligencia cerebral y una inteligencia innata, llamada 'del corazón', que resulta de la fusión por identidad de la naturaleza de la causa cósmica, contenida en su materialización, con esta misma causa en nosotros", escribe Schwaller de Lubicz. En el budismo el corazón es donde Buda establece su trono, simbolizado por la flor de loto. De alguna manera el corazón puede conocer la luz, porque es él mismo un sol pequeño, nos diría la ley de la analogía. El corazón, también, tiene esta cercanía con la divinidad, porque comparte una misma actividad: es el gran centro energético que se da a sí mismo, fuente de la vida. "El corazón nos dice que ganamos todo dando todo. Así podremos conocer que a través del amor a Dios, experimentamos al Dios del amor. El corazón, de hecho, se convierte en lo que la mente siempre busca", dice Hall. El corazón se convierte en el amado, en la fuente inagotable del amor: un fuego es todos los fuegos. "La fe se convierte en una disciplina del corazón como la filosofía es una disciplina de la mente... El hombre creó el Dios vengativo, el cual es una sombra sin sustancia. A través de la fe, el hombre llega a conocer al Dios del amor que habita en la eternidad".

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Vivimos en un mundo en el que la religión para gran parte de la opinión pública y para las supuestamente más altas cúpulas del saber ha perdido legitimidad, habiendo sido descalificada como método de conocimiento, acaso por la transferencia (¿mágica?) de los actos impíos cometidos por personas e instituciones religiosas. Esto, sin embargo, es como censurar a la ciencia porque se utilizó para hacer una bomba atómica. Hace casi 70 años Manly P. Hall escribió:

Las corrupciones de la Iglesia no afectan la integridad del contenido espiritual de la religión... Rechazar la sustancia [de las enseñanzas] debido a que una organización humana fue inadecuada es estúpido... Todos los cuerpos finalmente se vuelven infirmes y perecen. Pero la verdad en sí misma no puede desaparecer en el polvo, sino que eternamente está esculpiendo formas más nobles a través de las cuales operar. Puede que la creencia moderna materialista de que la vida no tiene existencia aparte del cuerpo, y que el hombre no tiene un alma inmortal, haya contribuido a la noción de que la religión es idéntica a las estructuras teológicas y no puede existir por separado. El idealista no aceptará lo anterior.

Así, quienes buscan e incluso consideran necesario tener experiencias de integración, de asombro ante la belleza y el orden del universo, de profundo compromiso ético y de amor hacia todos los seres, reconocerán que el misticismo no puede ser nunca erradicado y que la misma religión --en tanto su esencia más noble de re-ligarnos con los principios y los valores universales-- nunca podrá ser mancillada: permanece siempre inmaculada como el espíritu que entra al mundo pero no es del mundo.

 

Twitter del autor: @alepholo

La tradición budista hace disponible una serie de recursos para meditar sobre la irrealidad del mundo --con base en una profunda lógica filosófica-- y acercarnos a la liberación a través del entendimiento de la naturaleza mágica y onírica que tienen todas las cosas

En la segunda entrega de los ejercicios de percepción espiritual --un acercamiento práctico a la espiritualidad basado en el desarrollo y purificación de la percepción, tomando el ejemplo de grandes maestros de la filosofía, el arte y la religión-- indagaremos la noción budista de que la realidad como la conocemos --sólida, fija y estable-- es una ilusión. En esto no se hace distinción: tanto la vigilia como los sueños son irreales, son fabricaciones mentales interdependientes. Para llevar a la mente a la lucidez de darse cuenta de que "esto es un sueño", los budistas practican diversas meditaciones y ejercicios de autoobservación. Intentaremos aquí brindar un poco de contexto, esbozar la parte simple --y no por ello menos poderosa-- del ejercicio y entender la filosofía que sustenta esta noción, la cual es fundamental para que podamos llegar a la realización de una conciencia despierta, la cual es la esencia del estado de la budeidad: el término buddhi significa justamente despertar, una conciencia lúcida y despierta. Finalmente consideraremos que este ejercicio va más allá de una práctica para tener sueños lúcidos, si bien puede tener ese beneficio como un efecto añadido, su perfeccionamiento hace de la vigilia y el sueño un mismo contínuum, un único estado de conciencia libre de apegos, fijaciones y dualidad perceptual. Un paso esencial para el gran cometido de hacer la mente como el espacio: luminosa vacuidad que se da cuenta de sí misma. 

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La metáfora de la existencia ordinaria como un sueño aparece en innumerables sutras y comentarios en las diferentes escuelas del budismo. Una de las más famosas menciones ocurre en el Sutra del Diamante:

Debes ver este mundo como algo pasajero,

como una estrella en la mañana, una burbuja en un arroyo,

un relámpago o una nube de verano,

un destello parpadeante, un espectro y un sueño.

Esta serie de imágenes que encontramos en el budismo mahayana nos llegan a través del gran maestro tibetano Lonchenpa como ocho símiles que ilustrarán diferentes principios filosóficos de la irrealidad. Longchenpa nos dice que el mundo se parece a un reflejo en un espejo, a la luna en el agua, a un eco, a un arco iris,  a un sueño, a una ciudad de gandharvas, a un espectro y a una ilusión óptica creada por un mago. En uno de sus Siete preciosos tesoros, se dice:

La felicidad o el sufrimiento del nirvana o el samsara son como sueños o pesadillas. Desde el momento de su aparición, su naturaleza está libre de elaboración. A partir de esta [naturaleza libre de elaboración], la causalidad del surgimiento y la cesación aparecen como un sueño, como maia, como una ilusión óptica, una ciudad de gandharvas, un eco, un reflejo, sin ninguna realidad.

Es por esta noción de la irrealidad e insustancialidad del mundo que los budistas practican diferentes técnicas para establecer en su percepción lo que llaman "la perspectiva correcta", que en este caso consiste en ver que el mundo es irreal, por impermanente e interdependiente. En su conferencia sobre el budismo, parte de un ciclo de Siete noches, Borges hace un comentario sobre esta práctica:

En los monasterios budistas uno de los ejercicios es este: el neófito tiene que vivir cada momento de su vida viviéndolo plenamente. Debe pensar: "ahora es el mediodía, ahora estoy atravesando el patio, ahora me encontraré con el superior", y al mismo tiempo debe pensar que el mediodía, el patio y el superior son irreales, son tan irreales como él y como sus pensamientos. 

Borges añade que para poder acercarnos a erradicar el sufrimiento "debemos llegar a comprender que el mundo es una aparición, un sueño, que la vida es sueño. Pero eso debemos sentirlo profundamente, llegar a ello a través de los ejercicios de meditación".

En la traducción de uno de los textos preliminares para la práctica de la Gran Perfección de Longchenpa (el cual Keith Dowman traduce como Maha Yoga), se dice:

Como práctica principal medita de la siguiente forma:

El mundo exterior, sus montañas y valles, pueblos y ciudades y seres vivientes,

compuestos de tierra, agua, aire, fuego y espacio, todas las formas, sonidos, olores, sabores y sensaciones,

los cinco objetos sensoriales y el mundo interno de la mente-cuerpo y su conciencia sensorial, toda la experiencia,

deben ser atendidos incesantemente como un sueño.

Longchenpa dice que esta conciencia del sueño que es la realidad tiene los beneficios de que "el intelecto se relaja y el aferramiento inmediatamente cesa --el aspecto objetivo es refutado, y el sujeto se retira", esto después de un tiempo permite que cuando la mente se acerca a las situaciones "como si fueran un sueño", sin poder encontrar algo sustancial a lo cual adherirse, entonces se "sumerge en un espacio todopenetrante como el cielo... desprovista de toda actividad mental compulsiva, emerge como espontánea y simple cualidad vacía". Esto nos lleva a una prístina conciencia no dual, lo que se conoce como rigpa. La mente se vuelve como el espacio en toda su vastedad y vacuidad, el único fundamento constante y real. Esta realización, nos dice Longchenpa, tiene numerosos otros beneficios, como los que pueden ocurrir en un sueño lúcido: al  descubrir que estamos soñando podemos viajar inmediatamente a paraísos de la mente --a todas las Tierras Puras-- y ejercer todo tipo de poderes supernaturales y "alcanzar el jnana, el samadhi y una multitud de dakinis" y, sin embargo, el beneficio supremo es la liberación de la ilusión consustancial de la existencia reificada.

Thinley Norbu Rinpoche, uno de los más recientes grandes maestros del linaje budista Nyingma, el más antiguo del Tíbet y del cual también forma parte Longchenpa, dice en su libro Magic Dance: "los fenómenos no tienen existencia verdadera pero aparecen a todos. Ver todas las apariciones como mágicas, y así abandonar el apego a la existencia como real, entonces, tiene la habilidad de lograr la liberación". Así el sueño y los fenómenos de los cuales está compuesto se vuelven sabiduría pura, la delicia del espacio libre que conoce el gran espectáculo de la existencia sin formar ninguna relación objetificante; libre de la alucinación de creer en su realidad, el arco iris se puede disfrutar como lo que es. Para establecer este delicioso modo de percepción, en el cual nada se cristaliza, nada se coagula --el modo del contemplativo puro, es sumamente útil repetirnos todos los días cada vez que descubrimos que nos estamos enmarañando con una situación, que nos identificamos con un fenómeno o un concepto o que simplemente creemos en la solidez irreversible de las cosas: "esto es un sueño". ¡Y que alivio que lo sea! 

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Para entender por qué los budistas consideran que el mundo es como un sueño, debemos explorar la noción del surgimiento dependiente o pratityasamutpada.      

Padmasambhava ("el nacido del loto"), el gran patriarca del budismo tibetano, inicia sus instrucciones sobre el yoga de los sueños: "Es así: todos los fenómenos son inexistentes, pero aparentan existir y son establecidos como varias cosas". Con esto no se refiere a los fenómenos de los sueños solamente, los fenómenos de la vigilia también son inexistentes. Alan Wallace comenta sobre esto en su texto Dreaming Yourself Awake: Lucid Dreaming and Tibetan Dream Yoga for Insight and Transformation: "Nos está sugiriendo que nuestra experiencia despierta es tan ilusoria y fantástica como nuestros sueños. Esta es la perspectiva de la vacuidad". Lo que significa que "los fenómenos no existen por su propia naturaleza, ni subjetiva ni objetivamente... existen interdependientemente". En los sueños esto nos queda muy claro, una montaña, una persona, un evento que sucede en el "drama onírico" es claramente dependiente de nuestra imaginación, de nuestros recuerdos, de eventos que vivimos anteriormente. Tiene una existencia interdependiente, no una existencia inherente. Todo lo que aparece en el sueño son formaciones de la mente; el budismo nos dice que también todo lo que aparece en la vigilia son formaciones de la mente y tienen una existencia interdependiente. Y, de la misma manera que es útil cobrar lucidez durante los sueños para no sufrir por los eventos que ocurren --aunque estos se esfumen cuando llega el amanecer, algunos de los cuales nos pueden llevar al más puro terror, es igualmente necesario obtener un estado de lucidez en la vigilia para que así no suframos por los eventos que ocurren, los cuales también se desvanecerán un día.

Es importante mencionar que vacuidad no debe entenderse en términos nihilistas, como una ausencia absoluta de toda existencia, sino como un "no encontrar algo". Ya que las cosas son interdependientes, si trazamos las causas de cada una y vemos de qué dependen, tendremos que hacer una regresión infinita y nunca encontraremos una esencia independiente. Los budistas han hecho una épica pesquisa a lo largo de los siglos para encontrar el yo y no lo han hallado, justamente porque todos los candidatos dependen de una u otra cosa y no parecen tener una esencia inherente en la cual se pueda apuntalar ese yo. Dice Wallace:

¿Qué o quién es este yo? Si apuntas a tu cuerpo, bueno, pues eso es el "cuerpo", no el "yo". Usualmente pensamos que somos más que sólo nuestro cuerpo, por lo que podemos decir que el "yo" o está en el cuerpo o el "yo" es superior al cuerpo... Pero si el "yo" está en el cuerpo, ¿en dónde en el cuerpo es que está? Si apuntas a tu pecho y dices "está en mi corazón" puedes estar seguro que ningún cirujano del corazón ha visto un "yo" ahí. Si dices que tu "yo" está en tu cerebro --el centro donde se asume yace el pensamiento y el espacio centralizado entre tus órganos sensoriales principales-- tampoco ningún neurocirujano ha visto el "yo" ahí.

Es posible que entonces sostengas que esto es una reducción muy simplista y que existimos como algo más complejo y sofisticado --algún tipo de patrón o colección de partes corporales y pensamientos producidos neuronalmente, memorias y emociones. Pero al afirmar esto hemos regresado a la idea budista de la interdependencia.

Wallace añade que este mismo proceso puede llevarse a cabo con todos los objetos y fenómenos; en todos los casos existe una interdependencia. Es por ello que el físico Werner Heisenberg dijo sobre las observaciones de la mecánica cuántica: "lo que observamos no es la naturaleza en sí misma, sino la naturaleza expuesta a nuestros métodos de interrogación". Dentro de este mundo (sueño) no podemos ir más allá de la interdependencia.

Así el átomo se vuelve, como el yo individual, una entidad interdependiente cuya naturaleza recae en causas previas y condiciones, componentes y atributos del fenómeno observado y, sobre todo, en una designación conceptual --la medición, la experimentación y el etiquetado que involucra a una lista creciente de partículas subatómicas y sus comportamientos, los cuales nos llevan a la perplejidad. Si los átomos no tienen existencia absoluta... entonces todo el universo es puesto en duda.

Y la estocada final: "si estás reificando estás soñando", es decir, si percibes una realidad de objetos separados, que se mantienen fijos y estables, es seguro que estás dentro de un sueño.  

Esto nos puede llevar a la conclusión de que el yo, o más aún de que el ser, no está en ninguna parte o que de existir, necesariamente, debe de estar en todas partes, debe de ser no-local, debe de estar distribuido equitativamente sin un centro y desafectado de todos los cambios y sucesos que ocurren. Es por esto que algunas corrientes budistas,  como el dzogchen, hablan del espacio base de los fenómenos como la mente y como la realidad absoluta, el cuerpo unitario de todos los fenómenos, el dharmakaya, el cual es vacuidad-sabiduría inmacualda. Y es que el espacio es la metáfora de lo único constante, lo único que permanece, la simiente o base de todos los fenómenos. Como dice D. T. Suzuki: "La vacuidad, conceptualmente susceptible a confundirse con la nada, es de hecho el reservorio de infinitas posibilidades". Es este vacío la fuente ubicua de la cual surgen todos los fenómenos como estrellas fugaces, y a la cual todos regresan. Y es por todo lo anterior que se dice que el espacio es la esencia de "vajra", lo único indestructible.

Por último, quiero terminar esta segunda parte de los ejercicios espirituales de percepción con unos breves fragmentos de un texto de Dudjom Lingpa, otro de los grandes maestros Nyingma. En el libro traducido como Buddhahood without Meditation, Dudjom Lingpa narra cómo es visitado por algunas de las emanaciones de los budas de su linaje. Como en sueños, estos seres iluminados le revelan que el mundo es un sueño:

En una ocasión cuando me encontré con Orgyan Tsokey Dorje, la encarnación de las ilusiones mágicas de la conciencia intemporal, me dio algunos consejos sobre cómo refinar mi percepción para que pudiera notar que las cosas son ilusorias (gyu-ma). "Para que te introduzca directamente a la interdependencia de causas y condiciones aviniendo de manera conjunta, considera lo siguiente: la causa es el fundamento del ser como espacio base, el cual es prístinamente lúcido y está dotado de la capacidad de que cualquier cosa surja de él. La condición es una conciencia que concibe de un 'yo'. Al juntarse estas dos, todas las apariencias sensoriales se manifiestan como ilusiones.

Dudjom Lingpa nos empieza a revelar el secreto para lograr percibir el sueño como lo que es: sueño, ilusión. La identificación con un yo es lo que impide que notemos la irrealidad de las cosas, puesto que al concebir un yo estamos necesariamente también construyendo un edificio mental que nos separa de todas las demás cosas: ser un yo individual es no ser todo lo demás. Es el yo el que crea el mundo de los objetos. Y para seguir existiendo, desesperadamente en un instinto de subsistencia, nos hace creer que esos objetos, de los cuales obtiene su identidad por diferenciación, son reales. Sólo así él también es real. Continua Dudjom Lingpa: 

Todos los fenómenos, que se manifiestan como lo hacen, son inefables, y sin embargo aparecen debido a la influencia de concebir un yo. Este proceso es como un espejismo apareciendo por la sincronicidad del espacio vívidamente claro y la presencia del calor y la humedad. Todas las apariencias sensoriales de la conciencia despierta, los estados oníricos, el bardo, las vidas futuras son aparentes y sin embargo inefables. La confusión nace de nuestra fijación en su aparente realidad. Es esto como un sueño que uno no considera una ilusión. En vez de decir "Esto es un sueño", se solidifica y reifica como un objeto persistente del ambiente. Debido a la predominante condición de la percepción de un "yo" interno, el reino de los fenómenos se manifiesta como un algo que es un otro. Esto es como la aparición de un reflejo a través de la conexión interdependiente de un rostro y un espejismo juntándose. 

Todas las apariencias sensibles no son más que el espacio base del ser, y son una con el espacio base en sí mismo, como los reflejos de todos los planetas y estrellas en el océano que no son otra cosa más que el océano, son uno y el mismo sabor que el agua misma.

Creo que tenemos aquí una buena plantilla para trabajar con este ejercicio cuyo fin es liberarnos del sufrimiento que genera la percepción de una realidad estable, obtusa y onerosa y de una relación de identidad fija con las cosas, con los fenómenos y con el yo mismo. La inspiración viene por parte de este tesoro de conocimiento que nos ha legado el budismo. Como señala Borges:  

Gautama que llegó a ser el Buddha, es decir, el Despierto, el Lúcido --a diferencia de nosotros que estamos dormidos o que estamos soñando ese largo sueño que es la vida. Recuerdo una frase de Joyce: "La historia es una pesadilla de la que quiero despertarme". Pues bien, Siddharta, a la edad de 30 años, llegó a despertarse y a ser el Buddha.

Y el mismo escritor argentino alcanza a atisbar que: 

Nosotros (la indivisa divinidad que opera en nosotros) hemos soñado el mundo. Lo hemos soñado resistente, misterioso, visible, ubicuo en el espacio y firme en el tiempo; pero hemos consentido en su arquitectura tenues y eternos intersticios de sinrazón para saber que es falso.

Estemos atentos a percibir esos "tenues y eternos intersticios", esos "glitches" en la construcción relativa de la realidad, esos túneles radiantes en el cuerpo de Maya, para en un acto de conciencia lúcida y relajada encontrar la salida de esta casa de los sueños que, como alcanzó a percibir el Buda, está siendo consumida en este mismo momento por un devorador incendio.

 

Twitter del autor: @alepholo

Lee la primera parte: La retrospección pitagórica