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Por medio de un análisis exhaustivo de los 22 arcanos del tarot se intentará darle un sentido al ejercicio cinematográfico como regulador de la percepción de la vida

El Diablo en magia negra, es el gran agente mágico empleado para el mal, por una voluntad perversa.

                                                                                                                     Eliphas Lévi

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Marlon Brando y el método

Hay un soplo proveniente de las entrañas de varios de los personajes interpretados por Brando en el cine, que destilan una particular malevolencia, conectándolo a un nivel arquetípico con el arcano. Podemos iniciar describiendo la carta donde de nuevo un hermafrodita, esta vez con alas también pero no de ave como la templanza sino de murciélago, tiene además cuernos en la cabeza. Se dicen varias cosas comparativamente entre esta carta y la del papa, dos lados distintos de la misma moneda; llaman la atención los acólitos del papa que lo miran, mientras los dos pequeños seres humanoides que están debajo del Diablo le dan la espalda, como si ignoraran su presencia aunque estén amarrados del cuello de su pedestal/caldero. Esto del amarre nos posiciona con las naturalezas del naipe en cuanto a subordinación, ruina y esclavitud (los famosos amarres de la brujería negra), y es curioso que se hace hincapié en que son holgados. En especial hay un rol que protagonizó Marlon Brando que reúne muchas características de varios de sus personajes: es la decadencia vivida con todos estos elementos. La isla del Dr. Moreau (John Frankenheimer y Richard Stanley, 1996) es famosa por el caos que se vivió durante su filmación, dando como primer resultado el cambio de director. Una adaptación del clásico de H. G. Wells, conteniendo temas como los del control sobre lo biológico, jugar a ser Dios, y el engaño para esclavizar. Más allá de que los seres creados por Moreau/Brando sean humanoides con rasgos animales en un desquiciado juego genético que resuenan con los dibujos de la carta, el personaje de Moreau es de lo más cercano al arcano en el cine.

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La clave para entender la diablura de Brando es el método de actuación (Actors Studio), un sistema que adaptaba las enseñanzas de Konstantín Stanislavski en EEUU y que trascendiera en Hollywood. Mucho antes de que Brando se enamorara de Tahití casándose con una nativa, hasta llegar a comprar una pequeña isla, estudió actuación siendo un talentoso desconocido, un natural. Su maestra fue Stella Adler, una discípula directa de Stanislavski, que difirió en opinión con Lee Strasberg, quien maneja la otra técnica, que tiene que ver con la sustitución de sentimientos. Adler iba más por el calor de la escena, responder pero al estímulo real con los demás actores; así Brando controla al actor que tiene delante y se impulsa sobre el arcano del Diablo; embustero, calculador, controlador de la voluntad ajena.        

 

La sombra

Hay una oscura sustancia que se desprende de las cosas y de los seres vivos cuando se enfrentan a la luz: la sombra; reside en otro sentido, no físico, en el interior del individuo, nace con él y vive a su lado toda su vida. En la medida en que no asimilamos nuestra sombra, enfermamos o nos volvemos seres nocivos para nuestro círculo cercano y lejano. Si nos dedicamos a concientizar la pequeña bestia interior es cuando podemos llegar a dar la vuelta para convertirnos en los acólitos que existen mirando al arcano del papa de frente. Miremos las figuras de los dos pequeños seres que están abajo del Diablo: no lo miran, le dan la espalda y están controlados, en cambio en el papa lo miran de frente con toda conciencia y libre albedrío.

Hay una maravillosa adaptación de El señor de las moscas (Peter Brook, 1963) donde se retrata el manejo de la sombra por un grupo de jóvenes atrapados en una isla. Ralph y Jack se presentan como dos opciones, guías para el grupo, dos maneras de asimilar la sombra, al Diablo y al papa. Ralph presenta una ética que nace de la observación y responde a lo que lo rodea, en tanto que Jack trae la diversión inmediata, la poca reflexión, el poseer y decidir sobre la voluntad ajena, así los arcanos opuestos.

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La película consigue transmitir lo que el libro de William Golding, el grupo de niños crea una entidad superior a ellos, que controla todo, para poder dejar salir todos sus bajos impulsos, su maldad por decirlo de algún modo. Eso es lo que ha sucedido a nivel social en el mundo, creyendo en alguien o algo que nos brinda poder para dominar el mundo de las pasiones, para proveernos de pasión desmedida, podemos intuir que hay un ser que nos puede ayudar en todas estas cuestiones materiales, confiamos en nuestro deseo y hacemos cualquier cosa por ello, nos comportamos de cualquier forma. Si el mundo material nos rodea y nos domina, estamos sometidos al Diablo.

Es la relación de todos los componentes en la carta, hombre y mujer humanoides se ven, se desean, el Diablo gana erguido entre los dos, siendo de donde proviene su animalidad la llama del caldero que lo sostiene, de donde están sujetados. En los dos pequeños seres, y en sus dos sexos, eso los ata por ese rumbo del deseo a la esclavitud, de no poder trascender un estado animal ni tampoco tener las cosas que desean porque están amarrados por el mismo apetito, no pueden tener ningún tipo de satisfacción. Miremos también la mano izquierda del Diablo, toma una espada pero no por el mango sino por el filo y se lastima; es el masoquismo que deviene de su sadismo sobre los seres inferiores:  

Esta carta es, en cierto sentido, lo opuesto a Los Enamorados. Si la puesta en escena de la pareja de enamorados era en el paraíso, ahora es en el infierno. Si les hablaba un ángel, ahora les habla un demonio. Si tenían libertad de decidir, ahora son esclavos de las pasiones, de los instintos, que se ven en sus colas, cuernos y orejas. Muy apegado a lo material, y lejos de lo espiritual, vibrar bajo por decirlo de algún modo, separándonos de lo divino.

De está forma en El retorno del Jedi (Richard Marquand, 1983) podemos ver el arquetipo de forma gráfica, así en la relación del personaje de Jabba the Hutt y la princesa Leia.

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De fondo y en esencia más bien tendría que ver con cintas como lo es el Gigolo Americano (Paul Schrader, 1980), donde Julian Kaye (Richard Gere) se dedica a prostituirse en un círculo de alto nivel. La psicología del personaje gira en torno a las sensaciones placenteras que le dan objetos como la ropa que viste (Giorgio Armani) y los automóviles que maneja, o a la cocaína que inhala, y a todo tipo de excesos que lo llevan a ser acusado de un crimen. Así puede funcionar el naipe, como un despertador, un balde de agua fría para recuperar el espíritu antes de que sea tarde.      

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El director de cine como Diablo

Tomemos en cuenta la extensa obra completa de R. W. Fassbinder, llena de sus constantes obsesiones desmedidas, por donde escurren las características del arcano, con un sentido estético delirante. Los personajes parecen vivir sobre la filosofía “controla o sé controlado”; pensemos en Las amargas lágrimas de Petra Von Kant (Fassbinder, 1972), Petra (Margit Carstensen) y el control lascivo que ejerce sobre su asistente que en realidad es esclava, la crueldad desmedida; el drama no tiene otra salida que la venganza de la sirvienta, aplicando los mismos vicios sobre la que era su ama, para simplemente ocupar su lugar. No hay humanos, hay arquetipos; no hay relaciones sino posiciones simbólicas. Pero reflexionemos en Fassbinder como creador a base de chantajes para controlar no sólo a sus actores sino a su equipo de trabajo completo, se relacionaba sexualmente con todos en una especie de comuna donde se erguía como rey, como todo un diablo.

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Hay otro fenómeno parecido que ocurre en las películas que dirige un director que trabaja con un actor con apellido muy similar, entrando así en el territorio de la sincronicidad pura. Steve McQueen y Michael Fassbender invocan al Diablo. Pensemos en Shame (2011), pensemos en Hunger (2008) y pensemos en 12 años de esclavitud (2013). ¿Qué podrían tener en común esos roles aparte de la intensidad extraordinaria de las interpretaciones?: que se basan en sensaciones provistas por los sentidos corporales y detonan reacciones que van al máximo sobre su entorno, afectando dinámicamente.   

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Saló y la pedofilia

Saló o los 120 días de Gomorra (Pier Paolo Pasolini, 1976) adapta libremente el oscuro texto del Marqués de Sade, escritor que en mucho tiene que ver con el arcano en cuestión. Pasolini plantea el nefasto camino que da como resultado un sistema fascista en la cúpula del poder, y lo que sucede con el individuo.

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Pasolini utiliza el nombre de la última región del fascismo de Mussolini, la República de Saló (1943-45) para situar su última metáfora. Los personajes del presidente, el duque, el obispo y el magistrado representan los cuatro poderes del Estado. La película se divide en cuatro partes, círculos infernales que descienden con acciones cada vez más ínfimas. La cinta es el arcano del Diablo, sumamente estética como pocas joyas del séptimo arte, pero conteniendo las peores aberraciones que puede guardar una mente y un cuerpo humanos, porque el espíritu del cielo no está por ningún lado, construyendo un vacío que se vuelca en los distintos pasillos y cuartos de la mansión. Una cinta que se ha prestado a múltiples interpretaciones, pero el significado parece estar en clave, un acertijo de poder como los que hacen las esfinges; el que pueda descifrarlo seguramente podrá entender los peores crímenes que las guerras permiten ejercer sobre los demás, sobre los sistemas de control político, sobre la sociedad en sí y sobre una naturaleza humana que ansía este tipo de sistemas esclavizantes. El humano no es luz per se; es oscuridad, en todo caso, porque primero que nada es un animal mamífero que puede o no ser ocupado por un espíritu, y depende de su libre albedrío para encadenarse o encenderse en un vuelo eterno, conectando con la esencia divina. Una sombra colectiva puede ser tan fuerte como un rayo de luz individual.

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La aceptación de un enorme problema por parte de la Iglesia católica este nuevo siglo, sobre la pedofilia que alberga en una multitud de casos diversos a través de las décadas, ha sido un tema importante para las reformas del nuevo papa que por fin no se ha hecho de la vista gorda, quizás ya sería imposible si se quiere mantener la estructura actual de la iglesia misma. En el cine ha habido recientemente obras importantes que han dedicado tramas singulares a este aberrante fenómeno, pero ninguna tan poderosa como una latinoamericana. El club (Pablo Larraín, 2015) sucede en una pequeña casa-habitación apartada, adonde se aloja a varios integrantes de la Iglesia que han tenido que ver con acciones pederastas. La película de inicio plantea cómo la Iglesia en su estructura es parte del fenómeno, y que tiene maneras de control sobre los individuos que comienzan a ser un problema para sus comunidades. La cinta plantea una vaciedad del espíritu por parte de los individuos que tienen lo que parece ser una enfermedad que los ha dejado sin conciencia, y la metáfora de los perros galgos parece ser el único camino, regresar a ser animales, involucionar. La clave estaría en una frase de Jodorowsky al respecto: “El iniciado no debe rechazar su lado animal, sino aceptarlo, honrarlo y guiarlo hacia la luz”.

 

La pulsión como chivo expiatorio

Hay infinidad de cintas que colocan la figura de Lucifer, que por medio de una invocación constituye una gran amenaza para los personajes y para la humanidad. Pensemos en La novia del Diablo/The Devil Rides Out (Terence Fisher, 1968), que trata de cómo un amigo del grupo de los personajes principales se ha involucrado con una secta satánica que pronto exigirá su primer sacrificio.

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O en La noche del Demonio (Jacques Tourneau, 1957), por mencionar dos joyas del séptimo arte, entre miles de películas de tramas similares.

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En esta segunda cinta el doctor Karswell, que se dedica a investigar actividades de sectas, muere misteriosamente. Un psicólogo y la sobrina del doctor intentarán resolver el crimen científicamente. En ambas hay chivos expiatorios ante el mal en sí, ante la necesidad colectiva de reunir energía y absorber la noche de alguna manera, siendo esto una amenaza para los demás que no son parte del ritual. Nos colocan las cintas en una sociedad que pareciera cuerda y una amenaza de locura que reside en la oscura noche, en logias que aceptan a muy pocos adeptos, pero donde se presenta lo que todos reprimimos; eso es la amenaza, lo que albergamos en nuestro interior sin compartirlo.   

  

Fuentes

Couste, A. El tarot o la máquina de imaginar.

http://astrologia.about.com/od/Tarot/a/Arcano-Mayor-Xv-El-Diablo.htm

http://www.blogdecine.com/cine-europeo/cine-y-polemica-salo-o-los-120-dias-de-sodoma

https://kalima001.wordpress.com/2011/12/30/tarot-17-atu-xv-el-diablo/

 

Twitter del autor: @psicanzuelo

También en Pijama Surf: Las 22 puertas del castillo-espejo: XV La Templanza (la carta 14)

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La abstención de animales como fuente alimenticia tiene una larga historia en Occidente

Aunque muchos asocian el vegetarianismo con las religiones salidas del subcontinente indio, la verdad es que la abstención de animales como fuente alimenticia tiene una larga historia en Occidente, ligada a la práctica espiritual en un marco tradicional. En las versiones antiguas del diccionario de la Real Academia Española existía una curiosa acepción que ya no es posible encontrar, pero que revela este hecho con manifiesta nitidez. Como definición del adjetivo pitagórico figuraba aquel que se abstiene de comer carne. Y es que Pitágoras fue el más célebre de los vegetarianos de la antigüedad. La dieta pitagórica, que siguieron todos los miembros de la augusta fraternidad que fundara en Crotona, buscaba establecer algunas normas fundamentales que resultaban de gran importancia para la ascesis espiritual del neófito.

En el contexto de las tradiciones iniciáticas, la sacralización de las acciones cotidianas es un elemento fundamental que distingue al adepto del profano, y la alimentación no puede quedar por fuera de dicha asimilación hierática. El pitagórico debía seguir una alimentación compasiva, por la que no se hubiese derramado sangre alguna. Para Pitágoras no es posible el perfeccionamiento espiritual del hombre en ausencia de una actitud misericordiosa hacia otros seres. De acuerdo con sus enseñanzas, los animales comparten con el hombre el privilegio de contar con un alma propia. De allí la enorme sensibilidad que muestran, su capacidad para experimentar placer y dolor, sus apegos, aversiones y la animada libertad que parecen exhibir en su comportamiento.

Por otra parte, el iniciado de la orden pitagórica debía observar una alimentación liviana y frugal, a fin de no sobreexcitar los sentidos ni impedir la manifestación del alma a través del cuerpo, ya que es de común conocimiento que un estómago pesado aturde y embota la mente. Los alimentos de origen animal son ricos en proteínas y grasa, razón por la que no favorecían ese estado de claridad mental que buscaban. Además, abstenerse de toda carne les permitía establecer un vínculo simbólico con la luz, fuente de la que obtienen la vida todos los vegetales. El vegetarianismo es, para la corriente apolínea del pensamiento pitagórico, la manera de alimentarse sabiamente en armonía con la generosidad de la tierra.

Por cierto, la palabra dieta proviene del griego δίαιτα, que literalmente significa “régimen de vida”, algo en lo que los pitagóricos ponían gran énfasis. En sus Metamorfosis, el poeta romano Ovidio atribuye a Pitágoras las siguientes palabras, no carentes de cierta severidad: “Mientras los hombres sigan masacrando a sus hermanos animales, reinará sobre la Tierra la guerra y el sufrimiento, y se matarán los unos a los otros, pues aquel que siembre el dolor y la muerte no podrá cosechar el gozo ni la paz”. En la concepción pitagórica del mundo, el sacrificio de animales es un crimen injustificable a la luz de la razón. El hijo de Apolo enseñaba a sus discípulos diciéndoles: “Nunca mojes tu pan en la sangre de los animales ni en las lágrimas de tus semejantes”.

Es muy probable que Platón fuese también vegetariano, dada su admiración por la enseñanza del maestro de Samos, que en cierto modo continuó y transmitió a la posteridad. Algunos historiadores lo ponen en duda a falta de pruebas contundentes en sus escritos, pero su abierta adhesión a las doctrinas pitagóricas hacen difícil pensar otra cosa. Como sea, los seguidores de Platón en épocas posteriores se caracterizaron por ser bastante cuidadosos con lo que se metían a la boca. Plotino y Proclo fueron vegetarianos estrictos y no consentían en absoluto el asesinato de animales. La ascética del neoplatonismo abarca ejercicios espirituales de alejamiento respecto a todo lo que es mortal y carnal, incluyendo un escrupuloso régimen vegetariano. En su obra Sobre la abstinencia, el neoplatónico Porfirio realiza una férrea defensa del vegetarianismo por motivos éticos. De forma equivalente Plutarco, sacerdote de Delfos y destacado neopitagórico, escribe una defensa en su Moralia, obra fundamental que, entre otras cosas, afirma el derecho de los animales a ser tratados con justicia y bondad en virtud de su capacidad sensible. En ella el intérprete de la pitonisa se cuestiona:

¿Puedes realmente preguntar qué razón llevó a Pitágoras a abstenerse de la carne? Por mi parte yo me pregunto qué accidente, y en qué estado de alma y mente, estaba el primer hombre que lo hizo, tocó su boca con un cuchillo y trajo a sus labios la carne de una criatura muerta, aquel que llenó la mesa de muerte con cuerpos rancios y se atrevió a llamar comida y sustento a las que habían antes llorado, rugido, movido y vivido. ¿Cómo pudieron sus ojos soportar la masacre de gargantas cortadas y cueros desollados? ¿Cómo pudo su nariz soportar el hedor? ¿Cómo pudo ser que la contaminación no se llevó el sabor, que hizo contacto con el dolor de otros y chupó el jugo y suero de heridas mortales?

Estas palabras traducen explícitamente el sentido moral de una concepción espiritual del mundo en la que el hombre está destinado a recuperar una conciencia y entendimiento que perdió al contacto con la materia densa. Pero no es sólo en el mundo griego donde nos encontramos prescripciones alimenticias favorables al vegetarianismo. De las epístolas de Plinio el Joven sabemos que todos los cristianos primitivos se abstenían de consumir carne. El mandamiento bíblico original del Génesis 1:29-30, que hace referencia a la alimentación antes de la expulsión del Paraíso, nos dice:

Y dijo Dios: He aquí, yo os he dado toda planta que da semilla que hay en la superficie de toda la tierra, y todo árbol que tiene fruto que da semilla; esto os servirá de alimento. Y a toda bestia de la tierra, a toda ave de los cielos y a todo lo que se mueve sobre la tierra, y que tiene vida, les he dado toda planta verde para alimento.

Es después de la caída que los hombres reciben la dispensa de sacrificar animales para el rito y el sustento. Ese hombre, revestido con la densidad corporal de “las hojas de higuera”, es el que siente deseos de derramar sangre para comer. Es aquel que Johann Georg Gichtel llama hombre tenebroso, que ha perdido el contacto con la gracia divina, encontrándose exiliado en el plano inferior de la materia densa, habitando un cuerpo de pesada carne, en vez de aquel cuerpo de luz con el que fue creado en las regiones superiores. La exégesis anagógica del texto bíblico, y particularmente la interpretación cabalística, desarrolla este mensaje velado tras los símbolos y la leyenda.

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Al día de hoy, los monjes de la Iglesia ortodoxa y de la Iglesia copta son en su gran mayoría vegetarianos, lo mismo que ciertas comunidades monásticas de la Iglesia católica como los cartujos y los cistercienses. Retoman con ello la forma de vida sencilla, contemplativa y misericordiosa que tenía el hombre antes de la caída cósmica, buscando asemejarse a los ángeles que cantan en torno al trono de Dios. La alimentación descrita en el primer capítulo del Génesis fue también la pauta para varias comunidades esenias asentadas en las riberas del mar Muerto durante el primer siglo de nuestra era. Asimismo en la Edad Media, la dieta vegetariana fue esencial para el movimiento Cátaro. Aunque algo extremos en sus prácticas ascéticas, la abstinencia de todo tipo de carnes fue probablemente la más suave de sus austeridades. Su profundo rechazo hacia el mundo iba acompañado de un pacifismo igualmente acentuado, razón por la cual el vegetarianismo representó una forma de vida no violenta, en consonancia con su aversión por las maneras sanguinarias que caracterizaban a otros cristianos de la época.

La intención de estas comunidades religiosas por recobrar el estilo de vida anterior a la expulsión del Paraíso también dio ejemplos de vegetarianismo en época más reciente. La extraña comunidad de teósofos cristianos de Ephrata, que habitaron en Pensilvania durante el siglo XVIII, se apegó a esta misma prescripción alimenticia. Algunas de estas comunidades cristianas hacían alguna excepción ocasional para determinadas fechas; otras eran más estrictas y no quebraban la regla jamás. Esta dieta practicada en el Jardín del Edén, transmitida a través de la línea de Set y sus descendientes, aparece explícitamente retratada en la película Noé, un film de 2014 que también cuenta con abundantes referencias al apócrifo Libro de Enoc. Darren Aronofsky, su director, suele incluir referencias cabalísticas en sus obras cinematográficas y es un conocido activista por los derechos animales.

Resulta curioso pensar que la voz griega sarcófago significa “que come carne”. Ello puede haber dado pie a que Leonardo da Vinci, otro famoso vegetariano, señalara que el hombre es como un cementerio ambulante. En sus últimos años de vida el alquimista y cabalista británico Isaac Newton, más conocido por sus trabajos en física y matemáticas, también practicó el vegetarianismo por razones similares. Marsilio Ficino, máximo representante del neoplatonismo durante el Renacimiento y último sobreviviente de los Fedeli d'Amore, también observó concienzudamente la dieta pitagórica. Los ejemplos individuales son demasiado numerosos como para exponerlos todos aquí.

Pero más allá de la evidencia histórica que vincula el vegetarianismo con las tradiciones espirituales de Occidente y sus representantes, subsiste la pregunta acerca del porqué abstenerse de consumir animales. En una época inundada de relativismo individualista cuesta comprender que la espiritualidad consiste esencialmente en el desarrollo moral del alma humana. Nadie despierta su conciencia sin que ello tenga efectos concretos en la vida cotidiana. Se engaña quien cree que ha alcanzado alguna cima espiritual si en su diario vivir no ha adoptado, como consecuencia de aquello, una manera más compasiva y amorosa de relacionarse con los demás seres sensibles. Pagar para que otro asesine y descuartice no es precisamente un acto misericordioso. Entiendo que el tema genera polémica siempre. Muchos pueden sentirse ofendidos por expresar una verdad de la que no quieren saber. Los mataderos, lamentablemente, son lugares macabros donde el maltrato y el sufrimiento exceden en horror a cualquier campo de concentración.

El desarrollo moral del hombre es un requisito insoslayable en el camino hacia la trascendencia. Se argumentará que no todos los grandes iniciadores han sido vegetarianos y es cierto. Sin embargo ello no nos disculpa como para mirar hacia un lado y seguir creyendo que nuestra indolencia está moralmente justificada. El indecible dolor de las criaturas apela a la extensión y magnanimidad de nuestra conciencia. De allí que la dieta pitagórica sea una salvaguarda frente a esa desidia que raya en la complicidad. De verdad espero no ofender a nadie, sino invitar al descubrimiento de una hermosa forma de ser congruente con principios éticos que refrendan la nobleza espiritual a la que el hombre está llamado.

 

Twitter del autor: @cubicado