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Estudios muestran que el cerebro humano funciona mejor en el campo... pero cada vez migramos más a las ciudades

Ecosistemas

Por: pijamasurf - 05/06/2016

Una contradictoria y lastimosa tendencia puede observarse en la migración a las ciudades

El ser humano avanza de manera acelerada hacia las ciudades, concentrándose en grandes manchas urbanas. Datos de 2014 mostraban que 54% de la población o 3.9 mil millones de personas vivía en una ciudad, tendencia que ha sido proyectada a 6.4 mil millones para 2050. Asimismo, cada vez son menos ciudades las que concentran a la gran mayoría de las personas: uno de cada cinco migrantes en todo el mundo vive en sólo 20 ciudades. Otro reporte reciente revela que para 2025, unas 40 megaciudades tendrán un rol similar o de mayor importancia que naciones enteras. 

Según investigadores de la Universidad de Exeter, una zona del cerebro vinculada con un estado de calma meditativa se activa cuando los individuos contemplan imágenes rurales. Las imágenes urbanas tienen un efecto retardado en el que una parte del cerebro involucrada en procesar la complejidad visual predomina en el aquél. 

"Al mirar un ambiente urbano el cerebro tiene que hacer mucho procesamiento, debido a que no sabe qué es este ambiente", dice el profesor Ian Frampton. "El cerebro no tiene una respuesta inmediata natural, por lo que se pone a trabajar. Parte del cerebro al lidiar con la complejidad visual se activa como diciendo '¿Qué es lo que estoy viendo?'. Incluso si has vivido en una ciudad toda la vida, parece que tu cerebro no sabe realmente qué hacer con esa información y tiene que procesarla". En otras palabras, los paisajes urbanos hacen que nuestro cerebro gaste energía y tenga que dirigir recursos que podrían utilizarse en otra cosas; las imágenes rurales "producen una respuesta mucho más quieta", dicen los investigadores. Ésta es una de las varias razones por las que el campo nos relaja y la ciudad nos estresa (seguramente podrían analizarse también los tipos de ruidos, los colores y los patrones simétricos de los distintos ambientes, los cuales deben de tener efectos importantes).

A la luz de las cifras sobre la migración urbana podemos preguntarnos: ¿es esto una especie de marcha contranatura o al menos contra la marea interna del bienestar? ¿Somos víctimas de la necesidad económica, de perseguir un trabajo en la urbe? Es por ello que vivir en el campo para algunos es una forma de estatus, algo que a veces se piensa que sólo los ricos pueden lograr, aunque en realidad también quienes no tienen interés por tener mucho dinero y adquirir muchas cosas pueden, de manera humilde, vivir bien en el campo. Al final, esa vida tranquila podría ser mucho más feliz, libre de las falsas necesidades del consumismo.

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Ecosistemas

Por: pijamasurf - 05/06/2016

¿Naturaleza y civilización son realidades que no pueden coexistir? Estas imágenes prueban lo contrario

Desde cierta perspectiva, se ha dicho que el progreso humano y la naturaleza son realidades mutuamente excluyentes que no pueden coexistir. Hasta cierto punto esto es cierto, pues la evolución natural y cultural del ser humano tiene en la transformación de su entorno su principal recurso de supervivencia. Sin nuestra capacidad de transformar la naturaleza a nuestro favor es muy posible que hace tiempo nos hubiéramos extinguido.

Una de las preguntas más pertinentes en este contexto es si ese recurso de supervivencia está completamente exento de la posibilidad de equilibrio, esto es, si aun bajo la premisa de que necesitamos transformar el medio ambiente para poder vivir no hay en dicha dinámica una forma de hacerlo sin necesariamente destruir por completo la naturaleza –como sucede cada vez más en nuestra época.

Nosotros no tenemos la respuesta pero sólo aventuramos que, con todos los recursos desarrollados como especie, quizá no sería tan difícil pensar de mejor manera respecto de nuestro futuro y encontrar ese punto en donde las necesidades de nuestra civilización no atropellen la vida de los otros seres con los que convivimos.

Las imágenes que ahora compartimos son una modesta evidencia de que después de todo eso es posible, de que para construir no siempre es necesario destruir, de que quizá ese sería el verdadero fin y prueba de la voluntad civilizatoria.

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