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La foto más bella pero más mutilada de Franz Kafka

Libros

Por: pijamasurf - 05/19/2016

Una fotografía más o menos conocida de Franz Kafka que, sin embargo, es injustamente extraída del bello contexto en que fue tomada

La iconografía de las celebridades tiene algo del fervor o la reverencia que antes se le profesaba a las imágenes de santos y otras entidades rodeadas del aura de lo sagrado. Sea por admiración, empatía, cierta sensación de comunión espiritual o algún otro motivo, cuando se mira la imagen de alguien con cuya obra y aun con cuya vida sentimos cierta identidad, podemos sentir cierto impulso de reverencia, cierto afecto, como si entre esa persona a quien admiramos y nosotros mismos surgiera de pronto un puente invisible, una conexión que sentimos íntima y acaso inconfesable.

Quizá por eso, hay algunas imágenes –fotografías, pinturas– que se han inscrito ya en esa memoria colectiva que llamamos cultura, de tan frecuentadas y adoradas por los feligreses de personas que, parafraseando a Lacan, consiguieron enlazar su subjetividad con la subjetividad de su época, esto es, expresaron lo que creían y querían y encontraron la identificación de otros alrededor suyo –editores, mecenas, lectores, espectadores de su obra, acaso el fundamento y efecto más importante del acto creativo.

Franz Kafka es uno de esos personajes en quienes la celebridad está afectada de extrañeza, una combinación que de alguna manera lo vuelve más atractivo. El escritor de la enfermedad, el tormento y el absurdo da la sensación de que algo siempre se escapa, de que algo siempre se pierde en el mensaje que intentó transmitir, como si aunque lo entendiéramos, al mismo tiempo nos quedáramos con la impresión de que hubo algo que no terminó de decirnos o que no supo nunca cómo darle forma.

Esto, además, se encuentra también en su vida. Kafka es quizá uno de esos pocos escritores en que obra y biografía se confunden al grado de que, efectivamente, los hechos de la vida parecen también literarios en sí mismos. Los mejores exégetas de Kafka –Blanchot, Deleuze, Canetti, Calasso– coinciden en ver a Kafka como un ser puramente literario.

¿Y no vemos eso también cuando miramos un retrato de Kafka? ¿No hay algo en sus ojos que semeja un abismo? ¿No parece tener siempre su rostro una mueca apenas perceptible de sufrimiento que no cesa y que por lo mismo no puede esconderse del todo, por más que la sonrisa exigida por el fotógrafo parezca decir otra cosa?

A propósito de una de estas imágenes, el ya mencionado Roberto Calasso ha glosado una que, curiosamente, aunque es bien conocida, se muestra casi siempre mutilada, recortada. Dicho de otra manera y con todo el peso que puede tener la expresión: fuera de contexto. A veces éste nos parece prescindible, pero lo cierto es que quizá sea, paradójicamente, lo más importante. Sin el contexto no podemos comprender una situación, o a una persona, y entonces podemos subestimar lo que sucede, malinterpretarlo, suponer lo que no ocurre. El contexto nos da el marco para ponderar y entender, para mirar las cosas en el lugar donde de por sí se encuentran.

Compartimos entonces la fotografía de Kafka y los párrafos en que Roberto Calasso explica dicho contexto, acaso uno de los episodios más bellos pero menos conocidos de la literatura.

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La situación de Josef K., cuando su proceso se pone en marcha, se parece mucho a la del Franz Kafka de la primavera de 1908. Ambos son empleados brillantes. Kafka es 5 años más joven. Está a punto de entrar, precedido de elogiosos juicios, en el Instituto de Seguros para Accidentes del Trabajo, después de haber renunciado a Assicurazioni Generali, la compañía italiana de seguros con sede en Praga. Ambos se preocupan de «gozar las breves veladas y las noches». Kafka frecuenta el Trocadero y el Eldorado, ostensibles insignias del demi-monde praguense. En una ocasión ideó un plan para presentarse en esos locales pasadas las 5 de la madrugada, como un millonario agotado y disoluto. Josef K. lleva en la billetera una foto de su amante, Elsa, que «de día recibía solamente en la cama». Kafka cuenta una visita que hizo, una tarde, a la encantadora Hansi Szokoll. Estaba sentado en un sofá junto a la cama de Hansi, que escondía su «cuerpo de muchacho» bajo una manta roja.

En su tarjeta de visita, Hansi se presentaba como «Artistin» y «Modistin», dos términos suficientemente vagos como para no excluir ninguna posibilidad. Según Brod, Kafka habría dicho de ella que «sobre su cuerpo habían pasado enteros regimientos de caballería». Agrega que Hansi habría hecho sufrir a Kafka durante la «liaison» que mantuvieron. Lo único cierto que sabemos es que posaron juntos en la foto más bella que se ha conservado de Franz Kafka. Elegante, cubierto por una levita, Kafka lleva un bombín y apoya la mano derecha sobre la oreja de un perro lobo que parece un ectoplasma animal. Pero hay otra mano que acaricia el perro: la de Hansi, cuya figura ha sido recortada de la fotografía en innumerables ocasiones, como en un documento soviético. Hansi sonríe, bajo las múltiples volutas de una cabellera presumiblemente pelirroja, coronada de un sombrerito redondo. Kafka y Hansi posan sentados, simétricos. En medio de ellos, el perro desenfocado y demoníaco —y sus manos casi se tocan.

Según Brod, en esa fotografía Kafka tenía el aire de quien «quiere huir un instante después». Pero es una insinuación malévola. La expresión, si acaso, es de absorta melancolía. Hay motivos para desconfiar, en todo caso, cada vez que Kafka sonríe en las fotografías, como en aquella graciosa pose en el Prater con tres amigos, asomados a un avión pintado. Ahí Kafka es el único que sonríe, mientras sabemos que en esas mismas horas sufría una aguda desesperación.

Roberto Calasso, K.

Literatura y viajes: 11 novelas cortas para leer en el avión

Libros

Por: pijamasurf - 05/19/2016

Estas 11 novelas son suficientemente cortas y suficientemente entretenidas como para que las leas en un vuelo de entre 5 y 6 horas y la pases genial

Este verano, si estás planeando tomar un vuelo, no te esperes a ver qué hay en las librerías del aeropuerto. Agarra cualquiera de los que enlistamos abajo, que tienen la medida perfecta para que puedas empezarlo y terminarlo en un aproximado de cinco horas, y son lecturas entretenidas y brillantes.

1. La metamorfosis, Franz Kafka

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Un hombre despierta una mañana y descubre que se ha transformado en un insecto gigante. No querrás perderte lo que esta situación genera en los personajes del libro.

 

2. El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad

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Marlow es un viejo marinero que relata la historia de su viaje al Congo ("el corazón de las tinieblas") y encuentra las tinieblas también dentro de sí. Sin duda, una de las mejores novellas de todos los tiempos.

 

3. Autobiografía de Rojo, Anne Carson

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Anne Carson es un orfebre de las palabras. De leer sus libros surge una voluptuosidad literaria como en pocos casos. Esta novela está escrita en verso y es una actualización del mito clásico de Heracles y Gerión desde la perspectiva del monstruo.

 

4. Inglaterra, Inglaterra, Julian Barnes

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Pocas novelas tan inteligentes y divertidas como esta de Barnes, que describe una imitación de Inglaterra en un parque de diversiones.

 

5. Memorias del subsuelo, Dostoievski

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Si no tienes tiempo de agarrar un gigante libro ruso, esta novela es una gran alternativa. Es considerada por muchos como la primera novela existencialista, situada en San Petersburgo.

 

6. Cándido, Voltaire

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Este es otro gran clásico que no lleva mucho tiempo leer. La sátira de Voltaire es divertida y toca temas relevantes acerca del imperfecto mundo en que vivimos.  

 

7. Estudio en escarlata, Arthur Conan Doyle

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Esta es la primera novela de la serie de Sherlock Holmes, donde Doyle nos presenta al personaje resolviendo un caso estimulante.

 

8. Las ciudades invisibles, Italo Calvino

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El libro describe una serie de ciudades que el personaje icónico de Marco Polo va relatando a Kublai Khan, emperador de los tártaros. Cada ciudad es un alucinante viaje a una capital fantástica e improbable.  

 

9. Estas ruinas que ves, Jorge Ibargüengoitia

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La inteligente satanización de la provincia mexicana al puro estilo Ibargüengoitia. Difícil dejar de leer.

 

10. El extranjero, Albert Camus

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El personaje de la obra es un ser indiferente a la realidad, por resultarle absurda e inabordable. El progreso tecnológico lo ha privado de la participación en las decisiones colectivas y lo ha convertido en "extranjero" dentro de lo que debería ser su propio entorno.

 

11. La vida de Sebastian Knight, Vladimir Nabokov

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Con el particular humor literario de Nabokov, el libro trata de la biografía ficticia de un escritor, relatada por su hermanastro.