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La experiencia mística por antonomasia, nadar en el mar: un ensayo para fundirse con la totalidad

 For whatever we lose (like a you or a me),It's always our self we find in the sea.

e.e. cummings

El océano, en su inmensidad, es la imagen que el ser humano ha preferido para hablar de lo infinito o de la totalidad, de un vasto cuerpo que integra a todos los demás. La sed de infinito es, según Carl Jung, lo que subyace en nuestra búsqueda de expandir la conciencia pero también de perdernos en algo más significativo, como ocurre, acaso mal canalizada, con las drogas, el alcohol y la religión en general. 

"Sentimiento oceánico" fue el término usado por Freud, a partir de Romain Rolland, para describir las experiencias religiosas, las cuales Freud atribuye a un cierto infantilismo o a un atavismo primitivo, a una especie de deseo de regresar al vientre y anular la individualidad en la del ser más vasto que es entonces la madre. No nos interesa tanto aquí si el argumento de Freud descalifica la experiencia mística (la cual fue su gran vacilación), sino enfatizar la metáfora marina como disolución del ego y de las fronteras entre el individuo y el universo, entre lo interno y lo externo; la sensación de unidad que se proyecta en la imagen más vasta a la cual podemos acceder en la naturaleza: el océano. De los grandes cuerpos de agua que ocupan la mayor parte del planeta, pero también el gran mar del espacio cósmico, las aguas primordiales que menciona el autor del Génesis, donde se posa el espíritu divino y sopla el aliento de vida, el océano primordial que es la fuente ubicua y al cual todo regresa finalmente. 

En uno de sus "espressos filosóficos" (microvideos de filosofía en flujo de conciencia), Jason Silva hace una formidable labor de invitarnos a entrar al mar, como bautismo cósmico de creatividad y encuentro con el infinito. Tolstói había dicho que "el hombre debe de tender un puente entre lo finito y lo infinito para mantener la cordura". Ese puente tiene una arquitectura océanica. "Al entrar en el océano nos fundimos con algo infinito... se resuelve [aunque sea por un momento inefable] la paradoja existencial"... "es por esto que el mar transforma y sana". En el mar encontramos la "sal del mundo", que es la forma en la que el sol se adhiere a la tierra, en la que la luz se cristaliza y el espíritu se materializa.   

Evidentemente se puede argumentar que el océano no es realmente infinito y sin embargo es un proxy del infinito, suficiente para que nuestra mente conjure una imagen y una sensación de lo infinito y puede así operar, como señala Silva, su poder curativo y transformativo. En alguna parte (probablemente en la médula) sabemos que ese mar es un eco de otro mar que no tiene principio ni final, que no tiene límites o bordes (el único límite que nos separa son los conceptos) y en el que los seres están unidos, son parte de una única realidad interpenetrante, que es más un proceso, un devenir, que una stasis o un objeto. Como dice la famosa frase de "El cementerio marino" de Valéry: "La mer, la mer, toujours recommencee"... el mar todos los días vuelve a comenzar y así el mundo en todos los instantes se vuelve a crear (¡El mar nos regala vistas de una calma celestial!). 

El biólogo Rupert Sheldrake mantiene que existen una serie de campos morfogenéticos, los cuales conforman una especie de memoria de la naturaleza a través de la cual el pasado se hace presente (como dijera Octavio Paz: "Todo es presencia, todos los siglos son este presente"). Así todos los actos que ha hecho el hombre en el planeta son una capa de información que moldea cada acto --cada ola es una imagen en movimiento de todas las olas; es por ello que se puede decir que más que especies somos hábitos. (Fluctuaciones que aparentan ser cuerpos sólidos, como si las olas que surgen pudieran congelarse en el cielo). Cada vez que nadas en el océano estás nadando con todas las veces que has nadado fundidas en el instante en el que te sumerges y con todas las experiencia de todos los hombres que han regresado al mar --a ese vientre que los recibe con su radiante apertura-- y que de alguna manera se han encontrado al nadar con un símbolo del infinito en las aguas: la diáfana presencia del potencial ilimitado. Cuando nadamos, es siempre la primera vez y todas las veces en una.  

Así, cada vez que te metes al mar, piensa que esto es un ensayo para el momento en el que algún día entrarás a otro mar y te abandonarás a la corriente, dejando todo pasado, todo concepto reificante (como un tú o un yo), toda fijación de la mente disuelta en el diamante de la espuma, en las olas que se vuelven el ilimitado templo del cielo y donde tal vez encuentres una dicha que va más allá del tiempo. Como dijera Rimbaud:

Elle est retrouvée.
Quoi? - L'Eternité.
C'est la mer allée
Avec le soleil.

 

Twitter del autor: @alepholo

“Comprender la vida es comprendernos a nosotros mismos”, advertía Jiddu Krishnamurti

El mundo es tal como es por que nosotros somos tal como estamos. Es sencillo, es. Somos (en) un universo de espejos fractales donde nada puede haber afuera que no hay adentro. Todo como exquisita manifestación de un mismo Uno desdoblado al infinito, en infinidad de formatos.

Lo sabemos, pero se nos olvida.

Desde el momento en que nacemos nos vemos expuestos a construcciones lingüísticas que definen nuestra realidad. Sucumbimos poco a poco a la programación específica de nuestro entorno, abstrayendo de él, cada uno, una realidad. Aprendemos a conectarlo todo con símbolos, esos que vamos coleccionando como arquetipos a lo largo de los años, y eso lo asumimos como realidad inquebrantable.

Nos llenamos de ruido y así vamos perdiendo el poder de la escucha.

La contemplación pesa, cada día más.

Empezamos a buscar para huir de lo que es, inculcados a siempre querer más. Proyectar en el mañana parece ser lo que nos rige desde que tenemos uso de lógica. Confundimos movimiento con actividad, siempre hay que estar haciendo algo. El tiempo no se puede perder y la materia se tiene que acumular. Vamos dejando de lado la responsabilidad, esa que intuimos detrás de todo el ruido, esa que reconocemos a través de la meditación. La responsabilidad de sernos, de  sabernos, de asumirnos tejedores de nuestro entorno, a la par que somos el tejido.

Es tan sencillo, que se nos enseña a complicarlo.

La realidad es lo que hacemos, lo que sentimos, y también lo que pensamos. Es todo eso que percibimos, porque eso somos. Es una apuesta, una exquisita proyección de eso que brotamos y multiplicamos. La vida es, sólo una manera de experimentarse, en la constante revolución interna que genera el cambio constante.

“Comprender la vida es comprendernos a nosotros mismos” (Jiddu Krishnamurti).

Eso es lo que todos estamos haciendo aquí, ahora. El universo es un proceso, una constante iniciación, diría Robert Anton Wilson. Nadie nos dijo que sería fácil. De hecho nadie sabe de qué se trata, todos estamos en lo mismo, a todos nos afecta la propaganda del pasado. Sólo se puede realmente creer en uno mismo, en ese uno que se percibe antes de cualquier interpretación.

Somos lo que somos, hoy. Lo bueno y lo malo sólo productos de una mente que juzga según un sistema de creencias preestablecido que hemos decidido en algún momento incorporar. Al nacer un acto de silencio y escuchar, podemos distinguir y ubicar lo que somos, y cómo vamos mutando, más allá de lo que proyectamos. Y ahí, podemos escoger asumirnos un experimento y liberarnos de cualquier creencia. Nos disolvemos en la inmensidad, y logramos ser independientes de nuestra reacción, inmediata. Nos tomamos el tiempo/espacio de alinear nuestra acción con el corazón, ese caleidoscopio que todos llevamos dentro. Nos asumimos responsables del gran acto mágico que es la realidad y nos dedicamos a nacernos, una y otra vez. Constantemente renovados, brotando desde un mismo centro, ese que es vacío, y todo lo engloba.

Siendo lo que somos, aprendemos a caminarnos, y asumimos cada acto, como una ofrenda.

 

Twitter de la autora: @ellemiroir