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A nadie se le puede obligar a amar: este decálogo defiende el derecho a leer por placer

Libros

Por: pijamasurf - 06/17/2016

Leer por placer, leer porque nos gusta, leer lo que podemos leer, incluso no leer; a inicios de los 90, el escritor francés Daniel Pennac sorprendió con esta defensa de la lectura hedonista y lúdica

A inicios de los 90, el escritor Daniel Pennac sorprendió al medio literario francés con una obra que a primera vista se creería modesta: Como una novela, un ensayo sobre la lectura. El tema, por supuesto, ha sido tratado una y mil veces, y además podría achacársele cierta tendencia hacia la erudición y el elitismo. ¿Escribir sobre leer? ¿No es un poco una reflexión sobreintelectualizada?

Pennac, sin embargo, tomó otra vía, una en la que cualquier lector se reconocerá de inmediato y que está relacionada con el carácter emotivo de la lectura. Leer, es cierto, es una actividad esencialmente intelectual, una que además en los últimos siglos se realiza sobre todo a solas y en silencio. Pero podría decirse que ese es el aspecto superficial de la lectura. No sin cierto romanticismo también es posible hablar de eso que sucede al interior de la lectura, durante, que en uno de sus aspectos abandona la mera intelectualidad y apela de lleno a nuestras emociones. Si bien esta sigue siendo una operación cognitiva, hay en la lectura la capacidad de hacernos sentir, de simpatizar con un personaje, sentir aversión por otro, llorar cuando alguno muere o es lastimado, enojarse, sentir entusiasmo, angustia, ansiedad. La lectura, lo sabe bien el lector, puede despertar casi cualquier emoción.

Ese fue en buena medida el acierto de Pennac. A contracorriente de toda una tradición que solemniza el acto de leer (como hace, por ejemplo, Alberto Manguel involuntaria y acaso incluso inevitablemente, pues leer es también un gran recurso cultural y evolutivo), Pennac optó por recuperar esa condición lúdica de los libros, el amor que puede llegar a rodearlos y que nace espontáneamente –porque no puede ser de otra forma– cuando se descubre con sorpresa todos los dones que la lectura ofrece.

El ensayo completo de Pennac es un gran elogio a la lectura; sin embargo, en su capítulo 57 incluyó un breve decálogo que desde su publicación ha sido como el estandarte no solo del libro mismo sino, en general, de una postura específica con respecto a leer. Escribe Pennac:

En materia de lectura, nosotros “lectores”, nos permitimos todos los derechos, comenzando por aquellos que negamos a los jóvenes a los que pretendemos iniciar en la lectura.

1) El derecho a no leer.

2) El derecho a saltarnos páginas.

3) El derecho a no terminar un libro.

4) El derecho a releer.

5) El derecho a leer cualquier cosa.

6) El derecho al bovarismo.

7) El derecho a leer en cualquier sitio.

8) El derecho a hojear.

9) El derecho a leer en voz alta.

10) El derecho a callarnos.

Pennac, como vemos, defiende una lectura esencialmente hedonista –como también hacía Borges. Leer por el simple placer de hacerlo. Leer porque nos gusta. Leer lo que nos gusta. Leer como podamos y queramos.

Al inicio de su libro el autor dice que el verbo leer es uno de esos pocos verbos que no soportan el modo imperativo, como amar o soñar. A nadie se le puede decir “lee”, de la misma manera que a nadie se le puede ordenar que ame o sueñe. Son, como decíamos antes, acciones espontáneas, que nacen del corazón –sinceramente– o no nacen.

 

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Libros

Por: pijamasurf - 06/17/2016

El sabio pervertido Burroghs con inesperados consejos de inspiración zen para afrontar la condición humana

En los intersticios de sus delirantes narrativas --cortadas por la poesía de los opiáceos-- William Burroughs inserta perlas de filosofía. Podrían pasar desapercibidas, pero el lector atento reconocerá esa veta más o menos constante en Burroughs que lo hace un viejo lobo de mar o un recocido tío sabio y bizarro. En su última gran novela, The Western Lands (1987), el hombre que tenía "1 millón de dólares de heroína en el brazo" escribe:

La condición humana es un caso perdido una vez que te has sometido a ella al haber nacido... o casi. Hay una oportunidad en 1 millón, y eso es una posibilidad biológica decente. Empieza de donde estás mirando hacia abajo del tubo. El 90% de tu actividad es estar inquieto sin ningún propósito, prendiendo otro cigarrillo... el peso de 90% ramas muertas sobre tus espaldas... esos son los momios de la casa. 

Las películas supuestamente concentran los pocos momentos de acción significativa, pero de todas maneras cargan más del 60% de peso muerto. Por ejemplo una película como El padrino... corte corte corte. ¿Quién quiere verlo comprar un durazno, ponerse un abrigo, beber un vaso de vino? Así que tenemos tal vez unos 10 minutos que nos conmueven y eso es una muy buena película. Así que puedes abarcar todo el guión de tu vida en 1 semana, o menos. Algún personaje menor quema toda su parte en apenas unos segundos. 

Nuestra vida está compuesta mayormente de paja y no de cualquier paja, dice Burroughs, paja mortal, enferma y oprimente. Sin embargo, tenemos una posibilidad, en nuestra forma de percibir, de encontrar sentido. Burroughs fue entre los beats el menos tocado por el budismo zen, pero aquí muestra que supo absorber a su propia manera, asimilando a su propio cosmos embrujado, las perlas de la filosofía oriental:

Concéntrate en todo el planeta moviéndose a esa velocidad. Todo encuentro es tan portentoso como un cometa. El aire crepita con peligro, miedo, luto y éxtasis. Cada vuelta más rápido. [...]

Así que tenemos una vida con pocos momentos de propósito y significado dispersados aquí y allá... no tienen que ser supremos pedazos de gran logro, puede ser solamente el cielo nocturno sobre St. Louis o donde sea. Puede ser un gato blanco en una pared roja mirando el horizonte de Marrakesh... ese gato macho es Ra, el dios mismo. Es transitorio: si ves algo hermoso, no te aferres a ello; si ves algo horrible, no recules de ello, aconseja el sabio tántrico [itálicas nuestras].

 

Hat tip: @aaroncheak