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En un solo párrafo, Walter Benjamin condensó las tres cualidades que distinguen y forman un buen texto en prosa

Escribir bien no es sencillo, pero tampoco imposible. Es, en alguna medida y para ciertas personas, deseable. En términos de construcción de la realidad también puede considerarse relevante. Escribir bien es, en cierta forma, saber transmitir las ideas: saber explicar, glosar, ejemplificar. Ser capaz de moverse entre distintos registros para que distintos públicos accedan al conocimiento o la información. Escribir bien es importante, particularmente en una sociedad como la nuestra, que si bien está cambiando respecto de la manera en que se comunica, aún tiene en un lugar predominante al lenguaje escrito.

Si esto así, quizá la siguiente pregunta sea qué significa y cómo se consigue tal cosa como “escribir bien”. Esta cuestión es un problema añejo que se remonta a la época en que el ser humano comenzó a usar la escritura artísticamente. La Poética de Aristóteles, por ejemplo, que data del siglo IV antes de nuestra era, puede leerse como una demorada preocupación sobre el bien escribir.

Pero no retrocedamos tanto y, mejor, limitémonos a la promesa del título de esta nota. Enfoquémonos en Walter Benjamin y un sencillo consejo para una buena prosa, soltado al vuelo en uno de los varios fragmentos que componen Calle de sentido único, un libro entrañable, singular, heterodoxo y sobre todo lúcido, una rara avis, podría decirse, si la obra completa de Benjamin no fuera ya un compendio de extravagancias y peculiaridades, extrañamente sistematizadas, aunque eso parezca un oxímoron.

En Calle de sentido único, Benjamin incluye este breve pasaje:

¡Cuidado con los peldaños!

El trabajo en una buena prosa tiene tres peldaños: uno musical, en el que es compuesta; otro arquitectónico, en el que es construida; finalmente, uno textil, en el que es tejida.

¿A qué se refiere el filósofo? Una interpretación posible alude a una división canónica del ejercicio del lenguaje escrito. La buena prosa, parece decirnos Benjamin, descansa en tres cualidades: su musicalidad, su estructura y su sentido narrativo. Cuando un texto nos llama la atención porque está bien escrito (o, dicho de otro modo, ni siquiera nos hace ponderar la escritura justamente por su ductilidad, la amabilidad con que conduce al lector) es porque, si coincidimos con Benjamin, reúne estas tres características.

Y de nuevo la pregunta: ¿eso cómo se adquiere? A lo largo del tiempo, la única manera de escribir bien es leer, incesantemente. Siguiendo a Benjamin, proponemos la siguiente guía de lectura.

 

El peldaño musical

La música de un idioma está en su poesía. En el caso del español, el Siglo de Oro se considera en general el mejor momento de nuestro lenguaje. Góngora, Quevedo y Sor Juana son grandes maestros, con quienes es posible aprender a percibir esa especie de “respiración natural” del español, que ocurre en endecasílabos en uno de sus movimientos y, en el otro, en octosílabos, sólo que este otro ritmo se siente sobre todo al escuchar la lírica popular, del siglo XV al XX, del romancero a los corridos, refranes y coplas coloquiales. Cada cual tendrá sus preferencias poéticas, pero el sello inequívoco de autenticidad y magisterio respecto del lenguaje mismo es esa musicalidad que se siente y no puede esconderse.

Las clasificaciones, por cierto, no son privativas, y puede llegar a ocurrir que un prosista tenga mucha más musicalidad en sus textos que muchos poetas. Juan Rulfo es el mejor ejemplo de ello.

 

El peldaño arquitectónico

Lee ensayos y pon especial atención en la manera en que construyen sus argumentos. A Octavio Paz se le consideró por mucho tiempo un gran ensayista, sin embargo, lectores y críticos contemporáneos han señalado que su argumentación era más estilística que lógica, es decir, que sus conclusiones eran menos resultado de una lógica de ideas y más bien una especie de prestidigitación literaria, en la que los fuegos de artificio y los recursos retóricos embelesan al lector lo suficiente como para hacerle creer en la validez de la idea propuesta. Alfonso Reyes era más rígido, pero a estas alturas puede parecer anticuado. La tradición ensayística inglesa o la francesa se ha sostenido firme hasta nuestros días, así que también puedes hurgar en esos terrenos.

La ventaja de este género es que puedes optar por el área temática de tu preferencia y quizá incluso de tu dominio. Si te gusta la música y sabes mucho de ello (o la historia, o la política o las matemáticas), puedes buscar un ensayo afín y por tu propio conocimiento puedes darte cuenta mejor de los aciertos y las fallas argumentativas del autor.

 

El peldaño textil

En los últimos años la noción de “storytelling” comenzó a ganar notoriedad como una de las claves para atraer la atención del gran público. La premisa es que, en general, todos estamos ávidos o al menos siempre dispuestos a escuchar una buena historia, pero bien contada, y ese justamente es el quid del “storytelling”, ese “saber contar” que hace la diferencia entre un chiste que provoca una risotada y el mismo, pero mal contado, que nos lleva a un anticlímax. En “El narrador”, por cierto, Benjamin también se ocupó de esto.

En este caso, las opciones de lectura son sobre todo de ficción, novelas y cuentos, en los que es posible darse cuenta de que se cuenta una historia. Sólo cuidado, porque la manera de contar no es la misma ahora que hace cinco siglos, en Oriente o en Occidente. Poe y Cortázar fueron grandes cuentistas (pero no todo Poe ni todo Cortázar); Dickens, Dostoievski, Stevenson y Flaubert cimentaron la forma tradicional de la novela. En el siglo XX –con Joyce y Faulkner– la narrativa experimentó un gran cambio, y desde entonces se sabe que es posible contar una historia de muchas maneras, con muchos formatos e incluso echando mano de varios lenguajes.

Y no sólo esto. Para nuestra época, cuyo consumo de contenidos tanto descansa en lo audiovisual, también es importante ver películas, series y hasta algunos comerciales publicitarios. Encontrar ese sentido narrativo en las conversaciones que tenemos cotidianamente, en la manera en que un sitio web nos lleva por sus contenidos, o cómo una plataforma digital da sentido a todo lo que hace. Eso también es storytelling.

 

Hasta aquí la glosa. Si tu interpretación del pasaje de Benjamin es otra, no dejes de compartirla con nosotros en los comentarios.

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

¿Tu pasado te angustia? Este fragmento filosófico te servirá para comprenderlo de otra manera

Libros

Por: pijamasurf - 06/17/2016

En un párrafo de pocas líneas, Walter Benjamin explica de forma lúcida cómo considerar nuestro pasado para volverlo parte activa de la construcción del presente

En ocasiones puede ser difícil mirar hacia atrás, tanto que haya personas que prefieran no hacerlo. A veces, en efecto, porque la existencia viene acompañada de episodios por los cuales no fue sencillo transitar, que provocaron dolor o sufrimiento, que por eso mismo preferimos mantener bajo cubierta, como esas cosas guardadas en lo más alto de un armario y que sabemos que existen pero preferimos que sigan ahí, lejos de nuestra vista. A veces también es posible que esos episodios ni siquiera sean tan graves, pero nuestra severidad es tal que los magnifica hasta volverlos insoportables.

Con todo, lo interesante del pasado es que si bien no podemos modificarlo en cuanto a los hechos ocurridos sí podemos cambiar la manera en que lo entendemos y encaramos, la lectura que hacemos de esos hechos.

A manera de estímulo para comprenderlo así compartimos ahora un breve fragmento del filósofo Walter Benjamin, un excéntrico que desde distintos ámbitos (la filosofía, la sociología, la literatura e incluso la mística judía) formó un pensamiento singular que posee una inesperada sensibilidad respecto de la formación de lo humano.

En este párrafo (procedente de su libro Einbahnstrasse, de 1928, traducido como Calle de sentido único y también como Dirección única), Benjamin nos hace ver nuestro pasado personal sí como algo dado pero, al mismo tiempo, como la materia que tenemos para trabajar tanto nuestro presente como nuestro provenir.

Escribe Benjamin:

TORSO. Únicamente quien supiera contemplar su propio pasado como un producto de la coacción y la necesidad, sería capaz de sacarle para sí el mayor provecho en cualquier situación presente. Pues lo que uno ha vivido es, en el mejor de los casos, comparable a una bella estatua que hubiera perdido todos sus miembros al ser transportada y ya sólo ofreciera ahora el valioso bloque en el que uno mismo habrá de cincelar la imagen de su propio futuro.

¿Qué te parece? Al respecto, también te invitamos a conocer la noción de "amor fati" ("amor al destino") que elaboró Friedrich Nieztsche.

 

También en Pijama Surf: Los Tres Peldaños: el sencillo consejo de Walter Benjamin para una buena prosa (y cómo practicarlo)

 

Imagen: Pablo Curto/Sara Herranz