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Mujer australiana muestra con gran frescura cómo en Instagram casi todo es fake y mayormente ridículo

En una cultura obsesionada por las celebridades, a veces no nos damos cuenta lo ridículo que es el culto a la imagen. Las celebridades hacen cualquier cosa para capitalizar su imagen y los fans, embelesados, rinden tributo y desean ser como las estrellas sin reparar en que las imágenes que muestran y las actitudes que toman son completamente irreales o absurdas. Es algo así como un estado de hipnosis masivo.

La comediante australiana Celeste Barber ha realizado una serie de imágenes hilarantes, consciente de cómo se utilizan las imágenes "sexys" para manipular a los consumidores, particularmente en Instagram donde todo es supuestamente muy casual y donde los usuarios pueden tener acceso a la fabulosa vida cotidiana de las celebridades --o donde cualquiera que logre aparentar tener el look de una celebridad se convierte en una celebridad. Las recreaciones de Barber en su propia cuenta de Instagram de algunas de las fotos más ridículas de las celebridades mostrando su sensualidad o simplemente fotografiando lo más inane de sus vida pero bajo el filtro de lo fabulosas que son se han ganado las risas de miles de usuarios, que ven refrescado este acto de consumir imágenes en redes sociales que de suyo es un tanto ridículo.

"Las personas están obsesionadas con las celebridades y las celebridades parecen estar obsesionadas con representar papeles de personas ordinarias... así que pensé, si esto es lo que todos hacen, entonces yo también lo voy a hacer", dice Barber.  

 

 

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Un like no es sólo un like: descubre por qué el Internet de nuestra época está sustentado notablemente en la idea de contenido

Es posible que la palabra “contenido” no te diga mucho. Es suficientemente ambigua y hasta un poco sosa como para no parecer particularmente expresiva. Sin embargo, en el mundo digital de nuestra época se trata de una de las nociones fundamentales. Esto mismo que lees es un contenido, también la fotografía de Facebook o de Instagram a la que le diste Me gusta, el tweet que compartiste, el capítulo de la serie que viste anoche en Netflix o los tracks que escuchas en Spotify mientras laboras.

En el mundo preInternet estábamos más o menos habituados a considerar esos materiales por separado: una película, un álbum, una novela; pero visto de manera más amplia –como hacen esas plataformas, todos tienen en común su condición de contenido.

¿Por qué es importante saber esto? En primer lugar porque para las marcas, los medios y otras entidades afines, quienes contamos con acceso habitual a Internet somos esencialmente consumidores de contenido. Existe toda una industria sustentada en los minutos que dedicamos a un video, en el Compartir que dimos a un meme, en el clic que hicimos para leer una nota. Y como muchas de las cosas de nuestro tiempo, eso implica un nivel casi despiadado de competencia en búsqueda de un único material precioso: nuestra atención.

Si lo piensas un poco, hay algo tuyo en la lectura de este artículo: tu atención. Por un momento –uno amplio como cuando ves una película, o uno instantáneo como cuando miras un GIF– todo tú estás volcado en eso, tu enfoque está de lleno ahí. Y si lo piensas más, dicha circunstancia supone una gran ventaja para quien supo capturar tu atención, cautivarte. ¿Por qué? Porque entonces una marca puede venderte algo, un medio puede sembrar en ti una idea (sí, como en Inception), un gobierno puede hacerte cambiar de opinión respecto de cierto tema, etcétera.

La operación, es cierto, no es tan sencilla ni tan simple, pero mal haríamos en subestimar la relevancia de que alguien más tenga nuestra atención, en especial cuando ese alguien tiene muy claro cómo podría utilizarla. Nuestro interés es llevado así mansamente a los intereses de otros.

¿Vas entendiendo la importancia de los contenidos en este esquema? Para plataformas como Facebook o Netflix es vital ofrecer contenidos significativos a sus usuarios, porque así continuamos sosteniendo su actividad y, por otro lado, en el “lado oscuro”, dichas entidades encuentran la forma de convertir esa misma actividad en mercancía qué vender a otros. Para Facebook, el like que hoy diste a la foto de un amigo o la nota que compartió una página que sigues no es únicamente un like: es una unidad de data que dice algo de ti, de tus preferencias, tus aversiones, tus hábitos, tu personalidad y más. Ahora imagina toda tu actividad en Facebook reunida. ¿No es suficiente para arrojar un perfil más o menos preciso de ti? ¿No crees que esa información es altamente suculenta para las marcas que quieren venderte algo?

Por eso Facebook o Netflix o alguno de tus sitios de preferencia se esfuerzan tanto por ofrecer contenidos “atractivos” (otro adjetivo que puede aludir a muchas cosas), porque si de pronto comenzáramos a perder interés en lo que ofrecen, su negocio termina. Atractivos sin consideraciones morales o educativas, pues incluso contenidos que desde cierto punto de vista podríamos considerar deleznables, pueden cautivar a miles o millones de personas.

Facebook modifica constantemente su algoritmo para que cada usuario reciba el contenido que de verdad le es significativo. Netflix crea series y películas propias y adquiere los derechos de otras. HBO ha apostado por contenidos con altos costos de producción. Los sitios informativos buscan ofrecer la primicia y, en otros casos, reportajes de fondo sobre algún tema de alto impacto social. Se publican infográficos, videos, cómics. Las fórmulas son múltiples, pero todas tienen el objetivo común de atraer nuestra atención para que dejemos algo nuestro ahí: un clic, un dato personal, una opinión. Recibimos algo significativo y a cambio cedimos algo también valioso.

Esa es, grosso modo, la transacción básica del mundo digital, sustentada ahora en buena medida por los contenidos que consumimos cotidianamente.