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El furor que desató "Pokémon Go" parece ser la señal definitiva de que la posibilidad del tiempo ocioso ha desaparecido de nuestro horizonte, instalándose a cambio el imperio de la producción y el consumo incesantes

En los últimos párrafos de su Elogio a la ociosidad, Bertrand Russell imaginó “un mundo donde nadie sea obligado a trabajar más de 4 horas al día”. El filósofo supuso que entonces, con la jornada laboral reducida a la mitad de lo que ahora estamos habituados a considerar “normal”, el ser humano podría entregarse a aquello que de verdad quiere hacer. No sin utopismo Russell previó una sociedad de individuos entregados en su tiempo libre a las ciencias y las artes, a su curiosidad e interés, sin más propósito que la satisfacción misma, no por un ánimo de lucro, sino sólo por el deseo mismo de saber.

Russell escribió su ensayo en 1932. Han pasado más de 80 años desde entonces y lo cierto es que ese panorama idílico continúa pareciendo eso, un sueño inalcanzable. Si bien en ciertos países se ha implementando la jornada laboral reducida, además de que se trata de casos aislados y mínimos, son también experimentos, posibles gracias al bienestar económico de ciertos países y las características específicas de ciertos trabajos, entre otros factores. Quizá una persona que trabaja en una agencia de publicidad podría trabajar 4 o 6 horas al día, o realizar parte de su labor en un lugar distinto a una oficina, ¿pero qué decir de un albañil, un maestro, un médico? ¿Pueden ellos ya no digamos trabajar menos, sino trabajar únicamente las horas reglamentarias?

El planteamiento del autor, por otro lado, también se sustenta en el papel de las máquinas en dicha reducción de la jornada laboral. Según él, con el tiempo el desarrollo de la tecnología conduciría necesariamente a la liberación del ser humano, pues las máquinas ocuparían el lugar de las personas en los procesos de producción sin que por ello se afectara la calidad de vida individual. Trabajaríamos menos porque las máquinas estarían haciendo el trabajo, auguró Russell, y de ahí saldría el tiempo y la energía necesarias para hacer lo que verdaderamente queremos hacer. Escribe Russell:

Los métodos de producción modernos nos han dado la posibilidad de la paz y la seguridad para todos; hemos elegido, en vez de esto, el exceso de trabajo para unos y la inanición para otros. Hasta aquí, hemos sido tan activos como lo éramos antes de que hubiese máquinas; en esto, hemos sido unos necios, pero no hay razón para seguir siendo necios para siempre.

Es posible, sin embargo, que en este segundo aspecto el pronóstico de Russell también esté equivocado. De nuevo, no todas las personas pueden ahora presumir que poseen un período amplio de tiempo libre en sus rutinas cotidianas. Acaso cabría decir incluso que la idea de “tiempo libre” se encuentra en vías de extinción, pues en nuestra época son escasos los momentos en que no estamos produciendo, consumiendo o trabajando. En un momento de esos que otrora podríamos haber llamado “de ocio”, un “tiempo muerto” de espera en una fila o mientras viajamos en el transporte público, ahora casi como un acto reflejo metemos la mano al bolsillo, tanteamos un poco y con automatismo sacamos y desbloquamos nuestro teléfono portátil, paseamos la mirada por nuestro feed de Facebook o alguna otra red social, damos algún like, leemos alguna nota. De pronto, sin que nos demos cuenta, ese momento que pudo estar vacío, ocioso, lo llenamos con una actividad que, por otro lado, le generó algo a alguien. Quizá suene exagerado, pero es momento de darnos cuenta de que en nuestra época ya casi ningún gesto es gratuito. Todo, potencialmente, es una mercancía, una métrica, una unidad cuantificable, desde los 10 segundos que dedicamos a ver un video hasta el comentario que dejamos en una fan page. Eso, en otra pantalla y por una transmutación que algo tiene de mágica pero es totalmente racional, se convierte en ganancia económica para alguien.

En este panorama, pareciera que el sueño de Russell nunca se cumplirá. Aun cuando el grueso o la totalidad de la población trabajara mucho menos de lo que trabaja ahora, en el horizonte inmediato no se vislumbra ninguna garantía de que ese tiempo de sobra esté dedicado a algo distinto a producir o consumir.

Un buen ejemplo de esto lo tenemos en la reacción que ha suscitado el lanzamiento del juego Pokémon Go, un producto sin lugar a dudas notablemente creativo que no por casualidad ha cautivado a millones de personas en los más de 20 países donde se han detectado descargas. En apenas unos cuantos días y al menos en Estados Unidos, el número de sus usuarios activos alcanzó al de Twitter y superó fácilmente al de Tinder; y en cuanto a tiempo, al menos por ahora es la aplicación a la que más se le dedica: un estimado de 43 minutos al día, contra 30 minutos en WhatsApp y 25 en Instagram, sus competidores más cercanos.

Así, parece ser que después de todo, incluso si laboramos 8 o 10 horas al día, sí tenemos tiempo de sobra. La pregunta podría ser no sólo en qué lo empleamos, sino por qué usualmente pensamos que no lo tenemos. 43 minutos al día son suficientes para leer y aun escribir un libro, ejercitarse, hacer trabajo voluntario, cuidar un jardín, investigar respecto de un tema sobre el que se tiene curiosidad, alfabetizar a una persona y un sinfín de actividades más con el denominador común del cultivo del espíritu, personal y colectivo.

Sin embargo, nuestra elección es otra. O mejor dicho, la misma de siempre, la de la “necedad”, según diagnosticó Russell, agravada ahora por la ceguera general que tenemos respecto de la manera en que funciona la economía global, nuestra ignorancia respecto de toda actividad que realizamos es susceptible de engrosar las cuentas bancarias de una empresa y de un puñado de individuos, mientras nosotros, orondos, corremos en busca de la siguiente criatura.

Gotta catch 'em all.

 

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Twitter del autor: @juanpablocahz

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