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La eficacia terapéutica de la hipnosis ha sido fascinante y puesta en duda, pero nunca se le había observado con este nivel de detalle.

La imagen del temprano psicoanalista o del mago poniendo bajo estado de trance a un sujeto está presente en el imaginario contemporáneo como una imagen anticuada, incluso algo supersticiosa: de entre los debates que conciernen a la mente y la conciencia, la hipnosis es uno de los que suele dividir tajantemente a los partidarios y defensores de los detractores o escépticos.

Fue por ello que un grupo de investigadores realizaron un estudio (publicado en la revista Cerebral Cortex) con la participación de 545 personas, divididas en dos grupos según su propensión a ser hipnotizadas o al hecho de no poder hipnotizarse en absoluto.

Dentro de una máquina de resonancia magnética, los participantes debían completar una serie de ejercicios mentales para medir la actividad específica de diversas zonas cerebrales, así como variaciones en la circulación sanguínea dentro del mismo. Los ejercicios podían consistir en relajarse simplemente, en pensar en su día con gran detalle, o entrar en estados hipnóticos (cerrar los ojos, respirar intensamente, permitir que el cuerpo “flote”, etc.)

Los ejercicios fueron realizados en órdenes aleatorios por 36 participantes que eran “altamente hipnotizables” y por los 21 que eran los menos hipnotizables, y que servirían como punto de referencia. Los investigadores encontraron tres diferencias fundamentales a nivel cerebral:

Disminución de la actividad en la zona dorsal anterior, que se relaciona con la propriopercepción, con la conciencia de sí mismo.
Aumento de la conectividad entre otros dos componentes cercanos: la corteza dorsolateral prefrontal (encargada en la cognición, la toma de decisiones y la memoria) y la ínsula (que se ocupa del control corporal, la emoción, la empatía y el sentido del tiempo).
Menor conexión entre la corteza dorsolateral prefrontal y un estado llamado “modo de red por defecto”, algo así como el estado de la mente en piloto automático, como cuando pensamos en nosotros en relación a eventos pasados.

Esta investigación ayudará a entender mejor cómo los cambios en el comportamiento y en el cerebro se implican mutuamente, así como para desarrollar tratamientos para aquellos que no son susceptibles a hipnosis, que a mucha gente le sirve para alejarse de hábitos nocivos, para concentrarse o para establecer conexiones analíticas profundas consigo misma.

El estado neural del LSD es similar al de un niño y tiene la característica de disolver el ego

Una interesante conclusión de un reciente estudio fondeado por el público y que por primera vez realizó imágenes de resonancia magnética en un cerebro bajo los efectos del LSD es que este psicodélico coloca al usuario en un estado mental similar al de un niño.

Anteriormente se habían comparado los resultados del experimento con un estado meditativo y una menor actividad de las zonas neurales que producen la sensación de un yo fijo, por lo que se describe el efecto como de "disolución del ego". Significativamente, la pérdida de actividad que existe normalmente entre el parahipocampo y el córtex retrosplenial podría ser la causante de uno de los efectos más característicos del LSD: la sensación de pérdida de identidad subjetiva que se experimenta y que, acto seguido, muchas veces es reemplazada por una “fusión” con una especie de “unidad primigenia” que puede tomar la forma de la naturaleza, Dios, el Ser.

Según uno de los autores de la investigación, el doctor Robin Carhart-Harris, conocido por reactivar los estudios neurocientíficos con psicodélicos, el estado del LSD semeja el estado cerebral libre e irrestricto del cerebro infantil, altamente imaginativo e hiperemocional: "Nuestros cerebros se constriñen y se vuelven más compartimentalizados al desarrollarnos y pasar de la infancia a la adultez, nos volvemos más enfocados y rígidos en nuestro pensamiento al madurar". En otras palabras, la mente del niño es más abierta e impresionable, al igual que la del estado psicodélico, en el cual uno puede pasar horas admirando la belleza del contorno de una silla o cosas así.

Otra característica interesante es que bajo los efectos de LSD diversas áreas del cerebro contribuyen al procesamiento visual y no sólo el llamado córtex visual, lo cual puede explicar ciertas experiencia oníricas o alucinatorias.