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Una serie de pasos que han sido recorridos con provecho por muchos exploradores espirituales

"Los ocho pasos del yoga" (u ocho escalones o ramas, siendo más literal) se atribuyen tradicionalmente a Patanjali, yogui del siglo III de nuestra era, y es considerado el texto fundacional del yoga. Como en una procesión o una escalera, cada estancia del sendero prepara al cuerpo y a la mente para la iluminación. Aquí te proponemos una explicación sencilla de cada uno de los ocho senderos, comenzando por los comportamientos sociales, yama (a menudo referidos como “hacer”, o hábitos que hay que cultivar) y niyama (“no hacer”, en el sentido de una prohibición o hábitos a evitar):
 

1. Yama
Se divide en cinco aspectos a evitar, aunque también pueden entenderse como votos:

  • Ahimsa, o no violencia. No lastimar a ninguna criatura, en pensamiento ni en acto. 
  • Satya, o no mentir. Cultivar la honestidad de pensamiento y acto.
  • Asteya, o no robar. Esto aplica tanto para cosas materiales como intangibles, como la atención de los demás sólo para satisfacer tu ego.
  • Brahmacharya, que a menudo se traduce como “castidad”, pero que literalmente quiere decir “buscar a Brahma”. Quiere decir evitar la lujuria, en el sentido de relaciones sexuales superficiales que disminuyen nuestra energía.
  • Aparigraha, o cultivar el desapego a las cosas materiales y buscar una vida simple.

2. Niyama
Son hábitos en el trato con nosotros mismos, sobre la observancia de una disciplina interior, y al igual que Yama se dividen en cinco aspectos:

  • Shauca, o pureza, que se obtiene al cultivar los cinco aspectos del Yama. Se trata de una “limpieza” energética, o como dice la frase popular, “tratar tu cuerpo como si fuera un templo”.
  • Santosha, o satisfacción, pero no la de los sentidos y las pasiones, sino la que se produce a través de habitar el instante y hacernos responsables de nuestra circunstancia actual, a partir de la cual podremos desarrollarnos.
  • Tapas, o austeridad. Se trata de alejar la mente, el habla y el cuerpo disciplinadamente de aquello que no aumente nuestra energía, de manera que estemos disponibles para fines espirituales más altos.
  • Svadhyaya, o estudio de los textos sagrados. Puede entenderse no sólo como el estudio de los Vedas y sutras de la tradición hinduista, sino por extensión el proceso educativo que promueve la conexión con lo que sea divino para ti.
  • Ishvara-pranidhana, o vivir con conciencia de lo divino. Se trata de cultivar devoción hacia lo que sea divino para ti, dios(es), Buda, los ancestros, etcétera.

3. Asana
Aunque en muchos estilos de yoga se habla de asanas como sinónimos de posturas, el asana del óctuple camino se refiere por extensión a la preparación del cuerpo para la meditación. En Occidente, el yoga es visto a menudo como una forma de ejercicio y acondicionamiento físico, pero en la tradición se trata de aprender a controlar la posición del cuerpo durante largos períodos para evitar que éste sea una distracción durante la meditación. Como dijo Patanjali, “asana se consigue al liberar el cuerpo y la mente de la tensión y la impaciencia y meditar en el infinito”.


4. Pranayama
Pranayama” se suele traducir como “control de la respiración” puesto que el prana, o energía vital, está íntimamente ligado a la respiración. En efecto, muchos maestros hacen hincapié en la importancia de la conciencia en la respiración, pero no como una forma de “control” sino para mantener la regulación energética del cuerpo. Al inspirar, nuestra energía sube; al expirar, baja. Cuando nos asombramos o algo nos hace felices inconscientemente metemos aire al cuerpo (“¡Ah!”), mientras que la tristeza y el abatimiento crean el efecto contrario al expirar. Más que controlar la respiración se trata de evitar que la mente se distraiga, promoviendo la concentración mediante los procesos de inspiración, retención y expiración de aire.


5. Pratyahara
Este escalón puede traducirse como “retirada” de los sentidos, de modo que la atención se interiorice. Se trata de retirar gentilmente nuestra atención en todo momento de cada cosa que ocurre a nuestro alrededor, de manera que podamos reconocer la naturaleza ilusoria de toda percepción sensorial e incluso emocional e intelectual. 


6. Dharana
Según Patanjali, la concentración o dharana implica “reunir el pensamiento en un lugar”, a la manera en que las hojas de un libro se encuentran “concentradas” en el libro. En esta práctica fijamos la mente en algún objeto que nos ayude a meditar, que puede ser físico como una flor, un mandala o una vela, o sonoro, como los mantras. Es la concentración sin esfuerzo, reposada.


7. Dhyana
La concentración o dharana produce un estado de meditación que se llama dhyana, una meditación sin objeto (que no debe confundirse con “la nada” occidental). En dhyana la distracción no es un problema, porque la concentración sin esfuerzo ha rendido frutos. No se trata únicamente de la calma de la meditación, sino de llevar esa calma con nosotros a todos los aspectos de nuestra vida, a cada momento.


8. Samadhi
Es el estado último al que puede aspirarse a través del camino del yoga, pero describirlo en palabras sería un ejercicio vacío. Los maestros lo llaman “la unión con dios” y la alegría absoluta, contemplación pura y superconciencia. Aquí se han eliminado todas las oscilaciones de la mente y se descansa en aquello que es incondicionado. 

El maestro zen D. T. Suzuki explica por qué el intelecto no funciona como vehículo a la iluminación

Filosofía

Por: pijamasurf - 08/23/2016

El maestro zen japonés que presentó este conocimiento a Alan Watts y Aaron Copland explica la naturaleza de lo finito y lo infinito y por qué la mente es incapaz de llevar al practicante a la liberación última.

Quizá las personas en occidente hayan descubierto el zen a través de Alan Watts o la necesidad de silencio de Aaron Copland, sin embargo, ambos recibieron la luz del zen a través del maestro Daisetsu Teitaro Suzuki, mejor conocido como D. T. Suzuki. Por cierto, Daisetsu es el el nombre que le dio su maestro zen Soyen Shaku y significa “gran simplicidad”. Durante la década de los años 20 Suzuki se preocupó de que los maestros no podían traducir y presentar sus enseñanzas de manera que les resultaran claras a los occidentales, por lo cual intentó “un experimento: presentar el zen desde la perspectiva de nuestro sentido común compartido”. Su trabajo le dio a la filosofía oriental un renacimiento en la psique occidental que la descubría por vez primera, abriéndole la posibilidad de una vida secular y profundamente espiritual.

Suzuki empieza explicando qué puede hacer el zen por nosotros a nivel cotidiano: “En esencia el zen es el arte de ver la naturaleza del propio ser y señala un camino de esclavitud a la libertad. Al hacernos beber justo de la fuente de la vida, nos libera de todas las cargas bajo las cuales nosotros, las criaturas finitas, usualmente sufrimos en este mundo”. De acuerdo con el maestro Suzuki:

La vida ordinaria sólo toca el borde de la personalidad, no causa una conmoción en las partes más profundas del alma, de tal manera que el zen hace sin palabras lo que el ego y el intelecto no pueden.

Este cuerpo que tenemos es como una batería eléctrica en la que hay un poder misterioso. Cuando este poder no es operado apropiadamente, se enmohece o se desvanece o se retuerce y se expresa de manera anormal. Por lo tanto la función de zen es salvarnos de enloquecer o tullirnos. Esto es a lo que yo me refiero cuando hablo de libertad, dejar jugar en libertad todos los impulsos creativos y benevolentes inherentes a nuestro corazón. Por lo general estamos ciegos a este hecho, que poseemos todas las facultades necesarias que nos harán felices y amorosos los unos con los otros. Todas las dificultades que vemos a nuestro alrededor vienen de esta ignorancia. Cuando la nube de la ignorancia desaparece, vemos por primera vez la naturaleza de nuestro propio ser.

Desde el punto de vista del maestro zen, lo mejor que puede hacer el intelecto es señalar lo que no está bien y por lo tanto puede ser una fuerza de destrucción. Por esta razón no funciona como vehículo para la iluminación. Cuando se trata de esto último es necesario recurrir a un aspecto muy diferente de nosotros ya que de hecho, según Suzuki, el intelecto es justamente lo que no nos permite abarcar el infinito, de tal manera que:

[El] Zen propone una solución que es atractiva a los aspectos factuales de la experiencia personal no a un conocimiento teórico de un libro. La naturaleza de nuestro propio ser donde aparentemente toma lugar la batalla entre lo finito y lo infinito debe ser comprendida desde una facultad más alta que el intelecto. Ya que el intelecto posee una cualidad especialmente perturbadora. A pesar de que puede hacer suficientes preguntas como para alterar la serenidad de la mente, frecuentemente es incapaz de darles respuestas satisfactorias. Altera el pacífico gozo de la ignorancia y no restaura el estado previo de las cosas ofreciendo algo a cambio. Porque señala la ignorancia, con frecuencia es considerado “iluminador”, a pesar del hecho de que es el responsable de las alteraciones y no necesariamente ilumina su camino.

Además, Suzuki señala que:

no hay manera de tocar el infinito. ¿Cómo vamos a liberarnos de las limitaciones de la existencia? La salvación debe ser buscada en lo finito, no hay nada infinito además de las cosas finitas. Si buscas algo trascendental que te separa de este mundo de relatividad, esto equivale a la aniquilación de tu ser. No quieres la salvación si debe costarte la existencia. Ya sea que lo entiendas o no, lo mismo sucede cuando se vive lo finito. Pues te mueres si dejas de comer o dejas de mantenerte caliente por estar aspirando el infinito… Así que lo finito es lo infinito y viceversa. No son dos cosas separadas, el pensamiento está obligado a concebirlas así, intelectualmente.