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Los aspectos esotéricos del budismo enseñan que la intención de los seres es lo que genera el mundo y hace que lo que es meramente vacua y mágica aparición sea tomado como real, sólido y estable

En el budismo se enseña que el mundo es en realidad vacuidad... y, sin embargo, aparece, se manifiesta como forma: experimentamos diferentes fenómenos, tomamos cuerpos, interactuamos con cosas aparentemente sólidas y nos aferramos a ciertos conceptos. La razón por la cual el mundo ocurre, el misterio de su duración y aparente solidez, según explicó el Buda, tiene que ver fundamentalmente con la intención.

A grandes rasgos lo que mantiene circulando el mundo del samsara es el karma de los seres sensibles. Karma significa acción, pero el Buda Shakyamuni enseñó que sólo los actos que se realizan con una intención (cetana) generan karma. Un acto sin intención es solamente la espontaneidad del vacío, sin fijación y adherencia: no hay un alguien en quien se inscriba la consecuencia, es como el cielo que no registra las huellas de las aves en su vuelo. En el Cetana Sutta, el Buda explica cómo se genera el karma:

Oh monjes, lo que uno intenta, lo que uno planea, y hacia lo que uno tenga tendencia: eso se convierte en la base del mantenimiento de la conciencia. Cuando hay una base hay un soporte para establecer la conciencia. Cuando la conciencia se establece y ha llegado a crecer, hay una producción de existencia futura renovada. Cuando hay una producción de existencia futura renovada, el nacimiento futuro, el envejecimiento y la muerte, la pena, el lamento, el dolor, el displacer y la desesperanza llegan a ser. Tal es el origen de toda esta masa de sufrimiento.

En el texto Shes bya mtha' yas pa'i rgya mtsho, un tratado enciclopédico del budismo tibetano escrito por Jamgon Kongtrul, traducido como The Infinite Ocean of Knowledge, se dice:

Los seres sensibles desconocen la naturaleza pura de la esfera de realidad de la mente. Consecuentemente sus características y disposiciones se empiezan a manifestar. Esto es, la ignorancia actúa como la principal causa y la conceptualización adventicia como el factor que contribuye a activar la propensión a ser. Desear y aferrase causan que los seres formen una conexión con los tres reinos [los tres reinos o mundos de la vida cíclica: el reino del deseo, el reino de la forma y el reino sin forma o inmaterial].

El Buda Shakyamuni enseñó en sus primeras transmisiones que el cuerpo se forma como resultado de la conciencia, la cual a su vez es producto de los sankharas, un término complejo que se traduce como voliciones, disposiciones o formaciones mentales --etimológicamente significa "compuesto" o "aquello que se ha juntado", y que en este sentido podemos relacionar con la intencionalidad o deseo. Es esta cadena de intenciones, deseos o voliciones la que le da su solidez al mundo. Hay que señalar que en el budismo la conciencia es posterior a la cognoscitividad que es inherente a todas las cosas y que se considera indistinta al espacio mismo, que es la fuente de todos los fenómenos. Dice el maestro budista estadounidense Traktung Rinpoche sobre esta capacidad cognitiva inherente que es previa a la conciencia: "la cognoscitividad [awareness] no encuentra locación como conciencia en el espacio sino que el espacio se descubre paradójicamente como estando dentro de esta cognoscitividad nonata e inmortal".  

Ahora intentaremos responder a esa misteriosa pregunta de cómo la mente --o esa cognoscitividad pura que abarca todo el espacio-- llega a tomar forma y presentarse como los diferentes cuerpos que se despliegan en el espacio, desde los soles hasta los seres humanos. 

El espacio base del cual surgen todos los fenómenos en el budismo mahayana se conoce como dharmadatu (chö ying en tibetano), este espacio-esencia todo lo abarca, ya sea nirvana o samsara y es considerado similar a la realidad absoluta, aquello que está más allá de causas y efectos y condiciones, lo que se conoce como dharmakaya, el cuerpo de la realidad o de la verdad, también llamado el "reino de la esencia" e identificado con la vacuidad "sunyata". Aunque nosotros experimentamos un mundo de causas y efectos y de objetos sólidos que aparentan persistir en el tiempo y se separan del espacio básico, el budismo enseña que en realidad nunca nada ha sido otra cosa que el dharmakaya. Dice Longchenpa en su Tesoro del Dharmadhatu:

Dentro del vasto espacio de la presencia espontánea yace la cimiente de la que todo surge.

Vacía en esencia, continua por naturaleza, nunca ha existido como algo en particular y sin embargo surge como todas las cosas.  

Traktung Rinpoche, quien es un maestro dentro del linaje Nyingma, explica en una entrevista:

El Dharmakaya es el campo de potencial puro, que está explotando en energía actualizada y material cada instante. Cada objeto o cosa, incluso su "cosidad", se caracteriza esencialmente por este campo de potencialidad. En otras palabras, cada "cosa" está vacía de características permanentes;  sus características comparten la cualidad de potencial dinámico y están siempre moviéndose hacia la expresión de ese potencial a través de su constante cambio y transformación. 

En otras palabras, lo real de la "cosa" es solamente su dinámica, su proceso, el potencial creativo que se expresa como cambio. Nunca fija, la realidad es perpetuo devenir, su sustancialidad es sólo la reificación de la percepción. El espacio base es aquello que no cambia nunca, absolutamente simple, pero que se despliega como el universo de los fenómenos que no son más que cambio. Continua Traktung Rinpoche:

Todos los mundos y los campos de percepción se desdoblan de esta potencialidad pura, que es, asimismo, la cognoscitividad  pura o la vacuidad. Esta esencia, esta vacuidad, es inefable y no es realmente ninguna cosa. Y, sin embargo, es la matriz dinámica de la que todo esto surge, y de la cual todo esto es una presentación, y a la cual todo esto regresa.

Para quienes gustan de encontrar relaciones entre el budismo y la física cuántica, este campo de potencialidad pura --que es el cuerpo absoluto de la realidad-- se parece al concepto de energía del punto cero. Según físicos como John Wheeler y Richard Feynman, se calcula que existe suficiente energía en la vacuidad de un espacio como el que se encuentra en un foco de luz para hervir todos los océanos del mundo. Esto es porque en el vacío constantemente brotan innumerables fotones virtuales, fruto de fluctuaciones cuánticas, los cuales desaparecen al mismo tiempo que surgen. Este proceso de aparecer y desaparecer, esta insustancial procesión de los fotones de casi infinita energía, nos diría el budismo, es la realidad, es el punto o bindu ubicuo de todo lo que es. "Hay un punto en el que las apariciones surgen y son liberadas, un punto de unión entre la vacuidad y la luminosidad que produce incesantes fenómenos apareciendo mágicamente. El espacio en sí mismo es inseparable de esta potencia", dice Traktung Rinpoche. 

El concepto de vacío en el budismo --el cual es el resultado no de una conjetura filosófica sino de una experiencia no dual-- tiene esta cualidad de luminosidad y darse cuenta, de la misma manera que la vacuidad en el espacio físico tiene la cualidad energética esencial de producir y aniquilar partículas. Los planetas, montañas, palacios, árboles y cuerpos humanos que vemos y experimentamos son sólo aspectos de esta energía incesante que se despliega mágicamente --la solidez de estos objetos no es una propiedad inherente sino una proyección o reificación de nuestra percepción. De nuevo Traktung Rinpoche:

Esta explosión de esencia crea campos de percepción energética. El juego de la causa y el efecto condiciona esta energía para que aparezca como formas. Estas formas son nuestro mundo y ser. El mundo, y todos los mundos, coinciden con la esencia de la cognositividad [awareness], que es nonata e inmortal y está absolutamente libre de las implicaciones de la forma y el límite. El mundo manifiesto no es otra cosa que la esencia, pero esta esencia no está limitada por la forma o las condiciones de los mundos manifiestos. Uno podría decir que el mundo y todos los mundos se sostienen como forma por la intención condicionada y habitual de la conciencia. Nuestro mundo particular se sostiene conjuntamente por la intención de los seres humanos. Los mundos de otros seres se sostienen por la fuerza de su intención condicionada. Las estructuras de la existencia no son "reales" en un sentido último. Son no-realidades públicas, sueños lúdicos esculpidos por la esencia y moldeados como formas. Son la irradiación de la potencialidad pura, momentáneamente esculpidos por la intención y mantenidos en un patrón aparentemente coherente por el karma o los patrones de la conciencia habituada.

Es la intención de la conciencia, según esta glosa del budismo tántrico, la que le otorga al mundo las cualidades que asociamos con la realidad: la solidez, la separación, la distinción entre el sujeto y los objetos de percepción, la durabilidad, etc. La intención actúa como una especie de esmalte que le da dimensionalidad al vacío, adhiriendo su energía mental como el vapor que enturbia un espejo. Esto ocurre simplemente porque la mente participa en esta potencialidad pura --que es de hecho su esencia primordial-- que es energía infinitamente creativa: luz, que es siempre energía a la vez que cognoscitividad. Todo siempre está apareciendo y desapareciendo y, siendo de naturaleza ilimitada, le es posible a la mente confundir sus propias apariciones y percibirlas como reales y sustanciales. Viene a colación una frase de Borges:

"El más grande hechicero (escribe Novalis)  sería el que se embrujara él mismo al punto de tomar sus propias fantasmagorías por apariciones autónomas". ¿No sería esta la verdad de nosotros? Yo conjeturo que así es. Nosotros (la indivisa divinidad que opera en nosotros) hemos soñado el mundo. Lo hemos soñado resistente , misterioso, visible, ubicuo en el espacio y firme en el tiempo; pero hemos consentido en su arquitectura tenues y eternos intersticios de sinrazón para saber que es falso.

La realidad persiste como una aparición autónoma hasta que se mantiene la ignorancia, de la misma manera que las imágenes de un sueño nos alteran sólo mientras no sabemos que estamos soñando o de la misma manera que un objeto ilusorio conjurado por un mago se percibe como algo real mientras ignoramos que es un acto de magia. Una vez que descubrimos que se trata de un truco, las condiciones necesarias para que el objeto sea percibido desaparecen y con ellas el objeto. Tradicionalmente en el budismo se utilizan ocho metáforas para sugerir que el mundo no tiene existencia inherente, éstas son: que el mundo es como un sueño; un truco de magia; una ilusión óptica; un espejismo; el reflejo de la luna en el agua; un eco; una ciudad de ghandharvas [seres fantásticos del cielo]; una aparición fantasmagórica. Se menciona a veces también entre estas metáforas a una burbuja y a un arco iris; como un arco iris que si no existen ciertas condiciones de sol y agua y un sujeto que lo percibe no existe, así todas las cosas dependen de ciertas condiciones coemergentes y sin ellas el mundo se desvanece.

No es casualidad que exista en Occidente toda una tradición que equipara a la magia con la intención y la voluntad. Aleister Crowley lo expresó en el nombre de su escuela Thelema y en una de sus definiciones de la magia: "todo acto intencional es un acto mágico". Y no podría ser de otra forma si somos, como escribió Shakespeare, "such stuff as dreams are made on" (somos la misma sustancia que los sueños, ¡pero los sueños no tienen sustancia!). El mago reconoce que los objetos, al igual que los dioses y los demonios, son formaciones mentales. El riesgo yace en que la intención y la voluntad se mueven peligrosamente cerca del deseo de poder y de la gratificación del ego que se afirma a través de la voluntad de poder --hay una tenue línea entre el camino de la sabiduría por sí misma y el camino de la magia para operar cambio. Así fácilmente el mago pierde noción de que todas sus apariciones, todos sus objetos de poder y sus objetos de deseo son ilusiones y se teje a sí mismo en su propio laberinto, el  cual no es más que la reificación de su ego. El poder busca perpetuar su propio ser y olvida que, como escribió también Shakespeare, "los suntuosos palacios,  los templos solemnes y el mundo mismo", todo se "disolverá" como "un insustancial desfile", sin dejar rastro. 

Para concluir, habría que puntualizar que el hecho de que el mundo sea sólo una aparición insustancial sostenida por la intención no significa que el mundo sea un error, o algo a lo que uno debe radicalmente resistirse y renunciar. En el texto que mencionamos anteriormente, uno de los más importantes de la cosmología del budismo tibetano, traducido al inglés como The Infinite Ocean of Knowledge, se explica que los mundos que habitamos son en realidad Tierras Puras o campos búdicos sostenidos por la mente de budas y bodhisattvas, quienes manifiestan estos mundos para el beneficio de los seres. Los traductores del texto de Jamgon Kongtrul escriben en la introducción:

Los infinitos sistemas de mundos llegan a existir no sólo por las acciones evolutivas, sino por la interconexión entre budas y seres sensibles... Según esta visión el universo es entonces la agencia y el terreno para el despertar y no la prisión de la que debemos escapar. Es el patio de juego de los milagrosos poderes de los seres iluminados, el anfiteatro en el que los bodhisattvas practican sus habilidades para ayudar a otros a que superen esta confusión.

Así "el universo siempre permanece puro, pero para efectuar la madurez de los seres espirituales, aparece como imperfecto". El mundo está constituido más que de átomos sólidos, de las intenciones de seres iluminados que establecen un teatro de reflejos mágicos sobre el cual se efectúa el juego del despertar, lo cual es simplemente el reconocimiento de la pureza original, de la identidad entre la mente y los fenómenos que se despliegan, cuya esencia es "luz clara". Pero incluso estos maravillosos mundos generado por las intenciones de budas y bodhisattvas serán aniquilados y reducidos a su esencia que es la vacuidad.

Asimismo tampoco podemos decir que la intención es algo negativo. Existe el anhelo de la liberación y la pasión de la compasión; la intención así también puede generar karma positivo. El karma positivo generado por nobles intenciones puede colocar al individuo en situaciones propicias y benéficas y permitirle acercarse a la experiencia de la mente pura original, a la sabiduría que es la experiencia de la vacuidad desde la cual no existe el karma --y es también un deseo ardiente lo que hace que el amante encuentre a su amada (lo que en la literatura mística es una metáfora del alma o de Dios) y es un deseo puro y ardiente lo que hace que se manifieste el gurú, sin el cual la experiencia vivencial de la sabiduría será muy difícil. Thinley Norbu Rinpoche en su libro Magic Dance cita al Buda Shakyamuni: "Ya que circunstancias propicias pueden surgir de buenas intenciones, lo que sea por lo cual recemos, eso aparecerá". 

Y así, finalmente, no será necesario renunciar al ilusionismo mágico de los fenómenos que siempre aparecen, sino que al contrario se podrán disfrutar como manifestaciones insustanciales de la infinita energía creativa de la mente que además de ser luminosidad y darse cuenta tiene la característica de ser dicha pura. Esto es lo que Traktung Rinpoche llama "wisdom-bliss", sabiduría trascendente-inmanente. Aunque en muchos sentidos el hinduismo y el budismo se contradicen, es interesante notar que el hinduismo también incluye a la dicha o al gozo como una de las tres cualidades esenciales del universo, como se expresa en la fórmula sat-chit-ananda [ser-conciencia-dicha]. En otras tradiciones también encontramos la dicha en el origen, en identidad con la energía creativa que es juego y espontaneidad, un mostrarse y un ocultarse como la luna y la marea. "Yo era un tesoro oculto que quería ser conocido; por eso creé el mundo", dice un hadiz islámico. Notar esto de manera intelectual, sin embargo, es sólo el principio, ahora queda abandonar todos los conceptos a través de los cuales se sostiene  el mundo y nuestra persona para experimentar la vacuidad y poder disfrutar del infinito juego mágico de la luz. 

 

Twitter del autor: @alepholo

Filósofo explica por qué siempre escogemos a la pareja incorrecta

Filosofía

Por: pijamasurf - 08/05/2016

El lugar común de que "no eres tú, soy yo" puede muy bien explicar el fracaso matrimonial, pero no de la forma en que te esperas...

Todo parece miel sobre hojuelas durante las primeras épocas de noviazgo: dos personas que se complementan, se respetan y se aceptan tal como son deciden un buen día irse a vivir juntos sin saber que están a punto de embarcarse en una de las aventuras más dramáticas de otredad a las que un ser humano se puede enfrentar: el matrimonio.

La historia de la institución matrimonial se ha regido por fines económicos y sociales como un acuerdo para ampliar el poder o la influencia de una familia mediante un contrato (de ahí también la palabra "alianza"). No fue sino hasta hace relativamente muy poco en la historia humana que los hombres y las mujeres hemos podido decidir libremente vivir en pareja, más allá de los presupuestos ideológicos de nuestras familias o las obligaciones económicas y sociales (aunque no en todos los países del mundo y en todas las comunidades ocurre lo mismo).

¿Pero qué pasa después de la luna de miel, cuando nacen los hijos o son adoptados y poco a poco los pequeños problemas y desacuerdos se van convirtiendo en grandes dificultades y causales de divorcio? El filósofo Alain de Botton considera que los matrimonios fallan porque los participantes no se conocen bien a sí mismos para empezar. Cuando estamos solteros, creemos que es fácil vivir con nosotros mismos, que somos grandes personas y nuestras pequeñas fallas y neurosis forman parte del panorama cotidiano. Esto es así hasta que debemos enfrentar las pequeñas fallas de nuestra pareja, las cuales se magnifican a través de la cotidianidad.

¿Pero qué buscamos en realidad cuando nos vamos a vivir en pareja? Existen muchas respuestas para esta pregunta, por ejemplo, paliar la soledad, perpetuar el sentimiento de comunicación y aceptación que impera durante la primera época del noviazgo y, desde un punto de vista más psicológico, volver a vivir la familiaridad de los sentimientos que experimentamos cuando éramos niños, los cuales no siempre ni necesariamente son de amor y aceptación.

¿Esto quiere decir que no estamos hechos para vivir en pareja? No necesariamente. Mejor sería pensar que ni nosotros ni nuestra pareja somos personas perfectas y terminadas. El mito del romance ideal y de la media naranja sólo se sostiene durante unos pocos capítulos en novelas o películas, pero nunca nos enteramos que pasó después del "...y vivieron felices para siempre". Probablemente lo mejor que podemos hacer si decidimos vivir en pareja sea aceptar vivir en un constante estado de autocrítica, lo cual no implica necesariamente ceder del todo a las demandas de nuestra pareja.

 

La mejor pareja en realidad es aquella con la que podemos negociar el desacuerdo y donde las discrepancias pueden exponerse de manera racional y empática sin llegar necesariamente a la confrontación.

Más que pensar el matrimonio como el fin de la historia, podríamos empezar a planteárnoslo como el comienzo de un viaje de autoconocimiento al lado de una persona que también está viviendo un proceso paralelo al nuestro, y que nos acompaña en nuestros temores sin dejar de sufrir por los suyos propios. No estar de acuerdo en pareja no es una tragedia sino una oportunidad para mejorar al lado del otro, ofreciendo una escucha generosa sobre todo a aquello que no estamos dispuestos a aceptar de nosotros mismos.