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Trump recomienda leer a Jung para tener éxito en los negocios y podría haber aplicado la psicología del inconsciente colectivo para galvanizar al electorado estadounidense

En el frenesí mediático que ha levantado Donald Trump quizás ha pasado desapercibido que el candidato republicano es una persona que tiene algunas cualidades dignas de señalarse. Por una parte, Trump parece tener una capacidad descomunal para trabajar --según se reporta tiene la costumbre de trabajar placenteramente los 7 días de la semana-- y, según él mismo cuenta (y quizás esto también sea parte de su personaje), lee o leía todos los días 3 horas al día, después de levantarse a las 5 de la mañana, antes de ir a su oficina.

Como podría esperarse, las lecturas de Trump no son de gran refinamiento literario; según él mismo cuenta lee sobre todo libros de psicología, negocios y autoayuda. Parece ser un lector utilitario: lee lo que piensa que puede generarle una ventaja. Sorprende, sin embargo, que Trump considere a Carl Jung como uno de sus autores de cabecera e incluso le dedique un capítulo entero en su libro How to Get Rich (aunque es un capítulo de sólo 3 cuartillas, y en la prosa de Trump que se caracteriza por su baja densidad). Dice que lee a Jung "para mantener mi mente abierta a mi propio inconsciente y al del colectivo". Y agrega que la psicología de Jung le permite entender mejor las "conductas aberrantes" y no ser sorprendido, puesto que "un buen líder no debe ser [sorprendido]"... Jung le ha dado una técnica para desarrollar sus "instintos e intuición" y la capacidad de saber las motivaciones de los demás. El párrafo especialmente interesante es en el que Trump escribe sobre el concepto de persona, palabra que, como él nota, viene del latín y que significa "máscara":

Cada uno de nosotros tiene una persona. La necesitamos para sobrevivir. Es el rostro que nos ponemos para uso público, y puede ser intencional o puede ser inconsciente. Por ejemplo, un vendedor que ha perdido su familia por un accidente, naturalmente está devastado. Pero para trabajar efectivamente debe parecerle a sus clientes como alguien alegre y seguro. Esto es parte de su persona. Es una herramienta de supervivencia.

Una lectura bastante simple de esto nos diría que Trump está perfectamente consciente de su personaje y es capaz de explotarlo.

El único peligro es que a veces las personas se convierten en su persona. Esto significa que alguna conexión ha sido cortada en algún punto, y estas personas acabarán ocultándose detrás de esta falsa personalidad que les funciona profesionalmente. Como yo estoy considerablemente en el ojo público, esto me llegó y me hizo reflexionar detenidamente. Afortunadamente, estoy consciente tanto de mi lado público como de mi lado privado, y mientras que no soy alguien que le gusta ocultarse mucho, sé que existen diversas dimensiones en las que opero. 

En jerga jungiana, Trump parece querer decirnos que él es un ser individuado y que ha hecho consciente las fuerzas de su inconsciente de tal forma que no lo someten a una tiranía invisible. Que puede entrar y salir del personaje a voluntad y sin verse afectado por la disociación. Como si fuera un mago jugando con las ilusiones y las percepciones magistral e indeleblemente, encarnando este o este otro arquetipo a conveniencia o en función del efecto deseado y no siendo él encarnado o poseído por los arquetipos como la mayoría de las personas. Justifica sin recatos morales que este juego debe efectuarse para hacerse rico --hacer dinero en su visión mágica es por supuesto la gran obra, el Santo Grial, la panacea y el elixir que todo lo redime.

Hay que mencionar que este texto es de 2004, por lo que 12 años jugando al enmascaramiento y la proyección de la persona con fines de lucro y poder podrían haberlo llevado a perder el control de su representación, borrando la frontera entre el papel que representa para el público y su yo individual privado. Especialmente también porque si en algo parece haber consenso en el análisis de la personalidad de Trump, es que tiene un ego gigantesco --en este mismo libro dice que es necesario tener un gran ego, puesto que todas las personas que no lo tienen "son perdedoras". Ahora bien, esta egomanía o egolatría es una enfermedad, una enfermedad socialmente aceptada e incluso celebrada pero no sin sus riesgos y quizás ha degenerado al punto de un estado patológico, agudo o delirante. Pero también es posible que Trump sea realmente un virtuoso de la personificación, un astuto manipulador, el paroxismo de eso que ya denunciaban los teóricos de medios hace más de 50 años en Estados Unidos: que la política era show business y el mejor político es el mejor actor y el mejor equipo de campaña es el que mejor sabe vender un producto. Y Trump tiene experiencia como actor, un histrión, un showman y un businessman.

El escritor David Fideler nota que Trump podría estar usando la psicología jungiana --cosas como los arquetipos o la sombra de la persona-- de la misma manera que Ed Bernays, el sobrino de Freud, utilizó conceptos del psicoanálisis de su tío para influir en las masas y crear la moderna industria de las relaciones públicas (sobre la forma en la que Bernays utilizó el psicoanálisis para ingeniar la sociedad de consumo, puede leerse aquí). Fideler considera que Trump ha hecho una aplicación perversa del trabajo de Jung para azuzar a su favor a las masas de manera calculada. Una de las formas en las que Trump podría estar cooptando la psicología jungiana es apelando a la sombra inconsciente de todo un país y utilizando una dinámica de enfrentamiento con la otredad omnipresente (y reprimida) como un enemigo latente que quiere salir a la superficie y cuya amenaza siempre puede utilizarse para aglutinar a ciertos grupos bajo principios xenofóbicos, usando así una psicología del inconsciente colectivo de manera taimada.

Una pista de cómo se puede aplicar macabramente el análisis de Jung puede observarse en este párrafo del texto de 1928 Two Essays on Analytical Psychology en el que el psicólogo suizo analiza la forma en la que la individualidad se pierde ante la fuerza oceánica de las masas, la cual el individuo no sólo encuentra en la masa social externa, sino también en su propio inconsciente --que es una masa social interna, una latencia colectiva que aflora en el contacto social:

La sociedad, al automáticamente enfatizar las cualidades colectivas en sus representantes individuales, favorece la mediocridad, o todo aquello que se contenta con vegetar de forma laxa e irresponsable. La individualidad inevitablemente será llevada contra la pared. El proceso empieza en la escuela, continúa en la universidad y rige todos los departamentos en los que el Estado se involucra. En un cuerpo social pequeño, la individualidad de sus miembros se resguarda más fácil y es mayor su libertad relativa y la posibilidad de responsabilidad consciente. Sin libertad no puede haber moralidad. Nuestra admiración por grandes organizaciones se encoge cuando nos damos cuenta de todo lo que es primitivo en el hombre, y la inevitable destrucción de su individualidad en beneficio de la monstruosidad que es en la práctica toda gran organización. El hombre de hoy, el cual se parece más o menos al ideal colectivo, ha hecho de su corazón una guarida de asesinos, como puede probarse fácilmente por un análisis de su inconsciente, aunque él mismo no está en lo más mínimo perturbado por ello. Y en tanto que está normalmente "adaptado" a su ambiente, es verdad que la mayor infamia a favor de su grupo no le perturbará en lo más mínimo, siempre y cuando la mayoría de sus iguales crea firmemente en la moral exaltada de su organización social. 

La noción del inconsciente colectivo jugiana sostiene que llevamos en nuestra psique toda la historia de la humanidad, con todas sus atrocidades y complejos y es por ello que debemos hacer consciente esta tendencia a suprimir el alma en favor del arquetipo colectivo y colectivizante para individualizarnos y, a partir de esto, abrazar la totalidad libre del ser, aquello que hay en nosotros que es único y divino. Jung, un párrafo después, escribe sobre lo que es una de sus principales aportaciones:

Lo personal crece de la psique colectiva y está íntimamente ligado a ella. Por lo cual es sumamente difícil decir qué contenidos deben llamarse personales y cuáles colectivos...

No hay duda, por ejemplo, de que los símbolos arcaicos, como los que encontramos frecuentemente en la fantasía y los sueños son factores colectivos. Todos los instintos básicos y formas básicas de pensamiento y sentimiento son colectivas... Los seres humanos tienen una facultad, la cual es de gran utilidad para los propósitos colectivos, pero es la más perniciosa para la individuación, esto es, la facultad de imitación. La psicología colectiva no puede dispensarse sin la imitación, ya que sin ella todas las organizaciones masivas, el Estado y el orden social, son imposibles. La sociedad se organiza, de hecho, menos por la ley que por la propensión a la imitación, lo que implica igualmente sugestionabilidad y contagio mental.

No tenemos forma de decir que Trump leyó estos párrafos y está aplicando la psicología jungiana conscientemente como una técnica de manejo de masas, ni siquiera lo creemos (ni siquiera podemos estar seguros de que sea capaz de comprenderlo). Pero no hay duda de que inconscientemente la está aplicando, a través de su persona que encarna un arquetipo que nos parece caricaturesco pero no por ello es menos atávico y poderoso o está menos arraigado en la psique colectiva, que es por definición transpersonal (siguiendo con Jung) y encuentra en Trump un espejo de sus proyecciones arquetípicas. Asimismo, es difícil encontrar una mejor explicación para el "fenómeno Trump" que el anterior párrafo. Dicho eso, vale mencionar que en ninguna medida Jung puso su psicología al servicio de los intereses de partidos (por más que se le haya acusado de nazismo, como a casi cualquier otro intelectual no judío de su época) y seguramente estaría perturbado por esta hipotética utilización (si bien ya en vida fue acusado de algo similar). Su trabajo parece ser el honesto y lúcido análisis de la psique colectiva y su funcionamiento; esto se puede usar para diferentes propósitos, como terapia de la sociedad en su conjunto y liberación individualizante o como manipulación de los individuos dentro del grueso de las masas que le gana a la individuación. 

Jung habló sobre Hitler y su persona o máscara y la forma en la que encarnaba o personificaba la sombra de toda una nación. Esto tal vez tiene ciertas resonancias con lo que ocurre con Trump y Estados Unidos, donde Trump se vuelve el médium de los complejos del inconsciente de una nación, algo que podemos llamar una posesión arquetipal. Dicho eso hay que tratar de separar los casos y no sería afortunado ni adecuado comparar a Trump y Hitler, sólo se trata aquí de notar que Jung había analizado la persona de Hitler y que rasgos así pueden repetirse en la historia, sin que signifique que sean modelos definitivos o que resulten en genocidios, etc. Esto especialmente porque no podemos estar seguros de que Trump realmente tenga una ideología --además del neoliberalismo, de hacerse más rico-- y existe una gran posibilidad de que sólo esté tomando esta bandera o este otro tema polémico coyuntural para polarizar y agenciarse beneficios políticos (Trump parece dispuesto a parodiar cualquier cosa, incluyendo a él mismo y toda la realidad). Esto fue lo que dijo Jung sobre Hitler:

Hitler parecía como un "doble" de una persona real, como si Hitler el hombre estuviera escondido dentro de un apéndice, y escondido deliberadamente para no afectar el mecanismo... Sabías que nunca podrías hablar con este hombre; porque no había nadie ahí... No era un individuo; era toda una nación.

En suma, tenemos en estas descripciones de Jung un esbozo de cómo se puede esparcir el virus memético de Trump presionando los botones de la psique colectiva que diseminan olas multitudinarias de instinto e imitación en las cuales la individualidad se disuelve a favor del colectivo. Un colectivo dominado por miedos y fácilmente influenciable por la tendencia del individuo a promediar sus actos y suprimir su razón en favor de las creencias del mismo colectivo. Un individuo que es capaz de albergar en su corazón a los "asesinos" sin nombre del colectivo siempre que estos crímenes refuercen su sensación de pertenencia y seguridad. 

De la misma manera que Trump dice poder borrar y volver a trazar ágilmente la línea entre su individualidad y su persona pública (y difuminar la realidad y el reality show), cruza también esta línea, de suyo difusa, entre lo que es individual y lo que es colectivo en la psique de las masas. La duda permanece en sí lo hace de manera consciente y voluntaria o simplemente apareció en un momento propicio en la historia del inconsciente colectivo. No sería ciertamente el primero, pero estaría ocurriendo de manera exponencial por la penetración mediática de nuestra era-- lo que hace que el arquetipo esté más desnudo que nunca. Jung decía que su psicología era una forma de alquimia y que la alquimia era una forma de psicología; una versión más oscura, aplicada en favor del ego y el poder, puede llegar a hacer de su psicología algo como magia negra o una hipnótica brujería de masas. Esto es algo que, sin embargo, puede decirse harto frecuentemente de cómo se utiliza la publicidad y no es exclusivo a la psicología jungiana, ni a esta campaña política.

 

Twitter del autor: @alepholo

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Política

Por: pijamasurf - 08/22/2016

Los gastos que implica crear la infraestructura de los Juegos Olímpicos son impresionantes e igualmente impactante es la desolación y el abandono de las instalaciones años después

Ser anfitrión de los Juegos Olímpicos es una tarea monumental que no sólo requiere de mano de obra, pues un presupuesto colosal también es necesario. Con frecuencia los gastos exceden las expectativas y esto puede recrudecer las condiciones de vida de los habitantes del país anfitrión. Brasil no ha sido la excepción en este sentido: de acuerdo con un estudio realizado en Oxford el costo de los  juegos de Río de Janeiro terminará ascendiendo a 4.6 mil millones de dólares. Esto significa que el presupuesto habrá sido rebasado en un 51% y el estado de Río es responsable por 1/4 de ese dinero. Al parecer el precio de ser escenario de los primeros Juegos Olímpicos de Sudamérica ha sido elevado, pero estos juegos no han sido tan caros como los de Londres, cuyo costo ascendió a 15 mil millones de dólares, que fueron rebasados por los 21.9 mil millones que se gastó Rusia en los Juegos de Invierno de Sochi. La cuestión es que los gastos astronómicos que implica la creación de la infraestructura de los Juegos Olímpicos sobre los que la mirada del mundo se posa por unos cuantos días no parecen del todo justificados, al menos no a la luz del abandono y deterioro que sufren después. 

Por un lado el espíritu de los Juegos Olímpicos parece estar en el intercambio y convivencia entre diversos países, pero por otro lado también son un reflejo de la situación internacional con la que conviven. La desigualdad que predomina en el mundo ha tomando un papel protagónico en los Juegos de Río, pues la prensa ha publicado los serios problemas de seguridad y bienestar social que enfrenta el país. La pobreza que azota a las favelas, la falta de pago a los cuerpos policíacos y otros servidores públicos y los problemas ambientales, especialmente reflejados en la cantidad de bacterias y otros desechos en las playas, pues muchos de los barrios más pobres no cuentan con sistemas de drenaje. El lado oscuro de la colosal producción que implican los Juegos Olímpicos es que ésta parece cobrar la cuota más alta a los sectores más desprotegidos de la población, es decir, los pobres. La devastación resulta evidente cuando miramos los escenarios de anteriores Juegos Olímpicos, que ahora se encuentran en ruinas, anegados, abandonados y vandalizados, como un escenario de desolación después del despilfarro de una fiesta gigante. 

 

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Villa olímpica

 

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