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¿Qué es la materia y qué el espíritu? A continuación las posturas de un alquimista y un astrólogo sobre estas interrogantes, y más

Luis Silva, alias Vasilius, es un connotado alquimista catalán, además de licenciado en Derecho e inspector de policía local. Ha pasado más de veinte años trabajando arduamente en la búsqueda de la piedra filosofal, sustancia excepcional con la que han soñado los sabios desde hace muchos siglos. Con él hemos conversado para tender un puente entre dos ciencias herméticas hermanas: alquimia y astrología.

Pablo: Es todo un honor poder establecer este diálogo contigo, Luis. Te agradezco de antemano por la buena voluntad que has tenido. No es frecuente que un alquimista y un astrólogo tengan la oportunidad de intercambiar visiones sobre sus respectivos quehaceres, a pesar de que ambas ciencias pertenecen al mismo nicho filosófico. Como astrólogo siempre pongo un gran énfasis en la cosmovisión que sustenta mi práctica, ya que no es posible ejecutar la técnica correctamente si ésta no se encuentra bien arraigada en el paradigma que le da sustento. Sobre esto, creo imprescindible recalcar que una de las razones por las cuales los buscadores actuales se desvían tan frecuentemente por derroteros espurios es justamente la falta de claridad en los principios sobre los que se levanta el edificio de las artes herméticas. Toda praxis es resultado de una teoría, y recordemos que teoría es una palabra griega que significa contemplación. En un sentido platónico, no puede haber una buena práctica sin mantenernos en un estado de contemplación de la Idea. Para la astrología tradicional esto es absolutamente fundamental. ¿Qué me podrías decir al respecto sobre la alquimia?

 

Luis: Gracias Pablo, el honor es mío. Desde luego que esta es una gran oportunidad para conjugar astrología y alquimia desde el punto de vista de la filosofía hermética, un hecho que ciertamente no es habitual. La alquimia y sus hermanas, la astrología y la cábala, se sustentan en principios filosóficos que son sus cimientos desde muy antiguo. Tardé muchos años en descubrir que la alquimia era una rama de la filosofía, especialmente de la filosofía natural. Cualquiera que lea los viejos tratados de alquimia podrá comprobar que los antiguos alquimistas no se llamaban a sí mismos alquimistas, se llamaban filósofos. Por definición etimológica un filósofo es un amante de Sophia, la antigua diosa griega de la sabiduría. La palabra griega filo significa ‘amor a’ o ‘enamorado de’. Pero al tiempo la palabra griega sopho significa también ciencia o arte. Así, un alquimista es un filósofo, un enamorado de la sabiduría que practica una ciencia y un arte llamado alquimia. Y, es más, es un filósofo natural, es decir, un escrutador de los misterios naturales. La naturaleza está llena de secretos y el filósofo alquimista los busca para ser sabio y despertar, para sublimarse en términos alquímicos, para ser cada vez más sutil, más alma; en definitiva, espiritualizarse y descubrir que es mucho más que ego y materia sensible.   

 

Pablo: Una de las cosas que me llaman mucho la atención es la posibilidad de complementación, pues mientras la alquimia procura hacer sutil lo denso, la astrología tiene como objetivo iluminar el camino del alma en su trayecto por este mundo, a fin de advertirle acerca de los peligros y obstáculos que ha de enfrentar más adelante. Teniendo un mapa previo del territorio a recorrer es mucho menos probable perderse, accidentarse o desviarse. El astrólogo trabaja ofreciendo una lámpara en medio de la oscuridad. En este sentido, los mapas astrales son valiosos porque permiten que uno comprenda que hay cosas cuya ocurrencia no podremos evitar y, no obstante, sí que podremos prepararnos espiritual y moralmente para enfrentar los períodos de adversidad, aprovechando también los ciclos favorables para el fortalecimiento de las propias virtudes. La astrología procura que nos hagamos cargo de la manera en que enfrentamos el destino, mientras la alquimia intenta elevar la propia naturaleza humana; pero ambas operan en el marco de una búsqueda por un conocimiento profundo acerca de la existencia.

Creo que la vida no tiene otro sentido más que buscar la sabiduría, debidamente equilibrada con el amor a Dios y a todas sus criaturas, seres humanos incluidos. Si la astrología va a permitirte desarrollar la paciencia, la humildad, la fortaleza, la fe y la perseverancia necesarias para vencerte a ti mismo, creo que es un regalo de enorme utilidad. Si, por el contrario, te va a volver sombrío y pesimista, es mejor que te alejes de ella. Como la potencia que mueve al Sol, la Luna y las estrellas es la misma que sostiene al alma humana, pienso que tiene mucho sentido mirar hacia arriba para, al mismo tiempo, mirar hacia adentro. La alquimia hace algo parecido, pues trabaja con la materia exterior para purificar el alma en el interior. Sabemos que se trata de un largo trabajo con las operaciones de laboratorio, pero que paralelamente se adentra en el campo del perfeccionamiento espiritual. De allí que sea tan importante mantener a la vista los aspectos filosóficos de las ciencias herméticas.

 

Luis: Decíamos que el verdadero alquimista es un filósofo. Pitágoras (siglo V a.C.) nos trajo la filosofía que heredó de sus largas estancias en Egipto y Persia. El gran filósofo la dividió en tres partes: Lógica, Física y Ética. Bajo el concepto de Lógica, Pitágoras intentó mostrarnos la noción del logos o Dios, definido como una gran inteligencia, una potencia, un dinamismo al que se le asignaron básicamente tres funciones: es creador, ordenador y sustentador del universo. Él mismo mantiene la creación, mediante su emanación, que los antiguos filósofos griegos llamaron pneuma (hálito o aliento de vida, soplo vital o fuego). Este pneuma, fue llamado por los alquimistas "alma del mundo" o spiritus mundi. Es el Espíritu Santo de la religión cristiana, el prana de los hindúes, el chi o el ki orientales, etcétera. Toda la materia tiene en sí su pneuma, su principio motor o animador. A este espíritu motor, integrado en cada materia, los antiguos filósofos griegos le llamaron logoi spermatikoi, es decir, el esperma del logos, la semilla de Dios individualizada en cualquiera de los tres reinos naturales. Es el soplo vital, el alma que no es más que la llave de la vida. Los antiguos filósofos no conciben una materia sin alma, sin su espíritu animador. Ambos, materia y alma, son uno. Es más, para ellos la materia no es más que alma densificada. Hoy, en términos científicos, diríamos que la materia es energía densificada.

Por su parte, el concepto de Física o physis es la naturaleza. Los antiguos filósofos, gracias a la observación, descubrieron secretos que la naturaleza guarda en su seno. Gracias a ello descubrieron, por ejemplo, los cuatro elementos; fuego, agua, aire y tierra, y cómo trabajan creando y transmutando materia; o los tres principios de todas las cosas; azufre, mercurio y sal. El alquimista es fundamentalmente un filósofo natural, un escrutador de los misterios naturales. Es capaz de hacer físico lo intangible, de fijar en una materia concreta el pneuma o espíritu universal del mundo. Vuelve físico o tangible lo metafísico, y con ello puede transmutar la materia. Demuestra que la filosofía natural es cierta. 

Finalmente, la éthos o Ética. Todos los filósofos alquimistas hacen hincapié en que convertirse en un adepto (del latín adeptus, el que ha conseguido) es un donum Dei, un don de Dios; de ahí que los buenos textos clásicos de alquimia hagan referencia a la Ética, al respeto hacia el Creador y al comportamiento ético que ha de regir la vida de cualquier filósofo alquimista.

En alquimia encontramos imágenes que muestran a un estudiante frente a la puerta cerrada que da al jardín de los filósofos, o palacio de Sofía. Suele tener tres cerrojos que se corresponden con los tres conocimientos necesarios para entrar en el Edén: el de la Lógica o conocimiento de Dios, el de la Física o conocimiento de la naturaleza, y el de la Ética o conocimiento de uno mismo. Esas son las tres llaves que nos permiten entrar al jardín o palacio de la sabiduría, y que nos llevan al despertar.             

 

Pablo: Resulta fascinante esa manera de buscar la trascendencia que nos propone la filosofía natural, pues mantiene bien ligado espíritu y materia. Sin embargo, al menos desde la publicación de las obras de Carl Gustav Jung, existe una idea algo distorsionada sobre el quehacer de la alquimia, ya que mucha gente piensa que se trata de una cuestión puramente psicológica e intangible, un trabajo con los sueños y la imaginación. Sin embargo, la tradición hermética nos muestra que a lo largo de la historia los alquimistas han trabajado de forma material en el marco de un laboratorio. En astrología ocurre algo semejante, pues a partir de gente como Alan Leo y del mismo Carl Jung, se empezó a entender el quehacer del astrólogo como algo puramente psicológico, alejado de la concreción temática con la que han trabajado los astrólogos tradicionales desde hace más de dos mil años. Considero que es importante ser transparente acerca de cómo se han hecho las cosas en la filosofía hermética, sin que por ello pretendamos cerrar la puerta a que otras personas hagan algo distinto. Desde luego, cada quien es libre de escoger su propio camino, pero ¿qué puedes decirle a las personas, tras muchos años de experiencia, respecto de la verdadera naturaleza de tu ciencia? ¿Cómo ayudarles a comprender que no hay materia sin espíritu ni espíritu sin materia?

 

Luis: La alquimia es tanto ciencia física como espiritual. A tenor de sus antiguos textos clásicos, el objetivo de esta cienciartis es elaborar la famosa piedra filosofal. Pero está claro que quien la manifiesta en su laboratorio ha desvelado los secretos naturales más importantes y eso le convierte en un sabio. Puede entonces transmutar la materia, convertir el plomo en oro. Pero eso no es lo realmente importante. El alquimista busca su propia transmutación. La ingesta de la verdadera piedra filosofal le ayuda en ese proceso de transmutación personal. Dicen los adeptos que esta medicina influye en el alma, la recarga de su esencia, la hace vibrar y se llega más rápidamente al despertar. La persona se convierte entonces en un alma despierta, en una persona muy inteligente que está por encima de la materia, que puede incluso vivir entre los dos mundos, el material y el espiritual. La propia búsqueda de la piedra es el intento de entrar en el palacio de Sofía del que hablábamos. La teoría se sustenta con la práctica y el propio laboratorio es tanto un lugar de trabajo como de oración. La palabra ‘laboratorio’ ya nos dice dónde hemos de estar realmente: en un lugar de trabajo (labor) y de oración (oratorio). Aunque la alquimia no está vinculada a ninguna religión, los buenos alquimistas suelen tener un pequeño altar en su laboratorio. Los antiguos estoicos ya afirmaron la estrecha unión entre espíritu y materia, no hay el uno sin el otro, son las dos caras de una misma moneda, dos formas de manifestación distintas. Es más, según ellos toda materia no es más que espíritu o alma densificada. Einstein cambió el término espíritu por el de energía o fuerza. No hay fuerza sin materia, ni materia sin fuerza.                     

 

Pablo: En la tradición astrológica ocurre lo mismo, pues el destino del alma se despliega en el mundo físico, por medio de la encarnación en la materia. No es posible vivir en el tiempo, enfrentar el destino, superar pruebas, aprender de las experiencias y corregir el carácter sin la oportunidad que ofrece el cuerpo denso. Vemos que la alquimia también abraza el mundo por sus dos extremos.

Con respecto a la sustancia física, sé que trabajas con el rocío como materia prima. Existen muchas razones para elegirlo por sobre otras materias como el cinabrio, la estibina o la galena. Resulta atractiva la idea de utilizar alquímicamente el agua del rocío o, como poéticamente le llaman algunos árabes, las lágrimas de la aurora. Se dice que la humedad suspendida en la atmósfera durante una noche de luna llena en los meses de primavera recibe toda la influencia de los astros, ese spiritus mundipneuma del que estábamos hablando. En astrología, los días primaverales tienen virtudes notables, especialmente el del equinoccio vernal, pues con el mapa celeste de aquel día se determina mucho del futuro para una localidad específica. A la figura astral de ese equinoccio le llamamos la "Revolución del mundo", y la revisamos con anticipación para saber cómo se avecina el año, a fin de poder prepararnos. Lo mismo hacemos con la carta astral de la lunación inmediatamente anterior a dicho equinoccio. Pero una cosa que me parece fascinante es que en esa misma época, que determina tantas cosas en astrología, ustedes los alquimistas están recogiendo el rocío con vellones colgados, sábanas estacadas y otros artilugios. ¿Qué hay de especial en el rocío como para levantarse a primera hora de la mañana a fregar el césped y estrujar las telas?

 

Luis: Sólo hay que pasar de la potencia al acto. Recoger rocío en estas noches propicias y descubrir por uno mismo que tenemos ante nosotros algo que suaviza mucho la piel y cura rápidamente pequeñas heridas. No es agua corriente y moliente. De muy antiguo se han dado al rocío buenas propiedades dermatológicas. Los antiguos egipcios se paseaban y tumbaban desnudos en los trigales llenos de rocío. Nuestras brujas hacían lo mismo. El rocío recogido en su tiempo propicio es un agua grasa, se puede comprobar perfectamente cuando nos frotamos las manos con ella. Y en esa grasa que el filósofo sabe recoger está fijado el pneuma o espíritu del mundo, eso nos dicen los adeptos. Es la fuerza que recogen las plantas para despertar en primavera de su letargo invernal, y la que atesoran en otoño para soportar el crudo invierno. Si se sabe blanquear esta tierra negra y luego enrojecerla, es motivo de satisfacción para el alquimista. La piedra filosofal está cerca.      

 

Pablo: Retomando el asunto de los tiempos oportunos para la recogida, en astrología tradicional existe una manera de aplicar el arte que consiste en escoger los momentos astrológicamente más propicios para realizar algo con éxito, teniendo las estrellas a favor. Los antiguos le llamaron "Elecciones". Por su parte, a la alquimia también se la conoce como “agricultura celeste”, y ya que toda cosecha posee su momento adecuado, ¿qué crees que pasaría si la recogida del rocío y el inicio de los trabajos de laboratorio se realizara en momentos especialmente escogidos de acuerdo con la afabilidad y benevolencia del cielo? Sería una bella forma de hacer trabajar juntas a estas dos ciencias herméticas, ¿no crees?

 

Luis: Es así, Pablo. Esta fuerza divina universal, imponderable al día de hoy por la ciencia oficial, se manifiesta con más intensidad en las épocas propicias de primavera y otoño, aunque especialmente en primavera, y en las noches de luna llena. Es en esos momentos cuando el rocío está más cargado de ese espíritu celeste. Por otra parte, muchos alquimistas tienen muy en cuenta en sus trabajos los ciclos celestes. 

 

Pablo: Pienso que la influencia celeste es un reflejo de la voluntad divina. Se dice que no es posible alcanzar la piedra filosofal sin la ayuda de Dios. El hombre por sí solo es incapaz de semejante hazaña. La astrología señala que hay muchas cosas que no se pueden concretar si no están signadas previamente en la figura natal, es decir, en la disposición y cualidad de los astros al momento de nacer. En ésta edad escéptica es un poco extraño que personas como nosotros sostengan que el hombre no puede hacer lo que se le venga en gana y salirse siempre con la suya. Quizás nos consideren algo zafados para la época. La cuestión es que en mi oficio no es fácil trabajar desde una perspectiva tradicional, porque por lo general la gente tiene la idea de que siempre que uno se lo proponga, es posible lograr cualquier cosa. En la alquimia también pasa algo similar, pues el artista por sí mismo no puede llevar a cabo la "gran obra". Necesita de algo más. De allí que se enseñe el ora et labora, y no solamente el labora. ¿Qué opinas de esta idea moderna de que las personas hacemos lo que queremos sin que la voluntad de Dios intervenga para nada?

 

Luis: Como decía anteriormente, los filósofos alquimistas tenían muy claro que llegar a ser un adepto es un don de Dios. Hay que ganárselo. En primer lugar, hay que pasar de la potencia al acto, a la manifestación. Toca trabajar. En segundo lugar, tener bien presente que la obra filosofal es una obra de la naturaleza, es ella la que la hace, aunque necesite las manos del artista alquimista. Debe haber también una comunión entre el alquimista y su obra, si el alquimista vibra de amor, su obra vibrará, porque le trasladará su pasión. Respetar al Creador es también fundamental. Aunque la alquimia no es una religión, ni es proselitista, se adapta a la creencia en la existencia de una inteligencia creadora a la que se debe respeto. Sin duda en la "gran obra" interviene la voluntad de Dios. 

 

Pablo: Sí, ese respeto hacia lo divino es un un pilar insustituible. Sin él las cosas empiezan a salir muy mal. Por ejemplo, en el mundo de los magos existen los hechiceros, en el de los astrólogos están los estrelleros, y en el de los alquimistas existen los sopladores. ¿No tiene esto que ver precisamente con la falta de observancia de la voluntad divina, con olvidar la sujeción a ese orden superior en el trabajo hermético? Pienso que a los seres humanos nos falta humildad, sobre todo frente a la Divinidad. Nos hemos vuelto demasiado orgullosos, demasiado arrogantes frente al misterio de la vida. Observo un espíritu prometéico en la modernidad, fruto del pensamiento ilustrado que subrayó tanto el individualismo. Ese exceso nos está asfixiando como sociedad. Tu trabajo, Luis, una quijotada maravillosa, es una manera de mantener viva esa forma de mirar y de vivir, que ponía a Dios y a la naturaleza como ejes centrales en la vida del hombre.

 

Luis: Desde luego, Pablo. Es la eterna lucha entre ego y alma. Pero el camino está claro, siempre es hacia el despertar. Nicolás Valois fue un alquimista del siglo XV. Dejó varias frases célebres, una de ellas viene a decir que la materia ni se crea ni se destruye, tan sólo cambia de forma y de lugar, ley que los científicos aceptaron desde no hace mucho. Pero me quedo con otra de sus frases, mucho más sencilla: La paciencia es la escalera de los filósofos y la humildad la puerta de su jardín. Hay que ser paciente, subir grado a grado en el conocimiento. No es camino de un día. Ars longa vita brevis nos dice un célebre proverbio alquímico. Por otro lado, la humildad es la puerta de entrada al jardín de los filósofos. Hay que ser humilde, pero en toda la expresión del término. Como bien dijo Miguel de Cervantes: la humildad es la base y fundamento de todas las virtudes, sin ella, no hay ninguna que lo sea.

 

Mi agradecimiento a Luis Silva por su tiempo y amabilidad. 

 

Twitter de Pablo Ianiszewski: @cubicado

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Un experimento que no sólo prueba tu capacidad de soñar lucidamente, abre la puerta a descubrir un estado de conciencia verdaderamente primordial

En la cuarta entrega de esta serie  de "ejercicios de percepción espiritual", en los que revisamos algunas técnicas de grandes maestros espirituales y proponemos ejercicios para depurar la percepción, nos aventuramos a la dimensión de los sueños, específicamente a ese plano de posibilidades inconmensurables que se abre cuando despertamos en el sueño. El ejercicio que presentamos a continuación, cortesía de Alan Wallace, no se trata solamente de tener un sueño lúcido y disfrutar de un infinito hedonismo como si fuéramos el diseñador de nuestro propio videojuego, sino de utilizar ese momento peculiar para indagar la naturaleza de la realidad, en este caso la unidad mínima de percepción, la base energética de la conciencia. 

Alan Wallace, quien ha escrito extensamente sobre sueños lúcidos, particularmente desde la tradición del budismo tibetano, de la cual ha recibido enseñanzas de diversos maestros, incluyendo el Dalái Lama, en un reciente podcast planteó un interesante experimento para aquellos que logran tener sueños lúcidos con frecuencia o que buscan llevar su práctica a una nueva dimensión.

Wallace compartió una investigación preliminar que sugiere que se puede estar en un sueño lúcido profundo (dreamless sleep), es decir, dormido, sin soñar, pero lúcido, consciente de que se está en ese estado sin contenido. En ese estado (que recuerda al cuarto estado de conciencia de la tradición hinduista, turya)Ç explica Wallace que notablemente persiste el ritmo de la respiración, la sutilísima sensación del prana que atraviesa la dimensión que supuestamente divide el sueño de la vigilia.  Es decir. uno simplemente está consciente de la respiración y no existe nada más; dormido, tal vez como Brahma en la etapa del pralaya o no-manifestación, en la eterna marea cosmogónica.

Hay una forma de probar esto, según indica Wallace. Para hacerlo, un soñador lúcido, que ha descubierto que está soñando, debe detenerse en el sueño y suspender su atención del flujo de contenido que está experimentando "puede incluso cerrar los ojos, en cuestión de segundos todo el paisaje onírico se desvanece. Sólo se mantiene [el pasiaje onírico] por tu atención que se fija en él. No lo atiendas, no te involucres y se evaporará. Básicamente habrás apagado la máquina que enciende la imagen holográfica... Si, al hacer eso, logras mantener la lucidez, no te colapsas, mantienes el flujo de la cognición, entonces pasas directamente, suavemente, de un sueño lúcido a un dormitar lúcido".

La instrucción para los onironautas es que una vez que "la mente se ha disuelto en la conciencia del substrato", (en sánscrito alaya vijnana) cerca de un dominio que en el budismo se conoce como shamata (similar al samadhi del yoga), "descansando en esa luminosidad de la cognición", lejos de las creaciones de "la mente samsárica y de los mundos del deseo", prueba si eres "consciente del ritmo, incluso sin ser consciente de las sensaciones táctiles. Toma en cuenta que en el sueño no tenías noción de ninguna sensación táctil... cualquier sensación táctil que emerja en el sueño no es una sensación táctil, es puramente mental". Con esto Wallace nos quiere decir que durante el sueño lo que sentimos como una sensación física es una creación de la mente y, sin embargo, es posible que soñando podamos sentir la respiración, cuando todo lo demás ha sido eliminado, ese ritmo universal (el solve et coagula) persiste, como el sonido sutil de un mar sin olas. "Piensa que puedes estar en un espacio en el que no existen las apariencias pero, intuitivamente, en un nivel muy sutil, todavía estás en contacto con el ritmo. Es una especie de ritmo profundo, es el núcleo, es el prana".

Según Wallace dos personas han corroborado que esto es así, lo cual "significa que puedes mantener la noción del ritmo y alcanzar el primer dhyana (estado de absorción meditativa, gnosis). O sea que estás totalmente en ese espacio pero te sigues y puedes alcanzar el segundo y el tercer dhyana y hasta el cuarto, en el que finalmente la respiración cesa".

Así que cualquiera que se considere diestro en el arte de ensoñar, puede ponerse a prueba con este experimento, incluso le puedes escribir a Wallace al Santa Barbara Institute for Consciousness Studies y reportarle tus experiencias. 

Queda sólo la fascinante pregunta de por qué la respiración es lo único que se mantiene cuando ha cesado toda la información de lo que el budismo llama los seis campos sensoriales (ayatana: olfato, tacto, vista, oído, gusto y objetos mentales). Quizás esto tiene que ver con que el prana es considerado como la base misma de la conciencia, la energía que soporta la cognición, lo que conecta el cuerpo con la mente. El mismo Wallace, quien además de maestro de meditación budista es físico de formación, nos puede orientar en este sentido:

El espacio absoluto de los fenómenos es permeado no sólo por la conciencia primordial sino por la infinita energía vital de esa conciencia (jnana-prana), que tiene la misma naturaleza también que el "cuarto tiempo", una dimensión que trasciende el pasado, el presente y el futuro. Así que el espacio-tiempo relativo, la masa-energía y el cuerpo-mente emergen de esa última simetría del espacio absoluto de los fenómenos: el cuarto tiempo, la conciencia primordial y la energía de la conciencia primordial, todos los cuales son coextensos y de la misma naturaleza.  

Ese ritmo que, según relatan expertos soñadores lúcidos, permanece cuando se ha abolido todo el mundo de las apariencias es la forma más pura y directa en la que se manifiesta la conciencia primordial: la energía que permea el universo para vehicular y sostener la naturaleza cognitiva que es la esencia de la mente, esto es, jnana-prana (sabiduría primordial y aliento-energía). El espacio es la conciencia, y su potencialidad infinita de aparecer como cualquier cosa siempre es esa energía que se percibe como un ritmo, un soplo en la oscuridad primordial del cual emanan los mundos. 

Twitter del autor:@alepholo

Ejercicios de Percepción Espiritual 1: la recapitulación pitagógrica

Ejercicios de Percepción Espiritual 2: el ejercicio budista de recordar que "esto es un sueño"

Ejercicios de Percepción Espiritual 3: ¿Puedes percibir una espiral esférica?