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Estas ilustraciones muestran que el humor negro es la mejor forma de decir la verdad

Arte

Por: pijamasurf - 09/25/2016

Quizá una imagen no dice siempre más que mil palabras, pero en ocasiones sí expresa aquello que necesitábamos saber

El humor es uno de los mejores medios para decir algo, especialmente si ese algo implica cierta dificultad para enunciarse. Desde tiempos remotos y hasta nuestra época, satíricos, ilustradores, comediantes y más han encontrado en el humor una forma ligera, pero al mismo tiempo profunda de expresión. Las contradicciones de la vida, la situación de una sociedad, las llamadas "verdades incómodas" que todos sabemos pero nadie quiere aceptar: todo ello se dice mejor bajo la clave del humor. Creemos que escuchamos un chiste, lo aceptamos como tal, pero en el fondo sabemos que estamos recibiendo una poderosa lección.

Los dibujos que compartimos a continuación comparten esa cualidad. En su sencillez y brevedad son también elocuentes escenas que conllevan algún tipo de enseñanza, muchas de ellas sobre las relaciones humanas.

Las ilustraciones son obra de Gypsie Raleigh, dibujante, escritora y dramaturga que reside actualmente en Portland, Oregon, y quien encontró en este medio una forma de dar cauce a experiencias suyas, de sus amigos y de otras personas cercanas.

Es cierto, en algunas de estas abunda el humor negro, quizá porque con cierta frecuencia la verdad es amarga, pero un tanto menos cuando se le envuelve en el artificio del humor.

Errores felices: la verdadera historia de Bob Ross

Arte

Por: pijamasurf - 09/25/2016

No era un virtuoso de la pintura, pero su manera de narrar podía ser un gran alivio para quienes buscaban algo ligero que contemplar

Uno de los personajes más inconfundibles de la televisión de finales del siglo pasado fue Bob Ross, conductor y protagonista de la serie El placer de pintar. Si no te suena familiar, piensa en un video de ASMR donde un hombre rizado y barbado, con look de vaquero o líder espiritual, te enseña técnicas de pintura de paisaje al óleo mientras narra historias que se van quedando grabadas en el lienzo, con nombres como "visos de otoño", "invierno azul" o "luces del norte". Para muchos, se trató de una adicción.

Una de las mayores fanáticas de Bob Ross comenzó como su alumna y terminó construyendo al personaje que muchos tenemos en la cabeza. Su nombre es Annette Kowalski, quien cuenta en entrevista con NPR que Bob no tenía el cabello rizado en realidad: luego de salir de la fuerza aérea, el joven Bob Ross trataba de hacerse una carrera como pintor, pero nadie compraba su obra. Decidió dar clases y ahorrar algo de dinero de peluquerías haciéndose la permanente, la cual llegaría a odiar incluso.


Kowalski conoció a Ross en uno de sus seminarios de pintura en un hotel de Florida, de donde pudo nunca haber salido si Kowalski no hubiese visto el potencial comercial del personaje: en su forma de enseñar las técnicas de la pintura, en su manera de ennumerar los colores, las texturas y las formas, además de en aquellos “bobrossismos” como “no existen los errores, sólo los accidentes felices”, la alumna vio un talento capaz de servir como bálsamo a los sufrimientos cotidianos, una forma de placer devenida no tanto de imitar lo que Ross pinta, sino simplemente de escucharlo.

La primera idea fue hacer un 01800-BOBROSS, pero pronto pasaron a la pantalla de TV para llegar a una audiencia mayor. El placer de pintar tuvo 400 episodios y fue transmitido de 1982 a 1994, con incontables retransmisiones en decenas de idiomas, y recientemente reestrenado en Netflix.

Sin embargo, según Kowalski, aunque Ross tuviera un aire carismático y apacible en cámara, detrás de ella era “un tirano”:

Te hace pensar que es muy fácil. Bueno, déjame contarte algo: no son tan espontáneas como crees. Bob se tendía en la cama por la noche, me contaba, [y] ensayaba cada palabra. Sabía exactamente lo que iba a decir en cada uno de esos programas. Entiendes sin duda que no cometemos errores aquí. Sólo tenemos errores felices.

A principios de la década de los 90, Ross fue diagnosticado con linfoma y falleció a los 52 años, el 4 de julio de 1995. Pasó sus últimos días contemplando un lago desde una banca cercana al hospital, acompañado por Kowalski y su esposo Walter. La pareja sigue a cargo de Bob Ross Inc., una compañía que incluye la producción y distribución de materiales de arte, instructores certificados, y la administración del legado rossiano.