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Estudio de la NASA explica por qué colapsan las grandes civilizaciones (y cómo prevenirlo)

Sociedad

Por: pijamasurf - 09/21/2016

Mientras más compleja es una civilización y más desigual la distribución de la riqueza, su fin es más predecible, incluso matemáticamente

Sin duda vivimos tiempos apocalípticos donde el fin de la civilización como la conocemos se plantea como una posibilidad cada vez más real. Los grandes imperios y civilizaciones del mundo han desaparecido en lapsos históricamente muy breves. Pensemos en Mesopotamia, en el vasto imperio de Gengis Khan, en los mayas o en el Imperio Romano, culturas que mutaron luego de llegar a un punto de no retorno y que se transformaron o desaparecieron sin casi dejar rastro. 

Un estudio financiado por la NASA trató de determinar los factores que llevaron a las antiguas civilizaciones a su fin. Sus conclusiones tienen gran semejanza con la teoría marxista de la Historia, aunque no se haga mención explícita de ella: “Dos factores importantes parecen estar presentes en distintas sociedades que han colapsado: la escasez de recursos debida a la presión ejercida sobre la capacidad del entorno ecológico, y la estratificación económica de la sociedad en élites y masas.” 

Según el estudio, la formación de élites resulta en un gasto exagerado y desperdicio de los recursos disponibles, lo que inevitablemente desemboca en hambruna entre el pueblo llano, que termina por rebelarse o emigrar. 

Los investigadores utilizaron una fórmula llamada “dinámica humano-naturaleza” (o HANDY, por sus siglas en inglés), que involucra factores como tasa de natalidad, recursos, e ingresos de las clases que forman parte de la sociedad a estudiar, para crear una ecuación matemática consistente históricamente. 

A medida que las sociedades se complejizan y se dividen en élites y masas, la distribución injusta de los recursos las lleva tarde o temprano al colapso; este colapso, sin embargo, es prevenible: según los investigadores, “el colapso puede ser evitado y la población puede alcanzar un estado equilibrado en su máxima capacidad de producción si la tasa de explotación de la naturaleza se reduce a un nivel sustentable y si los recursos son distribuidos equitativamente.”

 

Repasar la muerte de un icono es repasar también la muerte de una época

Hubo una época en que cada país tuvo sus propios iconos. Culturalmente, en especial, esto fue palpable lo mismo en el cine que en la poesía, en la música popular y en el arte más elevado. Eso fue antes, cuando la globalización aún no se afanaba por barrer con las fronteras no por espíritu utópico de convivencia mundial, sino más bien por la imposición de un único modelo de consumo afín a intereses específicos.

A esa época perteneció Juan Gabriel y los miles (¿millones?) de personas que hoy lamentan su muerte, la mayoría de ellas en México, otras más en Estados Unidos (por la comunidad mexico-americana que se ha formado en décadas de migración sostenida, misma que suscitó una pequeña nota luctuosa de Barack Obama) y quizá algunas en otros países hispanohablantes. Es innegable, visto objetivamente, que Juan Gabriel es uno de esos iconos culturales en los que aún existía la identificación colectiva, esa en la cual una sociedad (o parte de ella) se miraba reflejada, o encontraba la expresión de lo que intuía vagamente pero sin alcanzar a articular en una expresión coherente, sólida, atractiva. 

En un país de machos, Juan Gabriel nunca ocultó su homosexualidad, y aunque tampoco la aceptó públicamente sí mostró abiertamente el cariz sentimental, tierno rayano en lo cursi, que aunque todos poseemos permitimos emerger sólo en circunstancias tolerables, es decir, la borrachera.

Pero este es sólo un aspecto de las varias aristas que se podrían encontrar condensadas en ese personaje a quien hipocorísticamente ya sólo se le llamaba “Juanga”.

En un texto cuya lectura puede interesar a algunos, la periodista Susana Seijas propone un comparativo interesante entre Juan Gabriel y Prince, también recientemente fallecido. El pasado atribulado de “Juanga”, en donde se cuentan infortunios casi de catálogo como el abandono, la pobreza y la cárcel, derivó casi épicamente en el reconocimiento arrollador de su talento, una especie de lucha entre tesis y antítesis que hizo escribir a Carlos Monsiváis (¿el “Juanga” de la alta cultura?): “A Juan Gabriel nada le ha sido fácil, salvo el éxito”.

Seijas, por su parte, considera que el triunfo de Juan Gabriel se explica, curiosamente, por la cursilería de su estilo, el sufrimiento que transmitía en su música y también la entrega con que se presentaba ante el público (cualidad que lo hace equiparable con Freddie Mercury, según la periodista).

No es fácil decir si esto basta para sostener la comparación entre uno y otro cantante o si, de inicio, ésta puede plantearse. Quizá lo único claro sea que el anacronismo de una época puede medirse por el grado de entusiasmo con que se vive la muerte de alguno de sus iconos.