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Teoría evolutiva persa 600 años anterior a Darwin toma en cuenta el espíritu y el aprendizaje

Filosofía

Por: pijamasurf - 09/22/2016

No se trata solamente de la supervivencia del más apto, sino de lo que el aprendizaje consciente puede hacer en favor de todos

Nasir al-Din Tusi nació en 1201, en lo que hoy es Irán; fue una de las grandes mentes de su tiempo: destacó como filósofo tanto como arquitecto, pero también hizo estudios en arquitectura, astronomía, química, biología, matemáticas, medicina y teología, y está considerado como uno de los últimos grandes pensadores persas.

Además de ser uno de los escritores persas más prolíficos y ser considerado el padre de la trigonometría, Tusi publicó versiones definitivas en árabe de las obras de Euclides, Arquímedes, Ptolomeo y otros filósofos presocráticos. Esta diversidad y profundidad de intereses lo hacen uno de los precursores de la ciencia moderna, como podemos atestiguar al leer un par de fragmentos de su obra Akhlaq-i-Nasri (Ética nasírea), donde hallamos una teoría de la evolución de las especies que precede 600 años a la de Darwin.

En la tradición de la filosofía natural, Tusi comienza diciendo que el universo comenzó como elementos similares que fueron complejizándose, hasta que la materia se desarrolló a partir del contacto con otros elementos contradictorios. Así surgieron las plantas, los minerales y los animales, ntre ellos los humanos. Es en este punto donde se vuelven interesantes las similitudes con Darwin, pues se trata de una temprana teoría del parentesco. Tusi escribe:

Los organismos que pueden obtener las nuevas características con mayor velocidad son más variados. Como resultado, adquieren ventaja sobre otras criaturas […] Los cuerpos están cambiando como resultado de las interacciones internas y externas.

Al hablar de la adaptación de los organismos a su medio ambiente, Tusi destaca que algunos de ellos tienen “armas reales”, ya sean “cuernos como lanzas, dientes y garras como cuchillos”, o “las espinas y púas de algunos animales similares a flechas”. Pero, por el contrario, la supervivencia de otros menos armados depende del orden de su comunidad, “por ejemplo, las abejas, las hormigas y algunas especies de aves se han unido en comunidades para protegerse y ayudarse unos a otros”.

La diferencia fundamental entre los animales y las plantas, para Tusi, está en que

la razón es la característica más benéfica para los animales. Gracias a la razón, estos pueden aprender cosas nuevas y adoptar nuevas habilidades que no les son inherentes. Por ejemplo, el caballo entrenado o el halcón de cetrería se encuentran en un nivel de desarrollo mucho más alto en el mundo animal. Los primeros pasos de la perfección humana comienzan aquí.

Es interesante observar que Tusi no coloca al ser humano como una especie de “amo y señor” de los animales, sino que entiende lo humano como un grado de desarrollo perfeccionado a partir de lo animal. Incluso se refiere probablemente a simios antropoides como los “humanos de Sudán occidental”, quienes son más cercanos a los animales “por sus hábitos, costumbres y comportamiento”, aunque podría tratarse también de grupos humanos. 

Estas diferencias y similitudes humano-animales se complementan al pensar que

los humanos tienen características que los distinguen de otras criaturas, pero tiene otras características que lo unen con el mundo animal, el reino vegetal e incluso con los cuerpos inanimados. […] Antes [de la creación de los humanos], todas las diferencias entre los organismos eran de origen natural. El siguiente paso estará asociado con la perfección espiritual, la voluntad, la observación y el conocimiento […]. Todos estos hechos prueban que el ser humano está colocado a medio camino en la escalera evolutiva. De acuerdo con su naturaleza inherente, el humano se relaciona con los seres inferiores, y sólo con ayuda de su voluntad puede alcanzar niveles de desarrollo superiores.

 

Ignorar este aspecto básico del funcionamiento de la mente es la causa principal del sufrimiento, según el maestro budista Chökyi Nyima

Antes que otra cosa, antes que los fascinantes rituales religiosos de purificación, que el mantra y el yoga de sus vehículos de liberación, el budismo es una filosofía de la mente. El Buda en repetidas ocasiones mencionó que la esencia de su enseñanza era el control y el conocimiento de la mente. En el Dhammapada se explica desde el principio que nuestro estado actual es resultado de nuestra actividad mental y, tan seguro como la rueda sigue a la pezuña del buey, si nuestros pensamientos son negativos o impuros sufriremos las consecuencias. En esto consiste una de las grandes aportaciones del budismo: aplicar la ley de la causa y el efecto a la mente y no restringir su dominio sólo a un mundo material dualista. El materialista quisiera, sin embargo, que fuera de otra forma y que pudiera escapar de sus propios actos --al tiempo que mantiene sus posesiones materiales. Pero lo único que perdura, más allá de la rueda de muerte y renacimiento, según el budismo, es la intención, esa intensidad, ese aspecto cualitativo que le hemos imprimido a nuestra vida y se ha convertido con el tiempo en nuestra conciencia base.

En una reciente plática en la que se inauguró la Casa del Dharma de la Ciudad de México, el maestro Chökyi Nyima Rinpoche, uno de los grandes maestros de las tradiciones tibetanas kagyu y nyingma, expuso lo que considera es la esencia del buddha-dharma, "la medicina" de la doctrina del Buda --a quien podemos considerar, más que un salvador, un doctor que nos ofrece una poderosa medicina que de todas maneras debemos tomar nosotros (esta es la metáfora clásica del dharma). Chökyi Nyima dijo que la causa esencial del sufrimiento en este plano de existencia es la ignorancia que tenemos los seres humanos de cómo funciona la mente. Es difícil ponerlo más sencillo: "las emociones negativas producen infelicidad y las emociones positivas producen felicidad". No nos tenemos que complicar la vida cuestionando la existencia del "bien y el mal" o poniendo en entredicho qué es positivo y qué es negativo, todos tenemos una experiencia directa de que emociones como el enojo, los celos, la envidia, etc., hacen que nos sintamos mal y no contribuyen a nuestro bienestar (el budismo las conoce como venenos, sustancias tóxicas y densas que oscurecen nuestra mente natural). En cambio, emociones como la compasión o el amor hacen que nos sintamos bien y crean un circuito de virtud.

Aunque comúnmente no se considera como una emoción, Chökyi Nyima hace un buen punto cuando dice que "no apreciar lo que se tiene es una emoción negativa", la cual conduce a la infelicidad. Esto ilustra otra de las nociones fundamentales del budismo, ya que estar insatisfecho con lo que se tiene es generalmente pasar el tiempo descontento deseando lo que los demás tienen o lo que vemos con los sentidos y que no tenemos (lo cual genera, a su vez, algunas de las emociones mencionadas anteriormente). Esto a su vez es una señal de que ignoramos la naturaleza impermanente de las cosas, ya que si estuviéramos continuamente conscientes de ella no estaríamos deseando esto o aquello, con avidez o aversión, puesto que todos estos objetos de nuestro deseo que prometen placeres y satisfacciones son ilusiones en tanto que son efímeros. Meditar sobre la muerte y la impermanencia de todas las cosas es muy importante en las etapas preliminares del budismo, justamente siendo este uno de los pensamientos que llevan al dharma y permiten a la mente mayor calma y concentración, al no verse atraída y atrapada por los objetos del deseo. 

El budismo sostiene que este circuito de felicidad o infelicidad relacionado a estas emociones es algo científico, algo que ocurre siempre, tan seguro como las cuatro fuerzas que rigen el universo según la física. Una emoción negativa nos hará infelices, producirá sufrimiento. Si deseamos que a alguien le vaya mal o si nos pasamos reviviendo un rencor en la mente sin poder olvidar que alguien nos hizo algo, esto en ese mismo instante está sembrando un estado posterior de sufrimiento. Por otro lado si deseamos genuinamente que otra persona sea feliz, si sentimos amor hacia el mundo, si apreciamos la belleza de las cosas, esto estará produciendo posteriormente una tendencia de felicidad. Para el budismo esto es así ya que cada intención o motivación mental (cetana) produce karma. No somos juzgados por nuestras acciones por una entidad metafísica invisisible o ulterior, sino que cada acto se inscribe en nuestro mente-cuerpo en el momento --si bien pueden haber semillas que tardan en aflorar. Desde una perspectiva científica existe una clara correlación entre la generación de ciertas hormonas ligadas al estrés --como la adrenalina y el cortisol-- y emociones negativas como el enojo y, por otro lado, entre la secreción de hormonas ligadas a la relajación, a la felicidad y a los mecanismos de sanación natural del cuerpo, como la oxitocina, la serotonina, GABA y otras, al manifestarse emociones como el amor y la compasión.

A veces queremos ser más intelectuales que esto y crear una estructura psicológica muy compleja para explicar por qué somos como somos. Somos seres complejos, únicos, especiales. Sí, ciertamente podemos estar actuando el personaje y viviendo complejos, arquetipos o traumas y demás aspectos de la personalidad; sí, tal vez debemos indagar en nuestro pasado, ver cómo nuestra infancia nos marcó, ver cómo seguimos actuando patrones atávicos --atrapados en bucles de un yo no individuado neurótico. Todo puede ser cierto e incluso útil en ciertos casos, pero este tipo de análisis no es una medicina que podamos aplicar universalmente. Por otro lado, ser conscientes de que si la mente produce emociones negativas esto generará sufrimiento --que no hay escapatoria a la cualidad de mis actos, palabras y pensamientos-- es algo que tiene una aplicación universal y que me parece irrefutable. Otro diferenciador importante que tiene el budismo en ese sentido --siguiendo la analogía de la medicina-- es que no sólo realiza el diagnóstico y receta la medicina, sino que hace especial énfasis en enseñar cómo tomársela para que rinda efecto. Esto es, no sólo explica cómo es que una mente descontrolada genera sufrimiento, sino que enseña, puntualmente a través del samadhi (la calma y la concentración, uno de los tres pilares del óctuple sendero de la liberación) a dominar la mente. 

En suma, lo que esto nos dice es que somos libres y tenemos el poder en este momento de generar felicidad (aunque es necesario tener un poco de paciencia puesto que puede que estemos inmersos en muchas inercias kármicas y tengamos que ir cultivando buenos hábitos). La motivación esencial que llevó al Buda a buscar la iluminación es darse cuenta que el mundo es sufrimiento. El sufrimiento es el inicio de la sabiduría. ¿Para que queremos saber? No para pregonar que sabemos, solamente para eliminar el sufrimiento y acaso para celebrar la belleza de la vida desde la atalaya de la libertad. La psicología budista --que es también, como le gustaba decir a Jung de su propio trabajo, una alquimia psicológica-- parte de este principio básico de que con cada pensamiento estamos generando el futuro que padeceremos. Un famoso dicho dice: "si quieres saber lo que has hecho antes mira el cuerpo que tienes ahora y si quieres saber cómo va a ser el futuro observa lo que estás haciendo ahora".

Chökyi Nyima agrega que el secreto de la felicidad es la bondad. Lógicamente, puesto que generar en nosotros y fomentar en los demás emociones positivas (buenas) producirá felicidad, en nosotros y en los demás, algo que recalca otra de las enseñanzas del budismo mahayana, y la cual sustenta este argumento: no tenemos existencia individual inherente, somos una red de relaciones, una serie de hábitos y reflejos en un gran espejo mandálico de interdependencia, así brindarnos a los demás con compasión y sin expectativa es llevar la sabiduría a la práctica.

Lee también: La verdadera inteligencia es la compasión (la alquimia emocional de la bodhicitta)

 

Twitter del autor: @alepholo