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La academia sueca quiso estar a tono con los tiempos, pero quizás pudo haberse evitado problemas seleccionando a un autor que necesitara reconocimiento

El premio Nobel de literatura a Bob Dylan es, a mi juicio, redundante. No es que no se lo merezca: es a todas luces uno de los más grandes poetas que dio el siglo XX, y a quien lo dude le recomiendo la lectura de Dylan’s Visions Of Sin, el magnífico análisis del académico Christopher Ricks, una autoridad en materia de poesía. Decir que de esta forma la academia sueca se abre a los letristas de música popular es pecar de ingenuidad. El premio se lo otorgan en tanto a poeta, a una obra de una calidad que difícilmente tendría comparación con las letras de algún otro compositor.

La cuestión es que Dylan no necesita más publicidad. Los dos grandes atributos del premio son el reconocimiento mundial y una bolsa de casi un millón de euros. Dylan ya es mundialmente conocido como el complejo artista que es, incluida su vertiente poética, y el dinero nunca le ha hecho falta. El Nobel adquiere importancia sobre todo cuando descubre autores que antes de ganarse el premio eran conocidos localmente, enriqueciendo así el mundo de las letras de manera global. 

También está el otro lado de la moneda: es la academia sueca la que podría necesitar un Dylan —según palabras de Rafael Toriz— para vestirse de progresista, para estar a tono con los tiempos. Es una opinión interesante.

Yo lo que lamento es que hubo alguien a quien ya no tuvimos oportunidad de leer porque este año el reconocimiento más prestigioso del mundo llegó a las manos de un icono de nuestro tiempo. Hay muchos autores aún por descubrir a quienes el premio les cambiaría la vida.

Dicho esto, no queda más que aplaudir, pues el premio está dado: Dylan es un poeta inmenso y un prosista de primer orden: un Homero contemporáneo. Ahora auguro que el 10 de diciembre dará un discurso digno de semejante reconocimiento, como dicta la tradición.

 

Juan Patricio Riveroll

Twitter del autor: @jpriveroll

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Política

Por: pijamasurf - 10/24/2016

El New York Times denuncia que al menos un periodista que investigaba casos de corrupción del gobierno federal fue intervenido

Un reciente artículo del New York Times denuncia que el gobierno mexicano ha empleado desde hace tres años los servicios de una compañía israelí de ciberespionaje. NSO es el nombre de esta empresa que cobra 650 mil dólares por intervenir completamente un teléfono mediante su producto estrella, un software llamado "Pegasus". Esto implica, de acuerdo con la propia compañía, tener acceso a su historial de navegación, correos, SMS, chats, correos y lista de contactos, además de compilar todos los contenidos generados mediante la cámara y micrófono del teléfono. 

Si bien esta modalidad de espionaje debe ser muy popular entre gobiernos alrededor del mundo, el problema es que en este caso también se denuncia que estos servicios fueron utilizados para hackear el teléfono de al menos un periodista: Rafael Cabrera, quien curiosamente participó en la investigación sobre uno de los muchos episodios lúgubres de la administración de Peña Nieto, concretamente, en el que se refiere a la "Casa Blanca", presumiblemente un acto de corrupción que involucra al contratista predilecto del gobierno mexicano, Grupo Higa, y a la propia primera dama, Angélica Rivera. 

Fiel a la disociación de la realidad que caracteriza al gobierno de México, Ricardo Alday, el vocero de la embajada de México en Estados Unidos alegó: "Nuestro sistema de inteligencia está sujeto a la legislación vigente de México y cuenta con autorización legal. No son usados contra periodistas o activistas". 

Obviamente, o el New York Times o el gobierno mexicano están mintiendo. Dejamos a tu consideración determinar quién.