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Desde amenazas a la privacidad hasta la compulsión por compartir, las redes sociales hacen del Internet un jardín cercado que limita el discurso y el intercambio

Alguna vez en el pasado no tan remoto, el Internet fue visto como una panacea del conocimiento, el lugar de mayor innovación y creación, con posibilidades inimaginables… hasta que llegaron las redes sociales a arruinarlo todo. Especialmente Facebook.

Este diagnóstico pesimista —que ciertamente no toma en cuenta las enormes ventajas de las redes sociales— se debe al columnista Alex Proud, quien opina que la red social de Mark Zuckerberg ha disminuido el nivel de debate político en general, nos facilita a 1.65 mil millones de usuarios activos para compartir información errónea o de fuentes poco fiables, y destruye la competitividad de otras empresas online, creando un monopolio que difícilmente puede ser llevado a cuentas por ninguna autoridad legal.

En los albores del Internet, portales como AOL o Terra trataban de que los usuarios tuvieran todo lo necesario en un solo lugar: cuentas de correo, noticias, chat, etc. Los usuarios rara vez adoptaron estas prácticas, pero con el advenimiento de Facebook parece que los “jardines cercados” están de regreso. 

Como dice Proud, “para compañías como Facebook, el problema de los navegadores como Chrome es que uno siempre puede navegar hacia otros sitios. Pero cuando usas la app de Facebook para móviles, tiendes a quedarte ahí. Para mucha gente en nuestros días, Facebook es el Internet.”

Otra consecuencia indeseable es que el rango de atención ha disminuido, debido en gran parte a Facebook. Los textos de 800 palabras o más eran la norma en la blogósfera, y no era raro que la gente leyera menos contenido, pero prestara más atención, comentara e incluso compartiera, pero sin hacer del “compartir” un hábito casi compulsivo. 

El botón de “share” en Facebook cambió —¿tal vez para siempre?— esta dinámica, pues el contenido tiende a abordar más superficialmente los temas, los debates se limitan a intercambiar insultos con extraños, y al compartirlos no siempre se busca que otros usuarios aprendan, sino que es una práctica común compartir cosas para que tus contactos vean lo list@ / trendy que eres.

Esto sin hablar de la censura latente: muchos artistas y fotógrafos ven canceladas sus cuentas de Facebook o Instagram (filial de la anterior) al compartir imágenes de desnudos, aunque se trate de obras de arte. Esta infantilización del usuario promedio no está pensada para proteger a los menores (existen desde hace años muchos filtros para que los menores no accedan a pornografía y sitios potencialmente peligrosos), sino para mantener una especie de código familiar y “amigable” dentro del sitio. Sin mencionar que la noción de “amigo” ha perdido todo valor desde que se confundió con “contacto de Facebook”.

Pero probablemente uno de los mayores daños que Facebook ha hecho al Internet reside en que ha ayudado a minar la idea de privacidad. A principios del siglo XXI, la dirección de correo electrónico personal era un dato tan privado como la dirección física o la fecha de nacimiento. El catfish y las estafas son moneda de cambio diaria en la red social. Hay redes de pederastas y tráfico de personas a la caza de menores de edad, que a pesar de los esfuerzos del sitio, siguen operando a nivel global.

El auge de compartirlo todo nos ha acostumbrado a rendir pequeñas parcelas de privacidad a cambio del magro reconocimiento de desconocidos, expresado además a través del monótono like, y últimamente, a través de su corto panorama de reacciones. 

Nadie revisa ya los avisos de privacidad de las apps y servicios que utiliza, porque son largos y aburridos, por lo que poco a poco Facebook ha ido compilando una cantidad inimaginable y a menudo aterradora de datos y preferencias sobre ti. ¿Y qué obtienes a cambio? “Anuncios personalizados” con los que otras compañías ganan mucho dinero.

Además, según algunos estudios recientes, los usuarios de Twitter y Facebook tienden a alimentar los mismos temas y los mismos contextos que sus contactos, creando lo que se conoce como “cajas de resonancia” virtuales. Esto en política es devastador, porque quiere decir que tu feed de Facebook o tu timeline de Twitter sólo te muestran contenido similar a tu propio espectro político, lo que disminuye (o niega del todo) la posibilidad de un verdadero debate democrático, donde las ideas o posiciones enfrentadas se pongan en la misma mesa.

Más que demonizar las redes sociales, es necesario aprender a usarlas correctamente. ¿Cómo, preguntan ustedes? Recordando que Facebook y Twitter no son el mundo, y que las interacciones que tienen lugar ahí son capitalizadas por otras compañías. 

En tanto fuentes de información y organización, las redes sociales son una maravillosa herramienta, pero probablemente muy pocos lectores llegarán hasta este último párrafo, aunque compartan este texto, le den likes o se apresuren a dejar comentarios y reacciones a favor o en contra de los titulares —lo único que Facebook nos acostumbró a leer fueron los titulares.

 

El chatbot Tay de Microsoft es un buen ejemplo de lo que puede pasar cuando un bot es liberado en la selva digital

Microsoft, Facebook y otras compañías están apostando fuertemente por los chatbots, algoritmos que conversan y aprenden de sus conversaciones y los cuales podrían reemplazar a humanos para dar ciertos servicios, desde asistencia técnica, hasta terapia. Pese a ambiciosas proyecciones, estos bots siguen teniendo sus problemas en la vida real. 

Hace unos meses, Microsoft lanzó un chatbot que estaba programado para conversar como si fuera un millennial en Twitter, específicamente una chica adolescente. Pero poco después de empezar a interactuar en Twitter, el bot, llamado Tay, empezó a comportarse como neonazi y a publicar comentarios poco menos que desastrosos para la compañía de software. 

Tay debía de imitar a personas de 18 a 24 años, pero algunos usuarios del foro de hacktivistas y pranksters 4chan subvirtieron al chatbot y lo llevaron a lugares oscuros (que son parte también de la Red). En sólo 16 horas en línea Tay tuiteó frases como "Odio a las malditas feministas, ojalá se pudran en el infierno" o "Hitler no hizo nada malo". Entre otras cosas, el chatbot negó el holocausto, acusó a George W. Bush de los atentados del 11S e insultó a diversos usuarios. 

Según Jo Allison, de Canvas8, los chatbots o programas IA "tienen gran potencial pero siempre y cuando logren entender el lenguaje contextualmente. Y aprendan a no dejarse engañar y promover el genocidio". Más allá de que tenemos bots que empiezan a escribir poesía, a dar consejos de vida y demás, aún son demasiado inocentes o ingenuos en lo que concierne a decodificar las sutilezas y los dobles sentidos del lenguaje humano.