*

X
Tratando sus recuerdos como fragmentos, Valérie Mréjen construye un relato acogedor aunque no siempre cómodo

En literatura existe una amplia tradición que considera la memoria con cierta grandilocuencia. En dos o tres cuentos y quizá también en alguna charla, Borges atribuye a San Agustín la comparación entre la memoria y un palacio, como si nuestros recuerdos fueran un edificio precioso pero también vasto, como esos recintos secretos que aparecen en Las mil y una noches en donde todo duerme el sueño plácido del olvido hasta que alguien hace una visita inesperada, improbable, y comienza a admirar desde la vasija delicadamente tallada hasta los enormes pilares que sostienen el lugar. Eso, a veces, ha sido la memoria en la literatura: extensos tomos en los que el autor desgrana y destila sus recuerdos, uno a uno, morosamente.

Quizá por ello la narrativa de Valérie Mréjen puede resultar sorprendente. Mréjen (París, 1969) escribe, pero también es artista plástica y cineasta experimental. En su obra literaria cuenta con algunos títulos anclados de lleno en su memoria –en especial Mon grand-père (1999), L'Agrume (2001) y Eau sauvage (2004)–, que surgen de ahí y además, en los tres casos, de una manera muy singular: a manera de fragmentos. En la narrativa memorística es más usual lo opuesto, que a partir de un recuerdo el autor comience a desplegar casi ininterrumpidamente la historia de su vida. Así, por ejemplo, Elias Canetti, cuyos tres tomos autobiográficos, sólidamente narrados, comienzan con una frase muy sencilla: “Mi primer recuerdo está bañado en rojo”; o Proust y su emblemática madalena, símbolo de la “memoria accidental” que, según defendía, irrumpe en nuestra conciencia y nos avasalla como un torrente, arrastrándonos hacia la recuperación de un tiempo perdido sólo porque un día algo nos hizo recordar esa época de nuestra vida.

Con Valérie Mréjen, la memoria fluye de otro modo. Su procedimiento tiene cierta afinidad con la asociación libre freudiana al menos en un aspecto: no se impone desde el inicio la obligación de hilar un relato coherente, perfecto, sino que más bien, como narradora, toma una etapa de su vida desde su recuerdo más significativo y sigue hacia donde la propia evocación la lleva, sin importar que sea una imagen tremebunda o, con más frecuencia, algo más bien nimio y cotidiano. El lector sabe así que su abuelo se acostaba con sus amantes en la misma cama en la que yacía con su esposa, pero también que la narradora tenía dificultades para pronunciar ciertas palabras.

Decir que los fragmentos fluyen parece un contrasentido, un oxímoron. Sin embargo, así es en la narrativa de Mréjen. Algo en su estilo, en su discurso, hace sentir al lector como si asistiera al armado paciente y gradual de un rompecabezas, como si pasara una vez y después otra frente a la niña que se entretiene con ese divertimento, que mira una pieza durante un par de minutos, que la gira y la mira de nuevo y decide dónde colocarla, quizá sí como parte de un fragmento mayor, pero quizá también en uno más pequeño o incluso en uno todavía no formado. Eso es lo que fluye.

No parece fácil sostener ahora la comparación de San Agustín y decir que la memoria es un palacio. Quizá alguna vez lo fue, quizá alguien en este momento está construyendo el propio, pero en muchos otros casos la memoria es como la sala de estar que encontramos en la casa donde crecimos y también en las casas que visitamos, una sala que tiene elementos singulares y otros compartidos, una habitación que reconocemos como nuestra y en la cual otras personas –nuestros amigos, nuestra familia, nuestros contemporáneos– podrían sentirse al mismo tiempo recibidos y llevados a su propia memoria. 

Twitter del autor: @juanpablocahz

Te podría interesar:

10 libros que Barack Obama te recomienda leer

Libros

Por: pijamasurf - 10/27/2016

El presidente de Estados Unidos externó sus recomendaciones literarias para este verano, listado que se suma a sugerencias que Obama ha hecho previamente

Como bien señala el diario británico The Independent, pareciera que ahora cada intervención de Barack Obama tiene un dejo de nostalgia. Conforme el mandatario estadounidense se perfila a la fase final de su gestión y en contraste con los candidatos actuales (en particular el grotesco Trump), parece que muchos extrañarán a Obama en los próximos años. 

En todo caso, hace un par de días compartió, vía su blog presidencial, cinco lecturas que recomienda para este verano. A este listado, todas obras recientes, The Independent agrega otros cinco títulos que el mandatario ha recomendado a lo largo del tiempo, entre los cuales se incluyen un par de obligados, como las tragedias de Shakespeare o uno de los ensayos más famosos y útiles del buen Ralph Waldo Emerson. 

Así que si estás buscando definir tu próxima lectura, tal vez te interese tomar en cuenta estas sugerencias de Obama:

1. Barbarian Days: A Surfing Life de William Finnegan (2015)

2. The Underground Railroad de Colson Whitehead (2016)

3. H is for Hawk de Helen MacDonald (2014)

4. The Girl on the Train de Paula Hawkins (2015)

5. Seveneves de Neal Stephenson (2015)

6. Song of Solomon de Toni Morrison (1977)

7. Shakespeare’s Tragedies de William Shakespeare (c. 1583)

8. Self-Reliance de Ralph Waldo Emerson (1841)

9. Parting the Waters de Taylor Branch (1988)

10. Gilead de Marilynne Robinson (2004)