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Un poco de psicología budista para deshacer el castillo de arena del ego

Una de las enseñanzas centrales del budismo es que el yo individual que nos parece tan sólido y estable en realidad no existe por su propia cuenta, sino que coemerge con nuestros pensamientos, conceptos y relaciones. Como tal, no puede encontrarse en ningún lugar en específico y sólo se mantiene en tanto que reificamos conceptos de ser tal o cual persona, con estas o aquellas características. 

James Low hace una buena labor en deconstruir el ego. Su visión es particularmente interesante ya que es alumno del maestro tibetano Chhimed Rigdzin y traductor de textos de la tradición dzogchén, y a la vez se ha desempeñado como psicoterapeuta. Low hace una interesante precisión: la palabra individuo significa "indivisible", pero no hay nada en nosotros que no sea divisible: nuestro cuerpo está formado una piel y unos orgános que a su vez están formados por tejidos, que están formados por moléculas que están formadas por átomos... Pero los átomos, según la física moderna, no son realmente cosas, son ondas de información que surgen y desaparecen. Ahora bien, si a esto respondemos que no somos ninguna parte en específico sino la totalidad de nuestro cuerpo, entonces surge la pregunta de hasta dónde llega nuestro cuerpo, ya que nuestra piel es permeable y estamos constantemente siendo penetrados por miles de millones de microorganismos, por la luz del Sol y diferentes ondas del espectro electromagnético; asimismo, estamos respirando y recibiendo del entorno numerosas influencias sutiles. Así que nuestro cuerpo no es muy estable, ni tiene límites definidos que puedan fijar nuestra identidad. Podemos decir entonces que en realidad somos nuestra mente pero, ¿dónde está nuestra mente? Según el maestro Tsoknyi Rinpoche:

No hay un lugar del cual la esencia de la mente provenga o surja, ni hay un lugar a donde vaya o en el que desaparezca, y no hay un lugar donde ahora mismo se encuentre. Sin embargo, está presente en todas partes, de una manera que todo lo penetra. Así su esencia es la vacuidad. 

James Low remarca que la mente es como el espacio, una conocida metáfora del budismo tibetano. Como el espacio, es algo que no se puede agarrar, no es una cosa; es aquello donde surgen los fenómenos, es potencia ilimitada (somos espacio que sueña con ser sólido). Incluso el ego tampoco es una cosa, pero al aferrarnos a él, al creer que es una cosa, surge una sensación aparente de solidez --lo que para los tibetanos es un predominio del elemento tierra. Tenemos, al reiteradamente aferrarnos a esta noción (a esta tensión) de ser un yo individual, la ilusión de durabilidad, sustancialidad y predictibilidad. Esto en cierta forma nos da seguridad, pero por otro lado nos limita y nos vuelve rígidos. Al ser sólidos y tener una identidad definida, las cosas se nos pueden pegar: cualquier suceso que nos ocurra nos marca, cualquier etiqueta que nos coloquen se nos queda. Si fuéramos como el espacio, nada se queda, de la misma manera que un ave no deja huellas en el cielo. Al creernos sólidos, independientes, separados, como objetos duros, como el elemento tierra, nos vamos encerrando en nuestro propio mundo; concretizando la fantasía de nuestra descripción del mundo, de nuestro diálogo interno, de existir separados ante una plétora de objetos cambiantes que determinan nuestro placer o dolor.

En realidad esta noción del ego de tener límites establecidos y una capa que lo protege y lo separa del mundo es una ilusión. "La cultura nos muestra cómo abandonamos nuestra totalidad para entrar en identificaciones muy pequeñas de nosotros mismos," dice Low. Constantemente nos identificamos con "estructuras transitorias", desde un juguete a un equipo de futbol, hasta ser un mal o buen padre, ser una persona inteligente o estúpida, o cualquier otra cualidad que nos repetimos que somos. Todas estas nociones que nos dan nuestra identidad, sin embargo, no existen de manera independiente, son siempre relativas, son proyecciones de nuestra propia mente. "La identidad es una forma coemergente, nuestro sentido del yo es parte del mundo, no nos pertenecemos a nosotros mismos, la idea de que somos autónomos, agentes autodirigidos es una ilusión", dice Low. El poder del ego viene de esto, de la ilusión de que hay alguien que está a cargo, de que hay algo duradero que es independiente del mundo (un mundo que es completamente impermanente). 

En realidad tenemos múltiples personalidades, explica Low. Por ejemplo, cuando hablas con tu jefe utilizas otro tono de voz, otra estructura gramatical y te relacionas desde toda una estructura de memoria distinta. Esto cambia completamente cuando hablas con tu novio; tu voz se vuelve muy dulce, cambia el lenguaje con el que te comunicas y todo el punto de encaje desde el cual operas. Esto muestra la gran la riqueza de nuestra creatividad, que nos permite movernos en múltiples direcciones. 

Pero cuando nos creemos demasiado nuestras creaciones --la principal de ellas nuestro ego-- luego "tenemos que vivir con la pesada responsabilidad de tener que administrar nuestra propia personalidad". Cuidar nuestro prestigio, la opinión que creemos que tienen ciertas personas de nosotros, y también tenemos que administrar y reforzar los conceptos que tenemos de nosotros mismos y no sólo los positivos, los negativos también necesitan mantenimiento. Llegamos entonces a existir como sujetos y objetos, los dos a la vez de manera fragmentada --el sujeto que tiene la experiencia y los objetos conceptuales que hemos creado creyendo que somos de cierta forma, lo cual evidentemente genera enorme preocupación y gasto de energía, ya que tenemos que andar cuidando y dialogando con todos estos objetos que sostenemos con nuestros pensamientos. Low señala que el comentario interno que sostenemos sobre nosotros mismos es el paralelo de nuestra ansiedad de los comentarios que creemos que los demás hacen de nosotros y también de los comentarios que hacemos de otras personas. Esto implica que permanentemente estamos confundiendo el mapa con el territorio, ya que sostenemos diálogos virtuales con personas que no estamos viendo y con situaciones que no estamos viviendo. 

Nuestra identidad surge de estos diálogos internos y de la retroalimentación que tenemos con el mundo y con las demás personas. Constantemente se está recreando, de cada una de estas interacciones. Low sugiere que es por ello que nos aterra quedarnos solos en un lugar sin hacer nada (de hecho así castigamos a las personas, encerrándolas en una habitación sin tener contacto con los demás). Esto nos coloca en una crisis de identidad. Puede ser una oportunidad de observar nuestra mente y entender cómo nuestros pensamientos nos llevan constantemente a identificarnos con diferentes objetos y conceptos, o colocarnos simplemente en un estado de angustia al no poder retirarnos de nuestro contenido mental proyectándonos sobre un objeto familiar.  

Pero entonces, "¿Quién somos realmente? Según el Buda no somos realmente nadie. La mente no es una cosa, no la puedes atrapar, no la puedes definir, sin embargo, permite que surjan infinitas posibilidades, las cuales sólo están limitadas por nuestras propias definiciones", dice Low.

La enseñanza del Buda sostiene que todo lo que es creado se mueve hacia su propia destrucción. Pero si nuestra verdadera naturaleza es infinita, esto significa que existe desde antes del comienzo. Y si no tiene un comienzo tampoco tendrá un final. Sin un comienzo ni un final no puede ser una entidad. Y esto no es sólo un concepto abstracto. Esto significa que no somos entidades. No somos cosas. Esto significa que no somos quien creemos que somos. 

Esto es lo que a veces se confunde de las enseñanzas budistas. El Buda no niega que existamos, niega sólo un yo definido, fijo y estable, lo cual es una versión muy reducida y pobre de lo que realmente somos. Esto que somos es tan extraordinario que no puede definirse de ninguna manera, por eso el Buda incluso niega la teoría del Atman hinduista, en la que se identifica el alma individual con Dios o con el alma universal (Brahman). El budismo mahayana enseña que la naturaleza esencial de todos los seres es Buda o la budeidad. Esto no es algo que uno puede comprar o que uno puede perder, ya es en toda su luminosidad y pureza. Sólo es algo que uno tiene que reconocer o desocultar. Se suelen usar las metáforas de una semilla de sésamo (o ajonjolí) que ya contiene el aceite de sésamo, sólo se debe molerlo para extraerlo, o del Sol que siempre está brillando aunque se encuentre detrás de las nubes. 

Esta naturaleza búdica, según el mayahana, es la vacuidad; la sabiduría que caracteriza a un adepto logrado es ver todos los fenómenos como vacuidad, esto es, que no tienen existencia inherente, que todos son como el reflejo de la Luna en el agua, como sueños. Todas las cosas sólo existen en una cadena de relaciones, ninguna puede erigirse por sí misma. Y el lugar donde aparece este castillo de reflejos es la mente, todo ocurre en la mente que es como el espacio. Al asimilar esta noción se produce una gran libertad, ya que si no somos algo podemos ser todo (sin que objetifiquemos al todo como una cosa), y si no somos eso que creíamos que éramos se disuelven también gran parte de los miedos y de las frustraciones que teníamos, los cuales surgen al crear una identidad, a la cual comparamos con los demás y la cual constantemente necesitamos satisfacer. El hombre occidental moderno le tiene miedo al vacío porque su ego no le permite concebir que la existencia continúa sin la necesidad de tener una identidad fija. Se puede ser y saber sin un yo (Fluir en el sin yo es el atinado título de un libro de Jacobo Grinberg). Esta es la gran enseñanza del budismo y de otras religiones en las que al perder la importancia personal, al  hacer a un lado el constructo de la personalidad (literalmente esto es lo que significa éxtasis: hacer a un lado), surge la verdadera naturaleza: dicha ilimitada, presencia luminosa y apertura espontánea. Vacuidad y sabiduría: las dos alas de un mismo inconcebible pájaro arcoíris. 

 

Citas tomadas de la conferencia Vacuidad y dzogchén de James Low

 

Twitter del autor: @alepholo

Sobre cómo tres ramas distintas del conocimiento explican nuestra relación con el mundo a través de la conciencia y la interpretación

“Si quieres entender el Universo piensa en términos de energía, frecuencia y vibración.”

-Nicola Tesla 

“Si usas tu mente para estudiar la realidad, no entenderás ni tu mente ni la realidad. Si estudias la realidad sin la necesidad de utilizar tu mente, comprenderás ambos.”

-Bodhidharma 

“El objetivo de los brujos abstractos es romper la fijeza de la interpretación social para ver la energía directamente. Al guerrero no le basta con saber que el universo es energía, tiene que averiguarlo por sí mismo.”

-Carlos Castaneda 

Los adelantos científicos contemporáneos en áreas como la neurología, y la física cuántica permiten corroborar descripciones metafísicas sobre la naturaleza elemental del universo, elaboradas por santos e iluminados desde hace siglos, tales como las recogidas en el Tao Te Ching, el Dhammapada, los Yoga-Sutra, el Bagavadguita y el Corpus Hermeticum, por citar algunos de los más conocidos. 

Sin embargo, descripciones altamente sensibles e inteligentes (y por momentos completamente ambiguas e irracionales) se exponen en un camino elegante y por demás exigente, dada su peculiar condición de feroz autoadiestramiento y plagado de planteamientos paradójicos, popularmente conocido como "el camino del guerrero", aunque para diferenciarlo de otros senderos así llamados "del guerrero espiritual" y de otras tradiciones de chamanismo ritual y brujería pagana, un nombre más suspicaz y atinado a las prácticas y ejercicios de esta tradición es, como también se le conoce, "brujería abstracta". 

Actualmente la ciencia moderna nos brinda complejos modelos y teorías sofisticadas para la comprensión de la realidad de nuestro universo, siendo muy interesante notar que sus conjeturas llegan a las mismas conclusiones que la brujería abstracta proporciona en sus descripciones del mundo perceptual; no obstante, la principal diferencia radica en que mientras la ciencia del siglo XXI depende enteramente de modelos fisicomatemáticos y de instrumentos de medición cada vez más sofisticados, la brujería abstracta nos propone comprobar sus explicaciones ontológicas con la experiencia directa, es decir sin ningún tipo de intermediario como puede ser un telescopio, por citar algún ejemplo, o cualquier otro subterfugio, y de esta manera obtener una experiencia íntima y de primera mano de los modelos que pretenden explicar la realidad fundamental.  

Con las aportaciones realizadas en el siglo pasado por científicos brillantes como Schrödinger, Heisenberg y David Bohm se puso de manifiesto que la naturaleza intrínseca de la materia es enteramente dinámica y que fluye en un rÍo de transformaciones y movimientos que navegan una multilocalidad no lineal, estas interacciones no son más que una incesante fluctuación de energía que crea patrones donde la línea del caos y el orden se torna difusa, muy parecido a un mar de oscilaciones que bailan al ritmo de una danza cósmica, una gigantesca piscina de energía de filamentos vibratorios, donde el perceptor determina la ubicación espacio-temporal y la naturaleza de los fenómenos por el simple hecho de observar. 

Correlativamente, los brujos abstractos describen el mundo en que vivimos como "un conglomerado de unidades de interpretación”. Algunos de estos “hombres de conocimiento” a través de un conjunto de técnicas diseñadas para alterar la percepción cotidiana, aprendieron a “ver”, es decir, a percibir el mundo, no como una interpretación, sino como un flujo ininterrumpido de energía. 

Por otro lado, la neurofisiología nos dicta que la realidad es una estructura artificial creada por el intercambio de iones de calcio de millones de sinapsis neuronales que interactúan creando patrones energéticos de suficiente complejidad para poder aparecer como objetos reconocibles en la conciencia, el cerebro actúa como una especie de estructura holográfica que convierte la cascada de frecuencias que recibimos a través de los sentidos en cosas como árboles o galaxias que no existen de modo objetivo. “Se trata de hologramas creados en el interior de nuestras mentes, mientras que lo que denominamos "mundo exterior" no sería más que un océano fluyente y caleidoscópico de energía y vibración”, nos dice el neurólogo Karl H. Pribram, mientras que los vanguardistas Penrose y Hameroff van aún más allá proponiendo que la red de microtúbulos de las neuronas y sus axones funcionan como un computador cuántico responsable de nuestra conciencia. 

Persinger y Lafreniere, dos hombres de ciencia objetiva y metodista, escribieron en su libro Espacio-tiempo y eventos inusuales

Nosotros, como especie, existimos en un mundo en el que existe una gran cantidad de valores numéricos. Sobre estas matrices de puntos, nosotros superpusimos una estructura y así el mundo tiene sentido para nosotros. El patrón de la estructura se origina dentro de nuestras propiedades biológicas y sociológicas. 

La descripción que nos facilitan sobre la cimentación de nuestra percepción usando tecnicismos es extremadamente similar a la que nos suministra la brujería abstracta, a pesar del tipo de lenguaje contrastantemente diferente, por un lado, tenemos una exposición pragmática y objetiva, y por el otro, una explicación con términos que pudieran parecer ambiguos y abstractos, y sin embargo ambos caminos llegan a las mismas conclusiones. 

La brujería abstracta llama “el águila” al poder que gobierna el destino de todos los seres vivientes, y que es un flujo de emanaciones continuamente nuevo y desconcertante, pero no somos conscientes de ello porque vivimos a tres pasos de distancia del mundo real:

• La sensibilidad innata 
• La interpretación biológica 
• El consenso social 

Esos pasos no son simultáneos, pero su velocidad es superior a lo que podemos determinar conscientemente; por eso damos por hecho el mundo que percibimos. Como ejemplo, en este momento atestiguamos un conjunto de “emanaciones del águila”; automáticamente lo transformamos en algo sensorial, con características como luminosidad, sonido, movimiento, etcétera. Entonces interviene la memoria, la cual nos obliga a darle significado, y lo reconocemos, por ejemplo, como otra persona. Por último, nuestro “inventario social” lo clasifica al compararlo con aquellos a quienes conocemos; esa clasificación nos permite identificarlo. A estas alturas, estamos a una buena distancia del hecho real, que es indescriptible, porque es único. Lo mismo ocurre con todo cuanto vemos. Nuestro “darnos cuenta” es el resultado de un largo proceso de depuraciones o “desnates”, como lo llamo don Juan Matus. Lo desnatamos todo, modificamos de tal manera el mundo que nos rodea, que queda muy poco del original. 

Es en este preciso punto donde los aportes de la claridad mental de Siddhartha Gautama, el Buda, sobre la naturaleza fundamental de la percepción humana nos son de gran ayuda por su valiosa aportación al intento de experimentar la construcción de la realidad de manera directa. 

El budismo profundiza metódicamente en el proceso que la brujería abstracta llama desnate, conociéndolo con el término de “skandhas” o "los cinco agregados”. Los cinco agregados se conforman por rupa y nama, a su vez nama está constituido de vedana, sañña, sankhara, y viññana, que se explican brevemente a continuación.

Rūpa: Formas materiales o corporales 
Es la parte material del ser humano, es decir, el cuerpo, pero no solo el cuerpo en sí, sino además la propia imagen que la persona se hace de éste, incluyendo los cinco órganos sensoriales y el sistema nervioso. La forma se refiere a los procesos físicos que sostienen el ciclo vital de un ser humano, los otros cuatro agregados son los procesos mentales (nama). Toda forma se constituye de cuatro naturalezas esenciales: tierra, agua, fuego, aire y las formas que derivan de ellos.

Vedana: Sensaciones y sentimientos 
La parte que genera una sensación corporal agradable o desagradable o neutra de acuerdo al resultado de la evaluación de tipo afectivo, no conceptual del hecho de acuerdo los datos (o información pura) que se reciben a través de los cinco sentidos y de la mente. Vedana se refiere a la actividad de evaluar cualquier contacto que pueda darse entre las bases de los sentidos y sus objetos materiales, así como entre la conciencia y los objetos mentales, discrimina entre contactos agradables, desagradables y contactos que no pasan el umbral necesario para producir una reacción del individuo.

Sañña: Percepción y memoria 
La parte evaluadora que juzga el hecho ocurrido, clasificándolo y juzgándolo como positivo o negativo, a partir del registro de los estímulos sensoriales puros que la persona convierte en objetos reconocibles y distinguibles, dado que la percepción recuerda sus características debido a los anteriores contactos; los pensamientos e ideas también se procesan como objetos, pues mediante la percepción el objeto percibido cargado con la evaluación afectiva se conceptualiza y pasa a ser un objeto mental.

Sankhara: Estados mentales 
Es la reacción a lo percibido. La parte que reacciona con aversión o apego en función de la sensación, es la representación de la experiencia subjetiva del objeto percibido. Los sankharas son los “impulsos de la voluntad”. Los objetos o formaciones mentales son el resultado de unir varios sentimientos y percepciones. Las formaciones mentales son una especie de patrones energéticos que se forman, toman la mente durante un tiempo y desaparecen, condicionando la experiencia.

Viññana: Conciencia 
La parte receptora de la mente que se limita a registrar la ocurrencia de las cosas. Es un acto de atención o respuesta de la mente en el que el conocimiento del objeto se hace consciente en nosotros. La conciencia contiene a todos los otros agregados y es la base de su existencia. La conciencia es, al mismo tiempo, colectiva e individual, donde la colectiva está hecha de la individual y la individual lo está de la colectiva. La conciencia desaparece y resurge cambiada de un instante a otro y actúa de manera discriminatoria y parcial ya sea que exista un aferramiento a lo percibido como deseable, o un rechazo contra lo no deseable e indiferencia a lo neutro. 

El Buda Sakyamuni logró observar que las cuatro funciones mentales son todavía más breves que las efímeras kalapas que componen la realidad material, de esta manera nunca tenemos conciencia de lo que ocurre cada vez que los sentidos corporales entran en contacto con alguna cosa.

Para ejemplificar los conceptos anteriores considere los siguientes casos: 

  1. Si escuchamos las palabras: “¡Eres un tonto!”, la conciencia (viññana) atestigua el suceso, la percepción (sañña) clasifica las palabras como algo negativo y experimentamos una sensación corporal desagradable (vedana) que nos hace reaccionar produciendo aversión (sankhara) contra lo que estamos escuchando, pues rechazamos aquello que nos desagrada. Se da lo contrario si escuchamos un halago que evaluemos como algo positivo, experimentamos una sensación corporal agradable y generamos un sankhara de agrado deseando más de eso que nos ha producido placer. 
  2.  Al examinar cualquier fenómeno y analizarlo, lo primero que advertimos es su nombre y su forma (nama y rupa). Al percibir una rosa decimos: «He aquí una rosa». Existe una sensación óptica (vedana) del rojo, una sensación olfativa de la fragancia, etc. Incluso su peso y su volumen son metamorfosis de los sentidos; y la frase entera se transforma en: «He aquí un agradable conjunto de sensaciones que agrupamos bajo el nombre de rosa». Esta obra de arte de los sentidos no se halla sino en los objetos percibidos: el placer o el dolor se desvanecen, y las sensaciones se perciben fría y claramente sin que se vea afectada la mente. Esto es percepción (sañña). La percepción misma depende de la naturaleza del observador, y de su propensión (sankhara) a percibir. Viññana es el contenedor donde las fuerzas de la creación que han hecho a la rosa, al observador, sus inclinaciones, lo que ambos son, y todo lo que ha sentado la relación entre uno y otro de algún modo se desvanece y ahora es la conciencia absoluta. 

De manera semejante con los cinco agregados, la mencionada tradición brujil, afirma que la solidez del cuerpo y el mundo son recuerdos; al igual que todo lo demás que sentimos de nuestro alrededor son recuerdos que acumulamos. Según esta tradición tenemos el recuerdo de la solidez del mundo al igual que el recuerdo de comunicarnos con palabras. 

Para don Juan Matus, suspender el diálogo interno (detener nuestras ideas de cómo es el mundo y cómo somos nosotros) es la clave de la "brujería" y nos recalca que

Desde que nacimos nos han dicho que el mundo es una serie de ideas y nosotros, a su vez, en este descomunal esfuerzo de nuestra razón, hemos desarrollado una idea de nosotros mismos, que la alimentamos a cada momento, gastando la mayor parte de nuestra energía. Los seres humanos "realmente" no somos materiales (sólidos), estamos constituidos por átomos y los átomos ¡son cargas energéticas! Así pues, hablando científicamente, los hombres y el mundo estamos constituidos por cargas energéticas. La primera "brujería" del hombre común es hacer, de ese mundo de cargas energéticas, un mundo de objetos sólidos y esto se consigue a través de un gran esfuerzo que realiza la razón por medio de un inmenso gasto de energía. A esta magna obra le llamamos ser razonable.

En la tradición budista theravāda, el sufrimiento aparece cuando el individuo se identifica o apega a un agregado; por lo tanto, el sufrimiento se extinguiría al deshacer los apegos a los agregados. La tradición budista mahayana agrega que la libertad espiritual se alcanza al penetrar profundamente en la naturaleza vacía de todos los agregados, puesto que al igual que todos los fenómenos puramente sensoriales y las imágenes que el recuerdo da a conocer a la mente, nama y rupa están sujetas a las tres formas de duḥkha (término que a alude a la insatisfacción, sufrimiento, e imperfección): dolor, cambio e inconsistencia. 

Don Juan Matus, siendo un “hombre de conocimiento”, nos habla sobre lo efímero del mundo y afirma que "para ser un hombre de conocimiento es necesario ser ligero y fluir”, al igual que el budismo concluye que lo anterior sólo es posible cuando las memorias han perdido su carga y poder y desaparecen las formas fijas legadas por identidades y condicionamientos. La percepción se libera y lo mismo ocurre con los filtros de la realidad. Ésta es vista tal cual es. 

Las principales corrientes filosóficas y científicas han tratado de resolver los problemas epistemológicos fundamentales con base en cogniciones y razonamientos lógicos, es ahí donde el budismo y la brujería abstracta convergen en que la única forma en que realmente se puede conocer algo es exprimiéndolo directamente, libre de discriminaciones mentales y filtros perceptuales, tal como expresa el maestro zen D. T. Suzuki refiriéndose al sutra Avatamsaka, uno de los principales textos del budismo mahayana: 

El significado del Avatamsaka y de su filosofía será incomprensible a menos que experimentemos ... un estado de completa disolución, donde no exista diferenciación entre la mente y el cuerpo, entre el sujeto y el objeto... Entonces miramos alrededor y vemos eso... que cada objeto está relacionado con todos los demás objetos... no sólo espacialmente, sino temporalmente... Experimentamos que no hay espacio sin tiempo, que no hay tiempo sin espacio; que se interpenetran.

Indudablemente existe la percepción y existe también la tendencia a justificar la percepción imaginando un substrato ontológico; es ahí donde el nagualismo tolteca dice: «Calla la mente, no cedas a la hipótesis y potencia la percepción». Tal como manifiestó el brujo yaqui don Juan Matus cuando dijo: "Lo que yo prefiero es “ver” (refiriéndose al acto de atestiguar el indescriptible flujo de energía sin preconcepciones, memorias e identificaciones) porque sólo viendo puede un hombre de conocimiento saber". 

Veamos que en el famoso “sutra del corazón”, Shariputra le pregunta a Avalokiteshvara:  
—"¿Cómo debe proceder un hijo noble, cuando desea adiestrarse en la práctica de la perfección profunda de la sabiduría?" 

Y el noble señor Avalokiteshvara, contestó al venerable Shariputra:  
—"Shariputra, cualquier hijo o hija noble que desee adiestrarse en la práctica de la perfección profunda de la sabiduría deberá hacerlo entendiendo que los cinco skandhas carecen de existencia por sí mismos. La forma sólo es vacío y el vacío es en verdad la forma. El vacío no es diferente de la forma, la forma no es diferente del vacío. Lo que es forma, es vacío, lo que es vacío, es forma." 

El sutra del corazón declara que los skandhas, que constituyen nuestra existencia mental y física, son vacíos en su naturaleza o esencia, pero también declara que esta vacuidad es igual a la forma (lo que denota plenitud), en decir, que esto es una vacuidad que al mismo tiempo no es diferente del tipo de realidad que normalmente atribuimos a los eventos; no es un vacío nihilista que socava nuestro mundo, sino un vacío positivo que lo define. 

Para concluir, a manera de reflexión se transcribe un fragmento de Carlos Castaneda sobre los postulados de la brujería abstracta: 

El ser humano pertenece al grupo de los primates. Su gran fortuna es que puede llegar a expresiones únicas de conciencia, por su capacidad de atención y análisis. Sin embargo, la percepción pura siempre se ve interferida por la forma en que interpretamos. Por lo tanto, nuestra realidad se amolda a la descripción. 

Como seres autónomos que somos, nuestra percepción también podría serlo. Pero no lo es, ya que, al ponernos de acuerdo con nuestros semejantes, todos percibimos lo mismo. Esa extraordinaria facultad, que comenzó con un consenso voluntario orientado a la supervivencia, ha terminado por atarnos a nuestras propias descripciones. 

La meta de los brujos abstractos es percibir todo lo que es humanamente posible. Ya que no podemos salir de nuestra condición biológica, ¡seamos monos sublimes!