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Encontrarnos con un acervo gratuito de más de mil títulos nos recuerda las delicias de una premisa esencial de la información: que debiera ser libre

Los libros, o mejor dicho su lectura, se cuentan entre los regalos más hermosos que la humanidad recibió. A veces espejos, a veces brújulas, otras compañeros, los libros enriquecen vidas, las transforman y mucho nos ayudan en la que podría ser la tarea esencial del ser humano: construir una perspectiva desde la cual observar el mundo. 

Existe una preciosa abstracción llamada "dominio público", se trata de un lugar en el que convergen la historia, las leyes y la creatividad, y en donde la información, materializada en todo tipo de obras, fluye con plena libertad. Después de un cierto periodo que varía entre países, todas las obras artísticas, literarias o científicas vienen a dar aquí y se sacuden cualquier obstrucción legal de acceso y utilización. 

Cuando las dos fuerzas anteriores se combinan, los libros y el dominio público, entonces se desata una fiesta: miles de títulos, muchos de ellos entre los más grandes que se hayan escrito, se ponen a completa disposición de cualquiera interesado en tomarlos. Y es aquí donde entra en juego un tercer elemento, lo digital. Éste permite acceder sin necesidad de un soporte físico, más allá de un teléfono o una computadora –a lo que puede accederse en un café o una escuela, al interminable arcón de obras literarias. 

Leer es bueno, para quien lee e incluso para quienes le rodean. En la medida que cada uno ampliemos nuestro panorama, enriquezcamos nuestras perspectivas y nos sumerjamos en historias distantes –pero con las cuales terminamos intimando, ese universo que llamamos "sociedad" termina sin duda beneficiado. Por eso celebramos la épica labor que alguien consumó para reunir más de mil títulos, muchos de ellos verdaderos clásicos, y ponerlos a disposición de cualquiera en un solo sitio. 

La página de un municipio en España, dentro del País Vasco, llamado Ataun, agrupa esta excitante lista de obras a las que podemos, vía un simple clic, acceder en formatos pdf o ePub para leer. Las obras pueden leerse en línea o descargarse y la compilación bastaría para sumergirnos unos años en las delicias que caracterizan a la literatura. Entre otros, encontrarás libros de autores tan diversos como Petrarca, Rudyard Kipling, Joseph Conrad, Karl Marx, Miguel de Cervantes, Marcel Proust, H. P. Lovecraft, Platón, Joyce, Hesiodo y muchos muchos más.

Y para comenzar la inmersión sólo tienes que seguir este enlace..., disfruta y comparte.

 

Twitter del autor: @ParadoxeParadis

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Tratando sus recuerdos como fragmentos, Valérie Mréjen construye un relato acogedor aunque no siempre cómodo

En literatura existe una amplia tradición que considera la memoria con cierta grandilocuencia. En dos o tres cuentos y quizá también en alguna charla, Borges atribuye a San Agustín la comparación entre la memoria y un palacio, como si nuestros recuerdos fueran un edificio precioso pero también vasto, como esos recintos secretos que aparecen en Las mil y una noches en donde todo duerme el sueño plácido del olvido hasta que alguien hace una visita inesperada, improbable, y comienza a admirar desde la vasija delicadamente tallada hasta los enormes pilares que sostienen el lugar. Eso, a veces, ha sido la memoria en la literatura: extensos tomos en los que el autor desgrana y destila sus recuerdos, uno a uno, morosamente.

Quizá por ello la narrativa de Valérie Mréjen puede resultar sorprendente. Mréjen (París, 1969) escribe, pero también es artista plástica y cineasta experimental. En su obra literaria cuenta con algunos títulos anclados de lleno en su memoria –en especial Mon grand-père (1999), L'Agrume (2001) y Eau sauvage (2004)–, que surgen de ahí y además, en los tres casos, de una manera muy singular: a manera de fragmentos. En la narrativa memorística es más usual lo opuesto, que a partir de un recuerdo el autor comience a desplegar casi ininterrumpidamente la historia de su vida. Así, por ejemplo, Elias Canetti, cuyos tres tomos autobiográficos, sólidamente narrados, comienzan con una frase muy sencilla: “Mi primer recuerdo está bañado en rojo”; o Proust y su emblemática madalena, símbolo de la “memoria accidental” que, según defendía, irrumpe en nuestra conciencia y nos avasalla como un torrente, arrastrándonos hacia la recuperación de un tiempo perdido sólo porque un día algo nos hizo recordar esa época de nuestra vida.

Con Valérie Mréjen, la memoria fluye de otro modo. Su procedimiento tiene cierta afinidad con la asociación libre freudiana al menos en un aspecto: no se impone desde el inicio la obligación de hilar un relato coherente, perfecto, sino que más bien, como narradora, toma una etapa de su vida desde su recuerdo más significativo y sigue hacia donde la propia evocación la lleva, sin importar que sea una imagen tremebunda o, con más frecuencia, algo más bien nimio y cotidiano. El lector sabe así que su abuelo se acostaba con sus amantes en la misma cama en la que yacía con su esposa, pero también que la narradora tenía dificultades para pronunciar ciertas palabras.

Decir que los fragmentos fluyen parece un contrasentido, un oxímoron. Sin embargo, así es en la narrativa de Mréjen. Algo en su estilo, en su discurso, hace sentir al lector como si asistiera al armado paciente y gradual de un rompecabezas, como si pasara una vez y después otra frente a la niña que se entretiene con ese divertimento, que mira una pieza durante un par de minutos, que la gira y la mira de nuevo y decide dónde colocarla, quizá sí como parte de un fragmento mayor, pero quizá también en uno más pequeño o incluso en uno todavía no formado. Eso es lo que fluye.

No parece fácil sostener ahora la comparación de San Agustín y decir que la memoria es un palacio. Quizá alguna vez lo fue, quizá alguien en este momento está construyendo el propio, pero en muchos otros casos la memoria es como la sala de estar que encontramos en la casa donde crecimos y también en las casas que visitamos, una sala que tiene elementos singulares y otros compartidos, una habitación que reconocemos como nuestra y en la cual otras personas –nuestros amigos, nuestra familia, nuestros contemporáneos– podrían sentirse al mismo tiempo recibidos y llevados a su propia memoria. 

Twitter del autor: @juanpablocahz