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El triunfo de Donald Trump pone de manifiesto un fenómeno paradójico de la comunicación mediática contemporánea: las personas no buscan informarse, sino reafirmar lo que ya piensan

Entre las varias explicaciones que han comenzado a surgir en torno al triunfo de Donald Trump en las pasadas elecciones presidenciales de Estados Unidos, una que merece atenderse es la que toca a los medios de comunicación, que como en otros procesos políticos, esta vez también tuvieron un papel fundamental en el resultado de los acontecimientos. Se habla de “medios” pero también parece que este término podría estar transitando hacia una noción un tanto más flexible, pues ahí donde antes pensábamos en la radio, la televisión o los periódicos como fuentes de información, quizá ahora cabría señalar esas “formas” de comunicación más bien personalizadas que son las redes sociales.

El peso absoluto de los llamados “medios sociales” aún está por verificarse, pero sin duda su peso relativo ya es evidente. Algunos análisis señalan ya el declive de los medios tradicionales frente a la relevancia al parecer cada vez más creciente de la información que fluye por redes como Facebook y Twitter. Pablo Boczkowski, doctor por la Universidad Cornell e investigador en la Universidad Northwestern, publicó hace un par de días un análisis comparativo sobre la influencia de ambos candidatos –Hilary Clinton y Donald Trump– en los dos tipos de medios. Grosso modo, el punto de partida de este examen fue la disparidad en el “espaldarazo” de varios periódicos estadounidenses a cada uno de los políticos: a Clinton la respaldaron 229 diarios y 131 semanarios, mientras que Trump contó con el apoyo manifiesto de únicamente nueve diarios y cuatro semanarios.

Sin embargo, en las redes sociales la situación fue inversa: la base de fans y followers fue ampliamente mayor para Trump, quien con 25 millones de seguidores, sumados de Facebook y Twitter, aventajaba a Clinton con casi 7 millones, pues en los perfiles sociales de la candidata la suma era de casi 18 millones, esto al 4 de noviembre y según las cifras de Boczkowski. Y ya que las “reacciones” de esas personas también son medibles, esa diferencia también se tradujo en mucho mayor impacto para Trump de los mensajes difundidos en redes sociales, en un caso, hasta 30 veces más que los de Clinton.

Pero este no es el único factor que explica la relevancia de los medios sociales en el triunfo de Trump. Guillermo Valencia, de la consultora Microwise, realizó otro análisis a propósito de la manera en que los seguidores de los candidatos estaban conectados, y de nuevo los resultados favorecen a Trump. Como se ve en estas gráficas, las redes de Clinton estuvieron separadas en tres grandes grupos sin muchos puntos de contacto entre sí, mientras que las de Trump formaron un sistema eficientemente vinculado.

Seguidores de Hillary Clinton en Twitter

 

 

Seguidores de Donald Trump en Twitter

 

¿Qué implicaciones tiene este fenómeno? ¿Qué importancia tiene que la influencia de los medios tradicionales esté en franca decadencia y que dicho hueco esté siendo llenado por las plataformas sociales?

Entre otros efectos, quizá la clave está ya en la forma que adquiere ese gráfico de la red que formaron los seguidores de Donald Trump en los medios sociales. Como vemos, es una forma circular, es decir, aislada. Varios analistas contemporáneos han observado esa tendencia a formar lo que Joshua Benton, en otro análisis de la comunicación en este proceso electoral del Nieman Journalism Lab de la Universidad de Harvard, llama “universos sociales segregados”, fragmentos de realidad fomentados por la manera en que funcionan las redes sociales y en los cuales el usuario no está realmente informándose sino más bien reafirmando la opinión que ya tiene sobre determinado asunto, incluso, irónicamente, si esto implica desinformarse, como bien señala Benton en su análisis con ejemplos fehacientes.

Tanto en Facebook como en Twitter se ha buscado perfeccionar el algoritmo para que aquello que vemos sea “relevante”, y esto por un propósito muy sencillo: que el usuario continúe visitando la plataforma, tanto como sea posible. Si de pronto dejáramos de ver cosas que nos interesan, simplemente dejaríamos de usar Facebook o Twitter (como se dejaron de usar otras redes), con lo cual el negocio de ambas empresas terminaría por fracasar. Pero no es así, y por eso especialmente Facebook se preocupa tanto por la relevancia del contenido.

En términos cotidianos, este modelo se traduce en algo muy simple: una versión cómoda de la realidad. Los likes que damos, los unlikes, los shares, los comentarios, todo ello se suma para que cada vez que entremos a Facebook veamos casi exclusivamente lo que nos place y muy pocas veces algo que desafíe nuestra visión del mundo.

Ruth Fremson/The New York Times

¿Conectarnos sólo nos está aislando? Ese parece ser el efecto paradójico de la “comunicación” contemporánea. En Mashable, Damon Beres sostiene con cierto ardor que es momento para Facebook de “matar” su news feed (es decir, la versión actual del algoritmo descrito). El problema es en realidad más profundo, y sin duda eso merece otra reflexión, pues aunque no estuviera Facebook, no parece posible en este momento que el grueso de la población haría otro tipo de elecciones informativas. En términos estructurales eso tiene que ver con otros factores. Sin embargo, el reclamo de Beres lleva algo de razón.

Como empresa, Facebook se rige únicamente por su modelo de negocio (la “relevancia del contenido”) y, con ello, pretende una neutralidad política que en los hechos no se presenta así. En nuestra época se habla mucho de sistemas que se autorregulan, y la comunicación en redes sociales es un buen ejemplo de ello. Pero ante los resultados actuales vale la pena reflexionar si esa supuesta autorregulación es un valor positivo, si como usuarios podemos ceder tanta libertad a los algoritmos o es momento de preguntarnos si de verdad estamos consumiendo lo que queremos y nutre nuestra visión del mundo, incluso desafiándola, o sólo lo que el sistema, en su autorregulación, nos entrega, bajo el único criterio de que cientos o miles o millones de personas están consumiendo eso mismo.

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

Fuentes

Joshua Benton, The forces that drove this election’s media failure are likely to get worse

Damon Beres, Facebook failed America this year — now it should kill the News Feed

Pablo Boczkowski, Has Election 2016 been a turning point for the influence of the news media? (en español en este enlace)

Guillermo Valencia, Por qué Trump va a ganar las elecciones en Estados Unidos contra todo pronóstico

Imagen principal: Aaron Josefczyk / Reuters

Los últimos hallazgos relacionados a este mecanismo redimensionan los adelantos tecnológicos de la antigua Grecia

Entre los restos de un naufragio, aquella cosa parecía tan sólo un bulto corroído sin importancia. Fue encontrado en las costas de Grecia, cerca de Anticitera. Luego de un análisis más detallado de la pieza, el arqueólogo Valerios Stais declaró en 1902 que se trataba del mecanismo de alguna clase de aparato de medición astrológica similar a un reloj; hoy es conocido como el mecanismo de Anticitera.

Stais perteneció a la minoría que defendía esta teoría; el resto de los estudiosos aseguraba que algo tan sofisticado no podía pertenecer a ese período. Era sencillamente imposible; esos mecanismos habían comenzado a usarse hasta mil 500 años después.

En 1951 el historiados británico Derek John de Solla Price comenzó un exhaustivo estudio del descubrimiento y fue hasta 1974 que pudo declarar que, en efecto, aquel aparato fue creado en la antigua Grecia entre los años 150 y 100 a. C. Concluyó esto luego de aplicar engranajes de bronce conectados a una manivela que hizo empatar con una de las carátulas del mecanismo. Diseñó los engranajes basándose en el sistema astronómico de la época, el ciclo metónico, un patrón de 235 meses que permitía a los astrónomos predecir eclipses.

En el 2009 se terminaron de identificar todas las piezas del aparato y se presentó un modelo virtual:

Al entender el funcionamiento total del mecanismo se pudo confirmar que era capaz de predecir la posición de los planetas con los que estaban familiarizados los griegos (Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno), además de trazar la posición del Sol y las fases de la Luna, esto último aprovechando una piedra pulida con blanco y negro que las mostraba.
Andrew Carol, ingeniero de Apple, construyó un modelo a (gran) escala del mecanismo para enseñar su funcionamiento, utilizando piezas de LEGO:

En junio del 2016 un equipo internacional de expertos reveló nueva información derivada de pequeñas inscripciones en griego antiguo encontradas en algunas partes del mecanismo demasiado pequeñas como para ser leídas a simple vista, pues algunas letras medían poco más de 1mm. Hasta que llegó la tecnología de escáner adecuada resultaron legibles los más de 35 mil caracteres que explican el funcionamiento del dispositivo.

El mensaje comprueba las teorías sobre su funcionamiento, a la par de añadir un par de detalles fascinantes: el primero es que el texto habla sobre la llegada de algunos eclipses por color, lo que debe de significar que se les confería cierto valor adivinatorio. El segundo: parece que el dispositivo fue construido en la isla de Rodas por más de una persona y que no era el único de su tipo. Los antiguos griegos tenían conocimientos astronómicos y habilidades mecánicas mucho más adelantadas de lo que sospechábamos.