*

X

Contra la ansiedad de nuestra era y cómo vivir en el presente: Alan Watts

Filosofía

Por: PijamaSurf - 12/21/2016

Sabias palabras, una nueva forma de concebir la memoria, la experiencia y el yo que te ayudarán a reinventar tu mundo

La industria farmacéutica ve crecer sus ganancias cada vez más con la venta de medicamentos psiquiátricos. Esto no es casualidad, nuestro estilo de vida resulta enloquecedor y depresivo, pero no es sólo eso. La ansiedad encuentra explicaciones más profundas.

Nuestros antepasados desarrollaron este mecanismo para enfrentar las situaciones de riesgo y estar preparados para confrontarlas. Estas situaciones se han multiplicado en cierto sentido, pues hay amenazas que, si bien no podrían matarnos, nos ponen en peligro de manera simbólica alertando a nuestro sistema.

Para el filósofo y escritor británico Alan Watts, la raíz de la ansiedad diaria y de todas nuestras frustraciones está en nuestra tendencia a vivir siempre a futuro, pese a que éste es una simple abstracción.

Si para disfrutar de un presente generoso debemos tener la garantía de un futuro feliz estamos ahogándonos en un vaso de agua. No existe tal garantía. Las mejores predicciones son cosa de probabilidad no de certeza, lo único de lo que podríamos estar seguros es que todos sufriremos y que en algún momento moriremos. Si no podemos vivir felizmente sin un futuro asegurado no estamos preparados para habitar un mundo en que, pese a una gran planeación, los accidentes suceden y al final llegará la muerte.

Parecemos estar negados a habitar el presente. Watts continúa:

La “conciencia primaria”, la mente básica que percibe la realidad antes que las ideas sobre ella, no sabe del futuro. Vive por completo en el presente y no percibe nada más que lo que es en ese momento. De cualquier manera el ingenioso cerebro mira en esa parte del cerebro llamada memoria y luego de estudiarla es capaz de hacer predicciones. Estas predicciones son tan relativamente precisas y confiables que el futuro adquiere un alto grado de realismo, tan alto que el presente pierde su valor.

Pero el futuro aún no está aquí y no puede llegar a ser parte de la experiencia ya vivida hasta que sea presente. Eso que conocemos como el futuro está hecho unicamente con elementos lógicos y abstractos –como inferencias, suposiciones y deducciones– no puede ser saboreado, olido, escuchado, oído, sentido, es decir, no puede ser disfrutado. Perseguirlo es perseguir a un fantasma en constante retirada; no importa qué tan rápido corras, siempre te llevará ventaja. Por eso todos los asuntos de nuestra civilización son apresurados, por eso casi nadie disfruta lo que tiene y permanece buscando más y más. La felicidad consistiría entonces, no en realidades sólidas y sustanciales, sino en promesas, esperanzas y garantías abstractas y superficiales.

De acuerdo con Watts, nuestra renuncia completa al cuerpo y el endiosamiento de nuestra mente es la primera forma en que renunciamos a vivir el presente. Pasamos toda la experiencia a través de la mente, evaluamos, juzgamos, medimos y calculamos para generar esa compleja maraña de juicios, prejuicios, miedos y metaexperiencias sobre la experiencia misma.

Watts escribió más de medio siglo antes de nuestra era, llena de computadoras y pantallas táctiles:

El sesudo moderno no ama la materia sino las medidas, no la solidez sino la superficie. [...]

Los trabajadores que habitan una ciudad moderna son personas que viven dentro de una máquina que los golpeará con sus ruedas. Gastan sus días en actividades que a grandes rasgos se reducen a contar y medir, viven en un mundo de abstracciones racionales con poca o ninguna relación o armonía respecto a los grandes procesos y ritmos biológicos. De hecho, las actividades de este tipo ahora pueden ser hechas de manera mucho más eficaz por las máquinas que por el ser humano –tanto así que en no mucho tiempo, el cerebro humano será un mecanismo obsoleto para el cálculo lógico. La computadora humana está siendo ampliamente desplazada por computadoras mecánicas y eléctricas de mucha mayor capacidad y velocidad. Si, entonces, el principal valor y logro del humano es su cerebro y su capacidad de cálculo, se volverá una comodidad invendible en la era en que la operación mecánica del razonamiento pueda ser hecha eficientemente por máquinas. […]

Si seguimos viviendo para el futuro y hacemos que el cerebro trabaje desde la predicción mental y el cálculo, el hombre deberá, eventualmente, convertirse en el apéndice parasitario de un mecanismo de reloj.

Por supuesto que con lo anterior, Watts no trata de descartar a la mente como si fuera una facultad fundamentalmente dañina para nosotros. Al contrario, la sabiduría del inconsciente siempre puede ayudar a tareas simples y complejas, asociaciones creativas e inventiva práctica. Nuestra mente siempre será nuestra aliada si no tratamos de controlarla:

Cuando trabaja correctamente, el cerebro es la forma más alta de sabiduría instintiva. Así, funciona lo mismo para que las palomas sepan el camino de regreso a casa o un feto se forme dentro de la matriz, sin siquiera tener que verbalizar el proceso para saber cómo sucede. El cerebro autoconsciente, como el corazón autoconsciente, es un desorden y se manifiesta en el intenso sentimiento de la separación entre un “Yo” y la experiencia. El cerebro sólo puede continuar con su comportamiento adecuado cuando la conciencia hace aquello para lo que está diseñada: no retorcerse y escapar de la experiencia del presente sino estar consciente de ella sin esfuerzo.

La existencia es una transformación constante, un flujo imparable, un devenir sin fin. Y aún así sufrimos por escapar y retorcernos ante la noción de que sólo el presente existe y nuestro “Yo” no es estático, es mutable y puede fluir con el resto del mundo. Nos aferramos a la garantía del futuro, un lugar en donde proyectar, medir y evaluar nuestra experiencia previa respecto a nuestras expectativas o ideales. Watts dice:

Hay una contradicción en querer estar perfectamente seguro en un universo cuya naturaleza es la momentaneidad y la fluidez. Pero la contradicción se encuentra más profundamente que en el simple conflicto entre el deseo de seguridad y el hecho del cambio. Si busco estar seguro, esto es, protegido del flujo de la vida, quiero estar separado de la vida. Con todo, es esta sensación de estar separado lo que me hace sentir inseguro. Estar seguro significa aislarse y fortificar al “Yo”, lo que me hace sentir solitario y con miedo. En otras palabras, mientras más seguridad consiga, más seguridad querré.

Para decirlo más ampliamente: el deseo de estar seguro y el sentimiento de inseguridad son la misma cosa. Retener el aliento es perder el aliento. Una sociedad basada en la búsqueda de la seguridad no es sino una competencia por dejar de respirar en la que todos están tensos como un tambor y púrpuras como betabel.

Incluso se muestra sagaz en lo que a superación personal se refiere:

Sólo puedo pensar seriamente en intentar vivir bajo el ideal de mejorarme si me divido en dos partes. Debe haber un “Yo” bueno que mejorará al “Yo” malo. El “Yo” bueno, con la mejor de las intenciones, tendrá que trabajar en el desobediente “Yo” malo y el forcejeo entre ambos terminará tensando aún más la diferencia entre ambos. Consecuentemente, el “Yo” bueno se sentirá más separado que nunca y esto sólo incrementará la soledad y el sentimiento de desarraigo que hace que el “Yo” malo se comporte así.

 

Watts publicó desde 1950

 

La felicidad, entonces, no radica en mejorar nuestra experiencia o confrontarla y ya, se trata de la habilidad para permanecer feliz en el presente de la manera más completa posible:

Para enfrentar la inseguridad no debes comprenderla. Para comprenderla no debes enfrentártele sino ser ella. Es como el cuento persa del sabio que fue a las puertas del cielo y tocó. Desde dentro, Dios preguntó “¿Quién esta ahí?” y el sabio respondió “Yo”. “En esta casa”, respondió la voz, “no hay lugar para yo y para mí”. Así que el sabio se fue lejos y pasó muchos años meditando sobre aquella respuesta. Regresó a las puertas y la voz hizo la misma pregunta y de nuevo el sabio respondió “Soy Yo”. La puerta permaneció cerrada. Después de algunos años, el sabio volvió a la puerta y luego de tocar resonó de nuevo la voz “¿Quién está ahí?” y el sabio lloró “Soy tú mismo”. La puerta se abrió.

El "Yo" sólido e inamovible no existe. La psicología lo llama la autoilusión del ser. Sólo confrontando este hecho podremos obtener calma, una especie de seguridad. Es tan difícil hacerlo, en el acto mismo de darse cuenta de ello un “yo mismo” se da cuenta. Watts ilustra de manera hermosa esta paradoja:

¿Mientras miras esta experiencia presente, estás al tanto de alguien que la está viendo? ¿Puedes encontrar, añadido a la experiencia por sí misma, a alguien que la experimenta? ¿Puedes, al mismo tiempo, leer esta frase y pensar en ti mismo leyéndola? Descubriras que, para poder pensar en ti mismo leyéndola, debes detener por un segundo tu lectura. La primera experiencia es leer. La segunda experiencia es el pensamiento: “Estoy leyendo”. ¿Puedes encontrar a un pensador que concibe el pensamiento “estoy leyendo”? En otras palabras, cuando la experiencia del presente es el pensamiento mismo: “estoy leyendo” ¿puedes pensar en ti mismo pensando este pensamiento? […]

Una vez más, debes dejar de pensar sólo “estoy leyendo". Pasas a una tercera experiencia que es el pensamiento “pienso que estoy leyendo”. No permitas que la rapidez con la que estos pensamientos pueden cambiar te engañe y te haga creer que los estás pensando todos al mismo tiempo. […]

En cada experiencia presente sólo estabas consciente de esa experiencia misma. Nunca se está consciente de estar consciente de una experiencia. Nunca has podido separar al pensador del pensamiento, al conocedor del conocimiento. Todo lo que has iniciado siempre fueron nuevos pensamientos, nuevas experiencias.

Según Watts, estar encadenados a nuestra memoria y la retorcida relación que tenemos con el tiempo nos impiden vivir en plena conciencia de todo:

La noción de un pensador separado de un “Yo”, diferente a la experiencia viene de la memoria y la velocidad con la que los pensamientos pueden cambiar. Es como hacer girar un palo en llamas para dar la ilusión de un círculo de fuego continuo. Si imaginas que la memoria es un conocimiento directo del pasado en lugar de una experiencia presente, tendrás la ilusión de estar conociendo el pasado y el presente al mismo tiempo. Esto sugiere que hay algo distinto en ti desde ambas experiencias, pasadas y presentes. Razonas: “Conozco esta experiencia presente y es distinta a aquella experiencia pasada. Si puedo comparar ambas y darme cuenta que la experiencia ha cambiado, Yo debo ser algo constante y apartado".

De hecho, no puedes comparar esta experiencia presente con la experiencia pasada. Sólo puedes compararla con un recuerdo que es parte de la experiencia presente. Cuando ves con claridad que los recuerdos, es decir la memoria, son parte de las experiencias presentes, se vuelve obvio que intentar separarlas de la experiencia presente es tan imposible como intentar morder tus dientes.

Comprender esto es darse cuenta que la vida es enteramente momentánea, que no hay ni permanencia ni seguridad y que no hay “Yo” que podamos proteger.

Y ahí yace el punto crucial de nuestra lucha:

La verdadera razón por la que la vida humana puede llegar a ser tan exasperante y frustrante no es porque haya hechos llamados muerte, dolor, miedo o hambre. La locura del asunto es que cuando dichos hechos se hacen presentes, nosotros los rodeamos, nos agitamos, nos retorcemos, tratamos de escapar y alejar nuestro “Yo” de la experiencia. Pretendemos ser amibas e intentamos protegernos de la vida dividiéndonos en dos. La salud mental, integridad e integración con el mundo radican en darse cuenta de que no estamos divididos, de que el individuo y la experiencia son la misma cosa y que no hay “Yo” o mente que se pueda encontrar.

Para entender la música debes escucharla, mientras sigas pensando “estoy escuchando música” no podrás escuchar en verdad.

Estas maravillosas palabras llegan hasta nosotros a través del sitio Brainpickings y su excelente selección del libro The Wisdom of Insecurity, obra esencial para reordenar y transformar nuestro mundo.

"Dios ha muerto", la polémica afirmación de Nietzsche que invita a liberarnos de la moral cristiana

Filosofía

Por: pijamasurf - 12/21/2016

¿Qué quiso decir Nietzsche realmente cuando proclamó la muerte de Dios?

En la historia de la filosofía, pocas afirmaciones tan polémicas como la que hizo Nietzsche a propósito de la muerte de Dios en al menos un par de lugares de su obra. Primero, en La ciencia jovial, de 1882, escribió:

¿No han oído hablar de aquel loco que, con una linterna encendida en pleno día, corría por la plaza y exclamaba continuamente: "¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios!”? Como justamente se habían juntado allí muchos que no creían en Dios, provocó gran diversión. ¿Se te ha perdido?, dijo uno. ¿Se ha extraviado como un niño?, dijo otro. ¿No será que se ha escondido en algún sitio? ¿Nos tiene miedo? ¿Se ha embarcado? ¿Ha emigrado? Así gritaban y se reían al mismo tiempo. El loco se lanzó en medio de ellos y los fulminó con la mirada.

—¿Dónde está Dios?—, exclamó, ¡se los voy a decir! ¡Nosotros lo hemos matado, ustedes y yo! ¡Todos somos unos asesinos! Pero, ¿cómo lo hemos hecho? ¿Cómo hemos podido vaciar el mar? ¿Quién nos ha dado la esponja para borrar completamente el horizonte? ¿Qué hemos hecho para desencadenar a esta tierra de su sol? ¿Hacia dónde rueda ésta ahora? ¿Hacia qué nos lleva su movimiento? ¿Lejos de todo sol? ¿No nos precipitamos en una constante caída, hacia atrás, de costado, hacia delante, en todas direcciones? ¿Sigue habiendo un arriba y un abajo? ¿No erramos como a través de una nada infinita? ¿No sentimos el aliento del vacío? ¿No hace ya frío? ¿No anochece continuamente y se hace cada vez más oscuro? ¿No hay que encender las linternas desde la mañana? ¿No seguimos oyendo el ruido de los sepultureros que han enterrado a Dios? ¿No seguimos oliendo la putrefacción divina? ¡Los dioses también se corrompen! ¡Dios ha muerto! ¡Dios está muerto! ¡Y lo hemos matado nosotros!

(III, §125)

Después, en Así habló Zaratustra (1885), el filósofo redujo esta amplia elucubración a un episodio más bien lacónico:

«¿Y qué hace el santo en el bosque?», preguntó Zaratustra.

El santo respondió: «Hago canciones y las canto; y cuando hago canciones, río, lloro y gimo, así alabo a Dios.

Cantando, llorando, riendo y gimiendo alabo al Dios que es mi Dios. Mas ¿qué nos traes tú de regalo? ».

Cuando Zaratustra hubo oído estas palabras, saludó al santo y dijo: «¡Qué tendría yo para daros a vosotros! ¡Pero deja que me vaya deprisa para que no os quite nada!» —Y así se separaron, el anciano y el hombre, riendo, como ríen dos jóvenes.

Pero cuando Zaratustra estuvo solo, habló así a su corazón: «¡Cómo es posible! ¡Este viejo santo aún no ha oído nada en su bosque de que Dios ha muerto!».

(“Discurso preliminar”)

La frase por sí misma puede ser complicada. Podríamos decir, parafraseando el mandamiento judeocristiano, que no se debe proclamar la muerte de Dios en vano. Sin embargo, es necesario situarla en su contexto para comenzar a despojarla de esa supuesta dificultad.

De entrada, recordemos que una de las grandes preocupaciones intelectuales de Nietzsche fue la moralidad en su relación con el cristianismo. George Steiner ha escrito que uno de los grandes pilares simbólicos de Occidente es Jerusalén, lugar donde surgieron las dos grandes religiones monoteístas que han moldeado la cultura en la que nos formamos, aun sin ser creyentes: el judaísmo y el cristianismo.

Nietzsche creía firmemente que la moralidad propagada por dichos credos había contribuido a la decadencia de la sociedad europea de su época. Desde su perspectiva, el pensamiento judeocristiano hace a los individuos temerosos de su propia libertad, personas que tienen miedo de sobreponerse a sus circunstancias y realizar su destino como seres humanos auténticos.

“El europeo del siglo XIX es, en su valor, con mucho, inferior al europeo del Renacimiento”, escribió el filósofo a propósito del “superhombre”, otra de sus nociones fundamentales. Nietzsche creía que la “moral de esclavos” judeocristiana había provocado una suerte de estancamiento de la historia, un momento en que los valores de una época habían caducado pero los hombres parecían no tener ni la claridad ni la voluntad suficientes para crear otros nuevos. Ante el santo del bosque, Zaratustra menciona la muerte de Dios como un hecho ocurrido en un pasado que se adivina remoto, lo cual a su vez es consistente con el relato, pues Zaratustra “despierta” y sale de su retiro para proclamar el amanecer de una nueva era a los hombres que aún duermen.

Martin Heidegger por su parte, en un texto titulado sobriamente La frase de Nietzsche «Dios ha muerto» (1941), realiza una lectura en la que une esta interpretación relacionada con el ámbito religioso a la tradición filosófica con la que Nietzsche dialogaba al escribir dicha aseveración; dice Heidegger:

Esta frase nos revela que la fórmula de Nietzsche acerca de la muerte de Dios se refiere al dios cristiano. Pero tampoco cabe la menor duda --y es algo que se debe pensar de antemano-- de que los nombres Dios y dios cristiano se usan en el pensamiento de Nietzsche para designar al mundo suprasensible en general, Dios es el nombre para el ámbito de las ideas, los ideales. Este ámbito de lo suprasensible pasa por ser, desde Platón o mejor dicho, desde la interpretación de la filosofía platónica llevada a cabo por el helenismo y el cristianismo, el único mundo verdadero y efectivamente real. Por el contrario, el mundo sensible es sólo el mundo del más acá, un mundo cambiante por lo tanto meramente aparente, irreal. El mundo del más acá es el valle de lágrimas en oposición a la montaña de la eterna beatitud de más allá. Si, como ocurre todavía en Kant, llamamos al mundo sensible ‘mundo físico’ en sentido amplio, entonces el mundo suprasensible es el mundo metafísico.

Lo apolíneo, lo platónico, el exceso de razón, fueron aborrecibles para Nietzsche en la medida en que apelaban a la dimensión “ideal” de la realidad, es decir, la inexistente, la imaginaria. En El nacimiento de la tragedia (1872), el filósofo estableció una relación entre la decadencia del arte trágico y el ascenso del “socratismo”:

como nadie sabía convertir suficientemente en conceptos y palabras la antigua técnica artística, Sócrates negó aquella sabiduría.

A ese idealismo es al que se refiere Heidegger. El mismo idealismo que Nietzsche, en el “Ensayo de autocrítica” (1886) que escribió para la tercera edición de El nacimiento de la tragedia, señaló como síntoma de decadencia de una sociedad. El idealismo platónico que tan bien coincidió con la moral cristiana en la medida en que ambos, en su postura, niegan la vida real, la vida de los sentidos, la vida del aquí y el ahora:

[…] la doctrina cristiana, la cual es y quiere ser sólo moral, y con sus normas absolutas, ya con su veracidad de Dios por ejemplo, relega el arte, todo arte, al reino de la mentira --es decir, lo niega, lo reprueba, lo condena. Detrás de semejante modo de pensar y valorar, el cual, mientras sea de alguna manera auténtico, tiene que ser hostil al arte, percibí yo también desde siempre lo hostil a la vida.

¿Cómo no aborrecer a un Dios así, a una moral así? Con todo, es posible que Nietzsche haya incurrido en el mismo error que encontró en el cristianismo, pues al declarar la muerte de Dios miraba también, en todo su romanticismo, hacia un mundo que aún no existía. Quizá la sociedad europea del siglo XIX había decaído hasta la ignominia, quizá se necesitaba una nueva moral, quizá era el momento en que el superhombre emergería, pero lo cierto es que nada de eso sucedió

“Dios no ha muerto. Dios es inconsciente”, dijo Jacques Lacan en el seminario que dedicó a “los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis” (1964), una vuelta de tuerca a la afirmación nietzscheana que señala la premura del filósofo al realizar su aseveración, pero no el fracaso de su postulado filosófico, pues si Dios sigue ahí, también se mantiene vivo el proyecto de liberarnos de esa moral que sólo nos aleja de la vida auténtica. 

 

Más sobre la filosofía de Nietzsche en Pijama Surf:

¿Por qué leer a Nietzsche como un filósofo pesimista cuando enseña sobre todo a amar la vida?

Amor fati: si amas tu vida, no tendrás nunca de qué arrepentirte

De la melancolía al ímpetu: 8 poemas de Nietzsche para explorar su faceta menos conocida

La guía para convertirse en superhombre

 

Imágenes: Matthieu Bourel