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La guía de Friedrich Nietzsche para convertirse en superhombre

Filosofía

Por: PijamaSurf - 12/20/2016

Un fascinante recorrido por los pasos para transformar nuestra percepción del mundo y conquistar la libertad espiritual y de pensamiento

Hablar de Friedrich Nietzsche es invocar forzosamente en la memoria su obra más popular: Así habló Zaratustra, donde desarrolla su más memorable teoría: la del superhombre.

En las traducciones inglesas de esta obra se solía utilizar, para la palabra alemana Übermensch, dos términos, en su momento casi indiferenciados: Superman y Overman. Sin embargo, el peso en la cultural popular del famoso cómic de Jerry Siegel, Superman, nacido en la década de los 30, obligó a usar el término Overman para, así, evitar confusiones (o memes). Por suerte, para los hablantes de español esta ambigüedad es prácticamente inexistente y apenas visible. Quizá sólo para los países en mayor contacto con Estados Unidos como México.

 

Cualquier parecido con el escudo mexicano es coincidencia.

 

El superhombre de Nietzsche concentra la concepción del filósofo alemán de un hombre de trascendencia, que se supera a sí mismo y a la naturaleza humana. En esencia, un superhombre es aquel que ha superado la esclavitud de la condición humana y ha alcanzado un verdadero estado de libertad: de libre juego y creatividad.

En este estado, de pureza individual, el individuo se ha descargado y se ha deshecho de todas las influencias: autoridades sociales, eclesiásticas, literarias, doctrinales, etc.; también de la influencia de cualquier persona. Aquel que busque el estado de pureza querrá construir su propio destino, inventar sus propios valores y bailar el juego de la vida al ritmo de su propio espíritu.

Nietzsche describe que para alcanzar el estado del superhombre, el individuo debe sufrir tres metamorfosis del espíritu. Estas transformaciones son de naturaleza prescriptiva y deben ser vistas como una suerte de guía para convertirse en superhombre, o para la liberación del espíritu:

 

Primera metamorfosis: el camello

¿Qué pesado?, así pregunta el espíritu de carga, y se arrodilla, igual que un camello y quiere que lo carguen bien. ¿Qué es lo más pesado, oh héroes, pregunta el espíritu de carga, para que yo cargue con ello y mi fortaleza se regocije?

Después de este pasaje, Nietzsche enlista varios aspectos que pueden ser considerados entre los más pesados o difíciles de la vida. Señala que el camello debe invitar a estos pesos. Y continúa:

¿o acaso es: amar a quienes nos desprecian y tender la mano al fantasma que nos amedrentaría?

Lo que Nietzsche quiere decir es que antes de que uno pueda convertirse en superhombre, primero deberá soportar grandes cargas. Luchar con el miedo, el amor, la confianza, la muerte, la confusión, la sed de conocimiento y todos los otros aspectos de la existencia humana. El camello abraza estos retos en el nombre del deber y la nobleza.

Visto de otro modo, el camello no huye ni se distrae de la vida: la saluda de frente y abraza los retos que presenta con un alto sentido del deber. Hecho esto, el camello se ve humillado y fortalecido. Sólo mediante el sufrimiento, el camello obtendrá la fuerza y la resilencia necesarias para alcanzar el siguiente nivel de transformación espiritual.

 

Segunda metamorfosis: el león

Nietzsche describe cómo el Camello entra, finalmente, al “desierto más solitario” antes de convertirse en león. La metáfora del desierto solitario puede interpretarse de la siguiente manera: el camello ha buscado, invitado y envestido las batallas que la vida le ofrece. Pero eso mismo lo ha vuelto una especie de alienado. Se ha diferenciado de los demás y de la sociedad que los produce. La duda se le ha incrustado y cuestiona todo, desde su mismo valor hasta el valor de sus búsquedas.

El desierto es el lugar de la crisis existencial, donde el Camello pondera la existencia de cualquier ley o virtud universal, y si están allí por o para guiarlo a sus propósitos. Para Nietzsche no existen las virtudes universales ni los propósitos absolutos. El camello se ve forzado a plantearse esta posibilidad, sólo así podrá convertirse en león. Así lo describe el filósofo:

Pero en lo más solitario del desierto tiene lugar la segunda transformación: en león se transforma aquí el espíritu, quiere conquistar su libertad como se conquista una presa y ser señor en su propio desierto. Aquí busca a su último amo: quiere convertirse en enemigo de él y de su último dios, con el gran dragón quiere pelear para conseguir la victoria. ¿Quién es el gran dragón, al que el espíritu no quiere seguir llamando señor ni dios? "Tú debes" se llama el gran dragón. Pero el espíritu del león dice Yo quiero. "Tú debes" le cierra el paso, brilla como el oro, es un animal escamoso y en cada una de sus escamas brilla áureamente "¡Tú debes!". Valores milenarios brillan en esas escamas, el más poderoso de todos los dragones habla así: “todos los valores de las cosas brillan en mí”.

“Todos los valores han sido ya creados y yo soy todos los valores creados. ¡En verdad, no debe seguir habiendo ningún Yo quiero!” Así habla el dragón. Hermanos míos, ¿para qué se precisa que haya el león en el espíritu? ¿Por qué no basta la bestia de carga, que renuncia a todo y es respetuosa? Crear valores nuevos -tampoco el león es aún capaz de hacerlo: mas crearse libertad para un nuevo crear -eso sí es capaz de hacerlo el poder del león. Crearse libertad y un NO, santo incluso frente al deber: para ello, hermanos míos, es preciso el león. Tomarse el derecho de nuevos valores, eso es lo más horrible para un espíritu de carga y respetuoso.

En la cita anterior se encuentra la clave de este texto. Cuando el camello descubre que la virtud y la verdad universal podrían no existir, sólo puede tomar dos caminos: o rechaza la vida por no tener sentido y se suicida, o reclama su propia libertad y crea su propio significado y su propia virtud. Para convertirse en superhombre es claro que sólo la segunda opción es correcta; ella le llevará al siguiente nivel.

Para llegar a él, el camello deberá destruir el más alto muro que lo separa de la verdadera libertad: el deber y la virtud impuestos por la tradición y la sociedad: esto es lo que el gran dragón de Nietzsche representa. El camello ha sido su esclavo y el dragón lo ha invitado a tomar retos vitales, siempre y cuando estén en concordancia con los valores impuestos desde el exterior. Podemos ver al dragón como la simple representación de todo aquel que intenta decirnos cómo vivir.

El camello deberá rechazar al dragón de tradición y mandamientos, pero no podrá hacerlo en su actual forma de camello, amante de los deberes. Para ello deberá transformarse. Sus anteriores pruebas le han permitido alcanzar la suficiente fuerza para convertirse en el león: símbolo de coraje, tenacidad, desilusión e incluso rabia. Sólo en este estado el espíritu es capaz de pronunciar un NO rotundo.

Este NO representa el rechazo absoluto a cualquier control externo y a todos los valores tradicionales. Toda cosa impuesta por otros individuos, sociedades, iglesias, gobiernos, estados, familias, así como toda forma de propaganda deben ser expulsadas con un empoderado/poderoso rugido.

Esto no quiere decir que el león crea que las virtudes y los valores impuestos por aquellas entidades son malvados o corruptos. De hecho, podrían ser buenas y útiles. Sin embargo, también es un hecho que devienen de una autoridad externa y por ello se requiere su expulsión. El superhombre es el individuo absoluto y por lo tanto debe inventarse sus propios valores, en sus propios términos.

 

Tercera metamorfosis: El Niño

Después de que el león ha pronunciado el sagrado NO, el espíritu deberá experimentar una transformación más en el camino del superhombre:

Pero decídme, hermanos míos, ¿qué puede hacer el niño que ni siquiera el león puede? ¿Por qué el león rapaz tiene que convertirse todavía en niño? El niño es inocencia y olvido, recomienzo y juego, una rueda que gira por sí misma, un primer movimiento, un sagrado SÍ. Para el juego de la creación, hermanos míos, un santo SÍ es necesario. Sí, hermanos míos, para el juego del crear se precisa un santo decir SÍ: el espíritu quiere ahora su voluntad, el retirado del mundo conquista ahora su mundo.

Entonces, Nietzsche sostiene que el león deberá transformarse una vez más para olvidar. El espíritu ha sufrido mucha confusión y confinamiento, pero es necesario que vacíe su mente del pasado. Pronunciando un sagrado SÍ el niño afirma el momento, afirma sin certeza y afirma, sobre todo, el flujo de la vida. El niño se convierte en una rueda que se impulsa a sí misma, tal como la vida. El niño elige rodar con la vida: bailar y tocar con ella.

Finalmente, para Nietzsche la creación pura emerge en este estado de juego. Cuando una persona puede alcanzar un entendimiento infantil, una mente inmersa en el momento y llena de maravilla y regocijo, esta persona podrá asirse a su propia voluntad, crear su propia virtud y, así, inventar su propia realidad. En el proceso de esta última metamorfosis el espíritu deviene en sí mismo, conquista su mundo y alcanza el estado de superhombre. El espíritu alcanza su liberación.

 

Objeciones al superhombre

Existen, con razón, objeciones convincentes al concepto de superhombre de Nietzsche y sus afirmaciones nihilistas acerca de la moral. Si los valores universales no existen y uno es libre de crear los suyos propios, ¿cómo determino si actos atroces, como el asesinato, la violación o la tortura, son justificados? Nietzsche era muy consciente de esta posibilidad e incluso predijo que sus ideas podrían ser utilizadas como justificación de atrocidades. Tenía razón: algunos especulan que sus ideas fueron la base e influencia de la ideología nazi, y en 1924 un par de estudiantes de clase alta de la Universidad de Chicago, quienes habían bebido de la influencia de la teoría del superhombre de Nietzsche, asesinaron a un niño de 14 años.

Lo remarcable es que, como la mayoría de los filósofos, Nietzsche era un voraz buscador de verdades. La objeción del párrafo anterior surge de una lectura utilitarista y consecuencialista de la teoría de Nietzsche. Es decir, una lectura desde la perspectiva de que sólo podremos actuar si y sólo si nuestras acciones dan como resultado el mayor beneficio para el mayor número de personas. Pero, para Nietzsche, esta objeción era sólo otra manera en que la humanidad intentaba imponer sus arbitrarias reglas morales en un universo donde, objetivamente, nada existe. El interés de Nietzsche no era tanto por elucubrar sobre los imaginarios constructos morales de que la humanidad se servía para reducir el sufrimiento, sino por descubrir la verdad de la existencia.

Aunque esto podría parecerte una razón para creer que Nietzsche era un canalla, hay que darle crédito por no comprometer jamás sus ideas por el mero hecho de ser impopulares. Además, él se volvió loco intentando salvar a un caballo de ser apaleado y pasó la última década de su vida en una condición más bien miserable. O sea, deberíamos darle una oportunidad y reconocer que, al menos, poseía una buena parte de compasión. No es que se deba estar de acuerdo con todos sus puntos de vista, sino con su obstinación. El solo hecho de que el superhombre pueda resultar ser una persona horrible no descarta su teoría.

Es más, tenemos muy pocas razones para creer que el hipotético superhombre no tiene valores compasivos; de hecho, existe un argumento para pensar que es bastante probable que él o ella pudieran tenerlos. Es posible ver en el niño de Nietzsche a un ser juguetón en total contacto con su naturaleza profunda, acaso similar a la de un taoísta o budista zen que se ha realizado. Hay un dicho zen: “Nada te queda en este momento sino tener una buena risa”; es decir, el momento en que uno ha alcanzado el satori (la iluminación) es similar al momento en que se ha alcanzado el estado de “niñez”.

En el zen y en el taoísmo, así como en la obra de Nietzsche, cuando alguien alcanza este estado de liberación, descubre la compasión natural por todos los seres sensibles, no como una ley moral sino como la consecuencia natural e intuitiva de que todos los seres son “cortados por la misma tijera”. Es agradable pensar que el verdadero superhombre compartiría esta realización, pero Nietzsche jamás lo hace explícito. Si esto te parece una distorsión de la teoría de Nietzsche, entonces llamémosle superhombre 2.0.

 

Utilidad del superhombre

El hombre frente al infinito, Rufino Tamayo.

Muchos han desestimado la teoría del superhombre por parecerles una suerte de idealización inalcanzable. Pero desestimarla es signo de miopía. De ella podemos al menos extraer varios axiomas de gran utilidad e importancia:

 

1) El dolor es necesario para la transformación positiva y debe ser abrazado

Básicamente, el dolor (físico, emocional, existencial, etc.) es un aspecto inalienable de la vida. La mayoría de nosotros dejamos que se vuelva la fuente de ansiedad o tristeza más hondas porque sentimos frustración y nos preguntamos su por qué, en lugar de comprender que a través de las experiencias difíciles nos convertimos en seres resilientes y más perceptivos con la vida. Es por eso que, en cambio, deberíamos aceptar el infranqueable dolor, abrazarlo y observarle con calma.

 

2) Para liberarnos debemos combatir todo control que provenga de autoridades externas

Si nuestro actos y pensamientos son dictados por entidades exteriores, no podremos conocernos a nosotros mismos, evitando que vivamos una vida auténtica. Las ideas de otros pueden inspirar e influir en las nuestras, sin embargo, la clave es asumir ciegamente que nuestro saber (o el de otros) es absoluto. Debemos desarrollar la habilidad de entender cualquier idea sin necesidad de aceptarla permitiendo que aquellas partes resonantes de verdad se fundan en nuestra cosmovisión única y siempre cambiante. Debemos apropiarnos de cada idea alterándola y entendiéndola en lo específico de nuestro espíritu.

 

3) Cultivar coraje, fuerza y audacia para cortar los hilos que nos manipulan

Hay una razón por la que la mayoría de las personas andan ciegamente por la vida: les aterroriza perseguir otras alternativas. Corretear la verdad y la libertad por sobre todas las cosas conlleva una existencia dolorosa y, a menudo, solitaria. Las recompensas son, sin embargo, galácticas en su grandeza. El sentido de libertad, poder, unicidad y amor que se pueden alcanzar en la búsqueda de una existencia superior son joyas indescriptibles e inconmensurables de la experiencia humana. Debemos hallar en nosotros mismos ese lugar de respuestas y audacia sin igual, que nos eleve por sobre aquellos que nos deseen controlar.

 

4) Afirmar la vida y bailar con ella para jugar e inventar

El niño no sólo acepta la vida, la exalta toda. Su espíritu infantil reconoce que sus propios pensamientos y expectativas son la fuente de su experiencia, sea ésta positiva o negativa. Entonces, escoge vivir en la espontaneidad, relajado y en estado de celebración perpetua. Logrado esto, le es permitido fluir con la corriente en lugar de nadar en contra. Se vuelve capaz de crear con pureza porque vive de manera auténtica haciendo uso de la infinita imaginación del universo… y nosotros debemos aspirar también a ello.

"Dios ha muerto", la polémica afirmación de Nietzsche que invita a liberarnos de la moral cristiana

Filosofía

Por: pijamasurf - 12/20/2016

¿Qué quiso decir Nietzsche realmente cuando proclamó la muerte de Dios?

En la historia de la filosofía, pocas afirmaciones tan polémicas como la que hizo Nietzsche a propósito de la muerte de Dios en al menos un par de lugares de su obra. Primero, en La ciencia jovial, de 1882, escribió:

¿No han oído hablar de aquel loco que, con una linterna encendida en pleno día, corría por la plaza y exclamaba continuamente: "¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios!”? Como justamente se habían juntado allí muchos que no creían en Dios, provocó gran diversión. ¿Se te ha perdido?, dijo uno. ¿Se ha extraviado como un niño?, dijo otro. ¿No será que se ha escondido en algún sitio? ¿Nos tiene miedo? ¿Se ha embarcado? ¿Ha emigrado? Así gritaban y se reían al mismo tiempo. El loco se lanzó en medio de ellos y los fulminó con la mirada.

—¿Dónde está Dios?—, exclamó, ¡se los voy a decir! ¡Nosotros lo hemos matado, ustedes y yo! ¡Todos somos unos asesinos! Pero, ¿cómo lo hemos hecho? ¿Cómo hemos podido vaciar el mar? ¿Quién nos ha dado la esponja para borrar completamente el horizonte? ¿Qué hemos hecho para desencadenar a esta tierra de su sol? ¿Hacia dónde rueda ésta ahora? ¿Hacia qué nos lleva su movimiento? ¿Lejos de todo sol? ¿No nos precipitamos en una constante caída, hacia atrás, de costado, hacia delante, en todas direcciones? ¿Sigue habiendo un arriba y un abajo? ¿No erramos como a través de una nada infinita? ¿No sentimos el aliento del vacío? ¿No hace ya frío? ¿No anochece continuamente y se hace cada vez más oscuro? ¿No hay que encender las linternas desde la mañana? ¿No seguimos oyendo el ruido de los sepultureros que han enterrado a Dios? ¿No seguimos oliendo la putrefacción divina? ¡Los dioses también se corrompen! ¡Dios ha muerto! ¡Dios está muerto! ¡Y lo hemos matado nosotros!

(III, §125)

Después, en Así habló Zaratustra (1885), el filósofo redujo esta amplia elucubración a un episodio más bien lacónico:

«¿Y qué hace el santo en el bosque?», preguntó Zaratustra.

El santo respondió: «Hago canciones y las canto; y cuando hago canciones, río, lloro y gimo, así alabo a Dios.

Cantando, llorando, riendo y gimiendo alabo al Dios que es mi Dios. Mas ¿qué nos traes tú de regalo? ».

Cuando Zaratustra hubo oído estas palabras, saludó al santo y dijo: «¡Qué tendría yo para daros a vosotros! ¡Pero deja que me vaya deprisa para que no os quite nada!» —Y así se separaron, el anciano y el hombre, riendo, como ríen dos jóvenes.

Pero cuando Zaratustra estuvo solo, habló así a su corazón: «¡Cómo es posible! ¡Este viejo santo aún no ha oído nada en su bosque de que Dios ha muerto!».

(“Discurso preliminar”)

La frase por sí misma puede ser complicada. Podríamos decir, parafraseando el mandamiento judeocristiano, que no se debe proclamar la muerte de Dios en vano. Sin embargo, es necesario situarla en su contexto para comenzar a despojarla de esa supuesta dificultad.

De entrada, recordemos que una de las grandes preocupaciones intelectuales de Nietzsche fue la moralidad en su relación con el cristianismo. George Steiner ha escrito que uno de los grandes pilares simbólicos de Occidente es Jerusalén, lugar donde surgieron las dos grandes religiones monoteístas que han moldeado la cultura en la que nos formamos, aun sin ser creyentes: el judaísmo y el cristianismo.

Nietzsche creía firmemente que la moralidad propagada por dichos credos había contribuido a la decadencia de la sociedad europea de su época. Desde su perspectiva, el pensamiento judeocristiano hace a los individuos temerosos de su propia libertad, personas que tienen miedo de sobreponerse a sus circunstancias y realizar su destino como seres humanos auténticos.

“El europeo del siglo XIX es, en su valor, con mucho, inferior al europeo del Renacimiento”, escribió el filósofo a propósito del “superhombre”, otra de sus nociones fundamentales. Nietzsche creía que la “moral de esclavos” judeocristiana había provocado una suerte de estancamiento de la historia, un momento en que los valores de una época habían caducado pero los hombres parecían no tener ni la claridad ni la voluntad suficientes para crear otros nuevos. Ante el santo del bosque, Zaratustra menciona la muerte de Dios como un hecho ocurrido en un pasado que se adivina remoto, lo cual a su vez es consistente con el relato, pues Zaratustra “despierta” y sale de su retiro para proclamar el amanecer de una nueva era a los hombres que aún duermen.

Martin Heidegger por su parte, en un texto titulado sobriamente La frase de Nietzsche «Dios ha muerto» (1941), realiza una lectura en la que une esta interpretación relacionada con el ámbito religioso a la tradición filosófica con la que Nietzsche dialogaba al escribir dicha aseveración; dice Heidegger:

Esta frase nos revela que la fórmula de Nietzsche acerca de la muerte de Dios se refiere al dios cristiano. Pero tampoco cabe la menor duda --y es algo que se debe pensar de antemano-- de que los nombres Dios y dios cristiano se usan en el pensamiento de Nietzsche para designar al mundo suprasensible en general, Dios es el nombre para el ámbito de las ideas, los ideales. Este ámbito de lo suprasensible pasa por ser, desde Platón o mejor dicho, desde la interpretación de la filosofía platónica llevada a cabo por el helenismo y el cristianismo, el único mundo verdadero y efectivamente real. Por el contrario, el mundo sensible es sólo el mundo del más acá, un mundo cambiante por lo tanto meramente aparente, irreal. El mundo del más acá es el valle de lágrimas en oposición a la montaña de la eterna beatitud de más allá. Si, como ocurre todavía en Kant, llamamos al mundo sensible ‘mundo físico’ en sentido amplio, entonces el mundo suprasensible es el mundo metafísico.

Lo apolíneo, lo platónico, el exceso de razón, fueron aborrecibles para Nietzsche en la medida en que apelaban a la dimensión “ideal” de la realidad, es decir, la inexistente, la imaginaria. En El nacimiento de la tragedia (1872), el filósofo estableció una relación entre la decadencia del arte trágico y el ascenso del “socratismo”:

como nadie sabía convertir suficientemente en conceptos y palabras la antigua técnica artística, Sócrates negó aquella sabiduría.

A ese idealismo es al que se refiere Heidegger. El mismo idealismo que Nietzsche, en el “Ensayo de autocrítica” (1886) que escribió para la tercera edición de El nacimiento de la tragedia, señaló como síntoma de decadencia de una sociedad. El idealismo platónico que tan bien coincidió con la moral cristiana en la medida en que ambos, en su postura, niegan la vida real, la vida de los sentidos, la vida del aquí y el ahora:

[…] la doctrina cristiana, la cual es y quiere ser sólo moral, y con sus normas absolutas, ya con su veracidad de Dios por ejemplo, relega el arte, todo arte, al reino de la mentira --es decir, lo niega, lo reprueba, lo condena. Detrás de semejante modo de pensar y valorar, el cual, mientras sea de alguna manera auténtico, tiene que ser hostil al arte, percibí yo también desde siempre lo hostil a la vida.

¿Cómo no aborrecer a un Dios así, a una moral así? Con todo, es posible que Nietzsche haya incurrido en el mismo error que encontró en el cristianismo, pues al declarar la muerte de Dios miraba también, en todo su romanticismo, hacia un mundo que aún no existía. Quizá la sociedad europea del siglo XIX había decaído hasta la ignominia, quizá se necesitaba una nueva moral, quizá era el momento en que el superhombre emergería, pero lo cierto es que nada de eso sucedió

“Dios no ha muerto. Dios es inconsciente”, dijo Jacques Lacan en el seminario que dedicó a “los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis” (1964), una vuelta de tuerca a la afirmación nietzscheana que señala la premura del filósofo al realizar su aseveración, pero no el fracaso de su postulado filosófico, pues si Dios sigue ahí, también se mantiene vivo el proyecto de liberarnos de esa moral que sólo nos aleja de la vida auténtica. 

 

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Imágenes: Matthieu Bourel