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Recordatorio navideño: comprar cosas y dar regalos no te hace feliz o una buena persona

Sociedad

Por: Pijamasurf - 12/07/2016

Un poco de reflexión para la fiesta del consumismo

Aunque para algunos esto pueda ser noticia, la Navidad originalmente era una fiesta religiosa en la que no figuraba en ninguna medida importante la costumbre de regalar objetos. Hábilmente, las marcas y las agencias de relaciones públicas han logrado transformar esta celebración en una fiesta del consumismo que dura cada vez más (ahora la fiebre navideña empieza meses antes). Ya que vivimos en una economía de crecimiento infinito, en la que se ha creado la ilusión de que es necesario consumir para generar prosperidad, el frenesí de consumo navideño se vive como una obligación y como una especie de aguerrida temporada de supervivencia para las marcas en la que se vale cualquier cosa.

El sitio Ecocentro ha hecho una interesante reflexión sobre esta situación, notando que: "No hay una relación entre el aumento indiscriminado de objetos y el aumento de la felicidad, una vez obtenidos los mínimos universales". Asimismo, se hace énfasis en que detrás de la feria del consumo existen ciertos valores religiosos que son puestos en entredicho por la banalización del afecto que supone su mediación por los regalos materiales. No nos damos cuenta de que muchas veces buscamos llenar nuestro vacío psicoemocional, el cual se pone en relieve en estas fechas, con posesiones materiales, y al hacerlo caemos en las redes de manipuladoras compañías. Esto es, por supuesto, un problema psicológico y un problema ecológico, ambos interdependientes:

La cada vez más sofisticada ciencia publicitaria, que con las más novedosas teorías científicas sobre el cerebro y el mundo emocional convierten en consumidores compulsivos a niños, adolescentes, adultos, inventando nuevos nichos de mercado en perros y demás animales de compañía. Nadie se libra de su susurro tentador, “compra, compra y llena así tu vacío”. A mayor vacío interior, mayor fiebre consumista, en una espiral en la que no sólo se degrada el ser humano a su condición más inferior, de falta de dominio de sí, sino que en su degradación degrada la naturaleza que no soporta esa presión sobre sus ecosistemas, de los que se extraen los elementos para construir objetos cada vez más inútiles, programados para la obsolescencia, que implican en su producción injusticia laboral y social en los países del mundo a los que devolvemos, a cambio de su mano de obra barata para cambiar de armario cada temporada, nuestras migajas caritativas y nuestros residuos, que intoxican irremediablemente el mundo.

Revisar la escuela de fondo supone tocar hasta los tótems. Mientras no lo hagamos, no habremos empezado el nuevo juego

Escuché por ahí que “la política no se aprende, sino que se comprende”. Y me llamó la atención. Es infrecuente encontrar esquemas conceptuales que sometan al verbo “aprender” a escalas inferiores. Estamos acostumbradísimos a verlo encumbradísimo, cargado de parafernalias, orondo y ponderado. Es un verbo canonizado, santificado. Y eso no le hace nada bien.

Comprender es más que aprender –nos dicen, y además es una cosa diferente. Eso me interesó. Lo de que “la política…” me resulta irrelevante, en realidad, porque cuando leo política leo todo, como cuando leo filosofía. La comprensión trasciende el aprendizaje. ¿Cómo? ¿Por qué?

Revisando, encuentro otros casos en los que el aprendizaje, o hasta la educación misma, representan conceptos que no encumbraría tanto y que muchas veces hasta revisaría seriamente. Usos del concepto que muestran que se queda corto, que no es lo que realmente forma a las personas y les permite una apropiación cabal de las cosas. Cuando nos dicen (cuando nos decían cuando éramos niños, como cuando decimos a nuestros niños… ) que somos educados, nos están diciendo algo menor, bien superficial, soso e irrelevante. No decimos que son educadas las personas profundas, valientes, íntegras, complejas, emprendedoras, inquietas y amplias; cuando decimos que son “educadas” no estamos queriendo decir eso, sino que son sobrias, bien portadas, adaptadas, convergentes, discretas, dóciles a las reglas y obedientes. Personas que han comprendido poca cosa, y cosa poco relevante; personas que han apenas rozado –si acaso-- el sentido de lo real.

Cuando decimos que ella está bien educada sexualmente; que ha aprobado con nota destacada la asignatura “educación sexual”; que ha aprendido la materia, ¿qué estamos diciendo? Que tiene buena información sexual, sobre todo en cuanto a prevención de riesgos. ¿Tendrá algo que ver eso con la calidad de su vida sexual, actual o futura? ¿Demuestra que se ha apropiado del sentido de lo sexual? ¿La hará más plena y feliz? Ni no ni sí; simplemente, no tiene incidencia. Ese “saber” sexual no incide en su sexualidad, sino –en todo caso-- en su sanidad, que son cosas diferentes.

Cuando decimos que saca 10 en matemáticas o en literatura, decimos que ha aprendido. ¿Eso quiere decir que produce matemáticas o literatura; o que se acerca al milagro de la producción literaria? No. Probablemente, al contrario; cuanto más literatura aprenda, menos probabilidad de ser escritor tendrá. El escritor comprende la literatura, no la aprende. Lo mismo el matemático.

Comprender es otra cosa. Se aleja del acopio informativo. No es tener algo, es estar dentro de algo; por ejemplo, de la física o de la historia. El aprendizaje parece una adquisición mientras que la comprensión se devela como una inmersión. No traigo el saber a mí (que sería aprender), es el saber que me devora (que lo llamamos comprender). Fui poseído cuando comprendí. Y cuando me piden que dé cuenta de mi comprensión –lo que llamamos la evaluación, lo que hago es producir, porque no puedo reproducir sin apropiarme críticamente y tomar posición. Estoy perdido. Lo he logrado.

Aprender es dar cuenta. Y eso alcanza para muy poco; para aprobar exámenes, esencialmente. “Me lo aprendí”, que es lo que suelen decir los alumnos; un “me lo tragué”, que me parece escuchar. Nadie dice “me lo comprendí”. Lo comprendido no se puede cosificar. Ahí está el matiz. “Me lo tengo que aprender”, y no “me lo tengo que comprender”. El lenguaje va delatándonos.

Educar y enseñar, que es la contracara del aprender, están muy bien, pero no alcanzan. Y cuando hacemos de ellos un culto, pasamos de la sociedad al museo y enterramos a los vivos sin haberlos dejado vivir. Educamos con una carga moral que asfixia y luego anhelamos jóvenes libres. Bajamos líneas como si supiéramos. Comprender invita a otro juego y se constata de otra manera. Tiene otras velocidades (además de muy otras complejidades) y está cargado de subjetividad. Para comprender hay que haber sufrido y hay que haberse equivocado, y si es posible, varias veces. La comprensión suele ser retroactiva, luego de tanteos, intentos, sondeos, enunciaciones fracasadas, buenas inspiraciones y un clic en el momento justo. Hay un momento en que me vuelvo y sobre lo que no comprendía, comprendo; me regreso y ahora sí… ¡ahora sí! Funciona de esta manera; tiene una epistemología inquieta, de idas y de vueltas, evanescente que no encaja bien en planificaciones siempre progresivas. Por eso la escuela y la universidad se van tan frecuentemente al aprendizaje. Porque la comprensión exigen otras cinturas.

Revisar la escuela de fondo supone tocar hasta los tótems. Mientras no lo hagamos, no habremos empezado el nuevo juego. Y por cierto, me olvidaba, aunque no sean buenos tiempos para eso, aquél que decía lo que iluminó esta nota era Perón, en YouTube.

 

Twitter del autor: @dobertipablo