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Valentina Sampaio, la supermodelo transgénero que está rompiendo las barreras (FOTOS)

Sociedad

Por: pijamasurf - 12/25/2016

Esta bella joven transexual brasileña es la nueva sensación del mundo de la moda

Valentina Sampaio tiene 19 años y ya ha sido portada de la revista Elle, así como embajadora de L'Oreal París, una de las marcas más reconocidas de la industria de los cosméticos. Sampaio es una de las primeras modelos transgénero que rompe la barrera del prejuicio y se convierte en una supermodelo que aparece en las más importantes pasarelas y revistas (quizás en esto ayuda también que sea transgénero, pero hace algunos años difícilmente habría tenido la mera oportunidad). 

Esta modelo brasileña, junto a la nueva portada de National Geographic en la que aparece una niña transexual de 9 años, muestra que existe un cambio en la opinión pública y una mayor apertura en general a la fluidez de género, algo que, sin embargo, no es nuevo. Varias culturas antiguas han reconocido más géneros sexuales que los dos comunes a los que estamos acostumbrados y han aceptado que es posible y digno que un hombre o una mujer se identifiquen desde la infancia con otro género de manera tan integral y radical que su naturaleza les dicte un cambio de sexo, aunque genéticamente pertenezcan a otro. 

Sampaio planea realizarse la operación de reasignación de sexo, y mientras tanto disfruta del éxito de una industria más abierta. Su belleza es una prueba de que los estereotipos están para romperse y una muestra de cómo la sexualidad es menos rígida de lo que podemos pensar, tanto en el caso de las personas que cambian de género como en la atracción que se puede sentir hacia una persona de otro género. Valentina Sampaio seguramente resultará atractiva para muchos hombres (y seguramente para algunas mujeres también) y no hay en ello nada raro o antinatural. La belleza trasciende categorías o etiquetas.

 

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Recordatorio navideño: comprar cosas y dar regalos no te hace feliz o una buena persona

Sociedad

Por: Pijamasurf - 12/25/2016

Un poco de reflexión para la fiesta del consumismo

Aunque para algunos esto pueda ser noticia, la Navidad originalmente era una fiesta religiosa en la que no figuraba en ninguna medida importante la costumbre de regalar objetos. Hábilmente, las marcas y las agencias de relaciones públicas han logrado transformar esta celebración en una fiesta del consumismo que dura cada vez más (ahora la fiebre navideña empieza meses antes). Ya que vivimos en una economía de crecimiento infinito, en la que se ha creado la ilusión de que es necesario consumir para generar prosperidad, el frenesí de consumo navideño se vive como una obligación y como una especie de aguerrida temporada de supervivencia para las marcas en la que se vale cualquier cosa.

El sitio Ecocentro ha hecho una interesante reflexión sobre esta situación, notando que: "No hay una relación entre el aumento indiscriminado de objetos y el aumento de la felicidad, una vez obtenidos los mínimos universales". Asimismo, se hace énfasis en que detrás de la feria del consumo existen ciertos valores religiosos que son puestos en entredicho por la banalización del afecto que supone su mediación por los regalos materiales. No nos damos cuenta de que muchas veces buscamos llenar nuestro vacío psicoemocional, el cual se pone en relieve en estas fechas, con posesiones materiales, y al hacerlo caemos en las redes de manipuladoras compañías. Esto es, por supuesto, un problema psicológico y un problema ecológico, ambos interdependientes:

La cada vez más sofisticada ciencia publicitaria, que con las más novedosas teorías científicas sobre el cerebro y el mundo emocional convierten en consumidores compulsivos a niños, adolescentes, adultos, inventando nuevos nichos de mercado en perros y demás animales de compañía. Nadie se libra de su susurro tentador, “compra, compra y llena así tu vacío”. A mayor vacío interior, mayor fiebre consumista, en una espiral en la que no sólo se degrada el ser humano a su condición más inferior, de falta de dominio de sí, sino que en su degradación degrada la naturaleza que no soporta esa presión sobre sus ecosistemas, de los que se extraen los elementos para construir objetos cada vez más inútiles, programados para la obsolescencia, que implican en su producción injusticia laboral y social en los países del mundo a los que devolvemos, a cambio de su mano de obra barata para cambiar de armario cada temporada, nuestras migajas caritativas y nuestros residuos, que intoxican irremediablemente el mundo.