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Facebook se beneficia de la información de todos sus usuarios creando la ilusión de que es gratis

Cuando Facebook hizo sus acciones públicas, recibió una valuación de 270 mil millones de dólares pese a que sólo ingresaba 3 millones al año en ese momento. Esta valuación estaba basada fundamentalmente en la noción de que Facebook tenía tantos datos de sus usuarios que eventualmente encontraría la forma de obtener ganancias. Se decía que estaba sentado sobre un Fort Knox virtual.

El escritor Tim Wu señala que la verdadera innovación de Facebook no es su red social en sí misma, sino la creación de “una herramienta que convenció a cientos de millones de personas a que le dieran tanta información personal a cambio de tan poco”. Lo que significa que Facebook está alimentado por una oportunidad de arbitraje, esto es, “la diferencia entre cuánto Facebook recibe, y lo que cuesta simplemente proveer un lugar para socializar”. Es decir, estamos en la parte perdedora del trato, por lo cual resulta lógico pensar que Facebook nos debería estar pagando por nuestra información.  

Wu mantiene que el éxito de Facebook yace en que nos hace pensar que es un servicio gratis, y todos sabemos lo que genera la sensación de tener algo gratis en este mundo. Aparentemente uno no está entregando nada; este proceso de darle nuestra información y lo que hace con ella no es conspicuo. A diferencia de darle 100 dólares a alguien, al darle nuestra información a Facebook no somos más pobres que antes.

El analista y pionero de la realidad virtual Jaron Lanier compara esto con el trabajo. Uno no es más pobre al entregar una labor, pero sabemos que tiene un valor. Esto es equivalente a la información. No perdemos algo material fácil de cuantificar cuando la entregamos, pero ésta tiene una valor inherente y cuando “miles de millones de personas la entregan a unas pocas compañías, el efecto es una gigantesca transferencia de riqueza de los muchos a los pocos”, dice Wu. 

Entregar nuestra información a las grandes compañías hace que el mundo entero se vuelva “más comercialmente personalizado. Se vuelve más difícil ignorar anuncios o intrusiones”. Nos volvemos más vulnerables al mundo externo que nos conoce en algunos aspectos mejor que nosotros mismos y que está desarrollando constantemente herramientas para captar nuestra atención y predecir nuestro comportamiento. No sólo Facebook debería pagarnos, es nuestro deber exigir algo más sustancial por lo que estamos dándole. Nuestra información está ayudando a crear esta gran pecera digital que hace que el mundo se parezca en su totalidad a un supermercado —y que pronto podría tomar la forma de uno de esos enormes centros comerciales abandonados. 

Muchas personas están desconectándose de la Web para pasar tiempo conectando con el mundo real

El Internet, con todas sus maravillosas promesas de ilustración intelectual y conexión social, se ha convertido en una gran adicción. Pasamos más tiempo del que necesitamos en línea y no nos damos cuenta de lo que perdemos en términos de capacidad de poner atención, conexión con el entorno y tiempo para realizar otras actividades. 

El diario español El Mundo reporta sobre una interesante tendencia que se está manifestando en Francia en la que muchas personas están decidiendo abandonar redes sociales y desconectarse de Internet. En el 2012 ya el 3.4% de los franceses había decidido abandonar voluntariamente el Internet, una cifra que parece estar creciendo.

Una de las voces líderes en este inicipiente movimiento que también se gesta en España es Enric Puig Punyet, doctor en filosofía de la Universidad Autónoma de Barcelona, quien ha decidido desconectarse de Internet y, más aún, documentar la vida de las personas que han optado por esta estrategia de higiene mental en su libro La gran adicción. Cómo sobrevivir sin internet y no aislarse del mundo. Puig Punyet relata cómo fue inclinándose a la desconexión:

Sentía saturación tras horas y horas navegando a la deriva, saltando de una página a otra sin ton ni son, viajando de un hipervínculo a otro, en apariencia haciendo de todo pero en el fondo no haciendo absolutamente nada, porque con mucha frecuencia la información que obtenemos después de un día pegados a la pantalla es dispar, en ocasiones contradictoria y no tardamos en olvidarla.

Hace tan sólo 10 años, Internet era una herramienta de consulta. Uno se hacía una pregunta y sólo después buscaba la respuesta en la red. Pero hoy la dinámica ha cambiado por completo. El tiempo vacío se ha llenado de paja. Muy a menudo es Internet quien formula las preguntas, robándole al individuo nuevos marcos de referencia. Internet es omnipresente porque está activo siempre y en todas partes. Al ocupar gran parte de nuestra vida, hace que con frecuencia descuidemos a las personas a nuestro alrededor.

En su libro, Puig Punyet muestra cómo muchas personas que llevaban utilizando Internet por más de 1 década diario, y que creían que su trabajo dependía de las herramientas digitales, han descubierto que la vida sin Internet sigue y sus ingresos no se han visto afectados. "Al revés: la gran paradoja es que los desconectados sienten que reconectan con el mundo real".

El Mundo también reporta el caso de una bloguera australiana llamada Essena O'Neill, quien gozaba de cientos de miles de seguidores en YouTube e Instagram y decidió borrar todas sus imágenes, escribiendo:

Soy la chica que lo tuvo todo y quiero decirte que tenerlo todo en las redes sociales no significa nada en tu vida real. He dejado que se me definiera por los números y lo único realmente me hacía sentir bien era conseguir más seguidores, más Me gusta, más repercusión y visitas. Nunca era suficiente.

Y es que esa es la otra, la fama digital viene con el precio de estar llenando la demanda de los likers o fans y existir de manera fragmentada en línea y en el mundo real, administrando la personalidad que hemos creado para nuestros perfiles. Hacer eso nos puede dejar agotados para realizar luego nuestra labor fuera de Internet. A veces se tiene que escoger entre uno u otro.