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Vilém Flusser contra México: Una visión post-histórica de la catástrofe mexicana

Arte

Por: pijamasurf - 01/29/2017

Una conversación en los márgenes del colapso con el escritor Rafael Toriz

El tiempo del colapso de las instituciones y la identidad nacional es también un tiempo fértil para discutir y rediseñar lo que es ser "un sujeto-ciudadano" en México. Como si al tocar fondo, o al ver el fondo --especie de monstruosa vagina dentata, surgiera de las profundidades del ser una necesaria imaginación perdida. Ya lo ha dicho el documentalista Adam Curtis en su genial documental HyperNormalisation: lo que define a nuestros tiempos y mantiene al sistema neoliberal todoabarcante es nuestra incapacidad de imaginación, de imaginar otros mundos posibles dentro de este mundo que cada vez se parece más a una sangrienta farsa. 

Rafael Toriz, colaborador de Pijama Surf y diversos medios en Argentina, entre ellos Clarín y Perfil, así como también premio nacional de ensayo Alfonso Reyes, busca iniciar un diálogo para la reconstrucción de nuestro significado en tiempos álgidos si los hay. Sostiene Toriz que estamos viendo el "envilecimiento paulatino de la vida de la mayoría de los mexicanos", un largo acto trágico de más de 7 décadas, una progresiva decadencia de la cultura, de la libertad y de la economía (la lista quizás podría abarcar la totalidad de las categorías: sociedad, espíritu, futbol, etc.). Escribe:

El conjunto de prácticas, políticas y representaciones que definían “lo mexicano” –entendido como los rasgos específicos que dieron forma y contenido al país– se encuentran colapsadas, transformando, en el orden de la desfiguración, la idea de una república federal en un conjunto de señoríos feudales donde distintos señores de la guerra redefinen en el presente los límites y los alcances de lo que alguna vez fue la república mexicana.

Toriz estará impartiendo una conferencia en Centro Horizontal (Ciudad de México) el próximo 2 de febrero a las 19:30, titulada "Vilém Flusser contra México: Una visión post-histórica de la catástrofe mexicana", cuya intención es:

utilizar algunas de las categorías esenciales del filósofo transterritorial Vilém Flusser (1920-1991) para analizar algunos instantes señeros del imago mundi del siglo XX mexicano con la intención de desmontarlos para tratar de pensar y diseñar un nuevo modelo de país frente la catástrofe que lo ha transformado de manera definitiva.

Se espera analizar la figura del estado "como editor", "el multilingüismo como una herramienta de sociabilidad en pos de sociedades comunitarias y la posibilidad de un diseño de país fundamentado en una concepción posthistórica de nación". Será una buena sesión para combinar una mirada analítica con alguna reserva de pirotecnia de la imaginación, o en su defecto recurrir a una catártica danza entre las ruinas (habrá un DJ, jovialidad y cocteles tropicales, algo que parece ser uno de los rescoldos inviolables de esta identidad que colapsa vertiginosamente).

 

Con casi 500 años de distancia, el "Paisaje con la caída de Ícaro" de Pieter Brueghel puede ayudarnos a entender nuestro presente

Esta pintura se conoce como Paisaje con la caída de Ícaro. Desde hace algunas décadas, su autoría está en disputa, pero por mucho tiempo se le atribuyó al renacentista Pieter Brueghel el Viejo, quien pudo haberla finalizado cerca del año 1560.

Más allá de la recuperación de ciertos valores, cánones e ideas de la Antigüedad grecolatina, el Renacimiento se caracterizó también por cierto nihilismo frente a la vida que, en parte, fue herencia de los años oscuros de peste, enfermedad y muerte que antecedieron la luminosidad del siglo XV. La civilización europea resurgió a la ciencia, la salud, el conocimiento, la razón, el cultivo de las artes y podría decirse que incluso a la confianza y a la celebración de la vida, pero sin poder olvidar del todo esa sombra macabra siempre al acecho, esa verdad fundamental e irrebatible de que, después de todo, la existencia y sus placeres son finitos, perecederos, fugaces, un suspiro apenas en medio de un vendaval azaroso e imparable.

¿Qué vemos en ese Paisaje con la caída de Ícaro? De inicio, no a Ícaro. Quizá es curioso o inesperado, pero aquello que se nos ofrece a primera vista no es, como casi siempre pasa, el personaje célebre que se anuncia ya en el título de la obra.

Si consideramos cierta geometría de exposición, podemos decir que los personajes presentes en la pintura siguen una línea de importancia decreciente que inicia con toda su potencia visual en el campesino que guía el arado sobre el terreno en la cima del montículo, sigue hacia el pastor que mira hacia el cielo mientras su ganado pace al lado suyo, tiene un tercer punto en la carabela que parece estar zarpando, baja hacia las piernas de una persona que se ahoga en el mar y termina en el pescador que desde un pequeño risco parece afanado en conseguir su alimento del día.

En esa posible trayectoria de nuestra mirada sobre el cuadro, el corolario inevitable es preguntar dónde está Ícaro. No en el cielo, donde cabría suponerlo, pero tampoco en el lugar protagónico del lienzo. ¿Entonces?

Ícaro es nada menos que las piernas ahogándose entre el navío y el hombre que pesca. Ícaro es aquí “un chapoteo más bien desapercibido”, como escribió William Carlos Williams en su poema alusivo a esta misma pintura.

¿Qué se puede decir de esta elección artística? No es común descolocar la celebridad de un personaje, así sea uno mitológico, y llevarlo prácticamente a las márgenes de la obra de arte. Se puede decir que en Paisaje con la caída de Ícaro, Ícaro es lo menos importante, con todo lo contradictorio que eso pueda parecer.

Pero así es. Sea por ese nihilismo renacentista del que no siempre estamos al tanto, o por otras razones más de tipo existencial y cultural que se han mantenido a lo largo de los siglos –subterráneas pero constantes, Brueghel ofrece la lección del contraste existente entre los distintos registros y planos en los cuales está ocurriendo siempre, a cada instante, esto que llamamos realidad. Quizá Ícaro, en un momento de heroísmo y de tragedia, escapó del laberinto del rey Minos en Creta y terminó cayendo al mar víctima de su propio entusiasmo, pero por más increíble que suene esa historia, ello no impidió que el campesino siguiera labrando su tierra o que el pastor descuidara sus ovejas.

Esto, sin embargo, no es una invitación al desinterés, la apatía, la desconexión o el cinismo. No es que cada uno de nosotros tenga que refugiarse en su propia existencia y, con ello y paralelamente, negar la influencia que los hechos del exterior tienen sobre lo que vivimos. Que seamos seres sociales significa que, de una u otra forma, en mayor o menor grado, todo lo que hacemos tiene un efecto sobre nuestro entorno, esto es, sobre nuestra propia vida pero también sobre la de los demás.

En todo caso, la lección apunta más bien hacia la pertinencia de los hechos del mundo que, a veces, ocupan e incluso cautivan nuestra atención. En una época como la nuestra, tan saturada de estímulos, información, exigencias, consejos, supuestas opciones de vida y más, resulta muy fácil perder la sensación de la tierra firme sobre la cual estamos parados, que no es otra cosa más que nuestra propia vida. Miramos hacia un punto que, se nos dice, es lo deseable, y con ello perdemos de vista el lugar donde ya nos encontramos.

 

Twitter del autor: @juanpablocahz