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Hay quienes dicen que este personaje tiene rasgos infantiles, pese a ser un líder de la nación más poderosa del planeta

Psicólogos, psiquiatras y especialistas en la salud mental han tratado de dar un diagnóstico acertado del actual presidente de EEUU, Donald Trump. Mediante sus acciones, lenguaje corporal, publicaciones en redes sociales –principalmente Twitter, entre otros, su cuerpo psíquico ha demostrado ser narcisista, misógino, machista, etcétera.

Hay quienes dicen que este personaje tiene rasgos infantiles, pese a ser un líder de la nación más poderosa del planeta. Frente a esto se viralizan en redes sociales todo tipo de memes que evidencien –o ridiculicen– el pensamiento infantil del presidente estadounidense. Un ejemplo es el browser llamado Make Trump Tweets Eight Again –Hagan los tweets de Trump de ocho otra vez–, que convierte los tuits del magnate en caligrafía de niños. Este programa puede descargarse como una extensión de Google Chrome y es una cortesía de The Daily Show. 

La extensión, como en su descripción señala, “convierte los tuits de Donald Trump en su estado más puro: los garabatos de un niño”.

 

 

Facebook se beneficia de la información de todos sus usuarios creando la ilusión de que es gratis

Cuando Facebook hizo sus acciones públicas, recibió una valuación de 270 mil millones de dólares pese a que sólo ingresaba 3 millones al año en ese momento. Esta valuación estaba basada fundamentalmente en la noción de que Facebook tenía tantos datos de sus usuarios que eventualmente encontraría la forma de obtener ganancias. Se decía que estaba sentado sobre un Fort Knox virtual.

El escritor Tim Wu señala que la verdadera innovación de Facebook no es su red social en sí misma, sino la creación de “una herramienta que convenció a cientos de millones de personas a que le dieran tanta información personal a cambio de tan poco”. Lo que significa que Facebook está alimentado por una oportunidad de arbitraje, esto es, “la diferencia entre cuánto Facebook recibe, y lo que cuesta simplemente proveer un lugar para socializar”. Es decir, estamos en la parte perdedora del trato, por lo cual resulta lógico pensar que Facebook nos debería estar pagando por nuestra información.  

Wu mantiene que el éxito de Facebook yace en que nos hace pensar que es un servicio gratis, y todos sabemos lo que genera la sensación de tener algo gratis en este mundo. Aparentemente uno no está entregando nada; este proceso de darle nuestra información y lo que hace con ella no es conspicuo. A diferencia de darle 100 dólares a alguien, al darle nuestra información a Facebook no somos más pobres que antes.

El analista y pionero de la realidad virtual Jaron Lanier compara esto con el trabajo. Uno no es más pobre al entregar una labor, pero sabemos que tiene un valor. Esto es equivalente a la información. No perdemos algo material fácil de cuantificar cuando la entregamos, pero ésta tiene una valor inherente y cuando “miles de millones de personas la entregan a unas pocas compañías, el efecto es una gigantesca transferencia de riqueza de los muchos a los pocos”, dice Wu. 

Entregar nuestra información a las grandes compañías hace que el mundo entero se vuelva “más comercialmente personalizado. Se vuelve más difícil ignorar anuncios o intrusiones”. Nos volvemos más vulnerables al mundo externo que nos conoce en algunos aspectos mejor que nosotros mismos y que está desarrollando constantemente herramientas para captar nuestra atención y predecir nuestro comportamiento. No sólo Facebook debería pagarnos, es nuestro deber exigir algo más sustancial por lo que estamos dándole. Nuestra información está ayudando a crear esta gran pecera digital que hace que el mundo se parezca en su totalidad a un supermercado —y que pronto podría tomar la forma de uno de esos enormes centros comerciales abandonados.