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Daniel Dennett y la idea de que la conciencia es una mera ilusión generada por el cerebro

Filosofía

Por: pijamasurf - 03/04/2017

Dennett es considerado uno de los filósofos más importantes de la actualidad: estas son sus ideas sobre la conciencia

En su nuevo libro From Bacteria to Bach and Back, Daniel Dennett, uno de los filósofos más reputados y leídos del mundo, continua elaborando su noción de que la conciencia es una ilusión. En este caso Dennett esboza una teoría de cómo la evolución produjo lo que llamamos "mentes": fueron los memes. Aquí Dennett toma de la teoría memética de su amigo Richard Dawkins. Los memes --más allá de su adopción particular en Internet como imágenes virales-- son unidades autorreplicantes de evolución cultural, una especie de virus que se transmite culturalmente (desde una forma de bailar o de cocinar hasta una nueva corriente musical o literaria son memes). Para Dennett, fue el meme de las palabras el que nos dio nuestra mente. Vocalizaciones tempranas se convirtieron en palabras, adquirieron uso y significado y se esparcieron. Las palabras permitieron la autorreflexión y dieron a luz a lo que llamamos conciencia. "La invasión de los memes convirtió nuestros cerebros en mentes", dice Dennett. Esta teoría es interesante, si bien no del todo original (se ha explorado entre evolucionistas ampliamente la posibilidad de que el lenguaje dio origen a la conciencia y si no es la causa al menos está correlacionado), lo que es quizás nuevo es la idea de que fuimos colonizados por estos memes, los cuales en la teoría de Dennett (y de Dawkins) son más fundamentales que nosotros mismos, de la misma manera que lo son los genes (egoístas) que sólo nos utilizan para reproducirse, como nosotros podríamos utilizar algún tipo de tecnología

Dennett lleva años sugiriendo que la conciencia no es real o al menos no es fundamental, es un efecto mayormente ilusorio del cerebro (que sí es real). Como dice el filósofo Thomas Nagel en su reseña, Dennett lleva 50 años en "un proyecto de desencantamiento del mundo humano, usando la ciencia para liberarnos de lo que él considera son ilusiones". Este desencantamiento es la expulsión de todo espíritu fuera de la máquina biológica, de todo fenómeno (principalmente la conciencia) que no encaje con la visión científica materialista. Dennett, como Dawkins, considera que nos está liberando de la ignorancia y del pensamiento mágico; otra lectura diría que su desencantamiento nos deja en un mundo sin ningún encanto, sin ningún significado, simplemente como robots o, usando su propios términos, como ilusiones del usuario, vagas, efímeras y mayormente inexistentes fabricaciones de la maquinaria cerebral. 

La metáfora que introduce Dennett en este libro para explicar la relación entre la mente y el cerebro es la de los iconos en el desktop de una computadora: 

como las ingeniosas ilusiones del usuario de los iconos que podemos arrastrar en la pantalla, los pequeños fólderes en los que depositamos archivos, y el resto de los aún más familiares ítems del desktop de tu computadora. Lo que en realidad está pasando detrás del desktop es asombrosamente complicado pero los usuarios no necesitan saber nada de ello, así los inteligentes diseñadores de interfaces han simplificado los ofrecimientos, haciéndolos particularmente señeros para los ojos humanos, y añadiendo efectos de sonido para contribuir a la atención directa. Pero no hay nada compacto y señero dentro de la computadora que corresponda a estos pequeños fólderes de archivos en la pantalla del desktop.

Dennett sugiere que nuestra imagen manifiesta del mundo --de ser conscientes-- es como las imágenes del desktop, una ilusión del usuario. En este caso no hay diseñador inteligente, es la evolución misma la que produce estas ilusiones "en función de las necesidades de los usuarios". Nagel explica que Dennett cree que:

nuestra concepción de criaturas conscientes con vidas subjetivas internas --que no son describibles sólo en términos físicos-- es una ficción útil que nos permite predecir cómo esas criaturas se comportarán e interactuar con ellas. Ha acuñado el término "heterofenomenología" para describir la (estrictamente falsa) atribución que cada uno de nosotros hace de los otros de un teatro mental interno --lleno de experiencias sensoriales de colores, formas, sabores, sonidos, imágenes de muebles, paisajes y demás-- que contiene su representación del mundo. Según Dennett, sin embargo, la realidad es que las representaciones que subyacen en el comportamiento humano se encuentran en estructuras neurales de las cuales sabemos muy poco. Y lo mismo es verdad de las concepciones similares que tenemos de nuestras propias mentes. Esa concepción no captura una realidad interna, sino que ha surgido como consecuencia de nuestra necesidad de comunicar a otros de una forma tangible nuestras varias competencias y disposiciones. 

Dennett mantiene que la visión de primera persona de nuestra propia mente no es muy distinta de nuestra visión en segunda persona de la mente de los otros:

no vemos, oímos o sentimos la complicada maquinaria neural revolviéndose en nuestro cerebro y nos tenemos que conformar con una interpretación, una versión digerida, una ilusión del usuario, que es tan familiar para nosotros que la tomamos no sólo como real sino como la realidad más indudable e íntima de todas.

Esto implica, según Nagel, que:

cuando veo la bandera de Estados Unidos, puede que me parezca a mí que hay líneas rojas en mi campo subjetivo visual, pero esto es sólo una ilusión: la única realidad, de la cual esto es una 'una interpretación, una versión digerida', es que un proceso físico que no puedo describir está ocurriendo en mi córtex visual.

Nagel da en el clavo al notar que Dennett hace toda una serie de contorsiones mentales para encajar su teoría con el materialismo que profesa de manera tan vehemente. 

Dennett nos pide que demos la espalda a aquello que es a todas luces obvio --que en la conciencia nos damos cuenta inmediatamente de experiencias subjetivas reales de color, sabor, olor, sonido, etc., que no pueden ser descritas completamente en términos neurales aunque tengan una causa neural (o tal vez una causa neural así como también una experiencial). Y nos pide que hagamos esto porque la realidad de este fenómeno es incompatible con el materialismo científico que en su visión establece los límites de lo que es real. Está, en palabras de Aristóteles, "manteniendo una tesis a toda costa".

Es paradójico que Dennett (al igual que Dawkins), que tanto critica el fanatismo religioso, no pueda liberarse de su propio dogma fanático y busque defender el materialismo a toda costa, incluso pagando el precio de postular un mundo completamente desalmado y desangelado en el que no somos más que las útiles alucinaciones generadas por máquinas que marchan alimentados por una fuerza ciega (la evolución). Y es que la sola existencia de la conciencia (el llamado "problema duro de la ciencia), el hecho de que sea la realidad íntima y fundamental de nuestra existencia, de la cual se deriva todo lo demás que podamos decir o teorizar (puesto que incluso una refutación de la conciencia no puede ocurrir más que dentro de la conciencia), por sí solo da al traste con todo el edificio del materialismo, el cual en realidad no tiene una base muy sólida.

El ser humano siempre ha buscado la inmortalidad y la divinidad pero ahora la busca sólo hacia afuera, utilizando un soporte externo que le hace olvidar que todo lo maravilloso que existe en sus aparatos existe en él mismo

Una expresión griega dice: “lo divino es”, lo divino indeterminado. Este hecho existe en la experiencia de todos. No es algo que pertenezca sólo a un momento determinado de la historia. Pertenece al tejido de nuestra vida. La verdadera diferencia estriba en reconocerlo o no.

Roberto Calasso

 

Yuval Noah Harari se ha convertido en uno de los escritores de cabecera de los ejecutivos de Silicon Valley. En su Homo Deus: A Brief History of Tomorrow argumenta que los avances tecnológicos exponenciales, de la mano de la desigualdad que impera a favor de una élite privilegiada, crearán una brecha en la que los señores de este nuevo mundo serán tan diferentes de nosotros como nosotros de los neandertales. Esta nueva especie será el Homo Deus y la relación que surgirá entre la élite aumentada tecnológicamente a niveles indistinguibles de la divinidad y todos los demás será parecida a la actual entre hombres y animales. Todos los que no seamos parte de esta élite seremos como los animales de hoy en día: ganado, mascotas, curiosidades de zoológico y acaso el tema de una conmovedora campaña de conservación entre los Homo Deus (si es que la compasión y la empatía aún tienen tracción entre los miembros de esta especie).

Harari escribe que hemos llegado a un punto en el que podemos dedicarnos a objetivos trascendentales, habiendo superado nuestras necesidades básicas. "Al buscar la dicha y la inmortalidad, los humanos de hecho están intentando elevarse a la condición de dioses". Harari utiliza la palabra "upgrade", como si estuviéramos en un proceso en la cúspide de la historia de actualizar el programa humano e instalar la divinidad por medios tecnológicos. Harari olvida, sin embargo, que desde el principio de la civilización los hombres han querido hacerse dioses y que la sola conciencia ha hecho que, desde que se tiene memoria, la humanidad tenga un deseo de trascendencia que va más allá de lo meramente biológico. Lo que ha cambiado es sólo la percepción de cómo esto es posible en la mentalidad occidental. Deslumbrados por el poder de la tecnología, hoy en día las élites que controlan esta tecnología, y la economía que se basa en ella, se atreven a creer que la inmortalidad y una especie de divinidad mediatizada están ahora sí al alcance. Esto mismo, sin embargo, ha sido parte de otro tipo de grupos, que por mucho tiempo se han movido a los márgenes de la sociedad --se les llama místicos, aquellos que se mueven en el misterio, en el secreto, y que buscan agenciarse la experiencia de lo divino. Evidentemente, para la tecnoélite de nuestra civilización todas las tentativas de místicos, chamanes y demás son meramente balbuceos primitivos o alucinaciones que hoy se pueden explicar por medio de la neurociencia.

Desde el principio de nuestra civilización, en los textos religiosos más antiguos que tenemos, ha sido esencial a la condición humana la búsqueda de elevarse hacia lo divino. En esto consiste el misterioso ritual del Soma:

¡Hemos bebido el soma y somos ya inmortales!

Hemos logrado la luz, hemos hallado a los dioses. 

Rig Veda

Occidente tiende a desacreditar todo conocimiento que no sea parte del progreso del materialismo científico. Para los científicos de hoy, con sus sofisticados y multimillonarios aceleradores de partículas, es ridículo pensar que hombres semidesnudos hubieran podido conocer los secretos del universo hace miles de años simplemente mirando hacia el interior, utilizando el telescopio de la mente (lo que en la India se conoce como samadhi). Sin embargo, la ciencia moderna comparte con la religión antigua un impulso místico y espiritual hacia el conocimiento: la mayoría de los grandes científicos han estado inspirados en ideas religiosas: Copérnico, Galileo, Newton, Lemaitre, etc., todos vieron en las leyes del cosmos ecos del pensamiento divino. Inclusive la tecnología moderna, desde el Internet hasta la inteligencia artificial, tiene una inspiración en ideas místicas o mesiánicas, como ha demostrado David F. Noble en su libro La religión de la tecnología y como puede claramente constatarse revisando las ideas de Ray Kurzweil, el principal exponente del transhumanismo. "La esperanza de la salvación final a través de la tecnología, sin importar los costos humanos y sociales inmediatos, se ha vuelto la ortodoxia tácita, reforzada por un entusiasmo masivo por lo novedoso estratégicamente inducido por el marketing y avalado por un anhelo milenarista por nuevos comienzos", escribe Noble.

La modernidad ha interpretado a Prometeo como un héroe y ha considerado que la divinización del ser humano o su liberación de la esclavitud de las leyes de la naturaleza deberá ocurrir --como ocurre en cierta interpretación del mito de Prometeo-- a través de la tecnología. Es como si en nuestra fundación estuviera la tecnología ("mitos" modernos como la película 2001: Odisea en el espacio refrendan esta creencia). Sin embargo, hay otro mito que podría ser relevante considerar. En el mito de Dionisio Zagreo, según la visión órfica, éste niño divino es devorado por los titanes, lo cual despierta la furia de Zeus (el padre de Dionisio), quien los calcina con un rayo. Es a través de la mezcla de las cenizas de los titanes y de Dionisio que se crea la humanidad, de aquí se deriva la doctrina de la chispa divina que existe en el ser humano.

El anterior mito, el cual coincide con numerosas otras culturas, sugiere que el ser humano no se tiene que divinizar realizando una hazaña o construyendo un artificio, sino que es de hecho ya divino y sólo debe reconocer su propia naturaleza. Es de este origen divino que tiene potestad sobre la naturaleza y que puede crear e imbuir a sus creaciones de una cierta fuerza divina. En este sentido nuestra capacidad de crear "tecnología indistinguible de la magia", parafraseando a Arthur C. Clarke, es sólo una muestra de nuestra propia divinidad. La precognición del big data, la telepatía de la telefonía celular, la visión remota del Hubble, serían parte de nuestra propia naturaleza inexplorada. Hemos considerado el espacio como la última frontera sin haber antes conquistado la frontera de nuestra propia mente.

En 1918 Oswald Spengler escribió en La decadencia de Occidente:

Las máquinas toman formas cada vez menos humanas, más místicas, ascéticas, esotéricas. Envuelven el mundo con una red infinita de fuerzas sutiles, corrientes, tensiones. Sus cuerpos se vuelven cada vez más inmateriales, y cada vez menos ruidosos. Las ruedas, rodillos y palancas ya no son vocales. Todo lo que importa se retira hacia el interior. El hombre ha sentido que la máquina es diabólica, y con razón. Significa en los ojos del creyente la destitución de Dios. Entrega la causalidad divina hacia el hombre y por él, con una suerte de presagio omnisciente, se pone en marcha silenciosa e irresistible.

Spengler veía en la modernidad mecánica una pérdida del alma que animaba a la cultura: "Rige el cerebro, porque el alma se ha despedido". Es de notar la preciencia de Spengler al notar la tendencia de interiorización de la tecnología, esto tanto en su aspecto físico como funcional: al final lo que se busca replicar, la metatecnología, es la mente. Curiosamente, Marshall McLuhan, el teórico de medios más importante de la segunda mitad del siglo XX, también vio en la tecnología una usurpación diabólica:

Los ambientes de información eléctrica siendo totalmente etéreos fomentan la ilusión del mundo como una sustancia espiritual. Es ya un facsímil del cuerpo místico [de Cristo], una manifestación descollante del Anticristo. Después de todo el Príncipe de este mundo es un gran ingeniero eléctrico.

Tenemos aquí la noción no de la tecnología como una forma de obtener una divinidad ausente, sino como la forma de simular y suplantar una divinidad inherente o latente. Lo anterior no significa que la tecnología es diabólica, sino justamente que es diabólica o divina (que puede ser cualquier cosa que en ella proyectemos) porque es una representación in extenso de la conciencia humana y de la misma naturaleza que es "un símbolo del espíritu" (según Emerson). No es otra cosa que lo que ya existe en el ser humano, la mente desdoblada de manera que por momentos parece tener una existencia autónoma, hasta el punto de conjurar una inteligencia artificial, superior a la nuestra. Dice Borges: "El mayor hechicero (escribe memorablemente Novalis) sería el que el que se embrujara él mismo al punto de tomar sus propias fantasmagorías por apariciones autónomas. ¿No sería esta la verdad de nosotros? Yo conjeturo que así es".

Es mi tesis que el poder de la tecnología que hoy se antoja digno de una deidad, no es más que la transferencia del poder divino de la mente humana hacia una máquina. El hecho de que recurramos a la tecnología para manifestar nuestros deseos más profundos es sólo un síntoma de nuestra creencia ilusoria en la solidez del mundo, de nuestra fe ciega en la materia, esto es, la creencia de que vivimos en un mundo de objetos sólidos, separados, estables e independientes de nuestra mente. La física cuántica, a partir de la interpretación de Niels Bohr, ha demostrado que no existen fenómenos objetivos u objetos clásicos independientes de nuestra observación, incluso que no existe realmente eso que llamamos "cosas". El hecho de que hayamos logrado transformar radicalmente la naturaleza utilizando una serie de aparatos y herramientas, que son en realidad extensiones de nuestras propias facultades, más que una prueba de la valía de la ciencia materialista es muestra del propio poder de nuestra mente, del poder de la mente sobre la materia. El peligro de esta divinización de la máquina --basada en nuestra fe fetichista en el objeto y en lo objetivo-- es fundamentalmente una pérdida de fe en nuestro propio potencial humano, un desplazamiento de lo subjetivo hacia lo objetivo en el cual la conciencia humana crea un límite para sí misma y toda una panoplia de objetos que son sólo su propia fantasmagoría. Al apostar al objeto, a lo externo, a lo físico, abandonamos nuestra propia capacidad de manifestar lo divino como realidad cotidiana. Por usar un parangón tecnológico del potencial humano inherente, así glosa Leon Marvell las ideas de Leibniz en su libro The Physics of Transfigured Light:

Para Leibniz las mentes son almas racionales en virtud del hecho de que no sólo se asemejan a la deidad (son "pequeños dioses") sino que participan en lo divino a través de la presencia de la "luz resplandeciente" interna --una especie de transistor hipercelestial. Una figura contemporánea equivalente bien podría ser que los seres humanos tienen en su interior un aparato de comunicación luciforme que les permite una traducción instantánea entre la inteligencia divina (nous) y la inteligencia terrestre (mens). Mi descripción de este aparato como siendo "luciforme" no es metafórico-- el mismo Leinbiz lo invoca en la noción de un "cuerpo astral [luciforme]" en sus Nuevos ensayos, notando que es una pena que esta noción haya sido rechazada de manera tan poco crítica por sus contemporáneos...

Henri Bergson, en lo que parece haber sido un intento de conciliar la teoría de Darwin con la teología pero que hoy en día puede verse como un antecedente del transhumanismo, escribió que el ser humano tiene "la responsabilidad, entonces, de decidir si sólo quiere vivir, o intentar hacer el esfuerzo extra requerido para cumplir,  incluso en este planeta refractario, la función esencial del universo, que es una máquina para crear dioses" (Las dos fuentes de la moral y de la religión). Esta visión encaja perfectamente con el lenguaje progresista y milenarista del transhumanismo actual, y por lo demás es un reflejo de la visión mecánica del universo que rige aún la física (puesto que la física moderna sigue dominada por la física clásica en tanto que la física cuántica no ha sido asimilada como visión del mundo). Existe, sin embargo, otra visión y es aquella que sugiere que el universo no es una máquina de hacer dioses --cuya punta de lanza sería el ser humano-- sino que es la expresión de una divinidad autosuficiente, perfecta en sí misma, sin ninguna necesidad. Esta visión se articula en un lenguaje distinto; no se habla construir o de evolucionar sino de descubrir y reconocer. El tiempo no se percibe como una carrera o una competencia, sino como una ilusión o un juego. La diferencia es importante porque la primera nos vuelca hacia afuera, en una impetuosa conquista y explotación de la naturaleza y la otra nos hace voltear hacia adentro, a contemplar nuestra naturaleza primordial.

 

Twitter del autor: @alepholo