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'Pozoamargo': una reflexión cinematográfica sobre la culpa que construye el catolicismo

Arte

Por: Lalo Ortega - 03/09/2017

Con 'Pozoamargo' el director mexicano Enrique Rivero nos invita a reconsiderar las condiciones en que se construye la idea de culpa, mirándolas, mejor, a la luz del deseo

Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa… repiten al unísono y en voz baja los habitantes de Pozoamargo mientras se dan golpes de pecho en misa. El protagonista de la película homónima, Jesús, ha llegado a ese remoto pueblo de España empujado por el mismo sentimiento: luego de enterarse de que padece una enfermedad venérea y descubrir que la contagió a su esposa embarazada, la culpa le consume al punto de hacerlo huir de su hogar.

Pozoamargo (Enrique Rivero, 2015) se sirve del lenguaje de los símbolos para señalar, sutil pero contundentemente, la responsabilidad del catolicismo en la construcción social y patológica de la culpa, sobre todo en referencia a la sexualidad y el deseo. Es también, a decir de su director, una exploración de la oscuridad inherente en el ser humano. “Todos tenemos una sombra”, murmura en el tráiler José (Xuaco Carballido), y su tono tiene algo de ominoso, como si descreyera de la expiación o la considerara una búsqueda fútil o innecesaria.

Tras descubrir su enfermedad, y la condena que ésta supone para su esposa e hijo aún sin nacer, el protagonista (interpretado por Jesús Gallego en su debut actoral) se impone su penitencia. La culpa, desde la perspectiva judeocristiana, comienza por el reconocimiento del pecado pero implica también la obligación de pagar esa deuda moral y reparar así el daño provocado. En otras palabras, no hay culpa sin búsqueda de redención. Jesús se retira a la lejana soledad de Pozoamargo para pasar sus días como jornalero. La fotografía de Gris Jordana, impecable en composición e iluminación natural, hace un gran esfuerzo por enfatizar que como el Jesús bíblico, él también ha de vivir su propia tentación en el desierto.

Sin embargo, tomando distancia de dicho episodio de los Evangelios, Rivero parece asegurarnos que el hombre mortal está destinado a sucumbir cuando es tentado. Un símbolo de mal agüero es recurrente en los encuadres de la cinta: el cerdo, animal inmundo en el antiguo imaginario abrahámico, se hace presente en el paso de Jesús por el pueblo, como recordatorio constante de la impureza que debe ser limpiada.

La tentación se manifiesta en el camino de Jesús bajo la forma de Gloria (Natalia de Molina), una joven liberal e irresistible. El encuentro con ella lo hace caer en su infierno personal, es decir, en el fracaso en la búsqueda del ideal cristiano de vida pura y recta.

Donde Cristo tiene éxito, la humanidad parece condenada a fracasar, víctima de su naturaleza siniestra –o quizá sea mejor decir: deseante. Entre la mirada implacable de la cámara y sus tomas largas, un desenvolvimiento parsimonioso y prolongados silencios, Rivero obliga al espectador a convertirse en el testigo de una penitencia que no por dolorosa es más útil para purgar al alma de su deseo. La pregunta, claro, es si eso es necesario o siquiera posible, si se puede arrebatar al alma algo que le es tan propio: desear.

Quizá no se suponga que lo hagamos. Más que someternos al peso de la propia cruz, podríamos encontrar una mejor vida abrazando nuestro propio deseo, lo cual implica también, ineludiblemente, conocer nuestras sombras.

 

Pozoamargo se proyecta en Cine Tonalá como parte del ciclo #MásCineMexicano, iniciativa para impulsar la distribución de producciones nacionales independientes. Puedes consultar las fechas y horarios de su presentación en este enlace.

 

También en Pijama Surf: ¿Qué hace del catolicismo una de las peores religiones de la historia?

 

Twitter del autor: @Lalo_OrtegaRios​

Este podría ser el único registro en video de Marcel Proust, el mayor novelista francés del siglo XX

Arte

Por: PijamaSurf - 03/09/2017

En el video se ve a Proust bajando las escaleras en la boda de su amigo Armand de Guiche

Considerado como uno de los autores más importantes de la literatura universal del siglo XX, Marcel Proust es actualmente un punto de referencia en el campo de la filosofía, la teoría del arte y la literatura. Con su obra maestra À la recherche du temps perdu (1913-1927) se dio voz mediante recursos poéticos y reflexivos a aquel vacío en el que su generación se agobiaba, el de un sentimiento del fracaso y la néantie de la existencia. 

Sus obras se basaron principalmente en los sentimientos complejos (el del amor y los celos, el de la condición existencial y la subjetividad esencial, la impotencia ante el tiempo y la memoria) y en los vínculos afectivos en distintos ámbitos o esferas sociales, como la familia y los amigos, la ciudad y el pueblo, los salones burgueses y los aristocráticos. 

De alguna manera él se encargó de retratar la decadencia de la nobleza francesa de finales del siglo XIX y principios del XX con una puerta hacia la riqueza imaginativa. Sus obras son, en otras palabras, un espejo de esta sociedad que, a lo largo de su transformación, se veía así misma ahogada en la distimia sin esforzarse por salir de ese malestar. 

Con tanta información sobre el autor, la imaginación curiosea sobre cómo era este personaje con tal sensibilidad sociológica. Si bien existen retratos y pocas fotografías, hasta el momento no se sabe cómo se movía, cuál era su aroma o qué sonidos recuerdan su voz. Pero en la última edición de la revista francesa Revue d’études proustiennes, el profesor Jean-Pierre Sirois-Trahan anunció un cortometraje grabado el 14 de noviembre de 1904 cuyo protagonista es Marcel Proust. En el video se ve a Proust bajando las escaleras,  vestido con humildad y casualidad (en gris y no negro, como la etiqueta demandaba en su época), en la boda de su amigo Armand de Guiche.

Te compartimos a continuación el video en el que se refleja, aunque sea con un chispazo, el misterioso pasado: