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4 estados de ánimo que nublan cualquier decisión que tomes

Buena Vida

Por: pijamasurf - 04/02/2017

Tomar una decisión no siempre es tan racional como creemos

Usualmente creemos que tomar una decisión es un acto racional, en el cual no interviene ningún otro factor. Esta, sin embargo, es una idea profundamente falsa, alimentada, entre otras cosas, por el culto que en Occidente se le ha tributado casi desde siempre al raciocinio, expresado también en la supuesta dualidad entre razón y emociones y la superioridad de la primera sobre las segundas.

¿Pero es que somos seres divididos? ¿No estamos en todas las situaciones de nuestra vida con todo lo que somos?

Darse cuenta de esa integridad nos permite comprender también mejor nuestras decisiones. Cuando sabemos que no somos únicamente razón, ni sólo sentimientos, que tenemos también cuerpo, necesidades, impulsos, expectativas, prejuicios y demás expresiones de nuestro ser, entonces podemos llegar a entender por qué decidimos lo que decidimos (y, si es el caso, decidir mejor).

Curiosamente, emprender ese proceso de autoconocimiento es más bien sencillo. En buena medida basta con no decidir impulsivamente y, en cambio, hacer una breve pausa para reflexionar sobre las circunstancias en que estamos tomando esa decisión y, nuevamente, en términos muy sencillos, preguntarnos: ¿qué ocurre con nosotros mismos cuando estamos a punto de decidir algo?

A continuación presentamos cuatro estados de ánimo comunes que tanto por su recurrencia en la vida cotidiana como por el efecto que pueden provocar en tus decisiones es mejor tomar en cuenta, considerar como parte de lo que eres y, si es el caso, entenderlos para decidir lo mejor para tu vida.

 

¿Tienes hambre?

La baja de glucosa por falta de alimento es uno de los factores fisiológicos más elementales de nuestro cuerpo que mayor influencia tiene en nuestra capacidad de decidir. Aunque parezca exageración, muchas personas se “transforman” cuando no han comido, es decir, se hacen más irritables, se molestan, se desesperan, etc. Si es tu caso, ¿no crees que deberías evitar tomar decisiones en ese estado?

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¿Estás enojado/a?

En distintas cosmovisiones, mitologías y tradiciones espirituales, la ira se ha representado como una fuerza capaz de trastornar a la persona de quien se apodera. Puede ser un monstruo, un espíritu, una potencia externa o algún otro tipo de entidad: en todos los casos, se trata de algo aparentemente ajeno al sujeto que “lo saca de sí” y lo vuelve otro (como el Dr. Jekyll y Mr. Hyde, por ejemplo). Puedes tomar decisiones en este estado (y, de hecho, mucha gente lo hace), ¿pero son las más convenientes, las más justas, las más sensatas?

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¿Te sientes solo/a?

La sensación de soledad, paradójicamente tan común en esta época de “conectividad”, puede conducirte a una zona de decisiones si no equivocadas, al menos poco provechosas para tu bienestar personal. Muchas personas viven ahora la soledad como una condena, un estigma, una señal de que algo “está mal” consigo mismos; en pocas palabras, viven la soledad con sufrimiento. En esas condiciones, en un momento en que esa soledad se siente especialmente dolorosa, hay quien toma decisiones impulsivas, animadas únicamente por la exigencia tan contemporánea de no estar solo. ¿Y si, por un momento, te detuvieras a pensar que no sólo no es “malo” estar solo, sino que incluso es necesario para tu propio crecimiento?

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¿Estás cansado/a?

La fatiga es uno de los estados más comunes de nuestra época. Por doquier podemos encontrar a personas que están viviendo siempre cansadas, a todas horas, que viven con apenas el mínimo de energía necesaria para cumplir sus obligaciones de todos los días. En el caso de la decisión, sin embargo, es posible que esta fatiga se exprese en un nivel mucho más existencial: ¿ese cansancio constante está llegando hasta el punto de evitarnos tomar el control de nuestra vida? ¿Estamos tan cansados que, sin recelo de ningún tipo, permitimos que alguien más decida por nosotros el curso de nuestra propia existencia?

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Buena Vida

Por: pijamasurf - 04/02/2017

Para Tolstói, una vida de virtud y sobriedad implica, necesariamente, tomar ciertas decisiones

Entre las decisiones de vida de León Tolstói, sin duda una de las más interesantes es aquella que le llevó a renunciar a los privilegios de su clase. Quizá no muchos sepan que Tolstói era miembro de la nobleza rusa y que por mucho tiempo ostentó el título de conde, el cual heredó de su padre. Con todo, aparentemente harto de la frivolidad de la aristocracia, dio la espalda a su posición y sus riquezas y abrazó una vida mucho más sencilla, pero llena de sentido; él, que atestiguó los horrores de la guerra y escribió sobre ellos, suscribió una ideología pacifista e incluso argumentó a favor de cierto anarquismo civilizado, en donde el individuo derruyera la enajenación que genera el Estado a favor tanto de su propia persona como del trabajo colectivo con sus coetáneos (abundamos sobre dichas ideas en esta nota).

En su obra también es posible encontrar efectos de este cambio de vida, por ejemplo, un libro dedicado a comentar los Evangelios (el cual, anecdóticamente, Ludwig Wittgenstein leyó con interés cuando fue voluntario en la primera guerra mundial), además de otros escritos en torno a ideas filosóficas, espirituales e incluso teológicas orientadas a liberar al ser humano de la obediencia, los vicios y otros males que nos impiden desarrollar nuestro potencial, individual y colectivamente.

Como parte de esa forma de vivir (o, mejor dicho, de la congruencia natural que surge cuando una persona toma conciencia de su vida), Tolstói adoptó también una dieta libre de carne, una decisión lógica una vez que optó por combatir toda forma de violencia.

Como sabemos, salvo por los tiempos primitivos o en las épocas remotas de espiritualidad profunda, la historia del consumo de carne ha estado asociada casi siempre con distintos grados de sufrimiento hacia los animales, en prácticamente todas las etapas de su producción.

En “El primer paso”, un ensayo de 1891, Tolstói escribió:

Si alguien busca real y seriamente vivir una buena vida, lo primero de lo cual tendría que abstenerse por siempre es de consumir carne, porque, sin mencionar toda la excitación de pasiones que provoca ese tipo de alimento, su consumo es simplemente inmoral, en la medida en que involucra la realización de un acto que va en contra de todo sentido moral: matar.

No se puede fingir ignorancia, porque no somos avestruces; no podemos creer que, si no miramos, no sucederá lo que no queremos ver. Más imposible aún es no querer ver lo que comemos.

Personas jóvenes, amables, intachables –especialmente mujeres y niñas, sin saber cómo esto se sigue lógicamente, sienten que la virtud es incompatible con los filetes de ternera y, tan pronto como desean ser buenas, abandonan el consumo de carne.

Como podemos ver, Tolstói enmarca esa elección de dieta en una forma de vida mucho más amplia que, brevemente, podemos caracterizar por su orientación hacia la virtud, una “vida moral”, según dice en esa misma sección de su ensayo. Él mismo, por otro lado, acepta que no es necesario dejar de comer carne para ser buenos, pero al mismo tiempo sugiere que una vez que se toma conciencia de ciertos aspectos de la existencia, la coherencia misma de este “despertar” conduce a modificar la manera en que vivimos, en pequeñas acciones quizá, y en otras de mayor trascendencia, pero en cualquier caso guiadas por esa voluntad moral del bien vivir. Nos dice Tolstói:

¿Qué quiero probar? ¿Acaso que los hombres, para ser buenos, deben cesar de comer carne? No.

Quiero solamente demostrar que, para conseguir llevar una vida moral, es indispensable adquirir progresivamente las cualidades necesarias, y que de todas las virtudes, la que primero hay que conquistar es la sobriedad, la voluntad de dominar las pasiones. Tendiendo hacia la abstinencia, el hombre seguirá, necesariamente, cierto orden bien definido, y en el tal orden, la primera virtud será la sobriedad en la alimentación, el ayuno relativo.

Para cerrar esta nota quisiéramos decir que cada persona es libre de hacer lo que le plazca con los alimentos que consume; sin embargo, eso no es cierto. La libertad no es algo que se nos da en el mundo, que tenemos de facto, sino más bien algo que se construye personalmente, en función de las propias circunstancias. ¿Te has preguntado cuántos de tus hábitos alimenticios están determinados por los intereses de una empresa, por ejemplo? ¿De dónde nos viene la idea de que el desayuno es la comida más importante del día o que el cuerpo humano necesita comer carne para mantenerse saludable? No es sencillo hablar de libertad cuando hay tantos factores inmiscuidos en un “simple” hábito alimenticio.

Más allá del vegetarianismo, el argumento de Tolstói también puede tomarse como una invitación a reflexionar sobre el curso de nuestra existencia, si está orientado a lo que de verdad queremos para nuestra vida.

 

En este enlace, una versión en PDF de “El primer paso”, el ensayo de Tolstói.

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