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5 hechos que muestran que los dispositivos afectan negativamente la salud de tus hijos

Salud

Por: Pijama Surf - 04/30/2017

Más que ser una distracción, estos aparatos desincentivan la curiosidad, el asombro por el mundo y los lazos afectivos, y todo ello deprime a los niños

Respecto de la tecnología (como en casi todo), siempre accedemos tanto sus a bondades como a sus efectos nocivos. En cuanto al uso de dispositivos como los teléfonos inteligentes o las tabletas, sus aportes positivos son innegables, aunque paradójicamente también nos han alejado más que nunca unos de otros.

En relación con el mundo infantil se han propagado numerosas críticas sobre el embelesamiento que estos aparatos les causan a los niños, sobre cómo dejan de lado el universo de la imaginación y cómo pierden la capacidad de admiración, quizá el regalo más hermoso de la niñez. Ello sin mencionar los efectos nocivos sobre su capacidad para relacionarse con otros, al estar ensimismados con el mundo digital.

Pero, más allá de las creencias y la ideología, ¿qué es lo que dice la ciencia al respecto? Presentamos algunos datos que comprueban por qué el uso de dispositivos es dañino para el desarrollo de los niños (como en todo, cuando se abusa de ello):

 

Promueven la ansiedad social

Cuando nos encontramos frente al otro, seamos o no introvertidos, tenemos que hallar la manera de afrontar el momento y generar un intercambio; ello promueve tanto lazos afectivos como herramientas de autoconocimiento e identidad. Sin embargo (y también pasa con los adultos) los dispositivos son el mejor pretexto para evadir o evitar la interacción con otros. El uso exacerbado de estos aparatos, sí o sí, desinhibirá las habilidades sociales de un niño, advierte la psicóloga Kate Roberts:

Sus conexiones neuronales cambian y muchas otras son creadas. Cuando carecen de relaciones personales profundas ello afecta la concentración, la autoestima. (…) Pierden empatía. Hemos visto niños que no desarrollan las habilidades de solidaridad y empáticas que necesitan.


Los vuelven más perezosos y apáticos

Cuando los niños están sobreexpuestos a los dispositivos, experimentan sistemáticos sobreestímulos de exitación. Lo anterior afecta su nivel de atención: se vuelven más irritables e insatisfechos, lo que menoscaba su salud emocional, resultando en ansiedad, e incluso depresión. También, como encuentran aburrido el exterior, se convierten en personas altamente sedentarias que rehúsan las actividades físicas.

 

Su primera adicción

Cuando un niño utiliza un dispositivo su cerebro libera dopamina, la misma hormona de satisfacción que libera una persona cuando ingiere cocaína. Los niños se vuelven adictos a esta sensación, que no encuentran con los estímulos cotidianos.

 

Desequilibran su sueño

El uso de dispositivos, sobre todo antes de dormir, reduce la presencia de melatonina, misma que resulta esencial para conciliar el sueño. Esto es considerado un desestabilizador del reloj biológico, más aún en niños.

 

Reducen sus habilidades cognitivas

Aunque un niño usando un dispositivo parece conectado, en realidad está comprobado que ello los distrae permanentemente del mundo: pierden interés en lo que ocurre a su alrededor; también se retrae su curiosidad, el primordial motor de la ciencia o las artes, y la utilización de dispositivos les arrebata la capacidad de atención, imprescindible para el aprendizaje.

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Por: pijamasurf - 04/30/2017

El cuerpo siempre está aquí y ahora, por eso siempre es el canal por donde transcurre nuestra verdadera intención

En ocasiones anteriores hemos hablado en Pijama Surf del lenguaje corporal, esa especie de discurso más allá de nuestras palabras en el que también se transmite algo, a veces incluso con mayor veracidad que aquello que decimos.

Quizá por esto mismo, el lenguaje corporal es también un tema de gran atracción, pues pareciera que muchos de nosotros estamos dominados por el deseo de saber algo más de la persona con quien hablamos, como si quisiéramos aprender a leer ese subtexto que solemos atribuir a la actitud del otro –como en esta escena de Annie Hall:

Más allá de las intenciones de quien habla o de quien escucha, es un hecho que nuestro cuerpo también habla y dice. En Occidente existe cierta tendencia a relegar el cuerpo, a marginarlo y situarlo por debajo de otras cualidades como la razón o el pensamiento, sin darnos cuenta de que ello es imposible, en la medida en que el cuerpo siempre está aquí.

A continuación compartimos seis claves más o menos inequívocas para interpretar el lenguaje personal, gestos en los que nuestro cuerpo toma parte para dar realidad a lo que de verdad somos, pensamos y queremos.

 

1. Las manos

Las manos suelen ser, después de la mirada, uno de los principales canales de transmisión de nuestros pensamientos, nuestra postura frente a cierto tema y nuestro estado de ánimo –más allá de lo que podamos decir con nuestras palabras. Más allá de ciertos gestos habituales (hay quien, por ejemplo, acompaña una exposición intelectual con muchísimos ademanes), el movimiento exagerado de manos suele ser indicador de una excitación extraordinaria, la cual puede tener distintas causas: estrés, sensación de acorralamiento, deseo de disimular lo que se está diciendo, pero también entusiasmo o expectativa.

 

2. Gestos parásitos

Tocarse las orejas, afilarse la nariz o pasarse la mano por el cabello se consideran gestos “parásitos”, nombre que se refiere al hecho de que, en general, no contribuyen al discurso sino que más bien lo minan, o distraen. De hecho, expertos en lenguaje corporal sostienen que dichos gestos parásitos son indicador de algo muy específico: la mentira.

 

3. Mimetismo corporal

Hasta cierto punto es más o menos natural que adoptemos los gestos de las personas con quienes convivimos a menudo (familiares, amigos, pareja, etc.), lo cual puede tomarse como expresión del gregarismo y el deseo de pertenencia propio del ser humano (lo que se explica incluso a nivel neuronal). Sin embargo, en el caso de los individuos que llevan este mimetismo a niveles exagerados e imitan el lenguaje corporal de prácticamente toda persona con quien se cruzan, esto usualmente habla de una falta de confianza y también cierta necesidad de ser aceptado, a toda costa, por el interlocutor.

 

4. La sonrisa de Duchenne

Hace tiempo reseñamos en Pijama Surf los tétricos experimentos de Guillaume Duchenne, médico y psiquiatra francés que en el siglo XIX se afanó en entender el efecto de la electricidad en el cuerpo humano, así como en la generación y manipulación de las emociones. A esas investigaciones se remonta el concepto de “sonrisa de Duchenne”, la cual se caracteriza porque a los músculos cercanos la boca que se mueven al sonreír, se suman los músculos orbiculares de los ojos, cuya contracción resulta en las características arrugas que se forman cuando sonreímos o reímos de buen grado. Una sonrisa falsa se distingue de una sincera por esta combinación de gestos y por eso ha llegado a decirse que uno ríe también con los ojos.

 

5. La posición de cerrazón

Cruzar los brazos sobre el pecho es un gesto bien conocido de protección. Simbólicamente, con este ademán se impone una barrera entre la persona que lo hace y aquella o aquellas con quienes habla o se encuentra, quizá por debilidad, inseguridad y también por una intención inconsciente de parecer más fuerte o firme de lo que se es.

Cabe acotar, sin embargo, que como en esta foto de William Faulkner, ese mismo gesto puede ser también de tranquilidad o conformidad (“los brazos cruzados pero no como en la iglesia, como tras el almuerzo”, según dice Pierre Michon en el ejercicio de écfrasis que hace sobre esta misma imagen).

 

6. La nariz

Los especialistas en lenguaje corporal realizan este experimento: se le pide a una persona que, sin que nadie la vea, tome un objeto pequeño en una de sus manos, cierre el puño y, de este modo, lo esconda para los demás; acto seguido, se le pide que extienda las manos. Inconscientemente, los individuos que realizan esta prueba tienden a girar ligeramente el rostro hacia la mano donde guardan el objeto. En este sentido, si deseas saber dónde esconde alguien algo que no quiere que encuentres, pregúntale dónde está y sigue la dirección de su nariz para saberlo.

 

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Con información de lefigaro.fr