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La noción de creatividad ha ganado valor en los últimos años, pero quizá sería también importante reconducirla hacia la existencia propia

En años recientes, la noción de creatividad ha conocido un auge del que carecía en el pasado. Así como en otras épocas se habló de talento o de genio creador (entre otras categorías afines), en la nuestra la creatividad se ha erigido como el concepto por el que se explica, así sea parcialmente, esa rara cualidad que desde tiempos remotos ha asombrado al hombre: la capacidad de crear aparentemente de la nada, romper la continuidad de la cultura para irrumpir con una creación propia, asombrosa, imprevisible. La conocida poiesis de los griegos (de donde deriva, entre otros vocablos, la palabra poesía) apunta a eso: al impulso de creación que nace en el ser humano, inexplicable y sin embargo también inaplazable, un deseo de hacer algo con los recursos con los que cuenta y presentarlo ante el mundo. En el diálogo platónico El banquete, Diotima atribuye esta necesidad al afán de trascendencia y la búsqueda de eternidad a la que naturalmente tiende el alma humana. Y quizá, después de todo este tiempo, esa hipótesis aún puede sonar vigente: quien crea está realizando una obra que, de una u otra manera, perdurará aunque sea un poco más que la efímera vida humana.

Con la idea contemporánea de creatividad, sin embargo, ha ocurrido un movimiento que en buena medida ha restado ese afán metafísico que aún poseía la noción de genio y quizá incluso la de talento. Ahora, a la creatividad se le trata como un bien inmaterial, menos como una habilidad o un rasgo de personalidad y más como una especie de recurso valioso y redituable.

Desde distintos frentes se nos insta a cultivar nuestra creatividad, se nos venden métodos para “detonarla”, música que despierta las zonas creativas de nuestro cerebro e incluso hay sustancias (legales e ilegales) cuyo consumo implica la promesa del potenciamiento creativo.

A la creatividad, como se ve, se le busca explotar, sobre todo en el sentido capitalista de esta palabra, como ciertas embotelladoras explotan los mantos acuíferos de una región y cualquier empresa el tiempo de las personas. En ese caso, la creatividad parece estar volcada de lleno hacia alguien más, un agente externo que busca beneficiarse de ella y a cuyo servicio la ponemos. Resulta coherente, entonces, que ese tipo de creatividad se cultive y se mejore, pues eventualmente alguien más terminará por cosecharla.

¿Es posible hablar de otro género de creatividad? ¿Es posible, ahora, recuperar esa hipótesis platónica de que todo ser humano tiene algo en su interior que lo lleva a ser más de lo que ya es, que lo impulsa a crear y, con ello, ir más allá de sí mismo?

Aunque podrían encontrarse razones para dudarlo, lo cierto es que la respuesta a esa pregunta es afirmativa. En la esencia del ser humano ha permanecido, invariable, una voluntad que le hace querer y querer más, querer otras cosas, que lo lleva a transformar su mundo e incluso crearse el propio.

Y es posible que ese sea el verdadero reto de la creatividad o, dicho de otro modo, la prueba donde se templa la creatividad auténtica: en la existencia propia.

Llega el momento en que el ser humano se enfrenta a la disyuntiva de continuar viviendo como le dijeron que debía vivir, como aprendió a vivir, como creyó que era la vida o, por otro lado, comenzar a vivir en sus propios términos, acorde a lo que busca y quiere de la vida, bajo sus propias reglas.

Y vaya que se necesita creatividad para arrebatarle al mundo lo que uno tanto desea.

 

Del mismo autor en Pijama Surf: Según Platón, con cada cambio en nuestra vida experimentamos un poco de inmortalidad

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

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El fascinante significado de la palabra japonesa 'kokoro' (o la unidad de cuerpo, mente y espíritu)

AlterCultura

Por: pijamasurf - 04/19/2017

La palabra 'kokoro' muestra un entendimiento integral del ser humano, más cercano al misticismo que al cientificismo

En chino, la palabra xin significa tanto corazón como mente y en la medicina tradicional china se dice que el corazón es el verdadero emperador o regente de un ser humano. Este entendimiento nos sirve para movernos más allá de la concepción cerebrocéntrica o psicocéntrica que caracteriza a Occidente. Esta noción de que la mente o alma está en el cerebro es algo relativamente nuevo; los griegos se preguntaron por el hegemonikón del organismo y muchos lo situaron en el corazón, no en el cerebro.  

Quizás más notable todavía en ese sentido es el entendimiento que muestra el término japonés kokoro. En japonés existe la palabra shinzou para el corazón como órgano físico, ha-tao, que es un anglicismo que connota el corazón-amor y kokoro, concepto que unifica la mente, el espíritu y el corazón. Según Sakiko Yoshikawa, de la Universidad de Kioto: "Cuando decimos 'ella tiene buen kokoro', significa corazón, espíritu, alma y mente juntos". Un término todoabarcador si los hay. El pensamiento occidental se ha basado en el análisis y el aislamiento de diferentes aspectos para definirlos por sus diferencias. Es un pensamiento granular, discreto, digital. En Oriente existe una forma de pensamiento que tiende más a la integración, a lo analógico. Ambas formas tienen cabida y permiten relacionarnos de manera distinta con la realidad.

"¿Son acaso los conceptos occidentales de mente, corazón, espíritu, voluntad, conciencia, alma... las mejores formas de describir la experiencia humana?", dice el profesor Paul Swanson de la Universidad Nanzan de Japón; "O ¿un concepto más amplio e inclusivo nos es útil para entender cómo sentimos y pensamos los humanos?". En este sentido parece que los términos que distinguen diferentes aspectos de los procesos cognitivos, relacionales, soteriológicos y ónticos, añaden riqueza a la diferencia y la particularidad de la experiencia; sin embargo, un término que sea capaz de abarcar estos aspectos, borrar sus fronteras y eliminar diferencias a veces arbitrarias también puede ser útil para formar una perspectiva más integral, lo cual es en sí mismo una forma de percepción.  

El hecho de que el pensamiento científico-materialista sea el dominante en Occidente no significa que no haya una importante tradición que podemos llamar del corazón, de una percepción no constreñida a lo meramente racional. Numerosos místicos han exaltado la inteligencia del corazón y la intuición como un modo de conocimiento que permite acceder a realidades más sutiles. Es en este sentido que parece util reflexionar sobre el término kokoro y, tomando de la tradición contemplativa, saborear y dejar que surjan una serie de tonos resonantes a partir del entendimiento de la unidad de mente, cuerpo, espíritu.

Curiosamente, en Japón se está llevando a cabo una reflexión sobre el kokoro como aquello que diferencia a los humanos de las computadoras. Diversas compañías de innovación tecnológica están buscando incorporar personas con altos coeficientes de kokoro (lo cual es una cierta intuición, impredecibilidad, apertura, etc.) e imbuir esto a sus diseños, particularmente en la generación de robots e inteligencia artificial. No estamos seguros de si esto es una buena idea, ya que tiende a mercantilizar el kokoro y cooptarlo dentro de los valores (o falta de valores) que caracterizan al capitalismo.

 

Con información de Quartz