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Los lagos subterráneos en su mirada cristalina: Reflexión de la cinta ‘La morgue’ (André Øvredal, 2016)

Arte

Por: Psicanzuelo - 05/18/2017

Lo que se presenta como un cadáver de una chica en una morgue pudiera más bien ser la venganza del espíritu femenino en su más profunda esencia, en una cinta de horror gótico, de tintes industriales contemporáneos, que nos remiten a los más grotescos temores ancestrales

Es sabido que en la mayoría de casos, los mejores talentos cinematográficos se van a Hollywood, por obvias razones: más dinero, más industria, más fama, en fin, el sueño americano en su versión fílmica. Sobre todo directores, fotógrafos, en fin, puestos creativos en el equipo de filmación; son pocas las excepciones que siguen trabajando en su lugar de origen sabiendo lo que le sucede a la mayoría al aceptar la grandilocuencia: menos control creativo, y tener que apelar a todas las sensibilidades de la población para hacer negocio, dejando de ser auténticos en el camino. El caso del director noruego André Øvredal es curioso, no sólo ha debutado excepcionalmente en Hollywood, sino que su primer película americana es muy superior a la cinta que lo llevo allá. Trollhunter (2010) era una simpática cinta bien articulada de material encontrado, rodada en cámara en mano simulando material amateur, vertiginosa narración basada en puntos de vista; pero que explotaba las leyendas clásicas noruegas, en esos bosques misteriosos que hacen soñar despierto, pero nada más.

Media década después, Øvredal hace una película de horror puro, una invocación que ocurre enteramente en un sótano de dimensiones feministas, una obra excepcional. Lo primero que llama la atención es el reparto principal, padre e hijo con resonancias arquetípicas dentro del mundo del celuloide; el hijo Austin es interpretado por Emile Hirsch, aquel joven magníficamente dirigido por Sean Penn en la ya clásica Hacia rutas salvajes (Into the Wild, 2007), que se volvió un icono para su generación como joven (hijo) rebelde. El padre, Tommy, es interpretado por el gran actor Brian Cox (Zodiac, Match Point, Troya, El ladrón de orquídeas, L.I.E.), que es una presencia de padre en pantalla con cierta parte disfuncional que se ajusta perfectamente a la trama de La morgue, entrando al inconsciente del espectador desde que aparece en pantalla.

Lo siguiente que llama la atención es la manera como los efectos especiales físicos logran irnos involucrando con la trama de manera visceral; todo ocurre en una morgue privada, involucrando muertos y autopsias, bombardeando los nervios del espectador con macroinsertos de partes internas expuestas del cuerpo humano, extremadamente bien fotografiadas y con un sonido apabullante que acompaña a las imágenes dotándolas de vida.

Un cuerpo (Olwen Kelly) de una joven llega a la morgue familiar en condiciones misteriosas, descubierto junto a una matanza pero sin ser parte de ella, porque ya estaba ahí quién sabe desde cuándo. Aquí es donde es relevante el nombre de la película en inglés, La autopsia de Jane Doe, que quiere decir el nombre médico de un cadáver desconocido. Es un cadáver que arroja físicamente cierto misterio, brilla por decirlo de algún modo, aprovechando una gran actuación del cadáver que nunca deja de mirar al más allá, con sus dos dientes ligeramente separados de manera infantil naturalmente. Hay cadáveres en el pasado de los personajes, y del futuro, cuerpos-presencias-fantasmas femeninos (esposa y novia respectivamente del padre y del hijo, en un espíritu santo). La figura femenina juega un papel de sacerdotisa para una iniciación masculina, la mujer como elemento aparte, intocable como el cielo mismo, siempre resultando desconocida más allá de su rol de novia y esposa para el hombre, a través de los dos personajes.

Se van desatando conforme va avanzando la noche una serie de acontecimientos extraordinarios en el más puro sentido del escritor Edgar Allan Poe, suscitándose en los pasillos oscuros de la antigua casa que ha sido una morgue por décadas en un negocio familiar. Lo interesante también es el terror espiritual que se desprende de un cadáver, porque lo espiritual no tendría por qué ser únicamente bueno ¿o sí?, únicamente es opuesto a lo material, de capacidades fuera de este mundo, o que influyen en él sin ser parte suya.

El género cinematográfico antecediendo la emoción de los distintos momentos que van juntándose, en lo que pareciera un melodrama que más bien es una pieza, de profundas tesituras pero que en gran parte queda enterrada su parte emocional; que si existe (sabemos el pasado emocional de los personajes y cómo los hace ser como son), pero que no permea finalmente en la trama, puntos de partida para generar la emoción en un gore elegante. La esposa murió y el padre se cree responsable, quizás lo sea, y la novia tendría que vivir la misma suerte. Películas similares dentro del género han podido reflexionar sobre la figura femenina más allá de lo que provoca a un hombre, o mejor dicho resonando encerradas dentro de las estructuras masculinas que componen las paredes de nuestra sociedad: pensemos en La bruja (Robert Eggers, 2016) o en El Babadook (Jennifer Kent, 2105). Pero en La morgue, la mujer brilla por su ausencia, y vaya que brilla, sobre todo en medio de una estrepitante tormenta nocturna.

 

Twitter del autor: @psicanzuelo

Un poemario de Karla Hill que explora la experiencia poética de la realidad

Nuestra relación con la realidad tiene su origen en un fenómeno misterioso, casi desentrañable: la percepción y aprehensión de los hechos que se presentan por doble partida antes nuestra sensación y nuestro entendimiento. Percibimos la realidad, pero no mansamente. En todo momento, hay algo más que nos la devuelve pero ya no como realidad, sino como idea de realidad, pensamiento, imagen, representación. Miramos el mundo y aunque el mundo es, para nosotros es siempre un mundo nuevo, un mundo desconocido en alguna de sus múltiples, incontables aristas, un mundo en cierto sentido único.

Apenas rompemos la membrana de la idea de realidad en la que todos convenimos a diario, descubrimos una selva indómita de significados aún salvajes, un jardín exótico donde las palabras se revuelven y se confunden, cambian sus ropas y se presentan con un aspecto distinto al que solíamos atribuirles; descubrimos que detrás de la idea de realidad –sólida pero frágil– con la que vivimos cotidianamente, existe otro mundo paralelo, el de nuestra percepción y nuestros pensamientos, en donde la realidad se recrea una y otra vez pero a nuestra manera –incluso sin que nos demos cuenta de ello.

Desluz, de Karla Hill (Editorial Xolo, 2016), es un poemario que rehace el camino que va no de la realidad a la percepción sino lo opuesto: aquel por el cual el mundo puede experimentarse como un loci poético. En los 33 poemas que lo componen –una cifra, dicho al margen, significativa– se despliega esta hipótesis secreta, tácita, que da su tono particular a la voz poética, pero sobre todo que se insinúa como el sustento fundamental de la experiencia de realidad que ahí se transmite.

¿Qué hace falta para percibir poéticamente la realidad? Si atendemos al trabajo de Karla Hill, podríamos comenzar por decir que la realidad se descubre poética cuando el yo y el mundo entablan una relación que va de la intimidad a la distancia, de la fascinación y el enamoramiento al desencanto y el rechazo. Una flor, una taza de café, la lluvia, el mar, la soledad, el silencio o cualquier otra de las muchas entidades que pueblan el mundo nos pueden ser funcionales o indiferentes, podemos sentirlas y al instante siguiente dejarlas pasar, pero también podemos extrañarnos de su presencia, embriagarnos con su representación, mirarlas por una vez atentamente, sorprendernos por su simplicidad, sentir el dolor que dejaron en nuestra memoria: hurgar una vez más en la impresión que dejó cierta experiencia del mundo.

Los poemas de Desluz son, en este sentido, una exploración de ese vínculo poético con la realidad, de los muchos matices y senderos que se miran y se recorren una vez que se ha descubierto la posibilidad de experimentarla poéticamente.

 

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Veo niños que persiguen pelotas,
nubes blancas sobre nubes grises,
un jardinero podando el pasto,
–indiferente–
gatos cautelosos esperando
una oportunidad,
–no sé para qué–,
perros que saltan y obedecen un chiflido,
insectos de la misma especie dando vueltas
sobre un árbol,
pasto húmedo y corto,
pasto largo y seco
pájaros que vuelan alto y no saben lo que
pasa abajo,
palomas que sacuden la cabeza y zurean
melancólicas
porque no saben qué hacen ahí,
ardillas que corren y se pelean por un
cacahuate,
peatones con paraguas abiertos,
–preparados para la tormenta–,
gente que se saluda,
gente que camina mirando el suelo, o sus
propios pies,
–como preguntándose a dónde van–,
postes de luz apagados,
–inútiles–,
gente que se sonríe,
hombres que no saben qué decir,
latas de refresco vacías,
letreros que prenden y apagan,
gente que se persigna,
muchachos que fuman,
fachadas de casas tristes,
ojos de distintos colores,
de distintas miradas,
huellas en la tierra,
escobas cansadas de barrer
siempre el mismo polvo.

Desluz
Karla Hill
Editorial Xolo, mayo de 2016
Ilustraciones de Tábata Bandin