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Muy poco se sabe de la vida de Giambattista Tiepolo, pero a luz de la dedicación con que realizó su obra es posible reflexionar sobre el significado que damos actualmente al trabajo

Es posible que para muchos de nosotros el nombre de Giambattista Tiepolo sea desconocido. A diferencia de otros pintores, Tiepolo no pasó a la historia como uno de esos artistas geniales cuya obra se reproduce en tazas y calendarios, o que forma parte de ese catálogo más o menos heterogéneo y amateur de referencias varias que llamamos cultura general. Sobre Tiepolo, además, no flota tampoco el aura de la vida extraordinaria propia del artista; la suya, por el contrario, parece que ocurrió sin sobresaltos, en una suerte de tránsito sencillo o natural entre su taller en Venecia y los palacios adonde lo llamaron para trabajar.

Podría decirse que esto no es importante, pero lo cierto es que en una época como la nuestra, existe cierta tendencia a poner más atención en la vida que en la obra de una persona. De hecho, con cierto ánimo alarmista, quizá incluso podríamos considerar como una hipótesis que ahora ni siquiera hay interés por realizar obra, al menos no como sucedía hasta hace unas décadas y, por supuesto, en otros siglos. La idea de una empresa creativa como En busca del tiempo perdido (escrito en poco más de 50 años), los frescos de la Capilla Sixtina o la 9ª Sinfonía (que a Beethoven le tomó 7 años componer), tiene algo de inadmisible para nosotros que vivimos tan instalados en la tiranía de lo instantáneo y la sed incesante de la recompensa inmediata, distraídos continuamente, adictos a los estímulos que el exterior nos ofrece, como dulces a un niño. Trabajamos, pero únicamente bajo la lógica que se nos ha impuesto, y muy pocos se han atrevido a romper esa regla del tiempo para crear la suya, en donde, por ejemplo, pueda ser posible dedicar años y años a un proyecto sin sentir la necesidad apremiante de obtener una ganancia inmediata.

En este sentido, la figura de Tiepolo ofrece al menos una lección sumamente atractiva y conmovedora con respecto a la relación entre trabajo y vida. Si seguimos la lectura que Roberto Calasso hace en su libro alusivo al pintor, El rosa Tiepolo, nos encontraremos con un hombre que, como hemos dicho, carece del menor asomo de incidente biográfico, como si toda su vida hubiera transcurrido sin ningún otro interés más allá de la pintura.

¿Pero por qué esto puede ser extraño? Quizá porque, a la luz de nuestros hábitos contemporáneos, no podemos creer que algo pueda hacerse sencilla y exclusivamente. En nuestro trabajo, apenas llegamos y buscamos de inmediato otra cosa qué hacer: escuchar música, hablar con un amigo por mensajería instantánea, tener abierto el feed de nuestras redes sociales… Hacemos lo que debemos, sin duda, pero no totalmente entregados a ello, sino a medias, con nuestra atención dividida, con nuestros recursos fragmentados. ¿Qué sería de nuestro trabajo si tuviéramos la disciplina de estar plenamente enfocados en su realización?

Se dirá, casi como reacción inmediata, que si estamos distraídos en nuestro trabajo, o en busca constante de un estímulo paralelo a las labores cotidianas, es porque éste no nos gusta o no nos entusiasma por completo. Esta, sin embargo, es sólo una respuesta aprendida por una generación que se formó en la necesidad aparente de que todo debe ser siempre emocionante y todo debe ser siempre satisfactorio. ¿Por qué no sería posible trabajar y ya?

El ejemplo de Tiepolo, en este sentido, es revelador. Más allá de la libertad de interpretación que permite la inexistencia de datos biográficos, su obra es testimonio de la posibilidad de esa entrega concentrada al trabajo, sin adjetivos de ningún tipo. No el trabajo elegido, ni el trabajo impuesto, ni el trabajo obligado, ni el trabajo soñado. El trabajo y nada más.

Una de las pocas reflexiones que Tiepolo dedicó al arte revela ese pragmatismo que, incluso en una actividad creativa, es posible tener frente al trabajo. Según una nota más bien marginal que Calasso recupera en su libro, a Tiepolo alguna vez se le escuchó decir que “[el] Pintor debe siempre tender a lo Sublime, a lo Heroico, a la Perfección”, pero sólo porque de esa manera su talento se consolidará lo suficiente como para atraer riqueza, fama y, por encima de todo, más trabajo.

Y no es que Tiepolo fuera ajeno a dichas categorías (lo Sublime, lo Heroico y la Perfección), pero si seguimos la lectura que Calasso hace de su obra, podemos colegir que justo porque las entendió a plenitud, comprendió también que si tenían un lugar en su época era el de cualidades aledañas a su trabajo, pero no encima de éste.

Para nosotros que aprendimos a necesitar trabajos “creativos y “desafiantes”, para quienes persiguen la fantasía de que el trabajo debe conllevar la satisfacción de la vida, Tiepolo parece ofrecer una alternativa quizá sencilla pero, por eso mismo, olvidada en nuestro horizonte: la posibilidad de trabajar sin distracciones, sea alguna de éstas nuestro feed de Facebook o la ensoñación peregrina de tener “un trabajo que importe”. 

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

Del mismo autor en Pijama Surf: El tiempo sin tiempo: una reflexión, a la luz de Baudelaire, sobre la eternidad consumista en que vivimos

Un sencillo ritual tántrico para eliminar alergias alimenticias

Buena Vida

Por: pijamasurf - 05/16/2017

Haz una ofrenda a las deidades y transforma tus alergias en sano éxtasis

Millones de personas padecen alergias alimenticias o creen padecerlas. En los últimos años hemos vistos fiebres de histeria en contra de cosas como el gluten, y la mayoría de los alimentos han sido revelados como alérgenos para diferentes condiciones. Si bien esto puede explicarse en alguna medida apelando a sustancias tóxicas en los alimentos procesados y a la disbiosis generalizada por el abuso de antibióticos, cesáreas y demás procedimientos que provocan un desbalance en la microbiota (o en su complejo ecosistema de genes bacteriales: el microbioma), también es indudable que muchas de estas alergias se exacerban de manera mediática y memética, a través de un pánico psicosocial. Sabemos hoy que, por ejemplo, los microorganismos que conforman la microbiota y participan en numerosos procesos vitales, como un órgano difundido por todo el cuerpo, se ven afectados por el estrés. Asimismo, se ha demostrado que el sistema inmune y sus reacciones inflamatorias pueden ser reguladas por la mente. La relación mente-cuerpo se ve fortalecida por el hecho de que la mayoría de la serotonina se produce en el intestino, por lo cual éste ha sido llamado un "segundo cerebro".

Como norma general el tantra se basa en una percepción no dual de la realidad: no existen cosas buenas o malas, o, dicho de otra forma, todo es puro, todo es divino. Si bien en algunos senderos tántricos (como el llamado "sendero de la mano izquierda") se suelen realizar prácticas en las que se ingieren sustancias comúnmente consideradas como inmundas (excremento, pus, carne, sangre, etc.), en la mayoría de los casos el tantra trabaja con el placer, con el gozo como un mecanismo para la liberación de los apegos y la generación de estados de conciencia no duales. El tantra budista vajrayana sostiene que la naturaleza de los fenómenos es la gran dicha (mahasukha), bajo la percepción correcta no hay sufrimiento, todo es el éxtasis insustancial y libre de ego de la deidad. Asimismo, se dice que el gozo facilita purificar la mente y desbloquear obstrucciones; en esto, por supuesto, se tiene el riesgo de generar apego y reificar el gozo. Pero por ello, en los momentos de éxtasis, el practicante libera ese placer de la sustancialidad del yo y lo ofrece a una deidad o él mismo se imagina como esa deidad. El placer no es de uno sino que es del universo mismo en su manifestación divina, totalmente abierta y libre de identificarse con sujetos y objetos. Así el placer emerge como inseparable de la sabiduría y de la vacuidad. La alegría aleja a la alergia. 

La visión tántrica es especialmente útil en el caso de personas que no pueden comer libremente alimentos y que se van orillando y frustrando por no poder participar en la fiesta cotidiana del placer. De manera muy simple, si la comida te cae mal, trasciende el bien y el mal o aplica el antídoto de la visión pura, para que te caiga bien. Esto bajo el fundamento de que es nuestra percepción y nuestra conceptualización de las cosas lo que les da una naturaleza sólida y estable y no su realidad intrínseca, de la cual carecen. Se dice comúnmente que para los seres que existen en planos infernales un río es visto como una corriente de fuego o de veneno, mientras que los dioses perciben el mismo río como un manantial de néctar y ambrosía.

La forma de trascender alergias alimenticias o reacciones inflamatorias habituales a ciertos alimentos que proponemos aquí está basada en la práctica tántrica de hacer ofrendas a los budas o a las deidades. La comida se vuelve una especie de mandala que ofrecemos y en el cual nos inmolamos extáticamente. Advertimos que no debe ser practicada por personas que tengan reacciones adversas graves que puedan comprometer seriamente su salud. El ejercicio está orientado fundamentalmente a aquellos que sospechan que algunas de sus reacciones pueden ser mayormente psicosomáticas. 

La práctica consiste en una vez a la semana (la frecuencia puede aumentar con el tiempo) comer un alimento al que reaccionamos negativamente, pero prepararlo de manera que nos sea delicioso. Hacer de este alimento un festín tántrico, lo cual para los principiantes no significa comerlo en demasiada abundancia (se recomienda una porción estándar) sino sólo asegurarnos de que su sabor nos produzca un éxtasis gustativo, una especie de orgasmo que se difunde en todo el cuerpo. En el caso de los practicantes más avezados, pueden, ellos sí, comerse todo el pastel (¡lo que es sólo luz no engorda!). Puede ayudar realizar la ofrenda en un ambiente estéticamente depurado, quemar inciensos, bañarse, poner cierta música, recitar mantras, darle al alimento un atractivo visual y comerlo con personas que nos producen sensaciones agradables, pero esto no es indispensable, ya que puede ser compensado por la visualización y la concentración unipuntual en el placer. 

Antes de comer el alimento hay que ofrecerlo con una pequeña oración o frase significativa a una deidad, a un buda, a un santo o a quien sea que nos genere la sensación de devoción. Comerlo lentamente para generar lo que se conoce en  la alquimia de la India como rasa, esto es, la amplia paleta de sensaciones y texturas que conduce del éxtasis a la sabiduría. Utilizar las sensaciones como un objeto de meditación, poner atención a la explosión química del placer y visualizar que este alimento es consumido por la figura divina que hemos evocado o visualizarnos como esa figura. Al acabarse el alimento hay que visualizar que la deidad y tú mismo se disuelven en luz en el vacío.