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En su novela 'El idiota', Dostoyevski sugiere que la belleza puede salvar al mundo, pero, ¿qué es la belleza realmente?

A menudo se desestima a la belleza considerándola un lujo o una frivolidad. Algunos incluso sugieren que guiarse por la belleza es un respuesta superficial a la vida. Esto indudablemente nace de no entender qué es la belleza. La belleza no es cosmética, es cósmica. La belleza es esencial para una vida profunda y llena de significado, para una vida que se ocupa del alma de las cosas. La belleza no tiene que ver meramente con un estándar consensual, más o menos idealizado, de lo que es deseable o agradable --no se trata de un canon-- sino con una agudeza de la percepción que alcanza a ver la realidad, tanto en su intensidad directa (que es luminosidad condensada en forma) como en su orden subyacente y su significado  (la naturaleza siempre se está expresando de manera estética y simbólica; como dijo Emerson, "la naturaleza es el símbolo del espíritu"). Es por esto que hay belleza tanto en el placer como en el dolor, en el cielo y en el inframundo (o en el infierno, como supieron Dante, Milton y Blake). Todo esto es bello, como intentaremos elucidar aquí, porque nos acerca a contemplar ya no solamente la belleza de un cuerpo o la forma pura, sino un principio que anima un cuerpo, una idea, un arquetipo, una moral e incluso una verdad que encarna en el mundo como forma. La belleza es la seducción de una energía eterna que se llama a sí misma en un juego de apariencias.

La tradición platónica sugiere que belleza, verdad y bien son palabras intercambiables. De la misma manera que la palabra "bonito" en español significa belleza pero tiene la misma raíz que "bueno", en griego la palabra kallos (de donde vienen palabras como calidoscopio o calistenia) tiene la connotación de "bueno" (la palabra hebrea que se usa en el Génesis, cuando se dice "y Dios vio que era bueno", en referencia a su creación, es tov, que también puede traducirse como "bello"). La estética y la ética estarán siempre ligadas, pero también la belleza tendrá un estrecho parentesco con la sabiduría, como sugiere el poeta Keats: "Belleza es verdad; verdad es belleza. Sólo esto sabrás aquí en la tierra y sólo esto necesitarás saber". En esto, siguiendo a Platón: "la belleza es el esplendor de la verdad".

La frase "la belleza salvará al mundo" aparece en la novela El idiota, de Fiódor Dostoyevski. La frase ha sido citada innumerables veces y sacada de contexto, por lo cual es necesario situar al lector. "El idiota" es una referencia al príncipe Myshkin, personaje principal de la novela, el cual, como el mismo Dostoyevski, sufre de epilepsia. En parte es por esto que se le considera idiota, pero también por su inocencia, incluso su ingenuidad. Una inocencia hasta cierto punto infantil, también en el sentido crístico, de hacerse como los niños para entrar al cielo. El príncipe no ha recibido una educación formal, suele hablar sin pensar lo que va a decir y ve con bondad a todas las personas. Esto en un mundo poco sensible (como el nuestro y el de Dostoyevski) puede confundirse como un signo de idiotez, pero podría ser un signo también de inteligencia, de una inteligencia del corazón. Y Dostoyevski así lo sugiere. Tal vez desde la noción mística de que es la ignorancia, el eliminar el conocimiento conceptual, todo lo pretencioso e inesencial de la inteligencia, lo que realmente acerca a la divinidad, por la vía negativa. Hay una honestidad, una desnudez y una inmediatez en el idiota que lo acercan a la luminosa oscuridad del des-conocimiento, como describe Pseudo Dionisio el estado supremo de comunión mística.

En la novela, el personaje de Hipólito dice: "¿Es cierto, príncipe, que dijiste alguna vez: 'la belleza salvará al mundo?'". El príncipe no responde a esto, pero leyendo la novela sabemos que esto concuerda con el carácter del príncipe. La encarnación de la belleza en la novela, la manzana de la discordia, es Natasha Flippovna, de quien se enamoran el príncipe y su rival  Rogozhin. El príncipe Myshkin dice de Filippovna: "es de una belleza prodigiosa, tiene la cara alegre y ha sufrido horriblemente, ¿no es verdad? Lo están diciendo los ojos". Lo importante aquí es que el príncipe ve en la belleza el sufrimiento y siente el deseo, en la belleza, de salvarla (Flippovna es una mujer atormentada, que fue abusada en la infancia por su tutor). Y señala: "si hubiera bondad en ella todo sería salvado". El sufrimiento sin alcanzar a percibir la belleza difícilmente genera compasión. La historia, sin embargo será trágica. Como el príncipe nota, "Roghozin se casaría con ella, y después de una semana la acuchillaría". Los dos tipos de amores son contrastados, el amor compasivo del príncipe y el amor destructivo y egoísta de Roghozin. En Los hermanos Karamazov, Dostoyevski dice: "Lo espantoso es que la belleza es misteriosa como también terrible. Dios y el diablo están luchando ahí [en la belleza] y el campo de batalla es el corazón del hombre".

Aunque la frase "la belleza salvará al mundo" no debe tomarse directamente como la tesis de Dostoyevski, quien como novelista total expresa la diversidad de la condición humana a través de sus personajes, da voz a todo los aspectos del alma humana. Dicho eso, es indudable que este es un tema que atraviesa su obra y que parece estar cerca de su corazón, ya que es algo que en mayor o menor medida encontramos en varios de los héroes trágicos con los que él mismo parece identificarse. La redención del hombre en un mundo en el que el significado se extravía, donde ya se anticipaba la idea nietzscheana de que "Dios ha muerto"... para Dostoyevski, sin lo divino se pierde el sentido de la existencia y en un mundo profano y decadente, sólo la más profunda afirmación del alma, algo radical y extraordinario, puede vindicar la existencia. "El hombre puede vivir sin ciencia, puede vivir sin pan, pero sin belleza no podría seguir viviendo, porque no habría nada más que hacer en el mundo. Todo el secreto está aquí, toda la historia está aquí", dijo Dostoyevski. La belleza parece decirnos que hay algo que debemos hacer, algo con lo que debemos unirnos, algo que debemos desnudar que es el sentido más profundo de la existencia. Venus (la belleza) seduce a Marte (la acción). ¿Sin belleza para qué actuar? ¿Si el mundo no fuera bello para qué habría que preservarlo y actualizar la creación con nuestros actos? La belleza instaura un dinamismo en la existencia e impide que la evolución se petrifique, insufla una tendencia volátil en la materia que la lleva al espíritu. 

En Los hermanos Karamazov, la experiencia de arrobo estético, una visión cósmica de la bóveda celestial en todo su esplendor (algo que el mismo Dostoyevski solía hacer: mirar las estrellas con ardor místico), hace que Alyosha entre en un estado de éxtasis que lo lleva a abrazar su llamado como un hombre religioso: "Quería perdonar a todos por todo, y pedir perdón, no para él mismo, sino por todos y por todo, 'como los otros me lo piden a mí', así vibraba su alma". Es la experiencia estética profunda la que detona una transformación ética, una confirmación de los principios más nobles del alma humana. La belleza del mundo aparece como el espejo de la bondad y la magnitud del corazón. 

Dostoyevski se describió a sí mismo como un realista, en el sentido de mostrar "las profundidades del alma humana". Es difícil concebir a otro artista para quien el apelativo encaje mejor, otro artista con una mirada tan amplia y penetrante para descubrir el alma como realidad. Él mismo vivió, en su tiempo en prisión y en sus enfermedades, estas experiencias de las profundidades, de la luminosidad del alma humana en la que se transparenta la totalidad de la creación, pero también el propio abismo de la crueldad humana, el gulag existencial: nada humano le fue ajeno. En su discurso de aceptación del Premio Nobel, el escritor ruso Alexander Solzhenitsyn, quien ganó el premio por su estremecedor recuento de los campos de concentración del regimen estalinista, dijo:

La sentencia de Dostoyevski 'la belleza salvará al mundo' no fue una frase descuidada sino una profecía. Después de todo, a él le fue otorgado ver tanto, un hombre de una iluminación fantástica. Y en ese caso, ¿el arte, la literatura realmente pueden ayudar al mundo hoy?

Paul Celan supo que era indispensable escribir poesía después de Auschwitz. El príncipe Myshkin nos da una probada del poder salvífico de la belleza, de cómo la enfermedad se convierte en genialidad que penetra lo intemporal:

Pensaba, entre otras cosas, en que en su estado epiléptico había un grado, casi inmediatamente antes del ataque [...] en que, de pronto, en medio de la tristeza, de la bruma, de la opresión espiritual, parecía a veces inflamársele el cerebro y un estallido extraordinario exaltar al mismo tiempo todas sus energías vitales. La sensación de la vida, la conciencia, casi se duplicaba en aquellos instantes que se prolongaban como relámpagos. Alma, corazón, iluminábanse con desusada luz; todas sus agitaciones, todas sus dudas, toda su inquietud parecían amansarse de pronto, sumirse en una altísima serenidad, henchida de júbilo, y unas ilusiones radiantes y armoniosas, llenas de razón y de razones definitivas... Por lo demás, él no se aferraba a la parte dialéctica de su razonamiento, el estupor, la niebla mental, el idiotismo, eran para él la clara consecuencia de aquellos instantes... ¿qué hacer verdaderamente con la realidad? Porque aquello existía, él podía decirse a sí mismo, en aquel segundo, por una suerte ilimitada, que aquel segundo él lo sentía plenamente, y podía incluso valer por toda su vida [...] en ese momento se me hace comprensible esa frase extraordinaria de que "ya no habrá más tiempo".

[...] "¿Qué importa que sea sólo enfermedad, una tensión anormal del cerebro, si cuando recuerdo y analizo el momento, parece haber sido uno de armonía y belleza en el más alto grado --un instante de la más profunda sensación, sobreabundante de alegría y rapto, devoción extática, vida total?".

La belleza redime el sufrimiento, y el mismo sufrimiento es entendido, en su intensidad libre de identidad, como belleza. Al ver el sufrimiento de la bella Natasha Flippovna, el príncipe participaba en la pasión de Cristo, ese acto de sacrificio que es una obra de arte divina, en la que el sufrimiento del mundo es transmutado en una belleza intemporal, que se vuele disponible en el corazón de todas las cosas. Dostoyevski escribió en uno de sus cuadernos que "el sufrimiento es el origen de la conciencia", una cierta conciencia superior, una conciencia moral, una conciencia que obliga al alma a manifestarse, a crecer por encima de ese sufrimiento, el cual se convierte en la belleza de la sabiduría. Aunque el sentido de la frase que hemos analizado aquí puede interpretarse de otras formas, la interpretación cristiana parece ajustarse al propio espíritu que le imbuyó a su obra Dostoyevski, aunque por supuesto trasciende cualquier exclusividad sectaria. Simone Weil escribió: "En todo lo que despierta en nosotros un sentido auténtico y puro de belleza, ahí se encuentra, en verdad, la presencia de Dios. Hay una especie de encarnación de Dios en el mundo, de la cual la belleza es señal". La frase de Dostoyevski es ampliamente citada entre teólogos cristianos. Joseph Ratzinger hace una glosa de la frase anterior de Weil y de la sentencia del escritor ruso en lo que llama una via pulchritudinis, la belleza como sendero espiritual:

La belleza, ya sea del universo natural o del arte, justamente porque abre y extiende los horizontes de la conciencia humana, apuntando a más allá de nosotros, trayéndonos frente a frente con el abismo del Infinito, puede convertirse en un camino a lo trascendente, al misterio último, a Dios.

[...] La auténtica belleza libera el anhelo del corazón humano, el profundo deseo de conocer, de amar, de ir hacia el Otro, de aspirar a lo trascendente. Si reconocemos que la belleza nos impacta en la intimidad, que nos hiere, que abre nuestros ojos, descubrimos la alegría de ver, de ser capaces de penetrar el significado más profundo de la existencia.

Rumi había dicho "la herida es el lugar por donde entra la luz". Esa luz es la luz de la conciencia, de la gnosis. Lo que despierta la belleza es el deseo de conocer. Sí, la belleza despierta también el deseo de conocer en el sentido bíblico, de disfrutar con el cuerpo, del éxtasis de los sentidos. Pero cuando la belleza actúa en el individuo en toda su expresión, no se detiene solamente en el conocimiento somero, material, en la contemplación de la forma, sino que magnetiza hacia aquello de lo cual el cuerpo es un símbolo --dentro del movimiento de la belleza, de la fulguración de lo fenoménico hay algo que yace inmóvil, el punto de quietud del cual surge la danza del mundo. Es ahí donde conduce: la belleza se convierte en amor para llevarnos a la sabiduría --siendo amor y sabiduría las dos alas de una misma ave (el ave fénix, el ave de la inmortalidad); el amor siendo sólo la sabiduría en acción y la sabiduría siendo el amor en silencio (este es el secreto de la unidad de la rosa y la cruz dentro del misticismo cristiano).

En uno de los pasajes más famosos en la historia de la filosofía, la sacerdotisa de Eros, Diotima, le revela a Sócrates lo que se conoce como "la escalera de la belleza", el sentido anagógico (que alza hacia lo divino) de la belleza y del amor:

[Aquel que ha amado un cuerpo bello] debe llegar a comprender que la belleza que se encuentra en un cuerpo cualquiera es hermana de la belleza que se encuentra en todos los demás... Una vez penetrado de este pensamiento, nuestro hombre debe mostrarse amante de todos los cuerpos bellos, y despojarse, como de una despreciable pequeñez, de toda pasión que se reconcentre sobre uno solo. Después debe considerar la belleza del alma como más preciosa que la del cuerpo, de suerte que, un alma bella, aunque está en un cuerpo desprovisto de perfecciones, baste para atraer su amor y sus cuidados.

Así tenemos este proceso de transformación que va de lo superficial a lo profundo, de lo grosero a lo sutil, de lo concreto a lo abstracto y de lo particular a lo universal: la iniciación a la cual somete el amor a sus adeptos. El adepto surcando con las alas del alma que fraguó el amor culmina su ascenso:

El que en los misterios del amor se haya elevado hasta el punto en que estamos, después de haber recorrido en orden conveniente todos los grados de lo bello y llegado, por último, al término de la iniciación, percibirá como un relámpago una belleza maravillosa, aquella ¡oh Sócrates!, que era objeto de todos sus trabajos anteriores; belleza eterna, increada e imperecedera, exenta de aumento y de disminución.

En el Fedón, Sócrates expresa la misma idea: "La locura de un hombre que, al ver la belleza aquí en la tierra, y al ser recordado de la belleza verdadera, se vuelve alado". Debemos entender por locura la manía divina, el éxtasis de procedencia divina, que llama al alma a la contemplación de lo mismo. San Agustín sin duda hace eco del mismo pasaje:  

Interroga a la belleza de la tierra, interroga a la belleza del mar, interroga a la belleza del aire que se dilata y se difunde, interroga a la belleza del cielo... interroga a todas estas realidades. Todas te responden: Ve, nosotras somos bellas. Su belleza es una profesión ("confessio"). Estas bellezas sujetas a cambio, ¿quién las ha hecho sino la Suma Belleza ("Pulcher"), no sujeta a cambio?" (Serm. 241,2)

Si habíamos empezado diciendo que existe una identidad entre la verdad, la belleza y el bien, podemos añadir al amor, en una relación de engendración mutua. Marsilio Ficino comenta al Banquete de Platón:

Y ese aspecto divino, o sea la belleza, en todas las cosas lo ha procreado el Amor, o sea el deseo de sí misma. Porque, si Dios atrae hacia sí al mundo, y el mundo es atraído por él, existe una cierta atracción continua entre Dios y el mundo, que de Dios comienza y se transmite al mundo, y finalmente termina en Dios, y como en círculo, retorna ahí de donde partió. Así que un solo círculo va desde Dios hacia el mundo y desde el mundo hacia Dios; y este círculo se llama de tres modos. En cuanto comienza en Dios y deleita, nómbrase belleza; en cuanto pasa al mundo y lo extasía, se llama Amor; y en cuanto, mientras vuelve a su Autor, a él enlaza su obra, se llama delectación.

Para concluir podemos decir que, en el caso de Dostoyevski, la belleza salva al mundo, despertando una profunda compasión que es lo divino en lo humano y posibilitando una comunión con esa misma divinidad a través del éxtasis (que es un hacerse a un lado del individuo para dejar que irradie lo universal). En Platón la belleza es la salvación del individuo, del alma --aunque sin utilizar un lenguaje mesiánico, la belleza sí tiene una cualidad soteriológica. La belleza, que es en sí misma la naturaleza prístina del alma, inmanta al alma a sí misma, a su altura divina, ayudándole a despojarse de sus vehículos menores, incluso usándolos como trampolines hacia lo realmente significativo y verdadero (el erotismo utiliza el cuerpo y la atracción de la belleza como un imán para trascenderlo: en el amor físico buscamos también la inmortalidad, pero hasta que no nos establecemos en la inteligencia del alma, no comprendemos que la inmortalidad es una realidad espiritual). De aquí que la belleza, en ambos casos, esté en el centro del misterio existencial, sea inseparable de la manifestación de lo divino como mundo, y por lo tanto un recuerdo, una cuerda de regreso, un re-ligar hacia el estado de plenitud en el que lo trascendente se ecualiza con y actualiza en lo inmanente.

 

Twitter del autor: @alepholo

El signo zodiacal de Acuario está al centro de un malentendido

El signo zodiacal de Acuario está al centro de un malentendido. No me refiero a que las personas nacidas con el Sol transitando en dicho segmento del zodiaco sean incomprendidas por los demás; me refiero a que los significados y correspondencias asociadas con el signo han sido distorsionados como producto de los cambios sociales que hemos ido sufriendo hace bastantes décadas. En particular, llama la atención aquella asociación de Acuario con una utópica e idealizada libertad individual. Aunque siempre es posible acomodar un poco las cosas para que encajen mejor en el contexto cultural e histórico que nos toca vivir, no es prudente sobrepasar los límites que la propia elasticidad hermenéutica del símbolo establece. Se corre el riesgo de traicionar su naturaleza intrínseca en favor de una exagerada polisemia. Al hacerlo, la astrología deja de reflejar los ciclos cósmicos y naturales para dar cuenta de las modas culturales y tendencias políticas de una época en particular. Volveremos a esto en seguida. Primero es necesario contar una curiosa historia que puede resultar sintomática.

Acuario arranca con una polémica que se inicia en 1781, con el descubrimiento de Urano por parte del astrónomo William Herschel. Pocos saben que en un comienzo Urano no se llamaba así. El nombre original con el que fue bautizado por su descubridor fue Georgium Sidus, sencillamente “planeta Jorge”. Esta extraña denominación fue la manera con que Herschel pretendió honrar al entonces rey de Inglaterra, su majestad Jorge III. Urano siguió denominándose planeta Jorge hasta bien avanzado el siglo XIX, para consternación de Johann Bode, colega que insistía en observar la vieja costumbre, exigiendo un nombre más mitológico. Fue él quién propuso llamarle Urano. El cambio de denominación no se hizo oficial sino hasta después de 1850. La proximidad de su descubrimiento con la sangrienta revolución francesa, ocurrida en 1789, y los cambios políticos y sociales acaecidos en el mundo a partir de ese momento, le dieron a Urano la fama de astro libertario y revolucionario.

Pero la cuestión no quedó allí. 1 siglo después de su descubrimiento se oían algunas voces que pretendían destronar a Saturno como regente tradicional de Acuario, proponiendo en su lugar a Urano. Hacia la primera mitad del siglo XIX empezaron a aparecer los primeros innovadores. Aunque no está muy claro quién fue el de la idea original, hay cierta evidencia de que un tal Raphael, conocido charlatán y ocultista de la época, habría sido el primero en promover el cambio en sus publicaciones. Otros señalan que fue John Varley, astrólogo de la época y amigo del poeta y artista William Blake. Lo cierto es que esta usurpación del trono acuariano no fue bien recibida por todos. Los más progresistas la defendían a rajatabla como una señal de los nuevos tiempos, con su masiva industrialización enmarcada en el contexto del estado liberal y democrático. Del otro lado estaban los conservadores, quienes sostenían que no se podía permitir que Urano entrara a destruir el equilibrio y la armonía existente en la asignación tradicional de regencias astrológicas. Y razón tenían, pues las regencias por domicilio habían sido perfectamente simétricas a ambos lados del grado cero de Cáncer, punto del solsticio de verano boreal. La estructura simbólica había sido así desde la fundación de la astrología occidental, unos 2 mil años antes de Urano. Adulterar la armonía de las esferas con una nota disonante no era algo para tomarse a la ligera.

El expolio celeste tomó bastante tiempo en asentarse. A comienzos del siglo XX todavía no estaba claro si Urano debía o no ser destinado en Acuario. Eventualmente logró acomodarse allí y destronar a Saturno. Lo mismo hizo Neptuno en Piscis, planeta descubierto en 1846 y que desplazó a Júpiter; luego fue el turno de Plutón en Escorpio, descubierto en 1930, que desplazó a Marte. Sin embargo, la parte más sabrosa de la historia es de reciente data. En los últimos años la lista de planetas enanos del sistema solar, equivalentes en tamaño a Plutón, ha ido creciendo de manera preocupante. Por nombrar sólo a los cuatro más relevantes, tenemos en el catálogo a los planetas Haumea y Sedna, descubiertos en el 2003, y a los planetas Eris y Makemake, descubiertos en el 2005. La pregunta es obvia: ¿a qué signo piensan asignarle la regencia de estos nuevos miembros del Sistema Solar, considerando que asemejan en volumen a Plutón? Es más, con estos cuatro nuevos miembros ya tendríamos 14 significadores planetarios... ¡pero sólo hay 12 signos zodiacales! El problema se agrava cuando nos enteramos de que existen alrededor de 200 planetas enanos como éstos en el cinturón de Kuiper, ubicado más allá de Neptuno. Lo tragicómico de la situación da como para una obra de Lope de Vega. Es evidente que algo no encaja, y todo comenzó con el azulado “planeta Jorge” en medio de Acuario.

Ciertamente Urano fue un descubrimiento que trajo consigo una alta dosis de caos al cosmos. Quizás no hemos entendido que el sistema tradicional de regencias, estructurado en orbes geocéntricos, es un mapa del universo espiritual y no del espacio exterior de la NASA. En él se preserva un orden arquetípico que obedece a una serie de reglas y principios simbólicos, matemáticos y filosóficos. La minuciosa descripción física del universo no es lo propio de la astrología. Su vocación es de orden metafísico, no científico. La totalidad de la comunidad científica estará de acuerdo conmigo en esto, pero probablemente muchos astrólogos modernos, que aspiran a ser reconocidos por la ciencia materialista, estarán en franco desacuerdo. Siendo transparentes, es bien obvio que la ciencia, su método y su paradigma, no son compatibles con la mirada hermenéutica y espiritual del firmamento que defiende la astrología. Pero volvamos con el primer intruso de todos: Urano en Acuario.

La revolución francesa le otorgó al nuevo planeta el aura de rebelde, revolucionario y libertario. La posterior revolución industrial le agregó el aire de científico, tecnológico y progresista. De forma coherente, estos atributos le fueron trasladados a su nuevo domicilio, el signo del aguador. Resultaba lógico que si Urano representaba todo aquello, su signo también reflejara dichas características. Sin embargo Acuario, en el orden mitológico, no es realmente un inventor, ni un revolucionario, ni un redentor; es Ganimedes, el copero y amante de Zeus que distribuía el agua de la inmortalidad a los dioses. De todos modos, no hay mejor forma de entender su figura que remitiéndonos a los atributos originales presentes en la astrología de los primeros siglos. Es así que resulta sumamente interesante recordar los significados que los astrólogos de la antigüedad grecorromana, padres indiscutidos de la astrología horoscópica que utilizamos hasta nuestros días, le otorgaban al signo de Acuario. En particular, el astrólogo romano Vettius Valens (120-175 d. C.) nos regala una de las descripciones clásicas más precisas sobre el escanciador. En su famosa obra Antología, libro I, dice lo siguiente:

Acuario es un signo celestial masculino, sólido, antropomórfico, algo húmedo e individual. Es mudo, bastante frío, libre, de tendencia ascendente, feminizante, inmutable, básico, con poca descendencia; es causa de problemas surgidos del entrenamiento atlético, lleva cargas o trabaja con materiales duros, un artesano, alguien público. Los hombres nacidos bajo este signo son maliciosos, enemigos de sus propias familias, incorregibles, voluntariosos, engañosos, tramposos, ocultan todo, son misántropos, ateos, acusadores, traidores de la reputación y la verdad, envidiosos, mezquinos, ocasionalmente generosos por el flujo de agua del signo, e incontrolables.

Lo primero que puede sorprender al lector es la gran cantidad de atributos negativos asociados al signo. Esto se debe a que en la astrología tradicional su regente clásico es Saturno, el gran maléfico. Cabe aclarar de inmediato que por maléfico se entiende aquello que es contrario a la naturaleza de la vida. Siendo la esencia de Saturno muy fría y seca, los seres no prosperan bajo las condiciones que propicia este planeta. Por el contrario, la combinación de lo caliente y lo húmedo genera las condiciones idóneas para que prolifere la vida, como es el caso de Júpiter, el gran benéfico. Al respecto, el afamado Claudio Ptolomeo señala en su Tetrabiblos: “Saturno, por consiguiente, debido a que es frío y adverso al calor, moviéndose también en una órbita superior más remota de las luminarias, ocupa los signos opuestos a Cáncer y Leo: estos son Acuario y Capricornio; y son asignados a él en consideración a su naturaleza fría e invernal; y porque la configuración por oposición no coopera hacia la producción de bienestar”.

Las características tradicionales de Acuario tienen un tono pesimista por lo saturnino. Valens exagera al decir que los hombres nacidos bajo este signo serán maliciosos, incorregibles, etcétera. Su propósito es didáctico y en ningún caso debe ser tomado al pie de la letra, pues los astrólogos conocemos cientos de ejemplos en donde un ascendente acuariano o un Sol en Acuario no produce personas detestables, ya que cualquier juicio astrológico depende de la evaluación de un montón de complejos factores celestes y matemáticos en interacción. Lo importante aquí es notar la gran diferencia que existe entre la concepción clásica y saturnina del signo zodiacal con respecto a sus melifluas representaciones modernas. Aunque es razonable que la comprensión de un símbolo sufra cierto grado de adaptación con el paso del tiempo, su completa inversión no implica adecuación sino subversión, cosa totalmente distinta. Veamos, por contraste con Valens, lo que nos dice Linda Goodman en su popular libro Los signos del zodiaco:

A mucha gente le gusta el arcoíris. Al verlo, los niños formulan un deseo; los artistas lo pintan, los soñadores van en pos de él, pero Acuario les gana a todos: él vive allí. Lo que es mas, lo ha desarmado y examinado parte por parte, color por color, y sigue creyendo en él. No es fácil creer en algo cuando uno ya sabe como es en realidad, pero Acuario es esencialmente realista, aunque su dirección sea mañana, por señas estrafalario– melancólico–lejano.

Otra cita de interés, y que contrasta notoriamente con lo señalado por Vettius Valens, es la descripción del signo que realiza Liz Greene en “Primeros pasos en Astrología”. Allí señala que:

El hombre que lleva el cántaro de agua comparte libremente su agua con todos aquellos que estén sedientos. Los astrólogos piensan que este es un buen símbolo para las personas nacidas bajo el signo de Acuario, ya que son generosos para compartir sus talentos con otros. Los acuarianos son por lo general humanitarios. Esto significa que se encuentran interesados en la gente y que se preocuparán por la gente como un grupo. Éstos piensan que todos son sus amigos, sean blancos o negros, ricos o pobres, hermosos o feos. Acuario es un signo amigable.

Muchos acuarianos tienen mentes excelentes. Son muy listos para la ciencia y están especialmente interesados en cualquier cosa que pueda ayudar a las personas. A menudo se encuentran fascinados por los aparatos y las invenciones, y algunos acuarianos se vuelven grandes inventores. Otros apoyarán movimientos políticos referidos a cuestiones de libertad y justicia. Las personas de Acuario, no son muy emocionales por lo general, debido a que están mas interesados en compartir ideas y ayudar a otros.

Sí, las descripciones modernas son muy amables, o más bien dulzonas, hasta melindrosas. No parecen andar muy a tono con los jacobinos tiempos de Urano, cuando se cortaban cabezas de familias nobles, se incendiaban monasterios y se imponía el terror bajo los dictados de Robespierre, todo en nombre de la libertad. Es que finalmente aceptar los atributos de los llamados planetas transpersonales depende en gran medida de la evaluación que cada uno haga de la historia reciente. A diferencia del septenario tradicional, cuyas cualidades fueron desarrolladas tras una larga y paulatina observación de los ciclos de la naturaleza, los nuevos planetas son fruto de visiones políticas que surgieron como parte de los conflictos seculares que se iniciaron con la Ilustración, pasaron por la detonación de la bomba atómica en la segunda guerra mundial y llegaron hasta el movimiento hippie de los 60. Negarlo sería demasiado cegato. Y hay que entender que una cosa es derivar una hermenéutica a partir de la observación de los ciclos naturales y otra bien distinta es hacerla proceder de los conflictos ideológicos que han marcado la modernidad. Por ello no es descabellado afirmar que el trío de nuevos planetas tiene más de ideológico que de transpersonal.

Sería injusto no mencionar también el papel preponderante que tuvo la psicología junguiana en la conformación de dichos significados, pues la obra de Jung es de gran relevancia para entender la atribución de características a los nuevos miembros del sistema solar copernicano. No obstante, para ningún astrólogo contemporáneo es desconocido el hecho de que, por el entorno histórico de sus respectivos descubrimientos, Urano se tiñó con los valores de la Ilustración y de la revolución francesa, Neptuno con las ideas colectivizadoras de los primeros socialistas utópicos y el manifiesto comunista, mientras que Plutón se coloreó con la teoría psicoanalítica que por aquel entonces lograba posicionarse en la cultura popular. Ilustración, revolución francesa, comunismo y psicoanálisis son, qué duda cabe, hitos históricos y culturales que marcan la época contemporánea y le otorgan su peculiar identidad. Las consecuencias socio-políticas de dichos movimientos son enormes y abarcaron la configuración de la mentalidad que caracteriza a la astrología moderna. En este contexto cabe preguntarse si acaso la astrología debe reflejar la estructura cósmica, las leyes universales y los ciclos naturales, o debe estar sujeta a modificaciones en torno a los avatares de la política y de las diversas ideologías con las que el ser humano se combate a sí mismo una y otra vez. Acuario fue el pionero entre los damnificados por el oleaje del progreso ilustrado, de allí su importancia simbólica. Más todavía cuando es justamente el signo de la era astrológica que se avecina. Las citas de Goodman y Greene reflejan una dulcificación que emana de una mezcla entre el ideario new age y la idealización del progreso defendido por el iluminismo francés.

Veíamos que el Acuario clásico comparte las ásperas características de su regente tradicional, el frío y seco Saturno. Pero el gran maléfico también rige a los científicos, a los desarrolladores de tecnología, a los de mentalidad materialista, a los obreros, agricultores, mineros y gente pobre. Tanto los astrólogos tradicionales como los modernos estarán de acuerdo con esto. Todo signo recibe su naturaleza a partir de la esencia del planeta que lo rige, por lo que no debe extrañar a nadie que Acuario obtenga de Saturno el carácter de signo ligado al desarrollo científico y tecnológico, como también a las revueltas populares y a la rebelión de la clase trabajadora. Es visible a esta altura que Urano sólo ha seguido la misma línea saturnina. En su libro sobre las natividades, el astrólogo persa Albubather (siglo IX d. C.) dice que Acuario hace al nativo “...de gran espíritu y bondad, y generoso con los demás. Muy gastador, será incluso pródigo”. Ya se adivinan aquí ciertas semejanzas con el espíritu humanitario y filantrópico del signo moderno, aunque descrito hace más de 1 milenio. Todavía más temprano, en la obra Matheseos del astrólogo romano Firmicus Maternus (siglo IV d. C.) se asoma ese mismo tinte amigable, social, aunque mezclado con muchas otras características desagradables. Dice Firmicus que “si el Medio Cielo está en Acuario [el nativo] siempre tendrá lazos de amistad con hombres más poderosos que él, y llevará su vida en medio de actividades públicas”. Todo esto se describe mucho antes del descubrimiento de Herschel. Ya Vettius Valens nos decía que el signo es “libre” en tiempos en que todos le reconocían como domicilio de Saturno. Nada nuevo bajo el Sol, o deberíamos decir, bajo Urano.

Toca hacernos una pregunta clave: ¿qué entendemos por libertad? Si ser libres consiste en llevar a cabo todos nuestros deseos, debemos cuestionarnos de dónde han surgido dichos deseos. En una sociedad completamente dominada por la publicidad, en donde es posible fabricar el consenso, planificar la opinión pública, crear necesidades artificiales y manipular emocionalmente al telespectador con una astuta ingeniería de las imágenes, ¿quién puede jactarse de ser realmente libre? Acuario es en realidad liberalismo político, no auténtica libertad individual, porque a lo sumo el mercado puede garantizar una sensación de libertad, como la que tienen los visitantes a un centro comercial cuando experimentan eso que Noam Chomsky denomina humor de compra, surgido de la incapacidad para analizar en profundidad una situación ante el acoso publicitario, la reducción del tiempo y la agresiva propaganda cultural. Hermes Trismegisto nos advierte en su Corpus que el zodiaco es el carcelero del alma, y que para vencer a los 12 es preciso del número 10, la sagrada década de los pitagóricos. Esto implica que la libertad de Acuario es un espejismo zodiacal, uno más entre la enorme plasticidad que tiene el devenir para jugar con el mundo de los sentidos y el permanente cambio en la organización de la materia.

Para ser ecuánimes, tenemos que aceptar que Acuario, y por extensión su era astrológica, tienen mucho de utopía, idealismo y humanismo, como también de antropocentrismo, secularismo, cientificismo, liberalismo, y aunque nos pese, de materialismo desatado y control tecnológico de las masas. Nada más acuariano que las redes sociales, que de herramienta para el cambio social se han transformado en instrumento para la dominación de la muchedumbre en la era de la “posverdad”. Al menos así lo cree gente como el periodista iraní Hossein Derakhshan, al denunciar el abuso del lenguaje visual, comprimido y emotivo, estímulo perfecto para el conformismo de sofá. El recientemente fallecido sociólogo polaco Zygmunt Bauman iba más lejos todavía. Afirmaba que “hay mucho radical que no sale de su casa, computadora en ristre, en vez de estar peleando en la calle; que polemiza muchas veces de modo anónimo o con seudónimo, a través de las redes, a ver quién mea más largo, quién es más radical, más revoltoso o más compasivo, generando lo que se ha denominado shitstormes, tormentas de mierda”. Es que Acuario también tiene mucho de sofista retórico, de ideólogo maniatado y de revolucionario de escritorio, porque la tecnología y la informática, amparadas bajo el signo, propician ese tipo de interacción con el mundo. Todo el zodiaco tiene su lado oscuro, pero en medio de este clima rosado de positividad y negación hipomaníaca tendemos a negar que bajo la ley del tiempo y el destino también existe lo maligno. Acuario no es la excepción, porque en su cántaro no sólo hay agua dulce, también nos trae bastante hiel. Abramos los ojos.

 

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