*

X

Amor en tiempos del capitalismo o por qué hemos dejado de amar

Sociedad

Por: PijamaSurf - 08/29/2017

"Al capitalismo le da igual que estés borracha de amor, feliz, eufórica, exultante, cachonda, preocupada, angustiada, desesperada, triste, ansiosa, enojada"

Hay que levantarse temprano para ir al trabajo o la escuela, pasar horas en el tráfico hasta llegar allí, transcurrir las siguientes 8 o 10 horas laborando, compartir el día a día con personas que pueden convertirse en los mejores compañeros, amigos o enemigos, comer en tuppers o comida rápida cercana de la oficina, salir del trabajo o escuela para pasar otras horas en un embotellamiento automovilístico, llegar a casa y prepararse para ir al gimnasio, psicólogo o siquiera hacer un poco de limpieza, cenar y tratar de desconectar la mente hasta conciliar el sueño. Todo esto, para poder ganar lo necesario para nuestros lujos.

Desgraciadamente pasan los días y, sin darnos cuenta, nuestro cuerpo y mente se convierten en máquinas de producción con mínimas dosis de felicidad. En palabras de la colaboradora de Pikara Magazine, Coral Herrera Gómez, es nuestro estilo de vida en la actualidad, el del capitalismo, el que nos está dejando sin tiempo para el amor:

Al sistema productivo le da igual que estés borracha de amor, cachonda, angustiada o de duelo. El capitalismo nos enjaula, quiere que dediquemos nuestro tiempo a trabajar o a consumir: el amor es improductivo. Los feminismos reclaman la conciliación de la vida laboral y el trabajo reproductivo pero, más aún, necesitamos un modelo compatible con el placer y los afectos.

Pese a que vivimos en una “sociedad muy amorosa”, en donde inundan las canciones de corazones rotos, películas de grandes historias en donde el amor triunfa sobre todas las cosas, chismes amorosos de los famosos, aplicaciones móviles para conocer a posibles parejas amorosas o sexuales, publicaciones en redes sociales con hashtags como #RelationshipGoals, publicidades con paraísos románticos de casas, coches, muebles o viajes, la realidad es que hay muy poco tiempo para el amor.

Perdemos la capacidad de amar tanto a la pareja como a nosotros mismos, pues dejamos de ser capaces de proveernos y experimentar placer. La mayor parte del día nos dedicamos a un trabajo que nos da a cambio un salario; el resto es para dormir y “resolver las cuestiones básicas de higiene y nutrición –y otras miles obligaciones de la vida urbana posmoderna–”. Y con mucho esfuerzo energético, con cansancio acumulado encima, hay que tener sexo o hacer el amor con la pareja “al final del día, antes de dormir, y hay que darse prisa para terminar pronto y poder dormir si acaso 7 u 8 horas”. Es como si el tiempo para ver a amigos cercanos, visitar familiares o realizar cualquier pasatiempo que no sea descansar se fuese de las manos .

Sin embargo, pese a las necesidades de la vida posmoderna, las de la vida humana se esfuerzan por salir a flote:

La tiranía del tiempo que se nos va, se diluye cuando nos enamoramos salvajemente. Nos liberamos cuando el subido del enamoramiento trastoca nuestra percepción y relación con el tiempo, como pasa con las drogas. Dejamos de mirar el reloj, las intensas noches de amor se hacen cortas, los instantes sublimes congelan el tiempo y se hacen eternas. […] La química del amor es tan fuerte que somos capaces de pasar noches enteras sin dormir junto a la persona amada, y cada día acudir al trabajo y cumplir tus obligaciones como si nada hubiera pasado: sólo te delata una sonrisa permanente en la cara, las ojeras malvas, la piel tersa y el cabello brillante. A la noche te espera otra desvelada, tú te sientes con fuerzas para todo: nos llenamos de energía cósmica para vivir el presente intensamente.

Desgraciadamente, cuando el enamoramiento pasa y regresamos a la vida real:

perdemos los superpoderes para dedicar horas a hacer el amor y ya el cuerpo responde mal si le sigues quitando horas de sueño. Con el paso de los meses y los años, las parejas se vuelcan más hacia lo social que hacia lo íntimo, y es difícil para muchas volver a construir esos espacios íntimos llenos de magia para detener el tiempo. Así pues, hay gente que se queja de que follamos con prisa, follamos sin ganas, follamos cansadas, follamos poco, o no follamos nada.

El tiempo en la intimidad de la pareja se reduce a escasas horas en el día, mientras que “a las empresas no sólo les damos mucho tiempo de nuestras vidas, sino también nuestras energías físicas, mentales y emocionales”. A las empresas, en realidad, no les importa si un empleado está enamorado, si está enfermo o algún familiar suyo acaba de fallecer: a las empresas sólo les importa que alguien sea productivo. Esto sucede porque:

El capitalismo nos enjaula, aunque no seamos productivas. Al capitalismo le da igual que estés borracha de amor, feliz, eufórica, exultante, cachonda, preocupada, angustiada, desesperada, triste, ansiosa, enojada. Al capitalismo no le importa que tu compañera esté hospitalizada y tú quieras estar cuidando y acompañándola. No le importa si vas a tener una conversación decisiva con tu pareja, si estás de duelo por una ruptura sentimental, si quieres acompañar a una amiga o amigo en momentos difíciles. No le importa, y tú tienes que ir a trabajar, aunque tu abuela se esté muriendo. No le importa si has dormido esa noche por la gripe de tu hija o si te has pasado la noche gozando lujuriosamente. Tú tienes que estar ahí, cumpliendo, aunque no seas productiva y no logres hacer nada ese día.

Si te lo montas por tu cuenta, es lo mismo. No puedes permitirte el lujo, generalmente, de tomarte unos días para tus asuntos personales, porque entonces no comes ese mes. La cadena de producción no puede parar por tus sentimientos, y al capitalismo le conviene que no seamos demasiado felices: nuestra insatisfacción permanente y nuestro dolor nos hacen más vulnerables. Así que la explotación de nuestras energías y tiempos es brutal, porque va más allá de la cuestión productiva. Vivimos en una sociedad represiva a la que le conviene constreñirnos al acceso al placer, al amor, al juego y al disfrute. Prefieren que disfrutemos consumiendo o dediquemos nuestro tiempo a trabajar: el amor es improductivo. Poco rentable.

El objetivo es conciliar la vida laboral y familiar, en donde “un sistema productivo [exista] más acorde a nuestras necesidades vitales, individuales y colectivas”. Más allá de los bienes materiales, se trata de recuperar el tiempo y energía para disfrutar de la vida:

Necesitamos tiempo para amar, para disfrutar del placer en toda su plenitud. Tiempo para escuchar, para viajar, para conocer, para compartir, para construir comunidades con los demás. Tiempo para apoyar, para crear redes, para celebrar, para aprender, para crear. Tiempo para cultivar y nutrir lo único que parece darle un poco de sentido a la vida: los afectos.

La neurociencia explica cómo pasar tiempo en redes sociales está haciendo que leamos menos

Sociedad

Por: pijamasurf - 08/29/2017

Para captar la atención de los usuarios, el Internet ha construido un sistema de recompensa digital de dopamina que hace que sea más difícil dedicar nuestra atención a cosas que no son tan fácilmente llamativas

Los seres humanos pasan cada vez más tiempo consumiendo medios electrónicos, fundamentalmente digitales. Un reporte del 2016 de la encuestadora Nielsen muestra que el estadounidense promedio pasa 10 horas al día ponieneo atención a un medio electrónico, esto es, el 65% de su tiempo despierto. Esta tendencia está siendo de alguna manera reproducida en todo el mundo, con la adopción de la tecnología digital que está basada en el entretenimiento. Este paradigma que favorece el entretenimiento, y lo que puede denominarse como momentos de distracción y placer efímero, contrasta con lo que puede llamarse el significado, la concentración y el tiempo que pasamos en el cultivo de nuestra mente hacia la sabiduría.

Así las cosas, numerosos periodistas e investigadores se muestran preocupados, no sólo por lo que está pasando de manera colectiva sino en su propia mente, viéndose arrastrados por la tendencia colectiva de los medios sociales. Escribiendo en el Washington Post, Philip Yancey comenta que antes solía leer tres libros a la semana, algo que lo hacía participar en un grupo élite no sólo de intelectuales sino de grandes empresarios exitosos como Elon musk y Warren Buffet.

Yancey identifica, sin embargo, que ahora leer le cuesta mucho trabajo:

El Internet y los medios sociales han entrenado mi mente para que después de leer un párrafo o dos, empiece a mirar hacia otro lado. Cuando leo un artículo de The Atlantic o del New Yorker [artículos generalmente largos y de profundidad], después de unos pocos párrafos miró hacia la barra lateral para ver qué tan largo es. Mi mente se distrae y me descubro dando clic a otras pestañas. Pronto estoy leyendo sobre los últimos tuits de Trump en CNN o detalles del último ataque terrorista o pronósticos del clima.

Yancey explica que la neurociencia tiene una explicación para este fenómeno, la cual se encuentra en el mecanismo de recompensa del sistema de dopamina del cerebro. Cuando aprendemos algo rápido y nuevo, esto nos da una descarga de dopamina, lo cual activa los centros de placer el cerebro. Un famoso ejemplo de esto son las ratas en el laboratorio que, cuando reciben esta descarga a través de un botón que aprietan, lo siguen apretando para recibir más comida o sexo. De manera un tanto preocupante, gran parte del Internet social está construido como un sistema de recompensa de dopamina, que se despliega como atractivas actualizaciones en un newsfeed, ya sean emails en Gmail, tuits o fotos en Instagram. Todas estas cosas son nuevas, fáciles y nos producen descargas de dopamina, las cuales van habituando nuestro cerebro.

Nicolas Carr, autor del libro The Shallows, sugiere que este fenómeno tiene el efecto de volvernos cada vez más superficiales: "Alguna vez yo fui un buzo en el mar de las palabras. Ahora me deslizó por la superficie como alguien en un Jet Ski".

Ahora bien, la forma en que nuestros cerebros se han acostumbrado a recibir información que nos seduce por su apariencia (fotos, memes, textos atractivos y sencillos) y a mantenerse en la superficie leyendo sólo artículos de pocas palabras, prueba también su plasticidad y adaptabilidad, aunque en este caso en un bucle de retroalimentación negativa. Podemos cambiar nuestros hábitos y reentrenar nuestro cerebro. Para ello es útil saber que si dedicamos el tiempo que pasamos en redes sociales cada año, en promedio, podríamos leer unos 200 libros, según cálculos de Charles Chun citados por Yancey. Así que no es un problema de no tener tiempo, es un problema de no tener voluntad y orden. Esa voluntad, sin embargo, se va consumiendo cuando pasamos tiempo viendo información inane e insignificante que nos empieza a frustrar cuando recordamos que queríamos invertir nuestro tiempo en aprender algo verdaderamente útil y provechoso. Por eso, se recomienda empezar con metas sencillas para rehabituar la mente. Por ejemplo, utiliza tu teléfono para poner una alarma todos los días que te avise que los próximos 45 minutos los dedicarás a leer un libro.