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Los aprendizajes de un hombre que recorrió a pie desde Miami hasta Canadá

Sociedad

Por: PijamaSurf - 08/24/2017

Eberhart explica que durante los 9 meses que pasó caminando, “experimentó un despertar religioso” pese a que su fe se desvaneció momentáneamente al pasar por las frías y nubosas montañas

Meredith Eberhart, autonombrado Nimblewill Nomad, nació en el pequeño pueblo de Ozarks, en EE.UU., de tan sólo 336 habitantes. Su infancia la pasó corriendo, cabalgando, pescando y cazando codornices en las cercanías de los bosques. Su padre fue el médico del pueblo y él siguió sus pasos: estudió en una escuela de optometría. Se casó y tuvo dos hijos. Con su familia vivió en Titusville, en Florida, conocida también como la “Ciudad del Espacio”, en donde se desempeñó como médico en un nicho de mercado de científicos provenientes de la NASA. Su vida pasó sin muchas sorpresas ni eventos extraordinarios, provocando en él tanto el sentimiento de comodidad y goce al ayudar a otros como el de ser capaz de proveer a su familia. Sin embargo, algo no se sentía correcto, pleno.

Cuando se retiró en 1993 empezaron 5 años borrosos de peleas con su esposa, por lo que comenzó a pasar más tiempo a solas en un terreno a lado del arroyo Nimblewill, en Georgia. Su nueva casa, cerca de las faldas de la montaña Springer, se convirtió en una guarida que visitaba después de largas horas de caminatas. Empezó sistemáticamente caminando pequeñas secciones del tren Appalachian, hasta alcanzar el estado de Pensilvania. Después, en 1998, cuando tenía 60 años, decidió comenzar su primera “odisea”: una caminata de 7,081 km desde Florida hasta Cabo Gaspé en Québec, Canadá, a lo largo de senderos, vida salvaje y carreteras.

Podría decirse que ahí empezó su verdadero viaje y de ahí, los verdaderos aprendizajes de la vida: Eberhart, cuyo abuelo y padre fallecieron en el bosque, aprendió a liberarse del miedo a la muerte. Se le diagnosticó una enfermedad cardiovascular poco antes de emprender los cada vez más lejanos viajes; y en vez de seguir con las recomendaciones de los doctores de tener una vida en la tranquilidad de un hogar, él comenzó su camino hacia Canadá a través de los pantanos de Florida, caminando hacia el norte por los senderos inundados en donde las aguas oscuras y reptilianas a veces le llegaban hasta los tobillos. Se desprendió de los miedos, de sus uñas de los pies y poco a poco de sus pertenencias.

Eberhart explica que durante los 9 meses que pasó caminando, “experimentó un despertar religioso” pese a que su fe se desvaneció momentáneamente al pasar por las frías y nubosas montañas. Se preguntaba “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, mientras era testigo de cómo estaba cada vez más oscuro y gélido en Mont Jacques Cartier. No obstante, una lluvia le permitió alcanzar la cima de una montaña con nieve, en donde se sentó y gozó de la “cálida presencia del Dios que todo lo perdona”.

Cuando regresó a Florida se encontraba en un estado mental de trascendencia, en un “estado de ánimo de total, absoluta y perfecta felicidad, casi cercana al nirvana”. Dejó de bañarse y cortarse el cabello; se desprendió de sus posesiones y en cuestión de 3 días quemó casi todos los libros que recolectó en toda su vida, uno por uno, en un depósito en su jardín; se divorció y cedió su hogar y sus bienes económicos a su exesposa e hijos. Comenzó a vivir tan sólo de los cheques de la seguridad social, y en caso de que se acabaran antes de fin de mes, decidía pasar hambre. Fue ahí en donde encontró la verdadera libertad para él mismo: “Es como si con cada paso que diera, el peso fuera lenta pero exitosamente yéndose de mi cuerpo, por ahí, en el camino, debajo de mis pies y las huellas que dejaba detrás de mí”.

Por esa razón, “cada año, tengo menos y menos posesiones y cada año soy un hombre más feliz. Sólo me pregunto cómo será cuando no tenga nada. Esa es la manera en que venimos y la manera en que nos vamos. Sólo me estoy preparando un poco, creo”. En sus largas travesías no lleva un cepillo de dientes –sino un palillo de madera– ni una muda de calcetines, ni tampoco zapatos, ropa, libros o un diario, ni papel de baño; en su lugar, sólo lo acompaña un minikit de medicamentos básicos. Para él, “cada objeto que una persona carga representa un miedo particular: de daño físico, de incomodidad, de aburrimiento, de ataque. El ‘último vestigio’ de miedo que incluso los caminadores más minimalistas encuentran difícil de enfrentar es la hambruna”. Como resultado, muchas personas terminan “cargando muchísima comida”. Eberhart, en cambio, lleva “a lo mucho, una barra dulce en caso de emergencia”. Mientras más se desprende de las necesidades materiales, pierde el miedo a la muerte y gana un amor inconcebible por la vida.

En los países ricos la gente está muriendo de soledad

Sociedad

Por: pijamasurf - 08/24/2017

Un fantasma recorre el mundo contemporáneo: el fantasma del aislamiento

Sabemos bien que el ser humano es un ser social. Si observamos la historia de nuestra evolución –e incluso si miramos a otros primates con quienes compartimos parentesco– nos daremos cuenta de que desde la mera supervivencia hasta los logros más refinados dependen, como individuos o como especie, de los lazos que somos capaces de establecer con otros.

No obstante, en las últimas décadas se ha observado una tendencia conductual y social que va en contra de esos siglos de historia y evolución. Contrario al pasado que nos ha traído hasta este momento, parece ser que en años recientes los seres humanos tienen cada vez más dificultades para pertenecer a una comunidad o, dicho de otro modo, hay personas que se autoimponen una especie de condena de aislamiento, como si la soledad fuera su única opción de vida.

Paradójicamente, este hecho se está agudizando en los países más acaudalados y, pensaríamos, de mayor bienestar. En Estados Unidos, por ejemplo, al menos 1/3 de la población declara estar o sentirse sola, mientras que en el Reino Unido cerca del 18% de la población adulta considera que “siempre” o “muy seguido” le invade dicha sensación de soledad. Asimismo, en otras investigaciones se ha encontrado que en Estados Unidos, Europa, Asia y Australia, la soledad tiene el mismo efecto en la reducción de la esperanza de vida que la obesidad.

En un texto publicado hace casi 1 año en el diario The Guardian, George Monbiot sugirió que el capitalismo estaba logrando lo que ningún otro modelo económico o de organización social en la historia había podido hacer: separarnos. Por su tendencia a la individualización, por la necesidad de rivalidad entre los integrantes de un sistema que le es inherente, por la fetichización de las mercancías, la medición y cuantificación de todos los aspectos de la vida (desde las ventas de un producto hasta el número de “amigos” que acumulamos en nuestras redes sociales) y por tantas otras cualidades, el capitalismo parece haber implantado eso que otros teóricos han llamado la “atomización” de la sociedad, lo cual implica la fragmentación y división de las distintas comunidades de las que antes formábamos parte (nuestra familia, nuestros amigos, nuestro vecindario, etc.) y, por otro lado, cierta incapacidad de las personas para establecer contacto con otros por medios inmediatos de comunicación (hablar directamente con alguien, ser amable con la gente en el transporte público, etcétera).

En Pijama Surf hemos publicado antes información sobre los efectos que la soledad tiene en la salud y, en general, el bienestar de los individuos. Aunque muchos podrían considerarlo un asunto “sólo emocional” (y por ello desdeñarlo), diversos estudios han establecido la relación entre la soledad y el decaimiento de la calidad de vida a través de padecimientos como hipertensión y otras enfermedades del sistema circulatorio, afectaciones en el sistema inmune y obesidad, además de los efectos en la salud mental por el desarrollo de trastornos como depresión, ansiedad, tendencias suicidas, insomnio, etcétera.

No hacemos este listado, sin embargo, para infundir miedo, sino para invitar a la reflexión en torno a la importancia que los lazos sociales tienen para el ser humano. A lo largo de este texto hemos intentado establecer una diferencia entre “estar solo” y “sentirse solo”; salvo circunstancias muy extraordinarias, es poco probable que una persona esté realmente sola en la vida; en la abrumadora mayoría de los casos contamos con familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo, gente a quienes encontramos en nuestras actividades cotidianas, etc. El aislamiento, con cierta frecuencia, es una actitud que el sujeto adopta por razones varias, todas ellas subjetivas y casi siempre capaces de modificarse.

Hablar con la mujer a quien compramos nuestros víveres, preguntar a un compañero de trabajo cómo se encuentra, despegar los ojos de las pantallas y percibir lo que sucede a nuestro alrededor, intentar restablecer esa amistad que dejamos perder por algún motivo, darnos cuenta de que bien podemos enviar un saludo a alguien una mañana cualquiera… esas son formas de comenzar a establecer lazo con otros, fijar las bases de un vínculo que más allá de las circunstancias futuras, en este momento, en este presente, puede generar un impacto positivo considerable en nuestra existencia.

 

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