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Cómo la danza logra reducir el riesgo de desarrollar Alzheimer

Salud

Por: PijamaSurf - 09/21/2017

En un estudio se demostró que la danza tiene una serie de benéficos efectos sobre las capacidades de la mente y el cuerpo de una persona, pues incrementa la masa del área del cerebro que disminuye con la edad

Durante milenios se ha buscado la fuente de la juventud, como una única manera de vencer la mortalidad de la humanidad. Y es que más allá de tesoros perdidos en los mares o estructuras arqueológicas, autorretratos o pactos con el Diablo, la clave de la eterna juventud reside en el interior del cerebro humano. De acuerdo con un estudio publicado en Frontiers in Human Neuroscience, la manera de reducir los signos del envejecimiento es mediante el ejercicio (principalmente, mediante la danza).

En el estudio se demuestra que la danza tiene una serie de benéficos efectos sobre las capacidades de la mente y el cuerpo de una persona, pues incrementa la masa del área del cerebro que disminuye con la edad. En palabras de la doctora Kathrin Rehfeld, autora principal del estudio y profesora del German Center for Neurodegenerative Diseases en Magdeburg, Alemania: “La danza es el único ejercicio que resultó en cambios conductuales notables en términos de un balance mejorado”.

Rehfeld explica que los voluntarios de la investigación, que contaban con un promedio de 68 años de edad, se dividieron en dos grupos: el primero practicó una serie de rutinas de danza una vez a la semana durante un período de 18 meses; el segundo, una serie de entrenamiento de flexibilidad y fortaleza. Ambos grupos mostraron un incremento en la región hipotalámica del cerebro, la cual se ve fuertemente afectada en los últimos años de vida por enfermedades como Alzheimer. Esto dejó claro que el ejercicio físico ayuda a reducir los efectos del envejecimiento a nivel neuronal. Sin embargo, había una amplia diferencia entre ambos grupos. Rehfeld considera que la diferencia se debía a los cambios realizados en las rutinas de danza:

Intentamos proveer a nuestros voluntarios en el grupo de danza numerosas rutinas de diferentes géneros –jazz, square, latinoamericano, line dance–. Pasos, patrones de brazos, formaciones, velocidades y ritmos se cambiaban cada segunda semana de un proceso constante de aprendizaje. El aspecto más retador para ellos era recordar las rutinas bajo la presión del tiempo y sin ninguna pista del instructor.

Estos retos promueven la constante activación y mantenimiento del cerebro, previniendo así su devaluación con el paso del tiempo. De alguna manera, piensa Rehfeld, esto puede dar lugar a un “nuevo sistema llamado ‘Jymmin’ (jamming and gymnastic). Es un sistema con base en sensores que genera sonidos –melodías y ritmos– conforme hay una actividad física”. Poder mantener al cerebro en buen estado mediante la danza permitirá una vida autónoma y saludable, reduciendo las afectaciones de cualquier enfermedad neurodegenerativa.

Esta es una forma saludable de comparar tu vida con la de otros

Salud

Por: pijamasurf - 09/21/2017

Si el hábito de la comparación es incontrolable para ti, aprovéchalo para desarrollarte personalmente

Para muchas personas, la comparación es un patrón mental inevitable. Por la educación que recibieron, por el ambiente cultural y social en que se desarrollaron y por otras razones de su historia de vida, hay quienes viven cada experiencia de su vida en referencia constante a la vida de otros. “¿Cómo haría esto mi mamá?”, “Esto se parece tanto a lo que hacen mis amigos”, “Tal o cual compañero de clase tiene ya esos tenis que tanto quiero y que mis papás no me han podido comprar”… 

Los ejemplos son múltiples, pero los elemento comunes en todos son pocos y en muchos casos los mismos: una búsqueda constante de validación; apego a lo conocido (con la consecuente dificultad para iniciar cosas nuevas); idealización de aquello que no se tiene y, por el contrario, empobrecimiento de lo que sí se tiene, y algunas más de este tipo.

Y quizá no podría ser de otro modo. Después de todo, la socialización está en nuestro código genético, y aunque quisiéramos que la cultura hubiera tomado otros derroteros, crecemos en un ambiente en que aprendemos a desear lo que otros desean. De hecho, el filósofo Alexandre Kojévè, siguiendo a Hegel, sostiene que el deseo animal se vuelve humano sólo cuando se descubre como deseo socializado, es decir, cuando el individuo se da cuenta de que otros desean lo que él desea.

Con todo, al hablar de comparación, el “amor propio” parece ser el concepto clave. Muchas veces quienes se comparan con otros tienden a hacerlo porque sienten poco o nulo amor hacia sí mismos y, en respuesta, creen que lo que de verdad vale lo tienen los otros. Una relación de pareja, vacaciones de ensueño, un automóvil nuevo, éxitos, fiestas… El mundo de los otros, cuando se mira desde esta perspectiva, puede parecer perfecto, y en consecuencia, al voltear a ver nuestras propias circunstancias, podemos resaltar únicamente nuestras carencias, nuestros “defectos”, y recriminarnos entonces por no tener nada de todo lo que los otros sí disfrutan.

Hace poco, en un episodio del podcast Zen Tips & Habits, el monje budista Shifu Ming Hai habló del hábito mental de la comparación. Grosso modo, la premisa de la que partió el monje es que existe una forma “saludable” de ejercer la comparación: no para empobrecer la percepción sobre nuestra propia existencia sino para hacerla crecer, enriquecerla.

Shifu partió de la pregunta de un hombre de 40 años, Peter, habitante de Hong Kong, quien aseguró que en tiempos recientes se ha alejado de amigos con un nivel económico superior al suyo porque se siente incómodo en su compañía. Peter es profesor y dado que no cuenta con la solvencia de esos amigos, se siente inferior a ellos y por lo mismo indigno de estar en su presencia.

“Deberíamos ser capaces de notar aquello que nos diferencia de los otros, ser conscientes de ello pero mantener el corazón tranquilo”, dice Shifu, y agrega: “Conocer la diferencia pero no reaccionar”.

Esa tranquilidad, esa “no reacción”, es uno de los estados de la mente más difíciles de aprender y adquirir, en buena medida porque muchos años de nuestra vida hemos hecho lo opuesto: reaccionar. Y usualmente, cuando se trata de emociones negativas –dolor, tristeza, enojo, envidia, etc.– se trata de reacciones que de tan inconscientes parecen instintivas, es decir, en las que no solemos poner atención ni cuidado y muchas veces ni siquiera sabemos de dónde provienen.

En ese sentido, el monje no hace un llamado a evitar las emociones negativas, a silenciarlas con “fuerza de voluntad” o a ignorarlas, sino a escucharlas, a prestarles atención compasivamente. En el budismo, en ciertas vertientes de la filosofía griega, en algunas corrientes de la psicología, esta es una constante: considerar las emociones negativas como un “llamado” de la subjetividad para atender un aspecto del ser que clama por ayuda.

¿Cuál es, entonces, la forma saludable de compararse con los demás? En la perspectiva específica de Shifu, la regla es simple: comparar sin juzgar. Esto es, observar aquello que nos distingue de los otros pero sin atribuirle un valor, ni a lo suyo ni a lo nuestro; no pensar que las riquezas de otros los hacen mejores que nosotros, que sus posesiones los elevan por encima de nosotros, que su vida es mejor que la nuestra. En algún sentido, lo único que puede decirse siempre es que es diferente: las circunstancias de los otros son diferentes a las nuestras porque su vida es diferente a la nuestra. “La habilidad de observar sin juzgar es la forma más elevada de inteligencia”, dijo alguna vez Jiddu Krishnamurti.

También es importante, en un segundo momento, intentar entender de dónde provienen esas emociones negativas que nos asaltan cuando nos comparamos con otros. En el caso del hombre del podcast, por ejemplo, ¿por qué justamente la riqueza material le hace sentir menos valioso que sus amigos? Ese sentimiento de inferioridad no se dispara por los mismos motivos en todas las personas; de ahí la necesidad de comprenderlo para, eventualmente, poder revertirlo o cambiarlo por otra forma de pensar y valorizarse.

Ahora lo sabes: si tienes el hábito incontrolable de compararte con los demás, no todo está perdido. Es una de tus mejores oportunidades para desarrollarte personalmente y pasar pronto a otra cosa.

 

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Imágenes: Broken isn't bad