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¿Te gustaría saber cuándo vas a morir? Esta calculadora te podrá dar la respuesta

Salud

Por: pijamasurf - 12/17/2017

The Conversation, el nombre de la calculadora, pretende brindar información que beneficie no sólo a nivel individual sino también a nivel social

La ciencia ha propuesto numerosas hipótesis sobre la mortalidad y la vida después de Tanathos: desde cómo existe un equilibrio de sexos impuestos por la naturaleza -un mayor número de abortos en fetos del sexo femenino VS. una mayor tasa de mortalidad en personas de sexo masculino al realizar más actividades de riesgo-, hasta la influencia de un trauma psicológico/abuso de seis generaciones anteriores para impactar en la salud y mortalidad de un individuo. Sin embargo, ¿cuál es el verdadero impacto de que uno se entere del día en que morirá?

El impacto que produce saber la fecha de la propia muerte siempre resulta en dos reacciones: por un lado, una desesperada angustia y por otro,  una inevitable impulsividad para vivir en el aquí y el ahora. Un grupo de actuarios, entre ellos Jeyaraj Vadiveloo, director de Janet and Mark L. Goldenson Center para la Investigación Actuaria de la Universidad de Connecticut, desarrollaron una calculadora que no sólo señala la fecha aproximada de la muerte de un individuo según sus genes, también según su nivel de aceptación de la muerte -y por lo tanto, del conocimiento de su fecha-. Se trata de una calculadora de esperanza de vida cuyo fin es valorar cuántos años de vida saludable se pueden alcanzar -en vez de sólo dar una fecha de "expiración" resultando posiblemente en una oleada de angustia-, es decir, hacer una llamada de atención a aquellos que necesitan enfatizar las acciones de autocuidado. 

The Conversation, el nombre de la calculadora, pretende brindar información que beneficie no sólo a nivel individual sino también a nivel social. Después de todo, la misión de la calculadora es invertir en proyectos de salud que permitan tanto prevenir como enfrentar situaciones críticas. La idea es presentar dos métricas: la esperanza de vida saludable y la esperanza de vida insalubre o en enfermedad -sin posibilidad de recuperación y cuyo resultado es la muerte-. Ambas poseen factores que influyen en ellas tales como una dieta equilibrada y saludable, presencia de actividades físicas, una rutina adecuada de sueño, educación y nivel socioeconómico, consumo de alcohol y tabaco, sufrir de alguna enfermedad como diabetes y, sorprendentemente, la percepción de la salud de uno mismo así como de la proximidad de la muerte. 

A lo largo del proyecto, Vadiveloo y sus colegas encontraron que el último factor mencionado genera un gran cambio en la salud. En otras palabras, si es existe una percepción positiva de la propia salud, esta mejora considerablemente pero, por el contrario, si se tiene una percepción negativa, la salud empeora. No obstante, de acuerdo con los autores, aún queda por investigar a profundidad la influencia de la toma de la conciencia de la muerte. 

La realidad es que la experiencia humana ante la muerte es diversa, por lo que quizá saber la fecha aproximada de la salud, la enfermedad o la muerte requiera un poco de psicoeducación para lograr inundar de Eros cuando Tanathos se encuentre asomando en nuestras vidas. O al menos, una guía que permita estar en paz tanto en vida como en muerte.  

Dale click aquí para acceder a la calculadora.

¿Un fármaco dará al cuerpo los beneficios del ejercicio físico? Estos laboratorios así lo esperan

Salud

Por: pijamasurf - 12/17/2017

Varios laboratorios se encuentra en la carrera de desarrollar el compuesto químico que desate en el cuerpo una reacción similar a la que se obtiene de la actividad física

La idea de ejercitarse es relativamente reciente y, además, propia sólo de ciertas sociedades contemporáneas en las que el sedentarismo se ha vuelto una práctica cotidiana. En las ciudades donde la principal actividad económica son los servicios, por ejemplo, es común ver gente corriendo en las calles por la mañana o por la tarde (es decir: antes o después del trabajo), también se pueden encontrar gimnasios u otros sitios acondicionados para realizar alguna actividad física (canchas de fútbol, por ejemplo, albercas públicas, etc.).

En otros lugares, sin embargo, y también en otros momentos de la historia, la recomendación de ejercitarse fisicamente tenía menor presencia (e incluso no exisitía) porque la vida solía vivirse activamente. Se caminaba, se hacían actividades que demandaban movimiento y fuerza (en el campo, por ejemplo, o en ciertas labores industriales) y aun en la vida de casa no estaba exenta de actividad. 

En este sentido, en muy pocos años, pasamos de una forma de vida en donde el ejercicio no era necesario porque era suficientemente activa, a otra en la que la falta de actividad ha devenido en factor de riesgo y desarrollo de enfermedades como la obesidad, la diabetes, padecimientos cardiovasculares y otros.

Quizá por eso, porque se trata de una necesidad más o menos nueva, también se trata de un hábito que cuesta adoptar. Atrapados entre la obligación y la comercialización del ejercicio físico y, por otro lado, la necesidad auténtica de realizarlo cuando se vive sedentariamente, el sujeto contemporáneo batalla para emprender con disciplina la práctica, en apariencia sencilla, de dar actividad a su cuerpo.

Aprovechando esa ambigüedad, desde hace algunos años algunos laboratorios se encuentran en la carrera de desarrollar un compuesto químico que dé los beneficios del ejercicio físico a la salud humana… sin que la persona tenga que ejercitarse.

Por paradójico o contradictorio que pueda parecer esto, es real. Uno de los primeros científicos en experimentar al respecto fue Ron Evans, del Instituto Salk de Estudios Biológicos con sede en San Diego, California. En uno de sus estudios, Salk tenía un par de ratones de laboratorio con una dieta similar a la de muchas personas en los países occidentales: alimentos de alto contenido calórico ricos en grasas y en azúcares. Ambos roedores, además, se encontraban en condiciones de vida sedentaria. Sin embargo, cada uno presentaba un aspecto diametralmente distinto.

Uno de ellos, llamado informalmente “Couch Potato Mouse” (en alusión a la expresión en inglés “patata de sofá”, que se refiere al hábito de pasar muchas horas en un sofá, mirando televisión o series), lucía como cualquier persona con esa dieta y la escasa actividad física de su cuerpo: obeso y letárgico. 

El otro, sin embargo, apodado “Lance Armstrong Mouse”, estaba en las condiciones opuestas: esbelto, inquieto y con la mirada viva. 

La diferencia entre uno y otro era un compuesto químico con el que Evans ha estado experimentando desde 2007 y que, en este caso, recibía el ratón “Lance Armstrong”. Grosso modo, el químico conocido como 516 provoca en el cuerpo una reacción similar a la del ejercicio físico, en particular sobre los genes que controlan el metabolismo.

516 es un compuesto desarrollado a finales de la década de 1990 por Tim Willson en los laboratorios de la farmacéutica GlaxoSmithKline. Inicialmente se trató de un químico proyectado para combatir la diabetes y, en sus primeras fases de prueba, ofreció resultados promisorios. Al probarlo en monos con obesidad, incrementó drásticamente los niveles del llamado “colesterol bueno” y redujo los de nocivo; también contribuyó notablemente a reducir los niveles de insulina y triglicéridos de los animales. El fármaco parecía idóneo para tratar no sólo la diabetes, sino casi cualquier síndrome metabólico asociado con síntomas como la obesidad, la hipertensión y los altos niveles de glucosa en la sangre. Parecía, en este sentido, una panacea.

Sin embargo, algunos años después, en 2007, los experimentos tuvieron un revés. Algunos de los ratones que también habían recibido el compuesto comenzaron a desarrollar distintos tipos de cáncer al doble de velocidad que aquellos que no habían estado expuestos al químico. Desde la lengua hasta los testículos, según refiere Nicola Twilley en The New Yorker. En GlaxoSmithKline se tomó entonces la decisión de abandonar el desarrollo ulterior del fármaco. 

Casi al mismo tiempo, otros retomaron la experimentación con el compuesto químico. Ron Evans, por ejemplo, pero también Ali Tavassoli, quien en su laboratorio de la Universidad de Southampton, en Inglaterra, encabeza la investigación en torno al Componente 14, un fármaco que como el 516, ha logrado reducir los niveles de glucosa en la sangre de ratones sedentarios, así como su grado de obesidad y su peso corporal, todo ello sin mediación de la actividad física e, incluso, con una dieta rica en grasas. En su caso, se trata de un químico que estimula las células con una falsa señal de que los niveles de energía han descendido notablemente, con lo cual el metabolismo se activa y el cuerpo comienza a quemar sus reservas energéticas.

Bruce Spiegelman, del Departamento de Biología Celular de la Universidad de Harvard, también ha descubierto un par de hormonas que en sus efectos emulan los beneficios del ejercicio físico: en contacto con células propias del tejido muscular y graso, estas hormonas provocan una respuesta de intensa actividad, capaz de quemar grasas y carbohidratos y, según Spiegelman, incluso elevar los niveles de ciertas proteínas saludables (asociadas en el cerebro con la memoria y el aprendizaje).

Otras investigaciones en otros laboratorios del mundo, están siguiendo caminos similares, en direcciones parecidas o quizá contrarias, con puntos de encuentro y de divergencia pero, en cualquier caso, en torno a un estado del metabolismo humano hasta ahora poco estudiado: cuando el cuerpo está en movimiento. 

¿En algunos años se venderá en las farmacias la pastilla que nos evitará la molestia de hacer ejercicio? Atendiendo a los esfuerzos contemporáneos, parece muy probable, aunque igualmente parece quedar en el aire la incógnita de los efectos que un fármaco de ese tipo pueda tener sobre el cuerpo humano. 

Si es el caso que estos fármacos terminan por desarrollarse, ¿quién será su consumidor final? ¿Las personas sedentarias que dicen no tener tiempo de hacer ejercicio? ¿Los oficinistas de todos niveles que pueden pasar 10 o 12 horas en su lugar de trabajo pero no media hora en un parque caminando? ¿Personas aquejadas de una enfermedad metabólica incapaces de aceptar la finitud humana? ¿Y qué hay del placer de hacer ejercicio? ¿También el placer puede sintetizarse en una pildora?

El sueño de la razón engendra monstruos, dice el famoso grabado de Goya y, acaso la farmacología contemporánea, puede contarse entre ellos.

 

En este enlace, el reportaje completo de Nicola Twilley en The New Yorker.

En Pijama Surf: ¿Te atreves a saber cuántos años de vida saludable te quedan según tus hábitos presentes?