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¿Hemos llegado al punto en que la seducción o el coqueteo insistente son considerados crímenes?

Sociedad

Por: pijamasurf - 01/14/2018

¿El coqueteo torpe, la galantería, el intento de seducción, en un ambiente enrarecido, podrían ser considerados abuso sexual?

El feminismo ha sido un movimiento sumamente importante que ha logrado avances significativos en los derechos de las mujeres, pero la persistencia de una cierta veta machista y la radicalización del mismo feminismo han llegado a un punto de enfrentamiento y a un ambiente de animadversión que ha merecido la denuncia de un grupo de mujeres francesas, quienes acaso son conscientes de que este estado de las cosas está afectando la naturaleza más básica e íntima de la relación entre hombres y mujeres.

El grupo, en el que se encuentran Catherine Deneuve, la escritora Catherine Millet, la cantante Ingrid Caven, la editora Joëlle Losfeld, la cineasta Brigitte Sy, la artista Gloria Friedmann y la ilustradora Stéphanie Blake, es consciente de que no se debe tolerar la violencia o el abuso sexual, pero afirma que no debe extenderse este clima a trastornar y enrarecer el acto mismo de la seducción o la forma en la que un hombre se acerca a una mujer por la cual siente deseo. Sentir deseo y querer acercarse a alguien es el acto más natural que existe, y así, resulta un tanto ridículo que un hombre sea obligado a dimitir simplemente "por haber tocado una rodilla, intentado dar un beso, hablado de cosas intimas en una cena profesional o enviado mensajes con connotaciones sexuales a una mujer que no sentía una atracción recíproca". La insistencia de seducción, el coqueteo torpe o la galantería, señalan estas mujeres, no son crímenes, son cosas que existen y existirán entre el hombre y la mujer y que, en sus cabales, las mismas mujeres jamás desearían que dejaran de existir. Asimismo, según estas mujeres francesas, la mujer debe poder vivir libremente sin la idea de verse como una víctima. Aunque existen ciertamente muchas mujeres que han sido víctimas (y por lo tanto hombres que deben hacerse responsables de sus actos), la noción de víctima como etiqueta de sexo no es algo que, al menos ellas, compartan o piensen que deba ser colocada a la mujer.

Si un velo sombrío y prohibitivo se mantiene sobre la seducción, esto entorpecería y enrarecería nuestras relaciones. Y la realidad es que, para el hombre como para la mujer, no hay nada que sea más importante para su bienestar que las relaciones amorosas. La idea de un cierto feminismo radical en el que la mujer no necesita al hombre para ser feliz es simplemente absurda, la necesidad es mutua. Y ambos sexos se necesitan, en gran medida, porque son diferentes.

Otra cosas es crear o utilizar posiciones de poder para forzar a mujeres a hacer cosas que no desean. Por supuesto, lo más delicado del asunto y que no es fácil de resolver es definir cuándo se realiza una petición en una llamada posición de privilegio, donde una mujer es vulnerable a ceder a dicha invitación no por su propio deseo sino por temor al poder del individuo en cuestión. Y en la complejidad de establecer esta línea divisoria, era de esperarse que algunas mujeres han acusado al grupo de mujeres francesas firmantes de "misoginia interiorizada". Sin embargo, en todo caso, por lo que se debe luchar es por que los hombres que realmente realizan abusos sean castigados, para que las mujeres que se ven en esas situaciones se sepan protegidas y no tengan que someterse a los deseos del otro. Es indudable que existen muchos países donde abundan entornos que privilegian a los hombres y dejan impunes sus actos. Los movimientos sociales deben trabajar en denunciar esto y en establecer condiciones más equitativas. Dicho eso, se debe diferenciar entre lo que es violencia, es decir, lo que viola el deseo del otro, lastima su integridad o penetra su espacio personal de manera violenta y lo que es la legítima exteriorización del interés sexual, el cual no puede considerarse un crimen. 

Hoy en día estamos ante un clima de paranoia en el que se generan cosas como el lanzamiento de una app para declarar consentimiento sexual entre dos personas para evitar acción legal. Las mujeres francesas que firmaron este documento mantienen que corremos el riesgo de perder la espontaneidad que es la energía vital del sexo y entrar en un nuevo puritanismo sexual -que asocian con la sociedad estadounidense- donde las relaciones son transacciones mecánicas.

Olive Oatman, la única mujer mormona que murió con tatuajes indígenas

Sociedad

Por: pijamasurf - 01/14/2018

Oatman regresó a la sociedad occidental, con la marca de haber vivido en una ambivalencia entre dos culturas casi enemigas

A mediados del siglo XIX, en la frontera entre EEUU y México, principalmente el desierto de Sonora, las tribus indígenas luchaban defendiendo sus tierras ante la invasión de los anglosajones y criollos. Con triunfos y tragedias lograron proteger tanto su cultura como sus hogares, aunque en algunas ocasiones, muy contadas, llegó a suceder que alguna de los dos grupos adoptó como propio al otro. Entre estas historias está el curioso caso de la única mujer blanca que aprendió de ambas culturas: Olive Oatman.

Se dice que, en 1850, la familia Oatman decidió mudarse de la iglesia mormona de Jesus Christ of Latter-day Saints –LDS Church– en Salt Lake City, Utah –en ese momento, México–, hacia el sudoeste de California y el oeste de Arizona. En su camino encontraron un grupo de 90 brewsteritas –seguidores del mormón rebelde James C. Brewster–, quienes les aconsejaron seguir el camino hasta California, que era el “punto de encuentro” de los mormones. La familia de ocho integrantes decidió unirse al grupo y viajar a lo largo de Nuevo México, en donde se dividieron en dirección de Socorro, vía Santa Fe.

Fue así que los Oatman lideraron al grupo hasta Socorro, y de ahí a Tucson. Sin embargo, llegando a Maricopa Wells –actual Maricopa County, en Arizona– fueron advertidos de que el camino no sólo era árido y peligroso, sino que las tribus nativas de la región eran “popularmente conocidas por ser violentas con los blancos” y, en caso de continuar, era seguro que pondrían en riesgo su vida. Si bien las otras familias prefirieron quedarse en Maricopa Wells hasta recuperarse lo suficiente para continuar el viaje, el líder de los Oatman, Royce, presionó a su esposa, Mary, y a sus siete hijos –de entre 1 y 17 años de edad– a continuar y adentrarse en el desierto sonorense por su cuenta.

Aproximadamente a 150km de Yuma, en las orillas del río Gila, fueron acechados por un grupo de nativos americanos, los yavapai. Aunque se desconocen los detalles, algunos dicen que los indígenas pidieron comida y tabaco, otros que “sin deberla ni temerla” se trató de un ataque. El resultado fue trágico: todos los Oatman murieron, salvo tres de ellos: Lorenzo, de 15 años, Olive, de 14, y Mary Ann, de 7. Al primero, después de haber sido golpeado al borde de la muerte, lo abandonaron a su suerte en el desierto; a las hermanas las llevaron a su villa a unos 96km de distancia, y así, amarradas con cuerdas, las niñas tuvieron que caminar durante varios días por el desierto y sobrevivir a la deshidratación y el agotamiento. Incluso se dice que, cuando pedían agua o descanso, las picaban con lanzas, forzándolas a seguir caminando. Durante 1 año vivieron en calidad de esclavas, buscando cobijo y migajas de comida, hasta que algunos miembros de la tribu mojave, con quienes los yavapai comerciaban, mostraron interés por las Oatman: el intercambio fue de algunos caballos, mantas, vegetales y otras pequeñas cosas a cambio de ellas.

Después de caminar durante días desde ahí hasta el pueblo de los mojave, cerca de la en ese entonces no fundada ciudad de Needles, California, las cosas mejoraron significativamente para las hermanas. El líder de la tribu, Espanesay, las adoptó como miembros de la comunidad, por lo que las tatuaron, como a todos los miembros de la tribu, espinas de cactus con líneas muy delgadas, tanto en la barbilla como en los brazos. De esta manera, no sólo se les reconocería como parte de la tribu sino que, de acuerdo con la cosmogonía de los mojave, también podrían reunirse con sus ancestros. Así, en el pueblo de los mojave, que se encontraba en un valle lleno de sauces y algodón cerca del río Colorado, las hermanas Oatman dejaron de ser esclavas, recibieron un nombre nativo, Oach, y comenzaron a formar vínculos muy cercanos con su familia adoptiva –en especial con la madre y la hija, Aespaneo y Topeka, respectivamente–. Inclusive, durante el resto de su vida, Olive hizo siempre énfasis en el afecto que sus padres adoptivos les procuraron.

Desgraciadamente, unos años después de su inicial captura, una sequía produjo una crisis de hambruna en el pueblo de los mojave. Mary Ann murió con tan sólo 10 años; sin embargo, Olive sobrevivió –inicialmente porque su madre adoptiva, Aespaneo, la alimentaba en secreto mientras el resto de los miembros moría de hambre–. Y en 1855, 2 años después de la venta del terreno mexicano al gobierno estadounidense, un miembro de la tribu quechan, llamado Francisco, apareció con los mojave con un mensaje del gobierno federal de los EEUU: las autoridades de Fort Yuma habían recibido rumores de que una joven mujer blanca vivía con los mojave y exigían su retorno, o al menos, que explicara por qué no había elegido regresar con los suyos. Al principio los mojave decidieron ignorar la solicitud, con el fin de salvaguardar a Olive; después negaron que fuera blanca, y finalmente aceptaron aquella demanda, por miedo a recibir una represalia contra toda la tribu. En todo este lapso, Olive también formó parte de la negociación. Incluso, años después, declaró:

Descubrí que le dijeron a Francisco que yo no era estadounidense, que era de una raza de personas como los indígenas, viviendo lejos de la puesta del Sol. Pintaron mi cara y pies y manos con un color sucio y pardo, a diferencia de otras razas que había visto. Esto, me dijeron, había decepcionado a Francisco; y por lo tanto, no tenía que hablar como una norteamericana [sic]. Me dijeron que tenía que hablar con él en otra lengua, y decirle que no era estadounidense. Entonces esperaron a escuchar el resultado, esperando oír mi algarabía sin sentido, ser testigos del efecto convincente sobre Francisco. Pero hablé con él con mi inglés roto, y le dije la verdad, y lo que ellos me habían ordenado hacer. Él empezó desde su silla en una rabia perfecta, jurando que no se le impondría más.

Aunque al principio los mojave estuvieron iracundos con Olive por desobedecer sus órdenes –tanto, que sugirieron que debería ser asesinada como castigo–, su familia adoptiva y Francisco decidieron una solución: Olive tendría que rendirse ante el gobierno de EEUU a cambio de un caballo, unas mantas y unos rosarios.

Olive regresó a la sociedad occidental, con la marca de haber vivido en una ambivalencia entre dos culturas casi enemigas. Con el tatuaje en su cara y los recuerdos de su pasado, intentó retomar una vida en el EEUU de la época: promovió su historia con libros como Life Among the Indians –después con el título de Captivity of the Oatman Girls– de Royal Stratton, y se casó con un granjero (después convertido en un rico banquero) llamado John B. Fairchild en Nueva York. Con el paso del tiempo se mudaron a Sherman, Texas, y adoptaron a una bebé llamada Mamie. Y si bien Olive nunca volvió a encontrar la felicidad, debido a un diagnóstico de depresión grave y dolores de cabeza crónicos que le duraron décadas, afirmaba encontrarse en la mejor situación; ¿cómo podía aceptar, en una sociedad en contra de los indígenas, que fue más feliz con ellos que en la cultura de lo correcto? Después de todo, Olive murió de un ataque al corazón en 1903, cuando tenía 65 años, con síntomas evidentes tristeza profunda…